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ARGENTINA

Sí, Bwana

21.07.2011

SANTA FE, Jul (UYPRESS/Esteban Valenti) - El martes pasado fui a un acto en Puerto San Martín, provincia de Santa Fe. El centro de todo fue la presencia de Cristina Fernández de Kirchner. Yo fui invitado con el gobernador Hermes Binner.


El motivo del acto: una empresa duplicaba la capacidad de producción de su planta de bio combustible, en esa localidad de la provincia de Santa Fe. Es una planta en medio del campo, a decenas de kilómetros de la ciudad de Rosario.

El acto se realizó a cinco días de las elecciones provinciales. Se elige al nuevo gobernador, nuevos intendentes, de Rosario (1.200.000 habitantes), Santa Fe (500.000 habitantes) y todos los municipios y legisladores provinciales. En el acto y mediante una teleconferencia participaron las provincias de Corrientes y Misiones para firmar las obras de redes eléctricas de alta tensión.

Antes de hablar del espectáculo, del clima, de la escenografía voy a referirme al discurso de la presidenta. Impecable, 35 minutos de política destilada. Inteligente, aguda, volviendo siempre al centro de su razonamiento, reseñando con generosidad los logros de su gobierno, una clase de oratoria y de política. Con algunos agregados.

Retó a los santafecinos. En presencia del gobernador de la provincia, Hermes Binner, socialista y teniendo en el estrado al diputado Agustín Rossi, que es su candidato, es decir el candidato del kirchnerismo a gobernador, le pegó un rapapolvo a Santa Fé por no crecer al mismo ritmo que el resto de la Argentina. Si así, sin anestesia, sin problemas, se lo dijo en la cara entre los aullidos de un público devoto y feroz.

Para ello utilizó los datos del INDEC, instituto de estadísticas en el que nadie, absolutamente nadie cree nada. Ni siquiera el propio gobierno.

Digo público feroz, porque cuando cumpliendo una obligación institucional habló Binner se cansaron de chiflarlo, de gritarle y de cantar consignas a favor de Rossi, que sin ninguna explicación institucional seria, o medianamente seria estaba sentado en la mesa de presidencia del acto. Feroz, porque también agredieron en dos oportunidades al empresario que inauguraba el emprendimiento y que respondió con gran clase e inteligencia. Fuera del poder nada.

El acto fue una mezcla del bajo imperio egipcio en medio del desierto verde pampeano y pequeñas huestes aullantes llevadas en prolijos ómnibus a sumarse a la campaña. Era un palacio ambulante. No por los objetos, o por las carpas prolijas, o las grandes pantallas tecnológicas, sino por el clima, por la devoción, por la falta absoluta de otra cosa que no fuera la idolatría del poder.

Y esa religión tiene sus seguidores. No tengan duda. En Santa Fe, va a perder cómodamente, a pesar de los reiterados viajes de la Presidenta, incluso está disputando el segundo o tercer puesto, nada menos que con uno de los integrantes de los Midachi, Miguel del Sel. El gobernador electo será el también socialista Antonio Bonfatti. Pero a nivel puntual, de ese acto y a nivel nacional, tiene muchos seguidores. ¿Cuántos? Los sabremos el 14 de agosto y el 23 de octubre. Las dos fechas electorales nacionales. De todas maneras no creo en absoluto que esa sea la actitud de la mayoría de los argentinos.

Hablo de palacio, por la relación de la gente con su líder, su conductora, el centro de todas sus devociones. La palabra más utilizada por los gobernadores teleconferencistas, por el público, por los funcionarios, fue: gracias.

Era un gran acto de agradecimiento. Gracias por todo, por existir, por gobernar, por darles algo de la inmensa riqueza argentina, por guiarlos, por ocupar ese espacio imprescindible en el firmamento del poder: el centro del universo.

Gracias, por estar allí, por llegar con ese enorme despliegue de helicópteros, autos, guardias, grupos de mal afeitados funcionarios integrantes de La Campora, el orgullo generacional y familiar de la Presidenta. Un día cuanto todo esto termine les voy a relatar la triste historia del peronismo con Hector Cámpora. “El tio”, para ver como se puede rescribir la historia.

No voy a decir nada nuevo, Cristina Fernández es una hermosa mujer, elegante y muy inteligente, que aprendió perfectamente a manejar el poder. Hoy es la encarnación del poder. Es parte, es la cúspide de un sistema donde el “gracias” es la ideología dominante en la sociedad argentina.

El “gracias” existe porque se basa en una determinada relación entre el poder y la gente que se construyó durante décadas y en el centro siempre estuvo un destinatario obligado de las grandes “gracias” y reverencias nacionales, en los últimos tiempos, Menem, durante un corto y tormentoso periodo Duhalde, luego Kirchner y ahora Cristina. Todo comenzó con un coronel, Juan Domingo Perón.

Los que intentaron ocupar el altar, los radicales, terminaron mal. Carecen totalmente del sentido del poder. El único intachable, que lo tuvo pero demasiado democrático para su tiempo y por eso lo sacaron los militares golpistas fue Arturo Illia.

Pero el país de las “gracias” no es sólo responsabilidad del peronismo, es de los que se acostumbraron a darlas, porque sufren de clientelismo cultural y los que las aceptan sin chistar, callados, como lo más normal del mundo. Es más creen que la alternativa es construir su propio mundo de “gracias”. Han sido ganados por la ideología del “gracias” y están dispuestos a aliarse a cualquiera que le sume votos, para alcanzar el altar gracioso.

Ojo, no simplifiquemos, el “gracias” funciona en toda la sociedad. En los sindicatos, que tratan a los dirigentes desde el “gracias”, desde los sindicatos al poder que publican solicitadas a toda página pagadas y firmadas por los sindicatos de la provincia de Santa Fe apoyando al candidato oficialista nacional en la provincia, el “normalizador” Rossi.

Y funciona también para muchos intelectuales que se han sumado con entusiasmo, con pasión a la gran columna graciosa. Y militan se enojan, insultan a los votantes que no apoyan al poder en la Ciudad de Buenos Aires y lo harán en otras provincias. O periodistas que confunden un canal del estado con un canal del gobierno y del partido.


Para terminar les voy a poner algunos simples ejemplos. Imaginen una actividad convocada por el presidente de la República de Uruguay en un departamento, a 5 días de las elecciones municipales. En la mesa de la actividad, junto al Intendente blanco o colorado, está también – inexplicablemente porque no tiene ningún cargo departamental – el candidato a intendente del FA. Como se estila, hace uso de la palabra el Intendente del departamento y el público y unos cuantos invitados ilustres se ponen a silbarlo y a gritar consignas a favor del candidato del FA. Sería un escándalo inimaginable.

Y eso fue lo que pasó. Además ese público tan espontáneo insultó dos veces al empresario que inauguraba la obra. Todo parece una broma y algunos pajes y nobles de la corte se ríen.

Luego habla el presidente, y le pasa un rezongo al departamento porque creció a un menor ritmo que el resto del país. Así, sin anestesia.

Imaginen las reacciones de toda la prensa y sobre todo de la opinión pública de ese departamento y del país. Sería el bochorno nacional, el primero que se sentiría amargado sería el presidente de la República. Y nunca permitiría algo así.

Pues allá no, a pocos cientos de kilómetros de nuestro país, no en un reino de otro continente, sino en una república federal, eso fue lo que sucedió el 19 de julio del 2011.

Es el terrible síndrome de: si Wanna, si Wanna.

 

 



Esteban Valenti - Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de Agencia de Noticias Uypress

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