Tu cuerpo está en el horno: Crónica de un delirio en Salud Pública

Apegé

24.01.2021

Tu cuerpo está en el horno: Crónica de un delirio en Salud Pública

 

Primer acto, la espera

No es ideal ni deseable ir a una emergencia de un hospital público, el Maciel en este caso, un 31 de diciembre a las 18 horas, pero si el dolor estomacal es insoportable, de esos que doblan el cuerpo, no hay remedio. 

Sala de espera, dos humanos. Nadie se asoma del otro lado de la puerta por una hora a un espacio dividido por una mampara de un grueso nylon transparente que parte al medio la sala y clasifica a los pacientes en respiratorios y no respiratorios. Soy de los segundos.

Hay que armarse de paciencia (paciencia/ paciente/ espera). Entre tanto, la especulación y los nervios, no saber qué pasa en el cuerpo, culparse por alguna intoxicación previa o una mala alimentación, justo venir a enfermarse cuando más que nunca en nuestras vidas y a nivel planetario, es casi seguro que todos pedimos salud más que dinero y amor. 

Al rato y ya cuando te entregás resignado a la espera y a todo tipo de posibles enfermedades, escuchás tu nombre del otro lado de la puerta y sentís alivio aunque enseguida te invade otro miedo, el gran miedo actual, al ver médicos y enfermeros y limpiadores vestidos como astronautas que conducen como pueden (y eso se nota al instante) esa enorme nave de la salud pública.

Todo se agolpa y condensa en el cuerpo. El padecimiento propio, las voces o gritos de enfermos y enfermeros, los olores, los colores verde y celeste predominantes, la muerte que un hospital -y sobre todo en una emergencia- siempre se nos acerca un poco más. 

Las imágenes se suceden y todas juntas componen un cuadro que perturba: un médico novato y dispuesto, una enfermera que intuís sonríe tras el barbijo, gritos del otro lado de la mampara, "te vamos a extraer sangre", "al del box 3 un hisopado", "abrí la boca, ¿te duele acá, hiciste fiebre?", "el del box 7 es paciente de calle", "se nos murió el que iba camino a Saint Bois, una pena", "quizá deberíamos hacerte una tomografía; no hay tomógrafo, bueno, con los análisis de sangre alcanza". Y no alcanza, no, porque cuatro horas después los análisis de sangre dicen que hay una infección intestinal y que en verdad sí hay que hacer una tomografía, pero ya son las 23 horas y hasta las 6 de la mañana del día siguiente, al menos, no se podrá. 

Entrás en estado de rareza y rabia, los nervios empiezan a comerte el cerebro, un día después te parece una eternidad y en efecto ya es el año que viene. Tampoco hay una pastillita para debajo de la lengua (un clásico), lo que sea que amaine la ansiedad, o un suero que calme el dolor. 

También los pacientes nos ponemos difíciles, o lo somos: una mujer histérica grita que ya quiere irse cuando apenas se siente mejor, otro no tiene palabras para trasmitir lo que le pasa, alguno siempre miente por no deschavar prácticas y vicios y dificulta el diagnóstico. 

Y los médicos -se siente y se lee en sus gestos, miradas, acciones- intentan cumplir un protocolo a rajatabla. Un "protocolo Covid" que lo comanda todo. Están asustados, agotados, tiran para donde lleva la corriente de los tiempos. Se nota, también, cierta orfandad. Trabajan en equipo pero están solos o distantes (se nota, se nota) de las autoridades o direcciones y el conocimiento científico que marca una "mirada Covid". Uno siente o lee cuando cualquier empleado más que nada y ante todo, cumple órdenes. La orden Covid. 

La inmensa mayoría del plantel de turno son médicos jóvenes. Dan la cara, ponen cuerpo, algunos no saben qué hacer. 

