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Perú o el resplandor secreto: El eco de la inmortalidad (Segunda parte)

Marcia Collazo

29.11.2013

¿Cómo conserva un pueblo sus recuerdos? He aquí una de las interrogantes más cruciales que todos nos hacemos, aun al seno de nuestras propias culturas, cuando de recordar y de trascender se trata; ya que, si algo caracteriza al ser humano, en cualquier época y lugar, es ese afán, esa angustia si se quiere, de trascendencia, de perpetuación, que viene a ser el eco de la inmortalidad, ésa que hemos querido convertir en el supremo atributo de los dioses.

Entonces, levántame
Tómame en tus brazos
Y si me canso, auxíliame
Doquiera estés, Padre Viracocha

Oración Primera al Hacedor

De mercados y ruinas
Cuando estuve en el mercado de Pisac, pueblo que forma parte del conjunto arqueológico de las ruinas del mismo nombre, sentí y vi que estaba en otro mundo: en el mundo de las costumbres ancestrales, rítmicamente pautadas a través de los ciclos naturales de florecimiento y decadencia, de gestación, desarrollo y muerte, de protección y cuidado, de armonía y de aceptación; y también en el mundo de la tradición oral. La institución estatal peruana, de raíz española, no ha penetrado en el real sentido del término en Pisac, o si lo ha hecho, ha sido de rondón, después de resignarse a pedir permiso, y sólo para puntuales actos consistentes, por ejemplo, en apertura y asfaltado de caminos, cobro de impuestos, apertura de escuelas, hospitales, etc.

Nada de ello, aclaro, debe entenderse en términos de mejor o peor, superior o inferior, adelantado o atrasado, etc. Si así pretendiéramos entenderlo, entonces sería mejor dejar de interesarnos en cuestiones como éstas, y dar vuelta la página, porque habríamos caído nuevamente (por enésima vez) en la muy desgastada concepción eurocentrista, cuya raíz se ha alimentado, entre otros detritus de dudosa capacidad nutriente, de la Ilustración y de la Modernidad filosófica en su conjunto. Pero no nos disgreguemos, ya que precisión y claridad piden las cosas (otra idea de cuño moderno ). El resto de Pisac, como el resto de Perú, se despliega históricamente según sus propios ritos y modos de manifestación; el resto forma parte del todo. El resto no es, entonces, el resto.

Es lo cósmico, lo visceral, lo que perdura. Y perdura porque está ahí, porque se puede ver y tocar y fotografiar (y no hablo de las ruinas, sino de las personas de carne y hueso); perdura porque vive y crece y se transforma, porque asume colores y símbolos y texturas que se imponen en el mundo con su sola y rotunda presencia. Todo eso se refleja en su arte, que es sencillo, radiante y poderoso a la vez, y se ha de reflejar, asimismo, a través de su tradición oral.

En Pisac yo estaba (sabiéndolo, y a la vez sin saberlo) en mitad de esa tradición oral, aunque no pudiera verla, ni menos comprenderla. En Pisac estaba en mitad de una comunidad prolijamente organizada, que teje tapices y gorros y mantos de lana de llama o de vicuña, de esplendorosas combinaciones de colores, que hace y pinta vasijas de barro, y estatuas y máscaras y animales, que desarrolla una sutil orfebrería de oro y plata, que lleva en brazos a los cabritos y a los borregos pequeños, que duerme con ellos hasta que son lo bastante fuertes, para darles calor, que transcurre históricamente en forma paralela (no opuesta, ni excluyente) a la institucionalidad del estado peruano. Y esa tradición oral que he mencionado, constituía los hilos invisibles de lo que se recuerda y se atesora, las bases sobre las que descansa todo conocimiento, industria y voluntad. Esa tradición oral es la que lleva a pulso la red histórica de la cultura andina, al recogerla, al narrarla, al recrearla, al trasmitirla.


