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Cuentos para el fin de semana

Cuentos para el fin de semana

03.07.2015

Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com

Los cuentos de este viernes son:

Aquel Galeano (3), de Félix Duarte

Muerte revolucionaria, de Enrique Inzaurralde

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Aquel Galeano (3)

De Félix Duarte

En dos apuntes anteriores, había una especie de modesto homenaje a un uruguayo y a una obra, que están ya en la Historia de este país. Recogían un par de anécdotas, de las muchas, con Eduardo Galeano, con quien supimos compartir dos años de trabajo en un Banco, al que él llego, a comienzos de 1957, recién cumplidos los 17 años de lo que sería una prolífica y plena vida, orgullo del Uruguay. A los dos apuntes agregamos el presente, con el que se completa nuestro propósito. Esto ocurrió en los primeros meses de 1959, luego de rendir la prueba finalizando su pasantía, una vez cumplidos los 18 años.

Una vez confirmado en su trabajo, Galeano se afilió al sindicato bancario (AEBU).Nosotros teníamos actividades diarias allí, después de la jornada laboral, editando un periódico tabloide quincenal. Muchas veces Eduardo era un activo compañero en aquellas tareas, que eran sus experiencias nuevas, en algo que se percibía en él, casi como ansia vital: su curiosidad insaciable en el vivir diario de la gente o algo así. Además aquellos tiempos anunciaban ya lo que sería una década de efervescencia social, política, sindical como fue la de los años 60. En el 68 nace la CNT. La realidad del país sufre el "pachecato".

Al inicio de la década de los ’70 aparece el Frente Amplio y dos años después el Golpe Militar. Cae una negra noche que aquí dura hasta los ’85 y que asola a casi toda América Latina. Volviendo a los comienzos de 1959, había un largo conflicto bancario, que no venía muy bien. Había desgaste en el gremio. Si o si había que buscar una salida. Para eso se convoca una Asamblea en el local del Platense. Lleno total y gente en la calle. Consejo del Sindicato trabajó la noche anterior hasta el amanecer, en la moción a proponer a la Asamblea. La situación era que algo quedaba en el camino… y que algo se conseguía...

El grupo de nuestra Agencia, menos el Gerente que no era afiliado, estábamos juntos. No se hablaba mucho. Existía gran nerviosismo. Corría la voz que esa noche, Patronal y Gobierno sacaban aviso en TV, dando plazo hasta el día siguiente para reintegrarse. Eso o esperar telegrama del despido. Con el local al tope, en el estrado acomodaban para iniciar. En eso traen un pizarrón, en el que escritos con tiza, los anotados para el debate. ¿A quién vemos allí? A Eduardo Hughes Galeano. Quedamos fríos y a coro nos salió un ¡¡¿Tu te has anotado?!! –"Es claro, porque yo tengo algo que decir…" Todos en silencio…

Se inicia la asamblea con el habitual informe de los dirigentes del Consejo. Los anotados para hablar no eran muchos, serian unos diez y nuestro Galeano por la mitad de la lista. Le toca, se levanta y enfila al micrófono. En eso, desde el centro de la multitud se oye un grito-alarido: ¡¡Vo, guri…¿no tenias clase hoy o no te dejaron entrar…?!!! Y estalló una carcajada infernal… Nos corrió un frio por la columna, cerramos los ojos y pensamos…creo que todos…"a este hoy lo sacamos en camilla…" y lo miramos…iba por la mitad del camino…no había un detalle que moviera su calma. Bajó la altura del micrófono y como si tal cosa…

Abrir los ojos y mirarlo y ver aquella calma mientras seguía el bullicio, creo que nos daban ganas de gritar que se callaran y escucharan. Pero no fue necesario. Dos minutos y había silencio. Nueva sorpresa. ¿Se entiende esto después de cómo lo recibieron.? Debe haber hablado algo como diez minutos. Se da vuelta y deja un papel en el estrado. Al volver le preguntamos que había dejado. "Les deje un moción mía para votar." Otra sorpresa. Habla uno más de la lista del pizarrón y alguien del público plantea una moción de orden. Pide cerrar la lista de oradores y pasar a votar. Cerrado aplauso da por aprobada.

