“¿Y la luz, broder, la luz?”: los cubanos vivimos en un eterno apagón. Jorge Ángel Pérez (desde Cuba)

09.06.2026

Entre versos, apagones y arroz cocinado en casas ajenas, esta crónica retrata un país donde la luz también se convirtió en privilegio.

 

Yo tuve por amigo a un gran poeta que aseguraba, haciendo del verso su esencia, que alguna vez fuimos muy jóvenes y aún sin ser amados. Desde entonces aquel poeta se interesaba en las fluctuaciones de la luz en toda nuestra geografía y, haciendo uso del verso libre, decía que en Cuba se apagaba un municipio para que otro pudiera encenderse.

Transcurrían los años ochenta del pasado siglo y aún no habíamos amado. Eran también los años en los que empezamos a conocer los apagones, quizá sin la intensidad ni las sofocaciones que hoy nos matan. Mi amigo repetía que todavía éramos muy jóvenes y aún sin haber amado, mientras el país comenzaba a distinguirse por las largas horas de oscuridad.

Eso fue hace mucho tiempo, pero aún recuerdo algunos versos que escribió para poner en el centro de su poesía ese mal que nos condenaba a la ceguera. Recuerdo aquellos versos y su fuerza; recuerdo al poeta y también su sensibilidad.

Desde entonces esperamos la resurrección de la luz. La esperamos suponiendo que alguna vez la tendríamos sin la necesidad de apagar un circuito para que otro se encienda. Pero ese momento no llegó. Seguimos aguardando a que se apague un municipio -circuito, decimos hoy- para que el que permanece en tinieblas tenga apenas un ratico de corriente.

Mi amigo sospechaba que la luminosidad del país sería reconquistada alguna vez. Pero los tiempos pasaron, los años crecieron, se hicieron largos, se hicieron demasiados, y la luz no volvió a sus andadas habituales. La luz sigue brillando, sí, pero sobre todo en sus ausencias. Y yo vuelvo a reclamar: "¿Y la luz, broder, la luz?". Pero no viene. Ni siquiera se asoma.

Y eso fue hace ya mucho tiempo, pero aún recuerdo aquellos versos que reclamaban la claridad perdida: "La luz, broder, la luz". Así escribía y declamaba Sigfredo, con su voz ligeramente ronca, como si hubiera pasado toda la vida haciendo el mismo reclamo hasta desgarrarse la garganta.

Hoy se apaga un municipio para que otro se encienda.

Y aparecieron males mayores, más dolorosos. Entonces llegaron los apagones interminables para algunos, contrastando con las luminosidades que otros disfrutan. Yo no tengo luz, pero a cuatro o cinco metros se encienden todos los bombillos. Sigfredo debió intuir el desastre. Y se cumplió su predicción: se apagó la luz en muchas partes para que otras se alumbraran un poquito, mientras otros -y no pocos- tienen mucha luz, demasiada luz.

El comunismo perdió aquellas esencias con las que tanto alardeó: la de una luz para todos y para el bien de todos. Hay barrios donde los apagones parecen no existir, mientras otros viven condenados a la penumbra permanente.

Él intuyó algo del desastre. Yo, en cambio, tengo la certeza. Fue un adelantado en la visibilidad de los apagones. Y también creo, porque era un hombre inteligente, que habría entendido el cinismo de escuchar a una vicepresidenta decirnos, con toda naturalidad, que a ella también se le va la luz y que tampoco le vuelve.

Mientras tanto, el clan Castro continúa mostrando unos votos de pobreza que provocan risa e indignación. Pretenden hacernos creer que también se les pudre el pollo. Y no sé por qué hablo solo del pollo cuando debería enumerar las muchas ambrosías que ellos conservan sin problemas.

Yo, sin embargo, debo salir con mi arrocera y caminar unas cuadras para conectarla en la casa de una vecina que sí tiene corriente. Así consigo ablandar el arroz en esa arrocera que ya es parte esencial de nuestras vidas.

Yo soy un cuerpo que se divide en cabeza, tronco y extremidades, como cualquier ciudadano del mundo. Pero en mi caso hay que añadir la arrocera que conecto en casa de vecinos cuyos circuitos nunca se apagan. Porque en cuestiones de luz no somos iguales todos los cubanos. Y esas diferencias se hacen demasiado visibles en mi barrio, en la ciudad, en todo el país.

Publicado en Cubanet, el 1 de junio de 2026

Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.


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2026-06-09T02:52:00

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