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José Pedro Varela: una presencia siempre vigente

Jorge Balseiro Savio

05.08.2018

Para quienes venimos de la enseñanza, y para toda la sociedad uruguaya en general, Varela ha estado asociado con el modelo educativo público que conocemos, representado en el tríptico “Laica, Gratuita y Obligatoria”.

Sin embargo el Varela pensador de la realidad uruguaya -y universal- fue mucho más que eso. Su mensaje cobra actualidad cuando asistimos en Uruguay y el mundo a una regresión conservadora y reaccionaria, que de ser exitosa, nos volvería al estado de atraso y barbarie contra el que se rebeló Varela.

La Legislación Escolar de 1875, es una de las más formidables obras de Varela.  En particular su primera parte, donde Varela nos muestra el estado de atraso y postración en que se encontraba nuestro país por esos años.  Un atraso que se remontaba al modelo de la colonización española:

“El año diez y su movimiento de emancipación encontró, pues, a todas las colonias en el mayor estado de atraso y de ignorancia. Este, sin embargo, acentuábase algo más aún en Montevideo y las comarcas que de él dependían, porque era Montevideo una simple plaza fuerte que, vecina a Buenos Aires, capital del Virreinato, no tenía habitualmente más que la guarnición y la escasa, pobre e ignorante población sedentaria que en ella residía.”

Su diagnóstico no se remitía exclusivamente a las murallas de Montevideo, entendía claramente que la fragmentación de la América española como una verdadera desgracia:

“¿cómo se explica que diez y seis millones de hombres, que se dividen en catorce repúblicas y ocupan toda la extensión de la América del Sur, no hayan conseguido hasta ahora, en sesenta años de vida independiente, instalar un solo gobierno bueno, que sea viable, a pesar de sus cambios constantes, de sus agitaciones, de sus luchas, de su anarquía?”

Ni que decir cuando ese país no era más que un mero potrero con vacas creciendo sin necesidad de mayor atención, trabajo o acumulación de conocimiento o capital:

“La única industria del país es la cría de ganados, pero aún está en las condiciones más rudimentarias y más atrasadas que darse pueda. ¡Tenemos millones de vacas en nuestras estancias y necesitamos importar jamones, carne y leche conservada, manteca y queso! El trigo crece vigoroso con sólo escarbar la tierra y tirarle la semilla, e importamos al año harinas por valor de centenares de miles de pesos. Pedimos a la Europa que nos mande papas, nada más que por no tener d trabajo de plantarlas y recogerlas.”

Señalando luego que:
“Y sin embargo, salvo contadas excepciones, la confección de la manteca y del queso, el plantío de los árboles, y la cuida de gusanos de seda y de abejas, sólo se encuentra como pasatiempo de los ricos, o como estudio de los curiosos.”

La propia existencia del Estado Oriental -y en particular su escala- para Varela era un gran signo de interrogación.

“No hay que olvidar efectivamente, que la República Oriental, toda entera, tiene menos población que una ciudad de tercer orden, y que hasta ahora no hemos agregado una sola palabra al largo catálogo de las conquistas realizadas por el hombre en los tiempos modernos. Tenemos una fuerza escasa, muy escasa para una nación independiente, y todavía conservamos nuestras poblaciones en la ignorancia”

Varela además demostraba estar informado de todos los avances científicos de su época, avances que fueron base del desarrollo científico técnico que hoy contamos.  Y tenía bien claro que la difusión de esos avances tenía uno de sus ejes en la inversión, venga de donde venga, en un mundo de puertas abiertas al conocimiento y la industria.

“Vemos que una compañía inglesa abastece a Amsterdam de agua: ahora bien, el agua es el elemento de los ingleses que han sido hace algunos siglos nuestros maestros en el arte de dirigirla: ¿no tenemos razón para decir que encargándonos del cuidado de desalterar su capital los holandeses demuestran falta de confianza en los resultados teóricos?”

Situación que en el Uruguay de Varela todavía no existía, y donde el combo del atraso del caudillismo y su secuela de violencia, de la retrógrada herencia de la barbarie hispana, convertía al país en una pobre estancia a merced de las veleidades del caudillo de turno.

