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imagen del contenido Jaime Secco

¿Volver a la viejísima normalidad?

Jaime Secco

09.07.2020

Para que el Frente Amplio se pueda centrar en lo importante y recuperar la iniciativa, es necesario que vuelva a analizar cómo funciona el país; que sepa distinguir qué es lo importante y qué lo accesorio; qué cambiaron sus gobiernos y en qué temas nos oponemos a que se retroceda.

 

Para ello, hay que empezar revisando el "sentido común frenteamplista" generado en los años 60.

Mientras el país está semi-paralizado, tenemos la sensación de que hay una granizada de ataques a la izquierda, su gente y sus realizaciones. El reflejo es responder desordenadamente. O sino, esperar cada traspié para atacar sintiendo que por fin serán demolidos. Y, como eso es obviamente inconducente, la conclusión que se oye es que los frenteamplistas todavía no se dieron cuenta de que perdieron y son oposición.

Parece pertinente empezar preguntando a qué nos oponemos. ¿Qué es lo fundamental? ¿Los mil incidentes, la falta sensibilidad social y humana que nos golpea y un proyecto declarado que nos parece equivocado? Todo eso. Pero es parte de la historia. Una mejor respuesta a esta pregunta puede ayudarnos distinguir entre la miríada de temas; algunos cruciales, otros opinables.

La respuesta tiene que partir de una teoría de cómo funciona el país: como funcionó antes de 2005, qué están cambiando y cómo quisiéramos que funcionara. Y nuestra izquierda no tiene claridad ni consenso sobre todo eso. No lo tuvo siquiera mientras gobernó. Y lo que hace las veces son una serie de esquemas elaborados en los años 50 y 60, que hoy debiéramos revisar por completo. No sólo porque el mundo cambió. Hoy sabemos que ya eran insuficientes o errados. No son una base para orientarnos.

Todo impulso a una renovación tiene que comenzar por volver a mirar la realidad.

Las explicaciones que ya no sirven

Cuando a mediados de los años 50 se hizo evidente un agotamiento del crecimiento, toda la izquierda, junto a otros sectores de Uruguay y el resto de América Latina, intentaron explicar el fenómeno con el objetivo de encontrar formas de "terminar con el estancamiento productivo". Ese mismo objetivo general explica todos los documentos fundacionales del Frente Amplio. No nos hemos apartado de ese impulso progresista.

Entre las explicaciones al estancamiento que se manejaron, podemos mencionar la de la Cepal, que analizaba cómo por cada unidad de materias primas nos iban pagando cada vez menos mientras nos subían los bienes industriales. O la de Teoría de la Dependencia, que con una visión más amplia analizaba las formas en que el desarrollo desigual entre el centro y la periferia mundial nos mantenía estancados. Había consenso en que teníamos un capitalismo distorsionado que, por motivos estructurales, no permitía nuestro desarrollo vinculadas a un complejo de dependencia, injerencia y oligarquías no productivas que cerraban el camino a una burguesía nacional productiva.

Sigue siendo cierto que nuestro capitalismo era deformado, pero creo que hay que actualizar las explicaciones si queremos que sean útiles. Por un lado, porque casi todos los mecanismos que se describían ya no existen o tienen un funcionamiento muy distinto. Pero además, porque tenemos nuevas perspectivas y herramientas de análisis de las que no disponíamos en esa época.

La primera crítica a algunas explicaciones de los 60 es que atribuían tanto peso a los factores externos que prácticamente los pueblos latinoamericanos no habíamos tenido historia propia. Y, por ende, no había nada que hubiéramos hecho mal ni nada que pudiéramos modificar; salvo incendiar la pradera.

Hoy, el mundo funciona distinto. Si entonces el 70% de la producción industrial total se realizaba dentro de Estados Unidos, era verosímil suponer que ese país quería impedir el desarrollo de industrias locales. También, suponer que su sed de petróleo y otras materias primas era un eje central de su política internacional. Pero hoy, Estados Unidos es importador nato de bienes industriales y exporta a China materias primas, entre ellas petróleo. Seguir explicando su conducta de la misma manera es renunciar a pensar.

Cuba había prometido ser un camino para sortear las presiones estadounidenses: aliarse con el campo socialista. Y en Uruguay, la producción ganadera tenía un grado bajísimo de tecnología y las concentraciones obreras de Maroñas, Nuevo París y el Cerro eran bastiones sociales de cambio. Hoy esas fábricas ya no existen y la agricultura nacional maneja tecnología de punta. Cuba es un ejemplo de estancamiento y el llamado campo socialista sólo sobrevive con éxito donde apeló al capitalismo. Casi nada queda de los factores que justificaban aquellas estrategias. 

