MONTEVIDEO (Uypress) - Hay una pregunta que parece sencilla, pero que puede resultar incómoda: ¿cuándo estamos trabajando cuando estamos conectados?
imagen de Siervos de la nube: el trabajo que no parece trabajo

La respuesta intuitiva sería: cuando abrimos una computadora para cumplir una tarea, recibimos un salario y tenemos un jefe. Todo lo demás sería ocio, consumo o entretenimiento.

Pero la economía digital empieza precisamente donde esa separación se vuelve borrosa.

Cuando alguien publica una fotografía en Instagram, escribe una reseña en Google, corrige una entrada de Wikipedia, sube un video a TikTok, marca una ubicación en un mapa, recomienda una película, califica un restaurante, utiliza un asistente de inteligencia artificial o simplemente permanece unos minutos más desplazándose por una plataforma, está haciendo algo que puede no parecer trabajo y, sin embargo, produce información económicamente aprovechable.

La cuestión no es afirmar que cada clic equivale mecánicamente a una hora de trabajo en una fábrica. El asunto es más interesante: las plataformas han conseguido incorporar actividades que antes pertenecían al consumo, al ocio y a la vida cotidiana dentro de sus propios procesos de producción de valor.

El trabajo invisible

Esta transformación tiene antecedentes intelectuales anteriores a Facebook, Google o TikTok.

En los años noventa, el filósofo italiano Maurizio Lazzarato utilizó el concepto de "trabajo inmaterial" para describir actividades que producen el contenido informacional y cultural de las mercancías. Ya no se trataba únicamente de fabricar un objeto físico: producir información, conocimiento, comunicación, gustos, estilos y opinión también podía formar parte del proceso productivo.

La intuición de Lazzarato resulta especialmente útil para comprender Internet porque las plataformas digitales convierten precisamente esas capacidades -comunicar, opinar, crear, recomendar, clasificar, relacionarse- en materia prima.

El usuario no llega a Facebook pensando que va a trabajar para Facebook. Llega a hablar con un amigo.

No abre Google Maps pensando que va a mejorar el sistema de información geográfica. Busca una dirección.

No escribe una reseña de un restaurante pensando que está entrenando un sistema de recomendación. Cuenta su experiencia.

No publica un video pensando necesariamente en producir un activo para una corporación. Quiere expresarse.

Y, sin embargo, todas esas actividades pueden dejar detrás información estructurada, patrones de conducta, señales de preferencia, relaciones sociales, contenidos y datos que alimentan la infraestructura económica de las plataformas.

El truco histórico de la economía digital consiste en que gran parte de su trabajo puede presentarse ante quien lo realiza como otra cosa.

Como diversión.
Como comunicación.
Como participación.
Como creatividad.
Como amistad.

De consumidores a productores sin saberlo

La vieja división entre productor y consumidor se vuelve cada vez menos útil.

Durante buena parte del capitalismo industrial, la escena era relativamente sencilla: alguien fabricaba una mercancía y otra persona la compraba. La empresa organizaba el trabajo y el consumidor aparecía fundamentalmente al final del proceso.

Las plataformas digitales mezclan las dos figuras.

El usuario consume contenido y al mismo tiempo produce contenido. Consume una red social mientras genera los datos que permiten hacer funcionar y rentabilizar esa red. Lee reseñas y escribe reseñas. Mira videos y produce videos. Utiliza mapas y, mediante sus desplazamientos, ayuda a generar información sobre movilidad.

Es el prosumidor: productor y consumidor simultáneamente.

Christian Fuchs ha llevado esta discusión al terreno del "trabajo digital", sosteniendo que el uso de las redes sociales puede ser analizado como una forma de trabajo dentro de una economía capitalista más amplia. Su argumento no se limita a las publicaciones: propone observar las cadenas completas de producción que hacen posible los medios digitales, incluyendo tanto formas remuneradas como no remuneradas.

La consecuencia conceptual es importante.

La fábrica ya no necesariamente tiene paredes.