Te lo digo cantando
Hemos dicho en anterior artículo que las culturas prehispánicas del Perú, y de la cultura andina en general, fueron ágrafas; no escribían caracteres o signos de ningún tipo. Trasmitían, sin embargo, a través de la oralidad, lo mismo que lo siguen haciendo hoy en día miles y millones de etnias americanas, a contrapelo o por lo menos en forma paralela y complementaria a internet, a la imprenta, a la existencia del papel y el lápiz y demás instrumentos de plasmación escrita y/o virtual de lo pensado. No debe extrañar, sin embargo, que la oralidad siempre se haya despreciado por parte del español conquistador, ya que (aunque la mayor parte de las veces fuera analfabeto de solemnidad) venía munido del orgullo casi mesiánico de pertenecer a ese arquetipo eurocentrista que llegó a América para quedarse y que tantos males nos ha causado, y nos sigue causando, en todos los territorios del saber y del pensar.

Los historiadores y cronistas están de acuerdo en señalar que los indígenas poseían variados códigos de trasmisión oral, consistentes en cancioneros o cantares que se enseñaban en las escuelas, en las casas y en las comunidades, y eran así trasmitidos.

El ayllu, célula de la comunidad andina, era y es la institución principalísima encargada de crear y trasmitir estos cantares. Digamos de paso que el ayllu no nació con los incas, sino que existe desde mucho antes; tampoco es una comunidad cualquiera de personas, ni un clan familiar cerrado en sí mismo, o constituido únicamente por los vínculos de la sangre, sino que supone un concepto de comunidad muy especial, que no guarda actualmente las formas antiguas, preincaicas o aún incaicas, que pudo haber tenido, y que implica además un fenómeno social, político y económico complejo, que acaso no podamos comprender jamás quienes no pertenecemos a esa cultura. Es verdad que se sienten unidos por algún antepasado común y que se vinculan a determinado territorio común, pero ante todo poseen un sentido de propiedad colectiva, de trabajo colectivo y de solidaridad social que estamos lejos de imaginar quienes lo observamos desde afuera.

Cuando nos íbamos acercando al mercado de Pisac, se nos advirtió que estábamos entrando en el territorio de una comunidad, y que veríamos allí, por lo tanto, a los auténticos campesinos peruanos. El guía no agregó que entraríamos en la tierra de los ayllus, tal vez porque no quiso, o porque consideró que tal información nos iba a importar muy poco (y en el fondo, no estaba lejos de la realidad, por lo menos en lo que hace a ciertos grupos de turistas). Pero de todos modos, la precisión no habría hecho mucha falta, porque la tierra de los ayllus está por todos lados en Perú; y está, principalmente, en las inmediaciones de cada uno de los complejos arqueológicos de ruinas, como fue el caso de Pisac, y como sería el de muchos otros vestigios de las pasadas grandezas incaicas y preincaicas.

El guía no agregó, tampoco, nada sobre la tradición oral; y sin embargo, basta reflexionar mínimamente sobre la vida de estas comunidades ancestrales (que, no obstante ser ancestrales, cambian y se modifican históricamente, y esto también hay que apuntarlo) para darse cuenta de que la tradición oral es la que mantiene la poderosa línea cultural a través de la cual se narran los sucesos de ayer y de hoy, entremezclados muchas veces en la necesidad práctica de resolver alguna cuestión presente, o en la reminiscencia que se manifiesta en las múltiples fiestas y ceremonias del pueblo.  Y estarían antes, como lo seguirán estando hoy, a cargo de hombres y mujeres especialmente escogidos, sobresalientes por sus dotes para narrar y relatar hazañas y proezas de los antepasados. Existen, sin embargo, otras formas de registrar la memoria de un pueblo, en las culturas andinas, y a ello iremos en próximas entregas.


Bibliografía:
Betanzos, Juan de. Suma y narración de los incas. Cusco. 1999/1551.
Cieza de León, Pedro. La Crónica del Perú. Espasa Calpe. Madrid. 1941/1553.
Garcilaso de la Vega, Inca. Comentarios Reales de los Incas. Emecé Editores. Bs. As. 1943/1609.
Jung. Carl G. El hombre y sus símbolos. Ed. Paidós, Barcelona. 1995
Lumbreras, Luis. De los pueblos, las culturas y las artes del antiguo Perú. Lima. 1969.
Molina, Cristóbal de. Relación de las fábulas y ritos de los incas. Madrid: Historia 16. 1988.
Rostworowski, M. Historia del Tahuantinsuyu. IEP. Instituto de Estudios Peruanos. 1999

 



Marcia Collazo

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