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Time Waits For No One: crónica del recital de los Rolling Stones en Uruguay

Mathías Dávalos

17.02.2016

Una crónica del concierto de los Rolling Stones en el estadio Centenario, primero de la banda en Uruguay.

Fotos: Xinhua (Nicolás Celaya)

 

Martes 16 de febrero de 2016, estadio Centenario. Una fecha esperada por miles, por varias generaciones. Por mí, y también por vos que sé que estás leyendo. Más de 50 mil personas. Con el querido Skay Beilinson in situ y a pocos metros un padre que hizo el esfuerzo juntando los pesos y peleando en la larga cola de la venta previa por el premio de un momento: sentir la mano de su hijo, ahí y ahora, mientras en una de las tribunas un hermano mayor seguía buscando palabras de agradecimiento por esa entrada de regalo (Quizá podría citar alguna estrofa de los Stones, pero no sabría con cuál quedarse. You got Me Rocking, bro...). Todos juntos formando una cadena de cuerpos y de historias; todos sometidos por una larga jornada de calor infernal, todos ante el abrumador escenario esperando el Inicio. Una reunión.

No importaba demasiado si varios de los presentes ya los habían visto previamente en Buenos Aires en 1995 o en 1998. O en otros países en otros años. Esto iba a ser distinto. Se veía venir. Una misa en casa, en el viejo coloso de cemento, colmado de historias épicas de todo tipo y colores pero todavía ausente de una: los Rolling Stones, la banda de rock 'n' roll más grande del mundo, tocando allí su música por primera vez. Un espectáculo único, vigente y emocional. Los heréticos de Dartford brindaron un show monumental y de una precisión admirable. Palo y palo.

It is the evening of the day

Tras la performance de la banda telonera local Boomerang ante un público que se tomó su tiempo en colmar el Centenario, minutos pasados de las 21 horas llegó un momento cumbre. Tiempo y espacio de la mano. Las luces del escenario pegaron el aviso y más de 50 mil personas de pie, desafiando al calor. Todos los ojos en un mismo lugar. Un video de introducción anticipaba lo profesional del espectáculo, principalmente con la alta calidad de las pantallas: una animación del recorrido en ruta de los Stones, con tapas de álbumes (pasando por el Black & Blue, 1976) y afiches (como el del célebre DVD del concierto en Texas del álbum Some Girls, 1978) hasta el final del camino: un cartel referente al nuevo destino de la banda, uno que aún faltaba en el álbum iniciado en 1962 por el inquieto Brian Jones: Montevideo, Uruguay.

El setlist del show fue similar al de la gira Olé, que ha pasado por Chile y Argentina, aunque con detalles a considerar. El comienzo fue con "Start Me Up", con fuegos artificiales y la inmediata respuesta del público traducida en baile, pogos pequeños y aislados, alaridos y cánticos. Mick a sus 72 años arremetía con una envidiable impronta; Ronnie sonreía y divisaba hacia al frente, como buscando algo nuevo entre la multitud; Keith, pasos adelante, pelaba su liderazgo viola en mano y se robaba las primeras imágenes de la pantalla; Charlie siempre detrás, bancando, estoico y marcando el ritmo con una simple remera menos blanca que sus canas. Una noche más de los Stones, única para el público uruguayo.

Siguieron los clásicos "It's Only Rock 'n' Roll", "Tumbling Dice", y luego una gran versión de "Out Of Control", una de sus canciones más "recientes" (Bridges To Babylon, 1997) presentes en el setlist de la gira, con Jagger protagonista central por mérito propio, regalando muestras de su calidad de frontman, entre sus registros de voz y manejo de la armónica. Hubo una consensuada ovación al talento.

"She's So Cold" fue la canción elegida por el público uruguayo de las cuatro finalistas (superó en la votación a "Just My Imagination", "Let's Spend The Night Together" y "Get Off Of My Cloud" —la que yo hubiera votado—). Un temón del álbum Emotional Rescue (1980), a la altura en vivo y con el recuerdo personal de más de una recorrida en alguna pista de discoteca en los años 90 del este montevideano (Petrus, Transylvania, las canillas libres a 80 pesos de Ku, Ciudad Boliche, Complejo Bordeaux; "otro Uruguay", solemos bromear con un amigo). Gran momento a guardar del recital.

En "Wild Horses", sexta canción, noté que entre el público no todos estábamos en la misma sintonía. Keith al frente y en coros en el clásico tema del Sticky Fingers (1971) y yo de pie canturreaba por lo bajo, ojos entrecerrados ante el espectáculo de las pequeñas luces de teléfonos celulares en la oscuridad cuando sentí un toque ligero en el hombro. Luego otro más firme. Al tercero me di vuelta y una mujer canosa, pelo corto y de unos cincuenta años me pidió de forma poco amable "si me podía sentar". "Sí, cuando esto termine o estos paren un poco. Estoy viendo a los Stones... Deberías ponerte de pie vos también", le respondí y me volví al escenario. You can't always get what you want, baby.

La mujer quizá se haya puesto de pie ante el comienzo de "Paint It Black", vaya uno a saber. Time Waits For No One. Keith, amo y señor, nuevamente al frente con la viola mientras Charlie marcaba el ritmo desde el bombo y el redoblante. El público respondía. Hacia la zona del campo volaban bolsitas de agua para los agradecidos descamisados. Ya era un hecho consumado con "Honky Tonk Women": los Stones disfrutaban, daban cátedra e iban a los bifes con su música. Lo que realmente importa.