Para decidir había dos mociones. Votan la del Consejo. Multitud a favor. Votan la de Galeano y se ve otra multitud casi igual a favor. Vieron que para definir aquello había que separar a la gente en dos bandos y contarlos. Se decide pedir un cuarto intermedio. Llaman a Galeano a la trastienda y se hace lo que se llama una "refrita". Conformar una moción a partir de las dos. Y sucede así. Se reinicia la asamblea planteando una "moción conjunta". Al costado del estrado esta Galeano esperando la votación. Desde donde estábamos, ahí si contrataba su menuda estampa de niño grande. Cerrado aplauso de pie la consagra: "Aprobada por unanimidad". En eso llega Eduardo y soporta abrazos y besos de las dos compañeras del grupo. Afuera mucha gente se acercaba a felicitarlo. Fue algo así como el hombre del día…al que queríamos mucho.

 

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Muerte revolucionaria

De Enrique Inzaurralde

Venía manejando atento, camioneta vieja pero preparada, como para poder acelerar si había necesidad de hacerlo, si al mirar por el retrovisor se repetía algún auto oscuro de matrícula extraña.

No estaba distendido, las dos manos en el volante y la mirada movediza, tratando de ver lo invisible, de notar la diferencia donde no la había, de adivinar la intención aún antes de que al otro conductor, invisible él, se le ocurriera. Tenía que anticiparlo todo, y a los veintidós años era posible hacerlo, era posible predecir sus movimientos, aunque no tuviera traje, aunque pareciera un conductor más, uno entre tantos. Pero el pelo demasiado corto, o demasiado largo, o la falta de barba perfectamente rasurada, o su presencia excesiva y hasta cuidada. Esa dureza que siempre tenían los tiras, presente dentro de sus fachadas revolucionarias, sería la punta de la madeja, sería la huella delatora que él, sin dudas, adivinaría y así, de un golpe de volante, podría escapar.

Era necesario, no sólo porque la vida dependía de ello, no sólo porque ya le habían dicho, antes de salir del cuartel, mientras caminaba escoltado, el milico que se había dado vuelta y mirándolo fijamente a los ojos, como para intimidarlo, le había advertido.

- Esta es la última vez que salís de acá. La próxima vez que te agarremos, donde sea y como sea, te limpiamos. Así que, andate y desaparecé, porque sino sos boleta.

Sabia que era cierto. Sabía que entre tanta mentira y engaños y esquives y farsas y contrafarsas, esa frase resumía su futuro según ellos. Sabía que, al fin de cuentas, ese milico hijo de puta, de alguna forma se ablandó como con un hijo y le mandó la señal inequívoca: es la última advertencia.

- Con los pies para adelante, sólo así dejo esto.

Así había sido su estúpida, fugaz y valiente respuesta. Mientras desandaban el empedrado hasta la puerta del penal.

Recordaba aquella frase justo esta noche, cuando Eva embarazada de cinco meses iba sentada a su lado en la camioneta y él, por alguna macana del destino, por algún prejuicio mal fundamentado, esperaba que algo pasara. Justo cuando no tenía que pasar.

Justo cuando venía con Eva embarazada y todavía no le había puesto nombre a la nena que en tres meses tendría que ver la luz, o la oscuridad, según sea. Sería, él no lo sabía si bien lo sospechaba, por más que tuviera toda la fe del mundo que eso no pasaría, secuestrada. Y criada por otra gente. Por un milico de comisaría y su esposa estéril. Ellos la criarían y ella no sabría de su historia absolutamente nada. No sabría que su padre… no sabría que su madre… no sabría nada. Viviría en una vida verde insospechable e insospechada. Hasta que un día la verdad, tarde, en jirones, empapada en lágrimas la alcanzaría.



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