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El lugar de la desdicha y el lugar de la esperanza (Segunda nota)

Marcia Collazo

17.08.2012

De huérfanos y de oprimidos está compuesto el mundo, en una cadena eternamente marcada, eslabón a eslabón, por la falta de oportunidades de crecimiento, de elección, de defensa, de enriquecimiento, de liberación.

Ñamandú, padre verdadero, el primero.
Tú haces que se levanten aquellos que has provisto del arco.
Henos aquí: de nuevo nos erguimos.
Las cosas son así en cuanto a las palabras indestructibles,
Que nadie, jamás, debilitará.
Nosotros, los numerosos huérfanos de las cosas divinas.
Nosotros las volveremos a decir, irguiéndonos.
Pues podemos erguirnos, y erguirnos, todavía.
Ñamandú, padre verdadero, el primero.

De Mitos y Cantos sagrados de los guaraníes (*1).


Oprimidos son hoy en día, los hombres y las mujeres de los morros brasileños (esas ciudades de dios por las que dios deambula como un borracho insomne que no atina a colocar la llave en la cerradura para abrir, de una vez por todas, la puerta por donde ha de entrar la luz); oprimidos son los hombres y las mujeres del altiplano boliviano, que transcurren en una vida de precariedad y silencio, en un lugar del mundo donde el 87% de la tierra está en manos de un 7% de propietarios.

En Tiahuanaco, uno de los más importantes centros del antiguo esplendor incaico, la gente se alimenta de chuño y charque, vende choclos al costado del camino y pan de levadura a un peso la bolsita y sueña con un trabajo. Si alguno consigue comprarse un auto (es decir, una azarosa máquina que tose y rechina, y escupe saliva negra y se empaca) corre a llevárselo al cura para que se lo bendiga, y lo adorna con flores amarillas y le prende alguna vela.

Ellos forman parte de la larga fila de los oprimidos, que son también los habitantes del duro sertón brasileño, en donde la tierra suele abrirse en crispaciones pardas y amarillas que denuncian el reprimido grito de la sequía terrible, casi interminable; los del llano venezolano, que durante el invierno ven retirarse a las espigas y volverse pantanosas las aguas antes límpidas, que se desbordan inundando los campos y los caminos, metiéndose en las casas y arrastrando animales, vehículos y gente.

Oprimidos son los cosecheros de las haciendas cafetaleras de México o de Colombia, que cobran por kilo de café recolectado y tienen que pagar en moneda contante y sonante el privilegio de ser admitidos en la hacienda y tener derecho a un almuerzo.

La lista sería casi interminable y sin embargo es aún muy incompleta, ya que debemos añadir que no solamente los pobres son oprimidos, sino también todos aquellos que, de algún modo, ven retaceados sus derechos a una vida plena, libremente asumida y precisamente colocada allí donde la abundancia de determinados bienes permita el justo acceso a éstos (como dice el refrán: Yo no pido que me den, sino que me pongan donde haiga ).

Oprimidos son, así, los jóvenes, los ancianos, los que tienen capacidades diferentes, las mujeres, los desocupados y tantos más como para abarcar legua a legua y palmo a palmo, una parte demasiado vasta (obscenamente vasta) de la geografía humana nuestro continente.

Puestas así las cosas, no parece haber duda de que las situaciones comúnmente entendidas como normales están construidas sobre la base de instituciones de lisa y llana opresión, como señala E. Dussel (*2). En la literatura -narración del mundo que alimenta la visión de otros mundos y nos ayuda, por tanto, a construir horizontes de comprensión alternativos-, muchas veces se refleja magistralmente la opresión imperante, a través del caleidoscopio infinitamente móvil de sus manifestaciones terrenales.

Las grandes obras literarias de todos los tiempos son grandes precisamente porque han sabido espigar en los dolores y las miserias de la humanidad, construyendo con ese material un mensaje destinado a perdurar en el imaginario social, a la manera de un cometa que rasga el cielo en un instante fulgurante y después se queda para siempre anidado en nuestra retina y en nuestro pecho, en una suerte de retroalimentación incesante de las angustias y desvelos que suelen aquejar a los desdichados mortales.

Y es que en verdad las grandes obras de arte (entre las cuales están las literarias) se dedican a arrojar, una y otra vez, a los males del mundo en el ardiente crisol del exorcismo narrativo, hermenéutico, creador; lo cual demuestra que hay salvaciones y salvaciones. Unas dependen de los dioses. Otras, de los hombres.

En el artículo anterior comenzamos a analizar la peculiar actitud religiosa del pueblo guaraní, que no se resuelve en una resignación fatalista ante el destino, sino que reclama su lugar de perfección en la tierra, como bien lo apunta, entre otros, L. Cadogan (*3). Algo similar sucede con esa buena literatura de la que hablábamos. Contribuye a otorgarnos la cuota de poder salvífico que las fuerzas divinas, acaso, nos han querido negar.

