Balada de las hojas del exilio

Daniel Vidart

30.01.2018

Vuelan las hojas en el viento santiaguino, vuelan
como monedas secas,
como pequeños mapas arrugados,
como los nombres
de una muerta geografía.

Desde mi ventana

abierta a la isla larga de la calle Providencia

por donde las lolas avanzan

tripulando sus zuecos de madera

resonante,

firmes los culos, las prietas pantorrillas

enfundadas en bluyines historiados

con figuras y siglas,

etiquetas y marcas   que celebran

los fastos del imperio.

Desde mi ventana, digo,

veo volar las hojas,

en alfombras susurrantes, en rojizos escuadrones,

en remolinos de crujientes

aplausos, en nervadas palmatorias

donde arde un instante

la luz que súbita desciende

de  las nubes revueltas,

a la sucia calvicie

del otoño, al raido

balcón de la montaña.

Y cada hoja,

cada fragmento de difunta primavera,

tiene el frente y el perfil de una nostalgia,

el dibujo de un gesto fugitivo,

el rictus de la cara innumerable

de mi gente  repartida en el destierro.

Esos fueron y son  mis compañeros,

esas hojas de mandíbula amarilla,

de amarillos dientes tabacales

de estrías amarillas socavadas

por el escoplo

de la melancolía.

Vuelan las hojas, vuelan

los ojos fosfóricos, sagaces, vigilantes,

los ojos aureolados por el humo, los ojos descendidos

al ataúd redondo de las órbitas

que a pulso sobrellevan las ojeras

de las noches en blanco, de los días en negro,

de las tardes inmóviles,

del  no saber a quién mirar

ni adónde mirar,

ojos duros, ya casi amortajados por el polvo,

aburridos

de pasar revista a los mismos, raleados camaradas.

Vuelan las hojas, vuelan

las mejillas recorridas por caminos de hormigas,

los  recuerdos macilentos,

las violáceas postales del insomnio,

los círculos concéntricos de arrugas, los rostros  cadavéricos

que fermentan su enclenque resplandor

bajo un  cielo de patíbulo;

vuelan las bocas contraídas, convulsas, concentradas,

los labios resecos,

las furiosas comisuras con vinagre y maldiciones

que de tanto repetidas

al fin son la borra del tiempo, la saliva

de las horas,

la plusvalía del infortunio,

el estandarte del tedio,

el excremento

de un antiguo, fabuloso entusiasmo.

Queridos muchachos orientales, ayer  insumisa

tempestad,

ayer compartimentada impaciencia

de la pequeña burguesía más ilustrada que ilustre,

alabanza del gatillo,

apoteosis del fierro, elogio

del proyectil cantado por  poetas, glorificado

 por  guitarras

oda a la doble militancia, teoría

continental del foco, documento

brotado de estudiosas madrigueras, asiduidad furtiva

del contacto, fruición

del nombre interno,

del local clandestino

de la esquina abordada con precisas

instrucciones,

diminuta escritura en hojuelas,

en  liliputienses rollos,

en códices de criptica lectura,

y todo en medio del fervor procaz

de la puteada

de la palabrota  bruta  que empareja

a macho y hembra mejor que la caricia,

mejor que los delicados, proscriptos rituales

del amor en la patria verdadera, es decir

aquel  fervoroso encanto del tú y yo, del nosotros

que no sirve

para gritar a coro las consignas,

ni abrir las puertas del futuro,

ni anunciar al hombre nuevo

que vendrá cuando termine, a como sea,

la instalada injusticia.

Y antes y siempre

el sacrificio sin premio y sin alivio,

el heroísmo feroz de la vanguardia

el olvido de los miedos y corajes

populares,

el sacrilegio

de descubrir el fuego

y no entregarlo a la gente que pasa por la calle,

el mesianismo

de la exacta puntería.

Dolorosos, empecinados combatientes

todavía niños, todavía tatuados

por el acné

que la mamá curaba,

ahora

aguardando  a    salteados  emisarios

que les llevan unos pesos y los busquen

para hablarles de los lindos días de  playa,

de la quinta llena de .arboles  y flores,

del domingo de asados y de futbol,

o del llanto tan bobo de los viejos

que aun esperan  la carta prometida.

Compatriotas  flagrantes que de  todo ser  extraño huyen,

que hurtan el rostro y la mirada,

que no dan direcciones ni apellidos,

que hunden la pelambre inconformista

entre los huesos de los hombros,

y apuran los talones recelosos,

y esconden las narices, las barbas prontuariadas,

los requeridos datos personales

en barracas, en cubiles, en colmados cuartos

con olor a sudor, a pies con mugre y sueño,

a taciturnos pantalones ya sin raya,

muestrarios del orín, del fideo, del guiso  en grasa pura..

Vuelan las hojas, vuelan

los dolientes, hermosos  chiquilines,

ayer  los señores del relámpago,

los agudos halcones

de la razón y punto,

los certeros guardianes

de la rota guerrilla, los dueños derrotados

de la gran luz que no se  entrega a los pordioseros

de la libertad

sino a los que la traen al mundo  con su sangre 

y con la ajena,

hoy condenados

a perpetua vacancia, a conspiración

vacía,

atados a su inhábil orfandad, a su inútil

espera.

Vuelan las hojas, vuelan

como abejas moribundas, como la ceniza

de la felicidad,

como la espuma oxidada

de un mar, de un verano, de una ciudad perdida,

como un trueno que ya olvidó la lluvia,

como la neurótica paloma

del exilio.

 

Santiago de Chile, marzo de 1973

Daniel Vidart
2018-01-30T09:40:00

Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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