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Roraima y la tristeza

Daniel Feldman

03.09.2018

¿Por qué asociar a la tristeza un nombre que uno de sus posibles significados sea “fecunda madre de los torrentes”?

(Foto: El País de Madrid)

Roraima es el más norteño de los Estados del norte brasilero, metiendo prácticamente una cabeza en territorio venezolano.

Roraima tepuy, o Montaña Roraima, es una formación cuyo 80% está en territorio venezolano (el 20% restante se reparte entre Guyana y Brasil), nombrada así por sus habitantes, los pemones, que se calcula no sean más de 30.000. De ahí deriva el nombre del menos habitado de los 27 Estados de Brasil (con más exactitud, 26 Estados más Brasilia).

Roraima no solo es de los "menos" en materia de población, sino también en desarrollo: es uno de los Estados más pobres de Brasil, que adquirió estatus de tal recién en 1988, luego de desmembramientos del municipio de Amazonas, y según algunas malas lenguas para que algún señorito pudiera ser senador.

Dicen que en pemón, la lengua de los pemones, roro significa verde - azulado, e ima es gran, por lo que otro significado de Roraima podría ser "El gran verde - azulado". Otras traducciones la hacen significar "roca rodante"... pero para mí sigue significando tristeza.

Pacaraima es un municipio de Roraima, de apenas 12.000 habitantes, de los que 3.000 (el 25% de la población) son inmigrantes (en su enorme mayoría venezolanos). Desde enero de 2017 a junio de 2018 se calcula que 130.000 venezolanos pasaron por el municipio, en su intento de encontrar algo parecido al futuro en Brasil. Hay muchos que transitoriamente permanecen en Pacaraima, esperando una hipotética distribución a otros Estados o vaya a saber la piedad de qué Dios, cada vez más distante y prescindente.

Ese flujo masivo de venezolanos, obviamente, produce colapsos en la capacidad del municipio: de alimentos, del sistema de salud, del saneamiento, etc., etc., etc.

¿Qué más que pobreza sobre pobreza es necesario para atizar fobias?

Suely Campos es la gobernadora del Estado de Roraima, en plena campaña por su reelección. Esposa del exgobernador Neudo Campos, acusada de desvío de fondos y de haber contratado como consultor a su esposo, esta representante del Partido Progresista, heredero político de la prodictatorial ARENA (Alianza Renovadora Nacional), que apoyó el golpe militar de 1964, y de la Unión Democrática Nacional, Campos no dudó en lanzar su ofensiva contra los inmigrantes y pidió al Gobierno Federal el cierre de la frontera, cosa que no sucedió, ya que se violarían tratados internacionales.

Ni corta ni perezosa, el 1º de agosto emitió un decreto para restringir aún más la entrada de inmigrantes, prohibirles el uso de servicios públicos y favorecer la repatriación de quienes ya habían ingresado pero estaban sin documentación. Sea Campos en Brasil, Orbán en Hungría, Salvini en Italia o Sebastian Kurz en Austria, el discurso es el mismo, y de no mediar correlaciones de fuerza diferentes, la praxis también sería igual.

En febrero, un hombre fue acusado de incendiar una casa donde vivían 14 adultos y un niño de tres años, inmigrantes.

Unos días después, se sospecha que la misma persona lanzó una bomba a la casa que habitaban 31 inmigrantes.

En marzo, 300 brasileros expulsaron a 200 venezolanos de un albergue y quemaron sus pertenencias.

El clímax parece haber llegado el pasado sábado 18 de agosto: luego de conocerse la noticia de que un comerciante local había sido atracado y golpeado por -presuntamente- cuatro venezolanos, en un hecho que la policía todavía investiga, miles de habitantes de Pacaraima atacaron a 700 venezolanos, expulsaron a 1.200 de un campamento para gente sin techo, y para no dejar dudas, quemaron sus pertenencias.

No es ciencia ficción; sí puede ser un déjà vu de tristes períodos de la historia de la humanidad.

Roraima, la fecunda madre de los torrentes, me hace reflexionar sobre cómo es posible que, más allá de la incitación al odio de algún poderoso, la xenofobia se convierta en un fenómeno masivo, y los ejecutores del odio sean aquellos que tan nada tienen como nada tienen sus expulsados.

No hubo rebeldía hacia quienes condujeron al estado de las cosas, no hay condena a quienes someten la vida a un estado de indignidad; la condena, el asalto, es al prójimo, al individuo cualquiera, tan prójimo como uno mismo, tal vez con la vana esperanza de que, cuanto menos prójimos, más chance se tenga en una hipotética lotería de la prosperidad.

¿Sería entonces cierto eso de la predisposición al buen comportamiento moral? No lo sé. Permítanme por en cuanto, cuando me refiero a Roraima, trocar el bello y poético "fecunda madre de los torrentes" por la prosaica "tristeza".

 

 



Daniel Feldman | Periodista


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