Es muy rica la tradición narrativa latinoamericana en este sentido. Para mencionar sólo algunas de las producciones del siglo XX, destacamos la novela Ecué Yambá O, del cubano Alejo Carpentier (1933); Jubiabá de Jorge Amado (1935), en que se narran las vivencias del bahiano Antonio Balduino con el mago cuyo nombre da título a la obra; Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza (1934), en la que se describe crudamente el problema de la tierra, el sentido del huasipungo (voz quechua que significa pequeño lote de terreno adyacente a la choza) y la relación entre indígenas sometidos y propietarios abusivos.

Destaco asimismo la magnífica novela Yawar Fiesta, del peruano José María Arguedas (1941), donde se relata una corrida de todos al estilo andino, o yawar punchay, con un cóndor vivo, con los ojos cegados, cosido sobre el lomo de un toro; ritual plagado de significados que trascienden la mera celebración y se enlazan con las cosmogonías de la tierra y el cielo, el sufrimiento y la salvación. En el género poesía, vale la pena mencionar Poemas y antipoemas de Nicanor Parra (1954), obra de la cual destaco Últimos sermones y protestas del Cristo de Elqui, por su alto contenido satírico y de reflexión social; Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo (1955), aparecido después de El llano en llamas, y convertido en muy poco tiempo en una verdadera revelación editorial, que describe con implacable sencillez el dolor cotidiano de la dura vida campesina.

Menciono también la novela Gran Sertón: veredas, del brasileño Joâo Guimarâes Rosa (1956), donde el jagunçio Riobaldo cuenta a otro personaje la historia de su vida, obsesivamente estructurada alrededor de las ideas del bien y el mal, el abuso y la malicia del poder, el diablo y la salvación; Oficio de Tinieblas, de la mexicana Rosario Castellanos (1962) donde se denuncia el abuso ininterrumpido que los terratenientes chiapecos han ejercido sobre los indios; y La hora de la estrella, de la notable escritora brasileña Clarice Lispector (1977), donde se relatan las peripecias de una humilde muchacha nordestina, casi tan insignificante como un yuyito del campo, y sin embargo hondamente atravesada de significaciones vitales que la hacen trascender en nuestra memoria con la altura de las más altas reflexiones filosóficas sobre la vida y la muerte; y así podríamos seguir enumerando hitos literarios de nuestra América, aunque bastan los ejemplos mencionados para dar cuenta de la cuestión central que deseamos poner de relieve: la eterna rueda del bien y del mal que constituye la dura arcilla con la que trabajan el escritor o la escritora; se trata, en el fondo, de la lucha entre la tierra perfecta y la imperfecta, entre el sufrimiento y la felicidad, lo finito y lo infinito, lo falso y lo verdadero, el fatalismo y la esperanza.

Y de la esperanza tiene mucho para decir el filósofo uruguayo José Luis Rebellato. En el artículo anterior habíamos adelantado un concepto crucial: no debemos equiparar a la esperanza con una mera creencia ingenua, ilusoria, más o menos desprovista de sentido. Para Rebellato sólo los oprimidos pueden tener esperanza, por su propia condición de sometimiento, que les permite aguardar otra cosa; pero esa espera, lejos de quedarse en un deseo abstracto, etéreo, descolgado de las nubes o revestido de actitudes de queja y de martirio, necesita de sólidos cauces orientadores, de rigurosa metodología práctica, de movimientos complejos de organización, de pacientes y tenaces procesos de autoformación, que pueden ser estructurados por las personas mediante redes sociales, nutriéndose de los saberes humanos e insertándose en el tejido social de cada comunidad, como lo señala G. Girardi (*4).

En tal sentido la filosofía del esperanza se ofrece como verdadera punta de lanza teórica para poner de relieve la riqueza escondida en las tramas identitarias de los pueblos, en sus leyendas, tradiciones, costumbres y territorios de lo sagrado y lo profano, para hacer frente con ellas a las maquiavélicas utopías totalizantes que a la manera de un tsunami arrasador pretenden aniquilar la humanidad del ser humano, su facultad racional y su poder de liberación, mediante la supresión de toda alternativa a lo que el sistema opresor ordena, estatuye, proclama.

De ahí la comparación con la literatura, que abreva y se nutre en el mismo canal del espíritu popular, en sus mitos, sus leyendas, sus concepciones del mundo, sus preguntas, sus miedos y sus incertezas.
La liberación de los oprimidos es, entonces, liberación de su saber, de su energía creadora, de su potencial vital significante, que está aplastado, silenciado, mutilado por el saber dominante, que se visualiza a sí mismo como el único posible, fuerza omnipotente en permanente despliegue y vigilancia.