“Faltan las fábricas, las manifestaciones de la industria, y el alma se entristece en cuanto se aleja uno de las alegres quintas que forman los alrededores: más allá empiezan primero, los campos torpemente cultivados, sin un árbol, casi desiertos, para seguir después la campaña, más despoblada aún, en la que pasta el ganado semisalvaje que constituye la gran fuente de producción de nuestro país, y cuyo cuidado ocupa la vida indolente de nuestros hombres de campo.”

Se podrá decir con razón ¿A qué viene todo esto? Sin lugar a dudas el campo uruguayo actual no es el que refería Varela.  Y si bien a partir de ese momento histórico comienzan una serie de cambios tecnológicos en la estructura productiva -alambrado, introducción del ovino y las razas vacunas británicas, los frigoríficos, una incipiente mecanización- la realidad es que el estado de atraso cambió su formato, pero siguió en lo que hace a la vida de la gran mayoría de la población rural.  Los rancheríos o pueblos de ratas perduraron lo suficiente como para que el suscrito los haya conocido. Perseverano y Lares por ejemplo acá en Soriano, donde se están las tierras más fértiles del país, hasta los sesenta -y los ochenta también en muchas partes del país- nos mostraban el modelo que registraron en su momento Julio Castro, Aldo Solari y Roque Faraone, para citar algunos.  El supuesto del “Uruguay integrado” no era más que un mero mito urbano válido para algunos barrios de Montevideo y las capitales departamentales. Para el resto, excepción hecha del esfuerzo de la escuela rural que poco podía hacer para cambiar el estado de cosas, lo que quedaba era la más abyecta miseria.

La verdadera revolución en el campo fue la que hemos vivido en las últimas décadas, en particular luego de la crisis de 2002.  Una incorporación masiva de tecnología -una demanda histórica de la izquierda y en particular del programa del Frente Amplio de 1971- que superara la dicotomía de latifundio/minifundio ambos igualmente improductivos, y una mejora nunca vista de los estándares de calidad de vida de los trabajadores rurales, los cuales hasta no hace tanto no se los consideraba sujetos de derechos laborales.  Sin dudas que el mundo ayudó y mucho -gracias Teng Hsiao Ping-, el viento de cola sin dudas. Pero de nada sirve el viento de cola si no hay buenas velas, y vaya que las hubo, sin dudas que hubo acumulación de conocimiento nacional del pasado que finalmente pudo expresarse. Pasamos de ser un país con ingenieros agrónomos taxistas o empleados públicos a pleno empleo en la profesión.

Todo ello se dio en simultáneo con fenómenos que fueron en paralelo: creciente urbanización y mejora sistemática en todos los indicadores sociales más relevantes -empleo, ingreso, pobreza, mortalidad infantil, esperanza de vida- más una formidable inversión en capital tanto de productores nacionales como extranjeros que significó un aumento sistemático de todos los indicadores productivos en todos los rubros del agro.  A esta altura que siga habiendo queja de la creciente urbanización asimilándola a los procesos de décadas atrás, significa un desconocimiento absoluto de la realidad rural.

Hoy el trabajador rural es un trabajador con derechos, que en la inmensa mayoría de los casos no requiere residir en el establecimiento ya que para la inmensa mayoría el tiempo de viaje a un centro poblado no supera el que tiene un trabajador urbano. Y es claro que ya hay formas que no corren. En Mercedes supimos tener talleres que se dedicaban a remendar bolsas de arpillera para la trilla, que se daba en pequeñas cosechadoras con varios cosedores de bolsas en la misma sumado a quienes a hombro luego subían esas bolsas a chatas.  Hoy la cosechadora tiene piloto automático, trabaja las 24 horas y descarga en un camión que va directo al silo o incluso al puerto. Hoy tenemos técnicos especializados que viven en ciudades y pueblos del interior encargados de esa maquinaria. Súmese el desarrollo forestal también mecanizado, y cuyos requerimientos constantes de personal hacen que se retenga más población en los pequeños centros poblados.  ¿Acaso tenemos que llorar la pérdida de los empleos de los cosedores de bolsas?

