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We are fantastic!

Daniel Feldman

06.05.2018

La frase acuñada por el expresidente Batlle para definir (nos) a los uruguayos se ha convertido en un buen leitmotiv para encabezar análisis de los más variados, como el que nos ocupará en esta columna.

Dos adolescentes -uno de 13 y otro de 16 años- hermanos, provenientes de República Dominicana, venían a visitar a su madre, que se encuentra trabajando desde hace cuatro años en nuestro país.

Elizabeth -así es su nombre - trabaja en una casa de salud y percibe un sueldo mensual de 18.000 pesos, del que remite una tercera parte a su país natal para colaborar en el sustento de su familia. Su esposo falleció y ella arribó a nuestro país en busca de mejores horizontes. No creamos que toda República Dominicana es el glamour de Punta Cana, ni mucho menos.

Sus hijos, según da cuenta la nota del diario El País que divulgó el suceso, estuvieron ahorrando cuatro años para poder hacer el viaje y verla.

Venían acompañados por una amiga de la madre, mayor de edad, pero ellos no pudieron ingresar al país. La visa había caducado hacía menos de 72 horas, ya que si bien es vigente por 90 días la letra chica, debajo de la foto, especifica: "Primer ingreso dentro de 60 días". Y ellos llegaron al día 63.

Y como no podía faltar, ese fue el día del funcionario, o el momento del día en que pudo jugar a ser Dios y hacer gala de su omnipotencia: no entran, fue su dictamen.

De nada valieron llantos, imploraciones, intentos de poder hablar con algún superior.

No entran.

Capaz que hasta en un dejo de nacionalismo exacerbado pensó: "Uruguay para los uruguayos".

"Desde el punto de vista humanitario (lo sucedido) es un desastre", dijo Juan Faroppa, integrante de la comisión directiva de la Institución Nacional de Derechos Humanos. Este organismo tomó conocimiento del caso luego de las ocho de la mañana, al igual que la directora de Migraciones, cuando los menores de edad ya estaban de regreso en su país.

Según Faroppa, la expulsión "va contra las recomendaciones" de los organismos internacionales. La Corte Interamericana de Derechos Humanos dijo que los Estados "no deben impedir el ingreso de niñas y niños extranjeros al territorio nacional, aun cuando se encuentren solos, no deben exigirles documentación que no pueden tener y deben proceder a dirigirlos de inmediato a personal que pueda evaluar sus necesidades de protección". Y, en el caso de mandarlos de regreso a su país, "tienen que estar acompañados por un adulto responsable".

¿Cuánto de esto fue cumplido por el funcionario aupado a Dios momentáneo? Nada. Y tengo muy pocas dudas de que le importara algo lo que pasara con los jóvenes.

Pero no quedemos por ahí. Si existe y si este Dios muestra rasgos de malicia, no olvidemos que siempre habrá quien, basado vaya a saber en qué teología (alguna aparecerá), justificará los malvados actos de ese malicioso todopoderoso.

Según la nota, la directora nacional de Migraciones, Myriam Coitinho, afirmó, en una especie de obediencia debida rediviva, que "los funcionarios aplicaron la normativa vigente". Para la jerarca, las recomendaciones internacionales son consejos, no obligaciones, y en realidad refieren a "situaciones de trata de personas, presunta violencia o solicitud de refugio".

Pero, como we are fantastic, a nosotros las recomendaciones, los consejos, nos resbalan.

Coitinho no descarta que pueda, y deba, haber contemplaciones. Pero explicó que ellas "no pueden depender de un funcionario de turno, y mucho menos trabajando a las apuradas porque el avión debía regresar" (SIC). ¡Brillante Coitinho! ¡Qué suerte tenemos los uruguayos de contar con jerarcas de ese calibre, con esa capacidad de análisis y discernimiento! Díganme si no viene al pelo el dicho "We are fantastic"

¡Claro que esas decisiones no pueden depender de un burócrata de turno! Pero, Coitinho ¿estaba disponible a medianoche, cuando llegaron los jóvenes? ¿Había algún jerarca disponible? ¿A alguno de los funcionarios de turno le importó tan siquiera algo de los adolescentes, que luego de cuatro años debieron retornar sin ver a su madre y con la imagen de un país hostil?

Entre mis quehaceres profesionales ejerzo una corresponsalía para una radio del exterior. Hace algunas semanas, me preguntaban sobre una encuesta respecto a cómo los uruguayos percibimos a los inmigrantes, y en la pregunta se destacaba que 55% de los encuestados había respondido que la inmigración era beneficiosa para el país. Mi visión apuntaba a otra cosa, y fue lo que quise destacar: la gravedad de que, en esa misma encuesta y ante la misma pregunta, un 38% había manifestado que la inmigración era negativa o muy negativa para el país. Un 38% no es poca cosa.

Todas estas cosas, desde el funcionario jugado a ser Dios en una fresca madrugada de Carrasco, o las evaluaciones sociales sobre la afluencia de inmigrantes, nos llevan a interrogarnos, en profundidad, sobre cuán tolerantes somos los uruguayos como sociedad, sobre cuán diferentes o cuán iguales somos a otras sociedades, y  si la aparición o no de ciertos fenómenos no es simplemente una cuestión de atraso temporal.

Más allá de todo lo previo, recordé que el presidente Vázquez una vez dijo -parafraseando al expresidente François Mitterrand, y vaya autocomparación- que le gustaba hablar poco, porque como decía el francés, cuando habla Mitterrand, habla Francia. En el caso que nos ocupa, cuando el funcionario decidió no permitir el ingreso de los jóvenes dominicanos y no posibilitó la intervención de algún jerarca para poder zanjar de otra manera la situación, quien habló no fue él, sino Uruguay, y como bien dice el título de la nota de El País, "Uruguay expulsa a dos menores que venían a ver a su madre".

Sic transit gloria mundi.

 




Daniel Feldman | Periodista


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