Puede estar distribuida entre un centro de datos, un programador en California, un moderador de contenido en Filipinas, un trabajador logístico en México y millones de usuarios que, desde sus teléfonos, producen continuamente información.

Es la vieja fábrica dispersada por la sociedad.

El autonomismo italiano había anticipado esta posibilidad mediante la idea de "fábrica social": el trabajo deja de estar confinado al lugar físico de producción y comienza a extenderse por la vida social. En los debates contemporáneos sobre trabajo digital, esta tradición ha sido retomada para explicar cómo las plataformas pueden organizar y capturar actividades que suceden fuera del empleo formal.

¿Navegar es trabajar?

Aquí aparece el punto más polémico.

Decir que utilizar una red social constituye trabajo puede parecer exagerado. Después de todo, nadie nos obliga a publicar una fotografía de nuestras vacaciones. Nadie nos paga por discutir con desconocidos en X. Nadie considera una jornada laboral pasar veinte minutos mirando videos.

Y precisamente ahí está el problema teórico.

¿Qué convierte una actividad en trabajo?

Si la respuesta es necesariamente "recibir un salario", entonces navegar no es trabajo.

Pero si consideramos trabajo una actividad porque contribuye a un proceso productivo del que una empresa obtiene valor, la frontera comienza a desdibujarse.

Esta discusión tampoco nació con las redes sociales. En 1977, el economista de la comunicación Dallas Smythe propuso una idea provocadora: los medios comerciales no venden únicamente contenidos; también venden audiencias a los anunciantes. La atención de las personas se convierte así en un recurso económico. Esa teoría de la "mercancía audiencia" ha sido posteriormente recuperada para analizar las plataformas digitales.

La economía de la atención parte de una realidad extremadamente sencilla: nuestra atención es limitada.

Podemos producir infinitamente más contenido que el que una persona puede consumir. Podemos recibir miles de estímulos, pero solo disponemos de una cantidad limitada de tiempo y capacidad de atención.

Por eso las plataformas compiten ferozmente por retenerla.

El objetivo deja de ser simplemente vender un producto. El objetivo es conseguir que permanezcamos dentro del ecosistema, porque cada minuto adicional puede generar nuevas interacciones, nuevos datos, nuevos perfiles y nuevas oportunidades publicitarias.

El usuario cree que está matando el tiempo.

La plataforma está monetizando ese tiempo.

La atención como territorio económico

Aquí aparece una dimensión particularmente importante del tecnofeudalismo.

En el capitalismo industrial, el empresario debía contratar trabajadores, comprar materias primas y organizar una fábrica para producir mercancías.

En la economía digital, una plataforma puede diseñar un entorno en el que millones de personas realicen espontáneamente actividades que enriquecen el sistema.

No necesariamente hace falta ordenar:

"Produzca datos durante ocho horas".

Basta con construir una interfaz suficientemente atractiva para que millones de personas quieran permanecer allí.

El botón "me gusta", la recomendación personalizada, el desplazamiento infinito, las notificaciones y los sistemas de recompensa no son simples adornos tecnológicos. Forman parte de una arquitectura destinada a mantener la circulación de actividad dentro del feudo digital.

Por eso la palabra "cosecha", utilizada para describir los datos de los usuarios, resulta particularmente poderosa.

El siervo medieval entregaba una parte de su cosecha.

El usuario contemporáneo entrega otra clase de cosecha: su atención, sus preferencias, sus relaciones, sus movimientos, sus fotografías, sus conversaciones, sus patrones de consumo y sus predicciones de conducta.

La diferencia es que el campesino sabía cuándo estaba trabajando.

El usuario puede no saberlo nunca.

El nuevo proletariado... ¿o algo diferente?

La comparación con el proletariado industrial es inevitable, pero también peligrosa.

El obrero de una fábrica vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Existe una relación laboral relativamente identificable: hay un empleador, un contrato, una jornada y un proceso productivo.