Hubo momentos del recital en los que Jagger la tribuneó de lo lindo ante el público de turno en su condición de maestro de ceremonia. "Montevideu", "Maracanazo", "se comió un chivitou", "Uruguassssho, ¡ta!", "Toquete otra, bo" (sic), referencias a la nacionalidad de Carlos Gardel y una acumulación de clichés con la evidente ironía del abuelo Mick. El mejor para mí: "anoche estuvimos en la "Midnight Rambla" (juego de palabras con la canción "Midnight Rambler"). Asimismo, hubo un breve lamento futbolero de Jagger por los goles que Luis Suárez marcara a su selección en el Mundial de Brasil, dejándola en la puerta de salida del certamen. El delantero le regaló una camiseta de la Celeste firmada y con dedicatoria, que el artista agradeció sin habérsela colocado (se escribió y se escuchó previamente que la vestiría, algo poco común en el frontman, siempre atento a su variado vestuario particular) para luego hacerla a un lado y pasar a lo que mejor le sale: rockear.

Tras la presentación de la banda por parte de Mick, se alejó del escenario (un amigo me dijo en ese instante: "ahora es cuando Jagger se mete un ratito en el sobre"). Momento Keith / Steel Wheels (1989) de la noche. Dos temazos: "Slipping Away" y "Can't Be Seen With You", manejados con carpeta por uno de los Glimmer Twins.

Como si fuera celosamente distribuida la faena, en "Midnight Rambler" brilló con vigencia y talento Ronnie Wood con su guitarra, robándose la mayoría de los aplausos. Versión asesina del sádico blues del álbum Let It Bleed (1969). En "Miss You" (del Some Girls, del que sin éxito esperé que llegara "When The Whip Comes Down") fue el turno para que se luciera Darryl Jones, el talentoso bajista de la banda, sustituto tras la partida de Bill Wyman en 1993.

Dos temas clásicos con buena parte del público más expectante en su atención hacia el show que activo en sus movimientos. Lo que cambió por completo con "Gimme Shelter", "Brown Sugar" y "Sympathy For The Devil". En la primera de las tres, la corista Sasha Allen se adueñó de la larga pasarela y opacó con su prodigiosa voz a Mick, al firme en el número "lascivo" del dueto con la cantante negra. En la segunda, Keith marcó el arranque con su Telecaster. Otro riff asesino del británico que confirmó la buena calidad del sonido del espectáculo a lo largo del estadio. En "Sympathy" todos los ojos en el juego de dibujos, trazos y luces rojas provenientes de las pantallas del escenario. Viejos diablos, la tocaron de taquito y todavía se fueron al descanso previo a los bises de rigor con "Jumpin' Jack Flash". Más riffs asesinos, y Keith y Ronnie a las risas con sus guitarras no dejaban rehenes.

Llegó el momento de sentarse nuevamente, y por momentos oler repelente, sentir calor y sudor propio y ajeno. Pegote. También de ver, a un lado, a una rubia que le mostraba a una amiga en su teléfono celular vía Google la edad de Mick Jagger. 72 años. "¡Boluda, no lo puedo creer!". ¿Alguien sí?

El fin se acercaba. Dos clásicos sin sorpresas en esta gira. El primero: el dylanesco "You Can't Always Get What You Want" con la presencia de miembros del coro uruguayo Rapsodia en las voces. Salió redondito y el final es en donde partimos los más de 50 mil presentes que esperamos este concierto hace años: "Satisfaction". Mick toreó apenas a Keith para que arranque su histórico riff que cerraría esta noche como a aquella del guitarrista preso del insomnio en 1965. Detonó todo el lugar con fuegos artificiales ante la ejecución de una dulce despedida.

Terminó el show y me sometió la nostalgia. Entre la distancia y lo inmediato. El escenario a oscuras. Silencio y murmullos mientras los británicos se retiraban con el deber cumplido. Pequeñas luces rojas y una camioneta a lo lejos en la tribuna América. Una noche más, un concierto más de una carrera que reta a lo infinito. Las luces del Centenario tardaron en encenderse, como si el mismo estadio no quisiera volver en tareas tras una gran ceremonia para sumar a su leyenda. Con las luces a tope, la gente se retiraba en otro espectáculo digno de atender. Varios saltaban y se abrazaban; parejas se besaban; un pelado revoleaba su remera; una nena a caballito de su padre y de la mano con su madre; la masa, saturada por el calor, iba como ganado hacia las respectivas salidas. Me senté, entregado a un alud de flashes que siempre quedarán, desde aquella primera escucha responsable de "Bitch" (tema que todo lo cambió en su momento para mí) hasta los VHS que me grababa, decoraba y regalaba mi amigo Julio (que estuvo allí, en la tribuna Olímpica, y definió a la noche como "gloriosa"), mi mentor en el conocimiento de la banda e implacable defensor de Ian Stewart, del inolvidable Brian Jones y del "Stone Alone" Bill Wyman. Me invadieron los violines de la melodía y la letra de una melancólica canción que con una indefinible sonrisa me provocaba un sentimiento que hasta esta noche desconocía. Superior a lo que algunos definen como felicidad, la aproximación a ese sentimiento se escribe en inglés: I sit and watch, as tears go by.

 

Setlist del recital | Foto: The Rolling Stones (Twitter)

 




Mathías Dávalos

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