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Cartes un ganador derrotado

José Antonio Vera

25.07.2018

Reinando sobre la política, con una arrolladora actividad en la fabricación y venta de cigarrillos y de bebidas, capo terrateniente y ganadero, titular de muchas empresas de esferas y origen nebuloso.

Propietario de financieras y bancos, de diarios, canales de televisión y otros medios de comunicación, y patrón absoluto sobre una docena de encumbrados gerentes-ejecutores gozosos de servilismo, Horacio Cartes, el saliente Presidente de Paraguay, es un ganador, indiscutiblemente.

Para satisfacción de su inocultable egolatría, incluyó el fútbol, máximo imán de muchedumbres, con irrupción victoriosa, y sometió a los tres poderes del maltrecho Estado Paraguayo a su antojo durante los cinco años de su monarquía, tras imponer a varios intendentes y concejales en los 17 departamentos de la geografía guaraní.

Piloto de aviones desde su adolescencia, heredero del oficio de sus tíos, en particular de uno, que justamente ahora está nuevamente encarcelado por narcotraficante, especulador financiero, sólo faltaba en su fulgurante ascensión al Olimpo, apropiarse de la Constitución Nacional, lo cual ya alcanzó, convirtiéndose en el comandante de un régimen narcopolitizado con expansión transregional.

Su fulgurante éxito, al que han ayudado los aparatos dirigentes de casi todos los partidos políticos, contribuyendo a la descomposición moral de la actividad política nacional y de buena parte de la sociedad, gozando de la venalidad de la Suprema Corte de Justicia y del Tribunal Superior de Justicia Electoral que, sin el mínimo sonrojo, legalizaron todos sus pasos ilícitos, permitiéndole acumular su función de Jefe del Ejecutivo Nacional, con la de Senador electo, en flagrante burla de los preceptos constitucionales.

En el accionar político, al que llegó tarde, Horacio Cartes Jara fue un triunfador, convencido de que en este país que, desde 1870, tras el genocidio perpetrado por la Cuatriple Alianza (hay que sumar a Londres) ha visto ceñirse la banda presidencial a toda clase de personajes, mayoría salidos de los cuarteles y hasta el caso de un Obispo, ¿por qué no podría sucederlos un empresario exitoso, al que la impunidad, esa figurita que idolatra al dinero, lo ha mantenido fuera de las cárceles durante tantas décadas?.

Hace apenas diez años, se afilió al Partido Colorado que, con cortos paréntesis, ha gobernado bochornosamente el país durante un siglo, convirtiendo al Estado en una empresa privada en absoluto usufructo familiar y partidario, presumiblemente estimulado en su afán aventurero por la victoria presidencial de Fernando Lugo en el 2008, ese Obispo renunciante a la sotana, pero que en su accionar político ejerce el oficio monacal con una eficacia y habitual ambivalencia que lo continúa manteniendo como uno de los muchos personajes cuasi folklóricos del quehacer nacional, con más adhesión ciudadana.

En cambio, Cartes está deslucido y, si bien nunca fue tomado en serio en el extranjero, al interior del país logró un considerable apoyo en el grueso del determinante caciquismo colorado, pactos acerados con jerarcas liberales e, incluso, logró tramar un proyecto anticonstitucional de reelección presidencial, al que se sumaron Nicanor Duarte Frutos y Lugo, a riesgo de pagar un alto precio en la consideración popular, sin conciencia de que, en estos tiempos, los pueblos ya no olvidan tan fácilmente las tramoyas de los politiqueros.

Washington, todopoderoso en Paraguay, alcanza con observar la inmensidad de su misión diplomática, en infraestructura y personal, envió un emisario en septiembre del 2016, cuando comenzaba el movimiento colorado por ignorar la Constitución, y le ordenó desistir de ese proyecto, gesto que vislumbraba el inicio de la decadencia del encumbrado personaje, presuntamente por razones extrapolítica (contrabando, narcotráfico, etc.) pues Cartes ha sido incondicional a la estrategia derechoza que dirige el imperio en  Suramérica, abrazando los vendepatria de Argentina y Brasil.

No obstante, Cartes persistió y encabezó la cruzada nacional por su reelección, en el curso de todo el año pasado y, abandonando las tareas de gobierno, se convirtió en el jefe de campaña del partido para las internas coloradas que, el 17 de diciembre y contra sus previsiones, fue una cita fatídica, pues recibió el primer claro rechazo de sus correligionarios que sepultaron a su candidato, el joven economista fondomonetarista Santiago Peña, de origen liberal, superado por Mario Abdo Benítez, un pichón estronista confeso y uno de los puntales del mandatario hasta ese momento, en cuyo ascenso también había invertido grandes recursos, buscando asegurar impunidad.