Pero la liberación no es el regalo de un hada madrina, de un dios benéfico o de un nuevo Superman. Se trata de un proceso que nos compromete a todos: nadie libera a nadie; o nos liberamos todos, o no se libera ninguno. Ya hemos dicho que el sistema opresor lo es, precisamente, porque no ofrece alternativa posible. Ahora bien: para construir alternativas es necesario enarbolar la piqueta frente a la montaña de granito.

La opción por el oprimido es una tensión ética, una ruptura epistemológica en la que, como en toda ruptura, es necesario provocar un desequilibrio, un corte, detener el caudal de lo que viene fluyendo, hacer borrón y cuenta nueva. La tensión ética supone una actitud de desafío, de riesgo, de incomodidad, pero también de profunda confianza en el cambio. Supone la rebeldía ante la fatalidad y el conformismo, y también como es obvio-, la actitud opuesta a la renuncia. No renunciar a la alternativa; no renunciar a la incertidumbre, aunque la incertidumbre cause desasosiego.

Hemos mencionado a la literatura; y en ningún otro terreno como en el del arte, suele campear la incertidumbre. Es más: lo bueno y perdurable del mensaje literario reside en su capacidad de mantener abiertas las grandes preguntas; tal vez por eso habla Heidegger de las grandes montañas del filosofar y el poetizar, que están una frente a la otra. El mensaje literario es un gran semillero de alternativas frente a los mega mensajes opresores. Y lo es también la esperanza que, repetimos, nunca da consuelo, sino que proporciona sentidos históricos a construir porfiada y fatigosamente, a pesar de los pesares y aún en contra de la correntada.

Finalmente, una reflexión en el estribo: así como la esperanza no debe entenderse como ilusión ciega, tampoco se trata de mística secularizada. Por el contrario: la esperanza bien entendida es una fuerza rigurosamente racional, que nos compromete en tanto seres pensantes, encaminándonos hacia el diálogo y la búsqueda de consensos fundados, mediante métodos que nos permitan avanzar en medio del mar de incertidumbres que es su punto de partida.

Así se lo plantea A. Heller al preguntarse, a la manera kantiana, qué podemos esperar racionalmente (*5). Si absolutizáramos a la esperanza, si la erigiéramos en una especie de principio metafísico despersonalizado e irracional, entonces caeríamos en más de lo mismo: un mundo plagado de exclusiones, de autoritarismos, de mensajes monolíticos encaminados hacia una sola opción de vida.

Como conclusión, entonces, creo que la esperanza a la que deberíamos apostar se enmarca en una acción social comunicativa fundada en principios racionales, como la entiende J. Habermas (*6).

Lo cual, en último término (y en tanto apuesta a la praxis humana, al descubrimiento de alternativas, a la exploración en algo diferente), se reduce a la creatividad. Para dejar de ser oprimidos deberíamos ser más creativos; deberíamos poder narrarnos a nosotros mismos de una manera nueva, desde la plaza del barrio, el salón de la escuela, el boliche de la esquina, el claustro de la academia, la canchita de los domingos, el mega shopping de las escaleras mecánicas y las vidrieras brillantes, el recinto parlamentario, la boca de pasta base, el asilo de ancianos, la oficina de la tecnocracia, de la burocracia, del anquilosamiento de las ideas, de la curiosidad y del asombro. Vuelvo, así, a la literatura, como un largo brazo de agua que a través de infinitos desiertos de piedra lograra llegar al mar; pues como expresa Alejandra Pizarnik: "No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono, mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme" (*7).


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

(*1) Cadogan, León. Ayvu rapita. Textos míticos de los Mbya-Guaraní del Guaira. Saô Paulo. Brasil. Boletín Nº 227. Antropología Nº 5. 1959.

(*2) Clastres, Pierre. La palabra luminosa. Mitos y cantos sagrados de los guaraníes. Ed. Del Sol. 1974. Bs. As.

(*3) Dussel, E. ¿Ontología hermenéutica del crepúsculo o ética de la liberación? De la Postmodernidad a la Transmodernidad. México. 1993.

(*4) Girardi, Giulio. Resistencia y búsqueda de alternativas populares ante el nuevo orden mundial. En Maryse Brysson (coord.) Resistir por la vida. San José de Costa Rica. 1994.

(*5) Habermas, Jürgen (1987). Teoría de la acción comunicativa [1981]. Taurus, Madrid.

(*6) Heller, Agnes. Crítica de la ilustración. Las antinomias morales de la razón. Barcelona. Ed. Península. 1984.

(*7) Pizarnik, Alejandra. Diario 1960-1961 Mito. Bogotá, 7 (39-40), Dic, 1961, Ene-Feb, 1962.




Marcia Collazo

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