De hecho, se había elaborado una visión general de nuestra historia continental para entender cómo se había llegado hasta allí. Historia que también precisamos revisar.

El capitalismo de (y para) la camarilla

Los análisis de los economistas desde hace varios lustros explican el estancamiento del Uruguay por factores institucionales. Demostrarlo es el objetivo central de El declive, libro de Gabriel Oddone. Declive que respondió a similares parámetros a lo largo de las décadas, sin que lo afectaran los cambios de política; ni siquiera la dictadura.

El marco general es que una inversión productiva hoy es aumento de la producción mañana. Así crecen los países, con políticas a largo plazo. Pero nadie invierte si la conducción política es débil, inestable y no da seguridades. O si encuentra otras formas de ganar dinero, aunque sea mediante concesiones a corto plazo que minen el propio futuro de la empresa.

En 2003 Mario Bergara publicó Las reglas de juego en el Uruguay, donde analizaba la forma poco confiable en que funcionaban los mercados y las relaciones del Estado con los privados, los distintos mecanismos y regulaciones. Concluía en que ese marco alentaba que no se hacía inversión productiva propiamente capitalista, centrada en la innovación, la competencia y la creación de mercados. Porque convenía más buscar prebendas o rentas del Estado, o esperar que de alguna manera se hiciera cargo si las cosas no funcionaban. 

Un par de años después, Magdalena Zurbriggen publicó una detallada investigación sobre el Estado, empresarios y redes rentistas durante el proceso sustitutivo de importaciones en Uruguay. Zurbriggen centró su análisis en la Oficina de Contralor de Cambios del Banco República, que podía otorgar diferentes valores del dólar a importadores o exportadores sin necesidad de decreto y en forma prácticamente discrecional. Analizó pues la trenza entre la élite gobernante y la élite empresarial capaz de conseguir prebendas. Antes, a los presidente de la República, como José Serrato, Claudio Williman, Gabriel Terra y Alfredo Baldomir se los nombraba presidentes del BROU como cargo prestigioso. Luego, los presidentes del Contralor, que era una oficina del BROU, conseguían salir de allí directamente a la Presidencia de la República, como Juan José de Amézaga y Andrés Martínez Trueba.

Ya a fines de los 80, Martín Rama, actual economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, realizó un relevamiento publicado en 1990 que encontró que, solamente de normas sobre comercio exterior, entre 1925 y 1983, hubo unas dos mil leyes y decretos que beneficiaban a empresas por su nombre, más otras dos mil que no nombraban al beneficiario pero, señala, "eran excesivamente precisas en la identificación de los bienes involucrados." O sea, unas seis leyes o decretos a medida en cada mes, durante seis décadas. Sólamente en materia de comercio exterior.

En un artículo posterior, titulado El país de los giles, Rama aplicó numerosos desarrollos económicos muy recientes para explicar distintos mecanismos que producían las conductas "ventajeras" y no productivas.

Podría citarse una legión más de estudios que apuntan todos a que las estructuras que impidieron el desarrollo de una economía capitalista no tuvieron tanto que ver con el tamaño de los predios ganaderos como con los tipos de incentivos, que hacían conveniente cualquier cosa menos invertir, innovar y arriesgar.

Estas ventajas a corto plazo eran siempre anuladas por el tironeo de la misma frazada desde múltiples actores, lo que hacía al país más imprevisible y por tanto se invertía apenas para reposición del desgaste. De hecho, los sindicatos y el propio Estado tuvieron que intervenir en la lucha por fondos escasos, buscando resguardar sus intereses.

En resumen, esos mecanismos de incentivos a conductas no deseables y esa trenza entre gobernantes y empresarios es lo que ha estancado al país y lo que descargó tal cantidad de sufrimiento sobre nuestra gente. No la mera actividad empresarial o la ideología de derecha por si mismas. En inglés a esto se le llama crony capitalism, capitalismo de camarilla. Y en realidad es lo contrario del capitalismo, basado idealmente en la competencia y el mercado e incluso la "destrucción creadora" por la aparición de innovaciones.

Este enfoque que podemos llamar institucional y que no se había desarrollado en los 60, además de explicar más cosas, permite entender qué hacíamos mal sin echar todas las culpas lejos. Y permitió conocer cómo cambiar el rumbo.

Claro que tanto en el crecimiento como en el estancamiento interviene un complejo entramado de factores, sobre todo en momentos de crisis: precios internacionales, inserción de las exportaciones, flujos financieros, devaluaciones, inflación, el mercado interno, el déficit del Estado y muchas más. Pero este sostenido influjo del lobby a los largo de décadas fue moldeando el funcionamiento general del país.

