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Cuando el corazón se para

25.05.2011

MONTEVIDEO, 25 May (UYPRESS) – Este es el relato de mi infarto, es un viaje en un instante de mi vida que necesito compartir, como movilero y como protagonista. Me gustó la iniciativa de vuestra agencia, de mi agencia.

 

Lo sentí llegar cuando estaba en mi casa justo en el momento en que debía ir a un encuentro donde me esperaban varias personas para discutir trascendentes cambios sociales, culturales y religiosos. Me paró un dolor sordo. Más que un dolor, una opresión debajo de la boca del estómago. Al principio pensé que era una indigestión, un rato antes había comido una pizza con un amigo. No tendría que hacerlo porque la digiero con dificultades. Me quedé atento al dolor sordo, y éste no disminuía, no perdía intensidad. Nunca había sentido algo así.

No consideraba el peligro que a mi edad todos los hombres temen. El que te espera sordo y callado en cualquier esquina y en cualquier momento de la vida. Te traiciona de imprevisto. No tenía dolores en el tórax, ni en los brazos. Solo la presión en el estómago, que se extendía y se agudizaba. Pero yo intuí que era él y no me quedé a esperarlo.

Le advertí a mi esposa: “Llévame al hospital enseguida”. Está llegando. Ella con el corazón en la boca me cargó en el auto y partimos. Mientras tanto la opresión era cada vez más fuerte y aumentaba el dolor. Íbamos rápido, cada vez más rápido, haciendo maniobras y superando autos con maniobras peligrosas que jamás había hecho en toda su vida. En 15 minutos llegamos a la urgencia del hospital, donde mi amigo Vicente me llevó directamente a la sala de operaciones.

El equipo estaba pronto, porque recién había salido otra persona de 40 años que había sufrido un infarto. Me operaron enseguida, después de hacer los estudios básicos para confirmar el diagnóstico.

El infarto había llegado. Y yo había llegado, apenas a tiempo. Mientras la sonda recorría la arteria femoral derecha, en el monitor vi, mejor dicho intuí, mi corazón atravesado. La coronaria izquierda ocluida. Abierta. Vi a mi ventrículo izquierdo, contraerse. Sentí mucho dolor. Un dolor que no era más sordo, sino violento. Un dolor sin un lugar específico y definido. Como nunca antes había sentido. Lo sentí atravesar junto a la sangre que nuevamente atravesaba mi corazón. Todo terminado, me dijeron. Ya pasó lo peor, mientras me llevaban al CTI donde permanecí siete días. Luego otra intervención para liberar y cautelar la coronaria. Me pusieron tres stent. Muchos amigos me escribieron que era un símbolo de status. La marca de un club exclusivo. Lo peor todo superado. Y siguen diciéndome lo mismo. Pero el presente es diferente.

Siete días conmigo mismo. Junto a mi, sólo los médicos, enfermeras y enfermeros. Mi esposa. Siete días mirando mi interior. Escuchándome. Entrando en mi corazón. Que por definición es un músculo involuntario. Funciona prescindiendo de nuestra voluntad. Para vivir tendríamos que hacerlo como si no estuviera. Pero allí está. Lo sé. Durante siete días conectado a un contra propulsor, los ojos fijos en un monitor que me exploraba el corazón sin pausa. Lo miré. Es decir, me miré y escuché adentro.

Protegido del mundo, que no tenía que intervenir en mi relación con mi corazón. Entre yo y yo. Lo que sucedía afuera me llegaban amortiguados a través de algún diario que se filtró y una radio portátil. De a ratos. Desagradables, más desagradables que siempre. Nuestra indiferencia hacia los otros que viven delante de nosotros. Me pareció obscena. La pagaremos. Y el sonido de fondo, con esa imagen siempre en movimiento, la misma, que se agita, que tiembla, siempre el en el mismo punto. Y el ruido mediático que lo amplifica. Insoportable.

El infarto me cambió. Me hizo sentir solo y al mismo tiempo, menos solo. En un mundo de relaciones desatentas y múltiples todas parecen iguales, indiferentes. Luego del infarto te miras dentro y alrededor. La importancia de los tuyos. Mi esposa, mi padre, mis hermanas. Los lazos estrechos. Pero también la red de personas que importan. Y no son pocas.

El infarto es una ocasión, si tienes la suerte de encontrarlo sin daños irreparables. No puede ser casualidad, que yo lo haya sentido antes de que llegara y que lo haya tenido en casa y no en el viaje, o lejos, donde paso mucho tiempo de mi vida. Que un sábado yo encuentre una sala operatoria pronta y una doctora experta y lista para operarme. Como si me hubieran estado esperando. No puede ser una casualidad.

El infarto es una ocasión si la recibes sin fingir. Que nada sucedió, que todo continuará como siempre. Si no te ataca el pánico, el pánico del miedo.

El infarto es una ocasión para recomenzar. Si eres capaz. Para mirarte adentro y alrededor. Porque mañana, seguro es otro día. Incluso hoy es otro día. Diferente. Yo ya no seré el mismo.

El motivo por el cual escribí estas cosas que había tenido dentro de mí por pudor y por miedo, es escribirlo para mí, para no olvidarme, para no volver atrás.

 

 

 



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