Cuando se acerca la medianoche, de pronto, la emergencia reposa y los médicos jóvenes pasan por enfrente de tu box y ante tus narices con un tupper traído de sus casas, pan cortado en rodajas en una sala que suponés desinfectada y unos gorros navideños bajo el brazo mientras discuten quién se queda en la guardia y quiénes va a la salita preparada a esperar el año nuevo. Me parece que no está bien, me parece que está muy bien, soy paciente pero no soy juez y quién le puede negar un brindis (mientras no haya movimiento de urgencia) a un grupo de médicos que pasarán toda la noche ahí y quién sabe cuántas llevan encima, al servicio de los desvalidos. Quizá no deberían hacer ese despliegue que creen no se nota, y entonces me vienen unas ganas ciertas de intervenir y ordenarles el turno, y de paso robarles un trozo de longaniza. 

Son las 23:40 y voy quedando solo en toda la emergencia. La médica responsable que me había visto e indicado el hemograma ya se retiró y parece que no la veré más. Siento de súbito que estoy a la buena de Dios o de esos médicos y mil protocolos y un sistema de salud que se me escurre por las manos, un sistema de salud que -es vox populi- hasta hace unos meses era de referencia en el país y la región, reconocido por tirios y troyanos. De pronto, anoto detalles que parecen bobos y no necesito ser experto en limpieza y decoración de ambientes para saber que ese cotonete sucio en la hendidura de una puerta lleva unos meses allí. No años, meses. Tampoco una luminaria para darme cuenta que los recursos materiales están escaseando: rompen un guante de látex para ayudar a exponer mi vena más sanguínea y jugosa. 

La desidia de mucho tiempo se nota siempre; la de corto lapso, también. 

Me asomo al pasillo, resoplo, sé que por el momento mis únicas armas son la calma, la firmeza y la palabra. Intercepto a un médico que parece ser el encargado responsable por unas horas. No sabría decirme qué tengo porque lo mío es intestinal y él es del campo de la neurocirugía. 

Bárbaro, ¿y yo qué hago, quién me dice lo que me pasa, lo que tengo, qué esperar o no? No sabe. "En el análisis de sangre te salió una infección, y seguro te manden una tomografía, pero yo no sé más que eso. Te podemos dar un alta provisoria y volvés mañana". Me imagino que querés estar con tu familia, repite mil veces. Mi familia, esta noche, son dos amigas que me esperan, que no todo se trata de padre, madre e hijos, pienso y callo mientras me digo que es un irresponsable por largarme así, sin más, sin verdadera alta médica, sin tratamiento, sin alivio, con una tomografía pendiente. Pienso eso y su contrario: que es un alma piadosa que me ahorrará una noche en vela en un lugar horrible y sin solución inmediata posible. Veo el desnorteo de los profesionales del sistema, la falta de experiencia y la pericia inmediata adquirida, un ir sobre la marcha, una sensibilidad extrema en los ojos de la médica interna que mira directo mi mirada y otro que no mira y no puede sostener ninguna. Veo fragilidad, incertidumbre, duda, desacierto, y todo va directo a mi cuerpo, un cuerpo que, en esas circunstancias, enferma más. 

Sí, sacame de aquí que estoy a punto de hacer un ataque de pánico y angustia y además de la tomografía, voy a precisar a un grado 5 de psiquiatría, pienso y se lo digo con otras palabras. Ya en la puerta de calle y a 10 minutos del nuevo año, siento alivio mental pero corroboro que el dolor persiste y se intensifica ("tomate un analgésico si tenés", dijo el neurólogo) mientras espero el milagro de un taxi que al menos me lleve a mi casa con la idea de caerme muerto (ya sabemos que enfermos y doloridos nos ponemos más sugestionables) en mi propio lecho. Llega un taxi con dos varones y una travesti cubanos vestidos para matar por una consulta de emergencia. Me subo raudo al coche deseándoles la buena de Dios. 