El Frente Amplio y el retorno de la vieja normalidad

Cuando el Frente Amplio llegó al gobierno en 2005, esos aceitados mecanismos de ventajas y regateos quedaron cortados. Los actores no se conocían ni se tenían confianza. Además, casi en seguida, en medio de la crisis se comenzó a trabajar en reformas institucionales como la del Banco Central, la regulación bancaria, la ley de quiebras, la de competencia y luego otras muchas, como la de inclusión financiera. Y sin tanta sangría, el presupuesto alcanzó para políticas sociales como la Salud y para tonificar el mercado interno.

Suspendido el lobby, no quedó más remedio que hacer inversiones productivas si se quería obtener ganancias. Muchos, que no sabían hacerlo, vendieron fábricas y campos. Pero surgieron otros, nacidos o no aquí, que vieron la oportunidad de arriesgar donde había un marco institucional confiable y perspectivas de previsibilidad en plazos razonablemente largos. Grandes, multinacionales, medianos empresarios de servicios turísticos o pequeños emprendimientos tecnológicos, para poner ejemplos.  Y el país creció durante diecisiete años ininterrumpidos.

Pero ahora el Frente Amplio salió del gobierno. Ese capitalismo de camarilla, que se basa en el Estado y no en el mercado, ha vuelto como un zombie. El surgimiento de los autoconvocados se dió con la consigna "El Estado tiene que garantizarnos la rentabilidad". El Estado, no el mercado. Desde el semestre anterior, en 2017, algunas cámaras empresariales, que no representan precisamente lo más dinámico del empresariado nacional, comenzaron a insistir en reivindicaciones sectoriales que tenían las mismas características del pasado: concesiones particulares de corto plazo, como contraposición de reglas generales de crecimiento a largo plazo.

Y los partidos de la coalición; especialmente el sector mayoritario del Partido Nacional, estuvieron en todo momento apoyando cada una de estas aspiraciones. Incluso las pretensiones que eran contradictorias, puesto que a distintos sectores les convienen distintas cosas. Que suba el dólar, le conviene a los exportadores pero no a los productores rurales para el mercado interno. 

Uno podía tener la certeza de que el gobierno se dedicaría a satisfacer a distintos integrantes de esa trenza de hilos dispares. La esperanza era que se dieran cuenta de que en este juego el Estado es un jugador más. Que el gobierno como gobierno pierde siempre en este juego de concesiones cruzadas y al final termina obligado a perjudicar hoy al quien favoreció ayer. 

Pero el proyecto de Ley de Urgencia disipó las dudas. 

Este proyecto, hoy aprobado aunque con modificaciones, se presenta como la aspiración de diseñar un Uruguay nuevo. Pero este país se parece menos al sueño de Milton Friedman que a lo peor del viejo Uruguay. El proyecto era un batiburrillo de temas agregados a pedido hasta de los colectivos más pequeños. Los carniceros tienen una ley recién aprobada que los habilita a hacer chorizos artesanales, pero quieren un pequeño ajuste. Otros quieren fisurar la ley de inclusión financiera para poder contratar personal en negro y no declarar el origen del dinero, y el Estado, que debía cobrar aportes, renuncia a ellos graciosamente. En redacciones sucesivas se agregan un permiso automático de porte de armas para militares retirados que no figurará en los registros policiales, nada menos que un cambio al Código Civil a pedido de la Asociación de Escribanos, que el Estado tenga que pedir permiso para crear reservas naturales a pedido de un grupo de estancieros de Cerro Largo y mil temas más. "Uno más para atender."

Si antes el promedio era de seis normas por mes, ahora salieron todas juntas como para todo el quinquenio. Ninguna de esas medidas pueden presentarse de ninguna manera como impulsos al desarrollo o un beneficio para el país. Al contrario.

Y esa es la clave. ¿A qué nos oponemos? Los mil episodios mediáticos pueden irritar. Pero volver a la vieja normalidad es volver a un largo estancamiento. Mal camino cuando hay que retomar el rumbo con reglas claras que estimulen círculos virtuosos de inversión y crecimiento.

Además

Algunos puntos que quedarán pendientes.

  • Está claro que no hablamos de un crecimiento industrial ilimitado. El mundo está mostrando que no es el camino.
  • El crecimiento no es ni siquiera el principal objetivo de nuestra lucha. Queremos una sociedad habitable, solidaria, sin discriminaciones y que permita el desarrollo personal al que cada uno aspire.
  • Finalmente, este análisis del gobierno no se detiene en un hecho gravísimo: el resurgimiento de la ultraderecha con alas violentistas y antidemocráticas.

 

 



Jaime Secco

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