VERSIÓN PARA IMPRESIÓN
20/01/21

Historias reales e intemporales. El sentido del deber con amor. General Licandro

Juan Pedro Ribas

Al General Licandro lo conocía por su fama de rectitud y de hombre de bien que lo distinguía del conjunto.

Lo vi en el excelente programa de TV Ciudad dirigido por Papico Ponce de León "El Uruguay de duelo".

Me enteré que había sido padrino del duelo de mi abuelo, el General Ribas, con Don Luis Batlle Berres y luego padrino del General Seregni en el duelo con mi abuelo Ribas.

Halaba con firmeza y convicción, un día me atreví a llamarlo para decirle que me gustaría conocerlo, así fue y bastaba verlo para darse cuenta por qué era uno de esos hombres que no admiten dudas, firmeza, convicción y severa rectitud.

Fue nombrado en la Comisión de Ética del Frente Amplio y al poco tiempo renunció.

Tuve oportunidad de verlo nuevamente en una cena organizada por la gente de la Asamblea Popular y entonces descubrí la otra faceta del militar formal, estructurado que se imponía por una aparente rigurosidad.

En un momento mirándome a los ojos y con una tristeza indescriptible me confesó:

"Mi esposa tiene Alzheimer, me han recomendado que la interne en un hogar para adultos mayores o que contrate a una enfermera permanente, hay que darle la comida, limpiarle la boca, ella se olvida me repite las cosas y yo no puedo dejar eso en manos de otra persona.      La escucho yo, le doy de comer y le limpio la boca. Debí contratar a una enfermera para que me ayude a acompañarla y con los menesteres de las damas, además yo a veces tengo obligaciones".

En la cena comprendí el sentido del deber con amor y aquel hombre de apariencia tan dura, me recordó a lo que decía el Che: "Hay que endurecerse sin perder la ternura".

 

Julio Pérez

A Julio Pérez le llevé mis hijos muy pequeños preguntarle por un posible futuro en el fútbol.

Le soltó una pelota en el pecho a Juanpe  y otra a Cesar y me dijo: "Este que se dedique a otra cosa, aquel si quiere puede seguir".

La profunda admiración que siento por Julio Pérez creció en la acción mientras recorríamos los barios, les hablaba a los jóvenes jugadores y también a los muchachos que no tenían aptitudes futbolísticas.

Llegué a entenderlo y admirarlo como a un elegido.

Me decía "Ser Campeón del Mundo, es nada; una pelota que entra o que sale, un título o no; la cosa es cuando volvés, la gente te admira y vos no tenés ni sexto de escuela, ahí solo te salva ser humilde y respetuoso.

Yo no voy a ir a la playa con una medalla en el pantalón de baño para ostentar lo que logramos, eso ya es de otro tiempo.

Me dijeron que me iban a dar una pensión, pero yo tenía que decir que no tenía trabajo y yo estaba trabajando, no voy a ser Campeón del Mundo para mentir y pichulear la moneda, no mentí ni para eso ni para un puesto de trabajo que me iban a conseguir en la Intendencia.

Y el premio es que los muchachos de ahora, grandísimos jugadores, campeones y con mucha plata, me invitan a las comidas y me tienen por buena persona".

Doña Gladis Castro de Pérez, con más de 80 años sobrevivió a un salvaje ataque de rapiñeros.

Estuvo un mes internada en estado de coma.

Al volver a la vida lo primero que hizo fue reordenar los recortes de prensa y los enseres de su esposo.
Fue la compañera de Julio con más de 50 años de matrimonio.

Mujer sencilla y solidaria se transformó en la memoria viva del 50, al punto que el libro  "En la cumbre de las hazañas", de José Eduardo Picerno, recurrió a sus recuerdos en forma permanente.

En su hogar con asiduidad se reunían junto a Julio, Roque Máspoli, Óscar Omar Míguez y Obdulio Varela.

Ella asumió como deber honrar la memoria de sus ídolos; con el agregado que uno de ellos era su esposo.

 

Poema de Doña Gladis Castro de Pérez

Amor mío

El barrio Lavalleja en su seno te acunaba

sus calles te vieron pasar

corriendo hasta el baldío

canchita suburbana rodaba

la pelota y tu anhelo de triunfar

La página primera de tu historia brillante

 se escribió en este humilde arrabal

que acaricio tu sueño

 así te elevaste cubriendo

de gloria este humilde suelo oriental

Julio Pérez a las cinco de la mañana rumbeaba para el descampado a cazar pájaros, su orgullo, su alegría era escuchar sus cantos y presentarlos como familiares a quienes lo visitaban en su hogar.

En una época lejana el Coronel Torres de la Llosa durante el gobierno de facto, irrumpió en su domicilio con tropas armadas a guerra y requiso la población de aves.

Cuando el jefe del procedimiento y las Fuerzas Especiales se retiraron con las jaulas de las aves, el vecindario permaneció agolpado frente a la casa de la familia cantando el Himno Nacional.

Lo que Don Julio nunca perdonó, fue que un ex Campeón del Mundo, no le dijera que uno de sus cardenales estaba en la casa de un General de la época.

 

Juan Pedro Ribas

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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