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2016: año Seregni (*)

Eduardo Vaz

03.02.2016

El 13 de diciembre próximo se cumplirán los 100 años del nacimiento del segundo general de la patria: Líber Seregni.

 

El primero, el Gral. Artigas, fundó el ejército que sería la base organizativa del pueblo oriental, que permitió unir al pueblo tras un programa político independentista respecto a la Corona, de claro compromiso democrático, federal y muy avanzado en lo social.

Sus derrotas militar y política, no fueron obstáculo para que siga siendo en el siglo XXI la figura fundacional de la identidad oriental sin discusión y, su legado, fuente inagotable de nuestros valores.

Llegando a los 45 años de la fundación del Frente Amplio -este 5 de febrero-, es necesario y de toda justicia, ubicar a Seregni en su dimensión histórica. No se exageró nada al darle popularmente el título de "General del Pueblo".

Desde su irrupción pública como presidente del recién creado FA, en el acto del 26 de marzo de 1971, la sociedad uruguaya empezó a descubrir a este militar que había sido promovido por Zelmar y otros, y aceptado por el conjunto de sectores y personalidades que parieron la mayor obra política de las clases subalternas desde 1830.

Allí dijo:

"Sabemos que el Frente Amplio abre una etapa histórica en la vida de nuestra sociedad. Porque el Frente Amplio no es una ocurrencia de dirigentes políticos; el Frente Amplio es una necesidad popular y colectiva del Uruguay. Es un hecho colectivo, con razones colectivas, porque las resoluciones individuales de todos nosotros, tienen causas sociales y tienen metas sociales, porque tienen que ver con el destino entero de la sociedad uruguaya. Tampoco el Frente Amplio es una resolución circunstancial de partidos o grupos políticos; por el contrario, ellos han interpretado una exigencia que estaba en la calle; han dado forma y cuerpo a un sentimiento y a una urgencia de todo nuestro pueblo."

 Fue un humanista cabal. De manera inequívoca decía en el mismo discurso:

"Las bases programáticas son públicas y todos las conocen. Pero quiero fijar su orientación, el espíritu que las anima. Ante todo, el punto de partida, el criterio rector, y ése no puede ser otro que el hombre uruguayo, que es el capital más precioso de que disponemos."

Su vida fue de una fecundidad y una coherencia tales que se identifica naturalmente con el legado de Artigas, de quien se sentía discípulo. No murió en el exilio y en silencio como el Prócer; pudo recobrar la libertad después de más de una década de prisión infame y el pueblo se reencontró con un líder nacional más sabio, más convencido de sus ideales, aún más artiguista y frenteamplista.

Demostró que no todos los políticos son iguales, como se repite tan irreflexivamente a nivel popular y tan descarada y malintencionadamente por los poderes fácticos. En su último discurso en el Paraninfo de la Universidad, el 19 de marzo de 2004, a veinte años de su liberación, nos dijo:

"Pero, mis amigos, todo lo que hice, lo bueno y lo malo, lo acertado y lo erróneo, fue a plena conciencia, traté de perseguir el paradigma de decir lo que se piensa y hacer lo que se dice."

Nos ayudó a pensar la política desde una dimensión mayor, como debe ser siempre, donde la ética no es parte decorativa del discurso sino esencia y guía del decir y hacer cotidianos y nos recordó, también, la imprescindible ética de la responsabilidad que todo dirigente debe mantener.

El llamado iniciático del FA a "los orientales honestos" sigue siendo una de las formulaciones más trascendentes para la izquierda uruguaya, tan propensa al sectarismo, el vanguardismo y al exclusivismo. Su prédica unitaria y su construcción de consensos fueron obras mayores que mostraron otra forma de hacer política y alianzas: la construcción fraterna de síntesis superadoras capaces de operar en la realidad sin menoscabo de las diferencias genuinas.

Su silencio ante los torturadores y sus sufrimientos personales, su temple ante las adversidades y su visión estratégica inigualable, nos dieron a los frenteamplistas una fortaleza capaz de resistir todas las tempestades.

Aun siendo derrotado en la propia interna frenteamplista, nos volvió a enseñar renunciando a la Presidencia del FA, entendiendo que una nueva realidad había nacido y no sería él un obstáculo para mantener la unidad frenteamplista y habilitar un nuevo liderazgo.

Imaginó como nadie que el balotaje que pergeñaba malamente la derecha era una prueba de fuego definitoria para el FA: o llegaba con la mayoría del pueblo o no podría gobernar y transformar profundamente el país, a la vez que acotar la ley de lemas para lograr que cada partido tuviera un programa y un candidato únicos era no solo una mejora sustancial para la democracia uruguaya sino una clave para ganar.

Su trabajo programático al frente del Instituto 1815 no hizo más que confirmar su visión de estadista, su mirada profunda, democrática, republicana y de izquierda. Aportó sobre áreas fundamentales del país, juntó a figuras destacadísimas del quehacer nacional y fomentó un pluralismo enriquecedor que no hemos logrado volver a cultivar.

Hasta el final, con su discurso en el Paraninfo a la Generación 83 y sus últimas palabras a Tabaré y Danilo, siguió aportando para la histórica victoria del 2004; su propia muerte, el 31 de Julio de ese año, convirtió su sepelio  en una gigantesca movilización popular que anticipó que su sueño se cumpliría en breve.

Fue un hombre de paz y de concordia. Pocas figuras emergen de nuestra historia tan respetadas y con una opinión tan unánime en este sentido.

Este "Año Seregni" en su centenario es no solo justo sino necesario: el FA y el país necesitan repensar su situación con profundidad, seriedad y espíritu republicano.

 

¿Año FA?

 Las elecciones presidenciales del FA de mayo próximo serán un momento trascendente para el futuro inmediato del país: qué partido saldrá de esa instancia será el elemento decisivo para el devenir político nacional.

¿Las fuerzas progresistas y de izquierda superarán el estancamiento que se vive en su organización proponiéndose un salto cualitativo en todos los planos o irán al marchitamiento de la única alternativa real que existe para enfrentar a la derecha?

¿El gobierno tendrá una fuerza política en sintonía con el programa que pretende cumplir, que no es otro que el que presentó en las elecciones, o tendrá más oposición?

¿Se desplegará en el movimiento popular una orientación estratégica y táctica coherente con el proyecto progresista o será espacio de disputas por poderes sectoriales?

Es un debate que, necesariamente, debe abarcar toda la sociedad. Se trata de la primera fuerza política nacional, la que gobierna desde 2005 con un rumbo pautado por la mejora sistemática de las condiciones de vida de la población, la ampliación de derechos y garantías, la más amplia libertad. Junto a esto, con grandes errores y carencias en todos los ámbitos que es necesario reconocer, analizar y encontrar caminos de superación.

En este par contradictorio de luces y sombras radica el nudo fundamental a resolver: o el FA es capaz de relanzar una propuesta esperanzadora por ser autocrítica y creíble, por sensible y audaz, por motivadora y responsable, o veremos languidecer la más importante construcción de la izquierda uruguaya abriendo el camino al triunfo de la derecha tradicional.

No habrá mejor homenaje a Seregni que salir con un FA reciclado, con una presidencia a la altura del General, capaz de conducir al conjunto sobre la base de una democracia radical, pluralista y fraterna que no pierda el norte: la gente.

 

(*) El Año Seregni es una gran iniciativa que lanzó el pasado 13 de diciembre la Fundación Líber Seregni.

 

(Este artículo fue publicado, originalmente, en el periódico Vecinos el 11/01/16)

 




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