Segundo acto, la locura

Vuelvo al día siguiente, feliz Año Nuevo, dispuesto a la espera y, a como dé lugar, por la tomografía computada. Un muchacho con la pierna envuelta en un trapo va cambiando de banco y vomitando todo el espacio. Hace una hora que están ahí, me dice su acompañante, mientras el muchacho lanza y lanza literalmente parte de su dolor por la boca. Cuando no soporta más, salta sobre la pierna sana y golpea con desesperación y a puro puño, una puerta que finalmente se abre. "Así tenemos que hacer los pobres, no queda otra", comenta un señor y se lleva la mano al vientre hinchado como embarazo de seis meses. 

El dolor propio aumenta y uno sabe exactamente por qué registra el ajeno: mal de muchos, consuelo de enfermo. Llega un venezolano fornido con un dolor que no escucho, una cubana que espera quieta su turno. Una anciana raquítica y criolla sale de la emergencia y acata la orden de otra espera. Inmigrantes, obreros, marginados, pobres. Es lo que se ve, es lo que se escucha. ¿Ese será el público consolidado de la salud pública a enero de 2021?

Escucho mi nombre y agradezco sin ser salamero (es lo que nos pasa a todos frente a una espera médica dilatada y cuando al fin nos atienden: gracias, mil gracias, muchísimas gracias) y creyendo en mis derechos y en ninguna limosna pública. 

En la segunda visita al Maciel, un médico joven comienza de cero con el interrogatorio. Lo detengo, le explico que hace no más de 12 horas ya pasé por eso, que ahí está mi historia clínica y mis análisis que indican una tomografía computada. Ni modo, dijeran los mexicanos. Otra vez de cero porque es otro turno y entonces no saben quién soy, "no me conocen". Revisación por internos y médicos a cargo, extracción de sangre y nuevos y repetidos análisis, tacto rectal. Y la compañía circundante: hisopado en el box tanto, un tipo con un tiro en la cabeza, "¿hiciste fiebre?", un aullido de esos de constante angustia y algo que lo toma todo: Covid, Covid, Covid es la palabra que se expande por el espacio y crea una atmósfera que aterra. 

Tengo hambre y sed, me duelen cada vez más las tripas y no hay remedio ni placebo, llegan voces impacientes y doloridas de todos lados, me empiezo a volver loco. Inhalo, exhalo, me convenzo que estoy en un relato de ciencia ficción sanitaria cuando descubro que habito el mismo box que el día anterior, como un loop de pesadilla. El cotonete sucio sigue allí.

Me entre duermo vencido por el cansancio y el dolor y al despertar (me lo comunica el médico joven que ya considero mi amigo) me cambian de box mientras espero, sigo esperando, la tomografía.

Al llegar al nuevo destino, se cierran las puertas de acrílico y detrás de mí alguien pega una cinta gruesa con algo escrito sobre la puerta de mi nueva casa - box. Leo al revés y con esfuerzo lo que dice en mayúsculas el letrero y ¡bingo!: "Aislamiento. ¿Covid?".

Por arte de letra (y porque había hecho 37.6 de fiebre en mi casa) paso de inmediato a ser un paria: nadie se me acerca, escucho el murmullo de enfermeros y médicos del otro lado de la puerta. "Un Covid, un Covid", dicen uno detrás del otro sin pudor y sin silencio. Y yo: ey, ey, ey, ya que el paciente está escuchando, ¿podría tener la palabra, por favor? No soy Covid. Hice fiebre, me tienen aquí porque la tomografía se demora, esa es la verdad y ustedes lo saben, digo amablemente a quien me quiera escuchar. Esa sensación trillada pero no por eso menos cierta: ser un número, parte de una estadística, y ni hablar de tener sentimientos, una historia (clínica, al menos), un padecimiento real y alojado en las tripas. 

