VERSIÓN PARA IMPRESIÓN
18/01/21

Chile, ¿ahora qué?

Jaime Secco

Con poco más del 1% escrutado, el triunfo del “Apruebo” en el plebiscito chileno es abrumador e ilevantable. Algo parecida es la tendencia de la segunda pregunta a favor del “Constitucional”. Festejo, pero también algunas primeras dudas.

 

Fue una derrota contundente de la derecha y el gobierno de Sebastián Piñera. Esa es la primera conclusión. Pero, ¿quién triunfó? No la oposición. Fue una victoria de gente común harta de un modelo que no sólo era desigual, sino que pregona la desigualdad, el desprecio y la opresión.

Hace un año, a partir de un aumento del boleto, comenzó una ola de manifestaciones masivas que pronto sirvieron para expresar toda una constelación de agravios. "Esto no tiene nada que ver con el aumento del transporte", llegaron a decir los oradores populares. Pronto el clamor se concentró en el cambio de la Constitución aprobada al final de la dictadura de Pinochet.

Pero parte de la izquierda, al menos, no tenía idea de lo que estaba pasando ni leía lo que la sociedad estaba gritando con claridad. En los primeros días de manifestaciones, cuando era evidente que no se trataba de un puñado de anarquistas revoltosos, un legislador socialista pidió al gobierno que ejerciera la autoridad con mano más dura. 

De hecho, la represión era brutal, se sacó a las Fuerzas Armadas a la calle y baleaban a los manifestantes. Se habla de cuatrocientas personas que perdieron la vista por perdigones.

El propio Piñera se dio cuenta, antes que algunos sectores de la oposición, de que la crisis no se solucionaba con más balas. Consiguió un acuerdo unánime en el Parlamento que pasaba por un plebiscito para cambiar la Constitución. Quiso meter el cangrejo debajo de la piedra incorporando al actual parlamento con payoría de derecha en la constituyente, pero al sentir el rechazo transformó el tema en una segunda pregunta.

 En 2019 hubo irrupciones de ira en casi cuarenta países. En general, no obtuvieron nada. O sus reclamos fueron reducidos a quejas parciales o la represión terminó por disolverlas. En Chile se celebró justamente un triunfo. Las dilaciones voluntarias primero y atribuidas al Coronavirus luego, no hicieron más que afirmar la voluntad de cambio.

La duda es, ¿una Constitución es un objetivo que puede satisfacer la demanda por una nueva forma de vida? En los 60 se decía con reproche que en Uruguay ante cada problema se presentaban proyectos de reforma, como si fueran soluciones milagrosas. 

La Asamblea Constitucional se elegirá, necesariamente, votando listas de partidos. Es esperable una buena votación que nuevos partidos de izquierda, alejados de los que gobernaron con Michelle Bachelet. Pero no tan buena que puedan por sí votar una Constitución radicalmente popular.

Permítanme recordar un hecho alejado. En 1295 el rey inglés Eduardo III convocó a asambleas representativas de los distintos estamentos para solicitar impuestos extraordinarios. Los delegados venían con sus petitorios, que había que satisfacer si el rey quería que le votaran su pedido. Pero las cortes se reunían una vez y el Consejo quedaba encargado de redactar lo acordado. A fin de 1414, los delegados estaban hartos de que las normas no fueron fieles a lo reclamado y se aprobó que el rey no podía modificar lo reclamado, que en seguida pasó a presentarse como proyectos de ley redactados. Fue un progreso clave en afianzamiento del parlamentarismo.

¿Puede la Constitucional chilena votar la carta magna que cada chileno estuvo soñando todo este año? ¿O saldrá alguna cosa de compromiso que incluso siendo mejor que la redactada por Pinochet sea vista con desencanto y pase a ser el nuevo centro de lucha popular?

Para empezar, puede notarse que los distintos partidos opositores no tienen siquiera un acuerdo general sobre lo que debe cambiarse; desde el PDC al Frente Amplio, pasando por el PCCh y el PSCh.

Uno de los países en que las manifestaciones de 2019 lograron éxitos tangibles, fue el Líbano. Tras quince días de lucha, el primer ministro Saad al Hariri debió renunciar el 29 de octubre. Las manifestaciones siguieron, sin embargo, exigiendo el fin el sistema confesional. Amainaron con el Coronavirus y recrudecieron luego de la terrible explosión en el puerto, el 4 de agosto de este año. Nueva crisis constitucional, acefalía y el 22 de agosto de este año los partidos no tuvieron mejor respuesta que reponer a Saad Hariri como primer ministro.

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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