Cada semilla, cada embrión transferido, cada plantín de un futuro árbol tienen una acumulación tecnológica y de conocimiento que permiten niveles de producción impensados en un pasado de mero extractivismo.  Todo simultáneamente con la incorporación de la dimensión ambiental y de sustentabilidad, algo inexistente en el pasado -los suelos remolacheros arruinados en Rausa son fiel testigo- donde se comienza a incursionar de manera inexorable. Como en todo el mundo, la dimensión ambiental llega cuando se superan las restricciones de la mera subsistencia.

Sin dudas lo más parecido al ideal de Varela hecho realidad.  Hoy sin embargo, frente a un notorio caso de éxito, surgen algunas voces -muy minoritarias por cierto- que nos invitan a retrotraernos a un pasado supuestamente idílico para algunas mentes urbanas con necesidades básicas satisfechas, y que quienes lo conocimos sabemos que de idílico no tuvo nada, la miseria más abyecta fue su sustento.

Para estos no hay espacio ni para la agricultura moderna, ni para la forestación, ni para la industria forestal, ni para los feed lots, ni para la incorporación de conocimiento, ni para el riego, ni para la apertura al mundo y ni siquiera para cualquier otro cambio social y económico que permita mejores niveles de desarrollo a quienes más los necesitan.  Apenas una cantinela de referencias a la “soberanía” y la “dignidad”, cuando a poco de escarbar por “soberanía” no es más que un gobierno arbitrario dueño de hacer lo que se le antoje y un país cerrado al mundo, nada menos cuando el nuestro es un país que es inviable si no asegura saldos exportables, algo impensable en una economía cerrada. Agréguese en algunos casos una "ciencia militante" que tiene mucho de militante y nada de ciencia, que no hace más que pronosticar catástrofes luego incumplidas, ignorando la evidencia científica acumulada, en una actitud que en algún caso incluso saltea las reglas básicas de la ética académica.

No podemos ignorar que en este escenario, donde uno de los tantos ciclos de precios internacionales parece estar en declive, se suman algunos actores fundamentales de este cambio tecnológico -los productores de menor escala- que luego de haber implementado todos estos cambios empiezan a tener dificultades económicas. Quizá por no haber hecho ellos mismos lo que le reclaman al gobierno: haber optimizado aún más sus producciones en tiempos de vacas gordas para estar preparado para las vacas flacas. Y volviendo a una vieja tradición su reclamo pasa porque el conjunto de la sociedad les transfiera recursos para que mantengan su nivel de ingresos.  Curiosamente vemos como estos productores, que fueron eje del formidable desarrollo de nuestro campo en las últimas décadas, terminan aliados -seguramente de manera circunstancial- con quienes aspiran a retrotraerse a un campo del subdesarrollo.

Este es el dilema de nuestros días.  Mientras algunos productores están en busca de la renta mediante la acción de las políticas públicas -que poco tienen para ofrecer- otros nadan en un mareo de nihilismo donde al final del día no saben ni lo que quieren. Algunos tienen la sinceridad de reconocer que luego de la caída del muro de Berlín la alternativa habrá de inventarse, otros sueñan con el retorno al campo y la quintita de una hectárea “autosustentable”, más bien de subsistencia, de los almanaques del Banco de Seguros, y algunos quedan también que pretenden que la caída del muro fue mera anécdota y van por redoblar la apuesta.

En cualquier caso somos optimistas.  Siguiendo -aun sin saberlo- lo sustancial del mensaje Vareliano, la inmensa mayoría del país quiere oportunidades y empleo de calidad, y las grandes fuerzas políticas del país que lo han moldeado y que han asumido este formidable proceso de cambio y desarrollo, tienen bien claro que más allá de la pirotecnia propia de los períodos preelectorales, y de los desafíos para nada menores del momento, hay políticas de Estado que vale la pena continuar y profundizar, y eso se logra con un país que incorpore conocimiento, se abra al mundo y al mismo tiempo cuide de su gente y de su ambiente.

El resto, el resto es silencio...

 

Jorge Balseiro Savio



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