En su derrota, Cartes está pagando gruesos errores que su ignorancia del ejercicio de la política, nunca le permitió imaginar. Acostumbrado a resolver todo con dinero, pudo salir rápido de la cárcel cuando, a mediados de los 80, en uno de los tantos capítulos de luchas íntimas por intereses, Stroessner lo sancionó por haber sacado 35 millones de dólares subvencionados por el Banco Central destinados a programas de producción agrícola que, de inmediato, invirtió en créditos usureros que lo catapultaron al mundo de los negocios.

Cartes se impuso al Partido Colorado comprando dirigentes e intendencias, ofreciendo incluso financiación a otros emblemas, hasta que consiguió violar los estatutos internos, que exigían diez años de afiliación para poder aspirar al cargo presidencial. Cumplida esa primera fase, y con la sumisión de altos capos de esa sociedad empresarial partidaria, fue arrolladora su penetración en el accionar político nacional, al punto que el dinero se convirtió en el principal actor de esa actividad, fenómeno reconocido mansamente por la frágil oposición.

En las elecciones presidenciales del 22 de abril, Cartes sufrió una segunda derrota porque se impuso Abdo Benítez, un amigo que llegó prometiendo combatir la corrupción y en especial el contrabando y el narcotráfico, dos actividades en las que el mandatario aparece permanentemente acusado por los medios, además de que el ganador se reivindica como un auténtico estronista, espina dorsal de la doctrina colorada, carácter que la masa de adherentes nunca sintió en Cartes, por más elogios que rindió al tirano.

Además, para congraciarse con ese mundo obscurantista, Abdo dispuso de una carta de lujo: ser hijo y homónimo de quien fungió durante 25 años de secretario privado del General Alfredo Stroessner, hasta que en 1989, Estados Unidos decidió desplazar al tirano. Gozando de los privilegios del autoritarismo, el hijo asistió a algunos cursos de capacitación en Estados Unidos. En qué?, no es de conocimiento público, pero alguna pista de esa instrucción puede encontrarse en la nominación de algunas piezas de  su gabinete que se instalará el 15 de agosto, algunos con trayectoria muy corrupta comprobada en su administración de ciertos entes estatales.

Generoso con Cartes y Abdo Benítez, el fraude electoral comprobado en abril hasta por la delegación de la Unión Europea, permitió que el mandatario quedara como primer senador del partido, en un aberrante acto inconstitucional de duplicación de cargos,  desde el juramento el uno de julio hasta el 15 de agosto, cuando recién entregará la banda presidencial a su adversario-amigo, pretendiendo asumir el curul como titular activo, en otra violación de la carga magna, que especifica claramente que todo Jefe del Ejecutivo, una vez finalizado su quinquenio, pasa a ser senador vitalicio, sólo con voz y sin voto, inmune pero no impune, detalle que le puede generar algunos dolores de cabeza.

En ese punto, resurgió la figura de Fernando Lugo con una postura coherente en la defensa de la Constitución, que sorprendió a todo el mundo, debido a la desconfianza que alimenta la ambivalencia del exObispo, pero que con su decisión, en tanto Presidente del Senado, asestó un cercano jaque mate al arrogante mandatario.

A medida que se acercaba el uno de julio y la ceremonia, aún pomposa del juramente de los nuevos (el 80 por ciento de los 143 son los mismos o con los mismos vicios), cada vez que se le preguntó a Lugo cuál sería su postura en la convocación de los elegidos, respondió imperturbable: "no voy a convocar a nadie que viole la Constitución".

Nadie le creía, hasta que llegó el domingo uno de julio y, ante el espanto general, aparecieron   levantando su mano juradora los dos suplentes de Cartes y de Duarte Frutos, éste último Presidente del 2003 al 2008.

Con ese sólo acto, Lugo recuperó buena parte del respeto social perdido y faculta la presunción de que podría estar gozando al golpear con las armas de la Constitución a uno de los violadores de la misma que hace seis años participó en la conjura del 22 de junio del 2012, para derrocarlo de la jefatura del Estado, que ocupaba por voluntad popular, al frente de un gobierno que, con más sombras que luces, fue el mejor de las últimas décadas de la historia paraguaya.
José Antonio Vera



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