El "siervo de la nube", en cambio, generalmente no tiene contrato laboral con la plataforma. No cobra un salario por utilizarla. No existe necesariamente una jornada establecida y, en muchos casos, participa voluntariamente.

Por eso decir que ambas situaciones son idénticas sería incorrecto.

La diferencia fundamental puede expresarse así:

el proletario trabaja porque necesita vender su fuerza de trabajo; el usuario digital trabaja -en la interpretación más radical del concepto- mientras cree que está consumiendo.

Esa inversión es precisamente lo novedoso.

En la fábrica, el capitalista tenía que comprar fuerza de trabajo.

En la plataforma, buena parte de la participación llega voluntariamente.

Y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la economía digital: el usuario paga con información y atención por un servicio que aparentemente recibe gratis.

"No pagás con dinero" no significa necesariamente "no pagás".

Pagás con otra cosa.

La trampa de lo gratuito

Internet popularizó una de las palabras económicamente más poderosas de las últimas décadas:

gratis.

Correo electrónico gratis.
Mapas gratis.
Redes sociales gratis.
Almacenamiento gratis.
Videos gratis.
Noticias gratis.
Herramientas de inteligencia artificial con acceso gratuito.

Pero una plataforma gratuita necesita alguna forma de monetización.

En muchos modelos digitales, la contraprestación no consiste únicamente en dinero. Consiste en generar actividad que puede ser utilizada comercialmente: atención, perfiles, datos, contenidos, predicciones y segmentaciones.

Tiziana Terranova identificó tempranamente esta dinámica bajo el concepto de "free labor", al analizar cómo la economía digital podía apropiarse de actividades realizadas de forma voluntaria y no remunerada, especialmente en Internet. Su planteo conectaba además este fenómeno con la tradición autonomista y con la idea de que la producción podía desbordar los límites clásicos de la fábrica.

Pero existe una objeción fundamental.

Que una actividad genere valor para una plataforma no significa automáticamente que sea trabajo en el mismo sentido que el trabajo asalariado.

Esa es justamente una de las discusiones abiertas.

Algunos investigadores sostienen que el concepto de "trabajo digital" permite identificar formas reales de explotación ocultas detrás del consumo. Otros advierten que ampliar demasiado la categoría puede terminar llamando "trabajo" a prácticamente cualquier actividad humana que sea susceptible de monetización. La controversia sobre el trabajo de las audiencias ya existía en la teoría de medios y continúa en el debate digital.

Y esa discusión no debilita la tesis.

La vuelve más interesante.

Porque tal vez la pregunta correcta no sea:

"¿Mirar TikTok es trabajar?"

Sino:

"¿Qué ocurre cuando una actividad que realizamos voluntariamente y por placer se convierte en un insumo sistemático de una máquina de acumulación económica?"

Ahí comienza realmente la discusión sobre los siervos de la nube.

Del obrero explotado al usuario capturado

El poder del capitalismo industrial estaba en controlar el lugar de trabajo.

El poder de las plataformas está, cada vez más, en controlar el entorno en el que vivimos, nos comunicamos y tomamos decisiones.

No necesitan necesariamente que trabajemos ocho horas para ellos.

Necesitan que volvamos.

Una y otra vez.

Que publiquemos.

Que comentemos.

Que miremos.

Que califiquemos.

Que compartamos.

Que nos quedemos.

La explotación, bajo esta hipótesis, deja de parecerse únicamente a una fábrica llena de máquinas y comienza a parecerse a una infraestructura omnipresente que convierte la vida cotidiana en una fuente permanente de información.

Eso explica por qué la metáfora del "siervo de la nube" resulta más precisa que la del simple consumidor.

El consumidor compra.

El trabajador produce.

El usuario digital hace ambas cosas simultáneamente.

Y mientras cree que utiliza la plataforma, también alimenta la plataforma.

El feudo no necesita cadenas cuando consigue que sus habitantes entren voluntariamente todos los días.

 

Diego Rodríguez Ribeiro

Lic. en Comunicación (Udelar) · Formación en Transformación Digital (MIT) 

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