MONTEVIDEO (Infoesfera/ por Esteban Valenti) – Hablemos de objetos, en estos tiempos donde todos los cambios tecnológicos principales se relacionan con los algoritmos. Objetos donde el metal cumple el papel principal y lo cumplía en el momento de su puesta en funcionamiento.
La ilustración de portada de esta columna corresponde a una Colt .45 del año 1911, incorporada por las tropas de marines norteamericanas porque sus oficiales, armados con los viejos Colt calibre .38, no lograban detener las cargas de los guerrilleros filipinos; aunque les dispararan y acertaran con varias municiones, no lograban frenarlos y morían ensartados en sus largas y primitivas lanzas.
El teléfono de la misma imagen apareció exactamente en el mismo año. Existe una particularidad: las armas, aunque hace varios años que no se fabrican más, están plenamente en uso. En Uruguay no son ninguna antigualla y por 1200 a 1500 dólares se pueden adquirir en varias armerías de nuestra ciudad, en perfectas condiciones de funcionamiento.
El aparato de telefonía es simplemente una reliquia de remates y museos. Lo que prima en ambos artefactos es notoriamente el metal.

Pasaron varias décadas y, en esta ilustración el teléfono corresponde a un moderno modelo Samsung, mientras que la pistola calibre 9 mm es una Glock en uso en decenas de fuerzas policiales de todo el mundo, una de las armas cortas más fabricadas y utilizadas a nivel policial y militar.
Los dos utensilios están en pleno uso. Respecto a los metales, aunque en menor medida que en el caso anterior por el uso de polímeros, carcasas plásticas y vidrio, el elemento fundamental sigue siendo el metal. La diferencia abismal es que las dos armas siguen estando en funcionamiento, mientras que los teléfonos -no solo por su forma, sino por su mecanismo de funcionamiento, las centrales que les dan soporte y los cables necesarios- son totalmente diferentes e incomparables en todo sentido.
En los extremos de la ciencia están los teléfonos, mientras que las armas han tenido en el último siglo variaciones importantes, pero nada en comparación con las tecnologías de la telefonía inalámbrica.
El principio de las armas sigue siendo el mismo: un cartucho que contiene una carga de explosivo y una munición metálica de diversas aleaciones, disparada a través de un cañón estriado. Hace más de un siglo que las estrías son parte de nuestras armas de fuego.
La ciencia y la tecnología en materia de teléfonos no han dejado nada en pie: los aparatos transmiten a través de sistemas celulares formados por antenas que crean células donde se pueden emitir y recibir sonidos, palabras, imágenes fijas y móviles. Pesan cada día menos y son un manojo de circuitos que representan la parte final, en manos de los usuarios, de un soporte de equipos de todo tipo que operan a escala nacional e integran una gigantesca red mundial.
Aunque existe la creencia de que las armas son el ámbito donde la ciencia y la tecnología han alcanzado los más altos niveles de innovación -si bien es cierto en el empleo de sistemas electrónicos de vuelo, de puntería, de prevención de ataques y de motorizaciones aéreas, navales y terrestres-, las transformaciones en la telefonía son incomparablemente más profundas, diversas y revolucionarias en cada uno de sus detalles.
Al final, mientras la tecnología de la comunicación redefine a diario los límites del pensamiento humano, el metal de las armas sigue anclado en su primitiva e inmutable vocación de matar.

Esteban Valenti
Director de la Agencia Uruguaya de Noticias UY.Press/Director de la revista Bitácora
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