De pronto ingresa un enfermero vestido galácticamente y otra vez me extraen sangre. Es el único que me tranquiliza, quizá sólo por su presencia y porque me dice lo obvio: "todo es Covid ahora, aunque no lo sea". Espero la tomografía hace ocho horas, digo que no puedo más de sed y dolor. Luego del segundo día en el sistema de salud y con una dolencia evidente, al fin el enfermero me gestiona un suero intravenoso. Me calmo, me dejo caer sobre la cama que me resulta acolchonada y deliciosa. A las 8 de la mañana abre la puerta del aislamiento mi médico joven de confianza para despedirse. Habrá cambio de turno (ya el tercero en esa estancia, y el cuarto equipo médico que conoceré desde mi ingreso el año anterior). No, por favor no me digas esto, vos no te vayas, le digo consciente de mi despropósito. Pero no te preocupes que sos el primero en la lista de las tomografías del día, me dice ante mi mirada de perro degollado. 

Pues no, no soy el primero porque antes hay casos más graves o, más bien, atienden a los que no están enfermos ni son sospechosos de Covid, porque nosotros podemos infectar toda sala o tomógrafo, retrasarlo todo. Los primeros serán los últimos. Me duermo vencido, entregado. A las 11 de la mañana me despierta un enfermero y me pone en una silla de ruedas con la velocidad de un rally: la tomografía. Me relajo aunque ya esté condenado por esa categoría siniestra: ascensor para pacientes Covid aunque no se sepa si tengo Covid y el anciano que baja antes de que yo suba, sí.  Por si acaso, total me lo agarro.

El tomógrafo que en otra circunstancia me hubiese producido un ataque de claustrofobia ahora se me asemeja al paraíso de la salud y la ciencia. Vuelta al aislamiento, más espera, un suerito, algo de calma autoimpuesta. A las horas entra un médico que nunca había visto y me dice que la tomografía junto a los resultados de sangre arrojaron un diagnóstico: diverticulitis aguda

¿Y el Covid? Se descarta ese diagnóstico como sospecha primera de la fiebre, aunque hay un hisopado pendiente. Se cierra la puerta y otra mano desconocida arranca el pedazo de cinta que pregunta "¿Covid?". 

Entra un enfermero. Me pasan a otra sala llena de boxes individuales equipados hasta la médula: respiradores, aparatos eléctricos, todo parece de última generación. Un hombre con un problema pulmonar está en el compartimento de al lado. Lo liberan prontamente de unos dos litros de agua que acumula en el pulmón izquierdo. Una mujer veterana es minuciosamente atendida por el nuevo turno de médicos alrededor de las 10 de la mañana. Un ojo se le sale de la cara, le explota. Somos tres pacientes aislados de otra forma que no entiendo, y todos con hisopados pendientes. 

No voy al baño hace más de cinco días, aunque rezo que la obstrucción no afloje ahora. Me tenso e inconscientemente sujeto aún más mi mierda: el baño está desbordado, tapado. Conviven, me doy cuenta en ese momento, los rastros de un sistema de salud público de calidad (los aparatos y toda la infraestructura, la ropa del personal, los kits de todo tipo, lo que acuerda el Uruguay) con algo que empieza a reventar, a desbordarse, como las cañerías e igual que los médicos que no saben exactamente qué hacer; o que responden, más bien, a la preocupación protocolar por excelencia en esta nueva normalidad: Covid primero, después el resto de la vida. Descartado el bicho maldito, todo lo demás: un embarazo dificultoso, una infección intestinal, un marginado que volverá a la calle (comiendo de la basura, pero sin Covid).

En un momento me digo basta, basta de los otros. No me importa nada de ellos ni el funcionamiento del sistema. Debo salir de ahí como sea. Estoy asustado, cansado. Otro equipo médico ha entrado en escena. Juro mi fuga si es necesario.

