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HACER POLÍTICA

Menos intolerancia, menos volumen, menos adjetivos y más argumentos para el ciudadano de a pie

06.09.2018

MONTEVIDEO (Uypress/Milton A. Ramírez) - Discutir de política sí. Denostar no. Argumentar las ideas y las convicciones sí. Responder y contra argumentar las propuestas del otro sí. Rechazar ideas con el solo uso de la descalificación no.

 

La política en Uruguay es una actividad muy pacífica desde 1985. Hoy es una de las actividades, que despiertan pasiones fuertes, pero en un clima de paz. Eso es rescatable y bueno.

También hay luces amarillas. Atentaron contra varios locales de diversos partidos políticos y eso es inaceptable y completamente condenable.

Hacer política es la actividad que cambia al país, que cambia la vida de la gente. Hacer política no es una actividad inocua o exenta de tensiones. Hacer política es, en definitiva, saber cómo se va a repartir la riqueza del país y entre quienes y de qué forma y en qué cantidades.

La política, y la correlación de fuerzas de la confrontación política, que termina definiéndose en las elecciones nacionales, es la que resuelve para donde va cada punto del PBI. Es una disputa económica desde su base. La política es una disputa distributiva y redistributiva.

Por cierto que hay más cosas en juego, pero por distribuir unos puntos del PBI en este país hubo una dictadura.

Estas son las cosas que están en la base de la disputa política. No voy a caer en el tema de la lucha de clases y todas esas milongas que están tan manoseadas y tan desvirtuadas por el mal uso, por la degradación semántica, la degradación epistemológica y la simplificación al extremo que prefiero allanar el camino con el concepto de disputa distributiva y eso se entiende mejor. Así creo.

Hay una tendencia insana en el debate político. La tendencia se manifiesta en algunos líderes políticos y se manifiesta más y peor entre militantes políticos, especialmente cuando dan sus opiniones por las redes sociales y peor aùn cuando lo hacen desde el anonimato de un nombre de fantasía.

Los insultos y las descalificaciones ofensivas por las redes no deberían ser aceptables. Menos deberían ser aceptables las descalificaciones que, durante horas, se pudieron ver en vivo y en directo, en múltiples interpelaciones.

Hacer política debería empezar por pensar en el ciudadano que luego de su jornada laboral, de haber esperado el ómnibus, de hacer el recorrido de vuelta a su hogar, deberá hacer los mandados, encontrarse con la disputa distributiva de su salario vs los precios de las mercaderías en el momento de la compras para la comida del día.

Hacer política debería incluir hacer comprender al ciudadano que la economía, esa que se mide en la mismísima micro economía hogareña, se resuelve en la política de los políticos, de los partidos y de las elecciones. Por tanto quienes hacen política deberían no caer en los microclimas que rodean esa actividad y saber que el Uruguay es uno, que el otro es un adversario, que el destino de la actividad política es para todos los uruguayos. Deberían saber diferenciarse por lo que son, por lo que proponen, por lo que están en contra, por lo que promoverían y por lo que evitarían, pero nunca por el volúmen de la voz, nunca por la palabra de grueso calibre, nunca por la denostación del adversario.

Por eso hay tantos indignados. No indignados con el Gobierno o indignados con los partidos de oposición, sino con los políticos en general. Eso, además es peligroso. Muy peligroso y deteriora la confianza en las instituciones democráticas que se deben al ciudadano.

No hay nada peor que un político que no sepa argumentar su ideas si acudir al insulto. No hay nada peor que un político que no sepa que su sillón es transitorio y no un destino.

Hacer una campaña por la tolerancia, por el debate respetuoso es demostrarle al ciudadano indignado que tiene un lugar en la política, un espejo donde mirar parte de su vida cotidiana y no un alejado micromundo de palacios.

O como decía irónicamente un  amigo, "que chiquitos se ven los obreros desde la ventan del avión".





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