Miro a una médica de traje espacial y un mechón de pelo rubio a su ojos verdes (es lo único que se le ve) y trato de penetrarla con la mirada. Mis ojos ruegan. Le explico en dos minutos lo que pasa y me pasa desde hace tres días (todo lo que me resta de lenguaje y capacidad de síntesis se pone a prueba en esa jugada que considero clave). Encuentro una respuesta: sí, ya vi tu historia clínica. Me revisa mínimamente, dice que consultará con el equipo. Desaparece pero vuelve a los cinco minutos. Me dice que  aún no está el resultado Covid pero que me van a dar de alta con el otro diagnóstico. ¿No lo sospechábamos desde un principio, Sherlock? 

La médica que me salva me da indica en dos trazos una dieta sana, un manojo de recetas y un tratamiento antibiótico. Todo a las apuradas y contra la puerta de salida, como si fuera un ex convicto por equívoco dado a la fuga con la ayuda de un buen ser. El medicamento más caro no está en la farmacia pública, como tampoco hay otros cientos. En mis manos tengo una orden de repetir en la misma emergencia los exámenes de sangre a las 72 horas. Minga y supervivencia mental: ese mismo día la emergencia del Maciel se manifestó públicamente desbordada y los casos de Covid estallaron en Montevideo. 

Presa de un trauma (seré flojo, qué sé yo) me quedé en casa con el tratamiento antibiótico y la dieta a rajatabla por diez días mientras acudía a la medicina china: un acupunturista de mil maravillas hizo que al otro día de pincharme cagara como los dioses. Hay que decir las cosas por su nombre: trauma, delirio Covid, mierda pura. Y miedo verdadero: nunca lo tuve con el Covid (ni a su tratamiento y la cuarentena) sino que padecí un pánico cierto por otros riesgos que comprometieran mi salud física y mental  y que no fueron priorizados, cuando eran evidentes, frente al panic attack  diario, contemporáneo y todopoderoso. 

A veces, dos buenos actos dramáticos necesitan un tercero para que la pieza sea perfecta: el martes 20, unos días después de finalizado el tratamiento antibiótico, debía ir a una policlínica especializada en asuntos "gastro", digamos. 

Tercer acto: el delete del sistema

Tan especializada la policlínica que nadie sabe dónde está. Pregunto en la en puerta de entrada, no; en esa ventanilla, no; en esa otra, tampoco; ese médico o enfermero con una computadora en un pasillo: "quizás abajo". Vengo de ahí. "Es que si no es ahí, no sé". Me cruzo con la médica que me derivó hace unos días en la emergencia a la clínica que busco. La identifico por los ojos y un mechón de pelo rubio que asoma por su gorro. Mi salvación, pienso. Me dice que ya averigua dónde es la clínica. Entra por una puerta, sale corriendo con un paciente en sillas de ruedas que parece desvanecerse. Más grave que yo, me digo y veo cómo se aleja alguien que sabe mínimamente de mí. Nuevamente: piso uno, piso dos, en aquel pasillo doblando a la derecha las puertas 2, 4 y cinco. Nada, nadie, no saben/ no contestan. Otra vez la puerta de entrada. No. Sale alguien de una puerta ya tocada: "es al lado de esta, parece". 

Toco. Sale un médico. Sí, es la clínica. Eureka. "¿Y la orden?" ¿Cómo? "Hay que anotarse antes". Me dijeron que viniera directo. "No se puede". Por favor, yo soy el que no puede, no puedo más, y me largo con el speach firme sobre mi dolencia y trasiego pero comprensivo del sistema y que ya tengo aceitado y parece que en algo convence. "Dale, está bien, te atendemos por esta vez, pero andá al registro de entrada y decí eso y vení con la orden acá, así accedemos a tu historia clínica". 

En la ventanilla de entrada: eso no se puede. Hay que tener orden previa. Y no hay tutía ni ocho cuartos. No se puede. 

En un momento hay que parar, asumir la derrota: Está bien, dame un día y una hora. "Bien. A ver..., no se puede". ¿Cómo? "Estás dado de baja de ASSE". ¿Cómo? Pero... y otra vez todo el cuento anterior (con capacidad  de síntesis y control de la desesperación). 

"Es así. Tenés que llamar a este número". ¿A un número de teléfono? ¿Y tenés idea por qué podrá ser? "¿Cambiaste de trabajo o algo así? Puede ser eso, que tengas mutualista" No, estoy en mi casa desde que me fui del Maciel el 2 de enero. ¿Tenés idea de qué más puede ser? "No sé, llamá ahí, capaz un error administrativo, o un dedazo". Llego a mi casa, levanto el teléfono, marco. Interno tanto, tal cosa; otro interno, tal otra. Espero, se corta la comunicación. Llamo, espero, se corta. Tres veces. Al día siguiente, repetición del trámite infructuoso. Un dedazo, pienso. De un dedazo y quién sabe por qué termino sin atención (la que tuve) y extrañamente borrado del sistema. Dado de baja, más bien, cuando estoy afiliado desde hace un año y me habían otorgado como centro de referencia, precisamente, el Hospital Maciel. A los dos días una amiga de un amigo de una amiga (el bendecido nepotismo afectivo de Uruguay, digamos) descubre el motivo de la expulsión: tenía un alta provisoria de un año que nunca supe que era provisoria, me bajaron sin aviso previo, me volvieron a dar el alta por diez días el 31 de diciembre en la emergencia, ya estaba vencida otra vez cuando intento continuar con los tratamientos indicados. Vuelta al trámite, foja cero. El absurdo.

Qué más puedo hacer que escribir esta crónica. ¿Quieren que me encadene frente a ASSE en señal de protesta? No, un poco de dignidad: una de mis fuentes de salud. Yo, que puedo narrar esa experiencia que ya es trauma, reconvertirla en relato y hacerla pública (aunque no sé cómo seguirá mi tratamiento. ¿Medicina china y acupuntura?: seguro, sin chistar y encantado frente a esta occidentalidad). 

Yo, que no soy uno de esos viejos de la calle, la mujer sin palabras, el que ligó un tiro en un brazo, el que murió en una ambulancia camino a mejor tratamiento, el otro que también fue aislado por Covid pero en verdad postergado por otras faltas del sistema, los que mueren padeciendo en soledad, los que acumulan dolencias hasta reventar, los sin defensa ajena ni propia. "Los nadies", debemos decir cada vez. 

Los nadies también son miles de médicos y funcionarios que en medio de toda esta locura que vivimos, están sujetos (sin salida de emergencia, podría decirse) a los evidentes cambios en la atención pública sanitaria: ¿recursos económicos y humanos?, protocolos, nuevo paradigma ahora instalado de lo que es la salud: Covid antes que cualquier otro motivo y aunque padezcamos y muramos de mil cosas más. El destino y fundamento de la salud pública en los tiempos que nos toca, y su derrota quizá, es zafar a toda costa de "la peste", esa que nos tiene en vilo y comanda casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Después, los padecimientos y enfermedades de la vida. Lejos, otros bienestares. Ah, y a todo esto: nunca supe de mi hisopado. Supongo que soy Covid negativo. Sino, qué duda cabe que me hubieran llamado para bien cuidarme. 

Apegé (acrónimo de Álvaro Pérez García) es periodista, editor y escritor. Trabajó en el semanario Brecha como periodista y editor de la sección Sociedad (2004-2014) y en el periódico la diaria fue cronista, columnista y editor (Ciudad ocre, Decirlo todo y suplemento Incorrecta, entre los años 2014-2017). Fue ensayista y parte del Consejo editor de la revista de ensayos Prohibido Pensar (2014 -2015). Publicó dos libros: Injuria (Criatura editora, 2011) y Provinciano (Tren en movimiento y el 8vo. loco editores, Buenos Aires, 2016).

Desde hace ocho años coordina de forma presencial y virtual el taller de escritura Máquinas de escribirnos.  

La foto de Apegé es obra de Javier Calvelo

Columnas
2021-01-24T05:42:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias