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Alfredo Zitarrosa

Daniel Vidart

07.09.2018

Alfredo Zitarrosa, como todo ser humano, fue hijo de las circunstancias, fue biografía maleada por la historia, fue hoja arrastrada por el viento del destino.

Pero no hubo misterios en ella, como los que Gardel manejaba para transformar el mito en rito y la luz del canto en oscuros y no revelados orígenes. No tuvo padre conocido ni fue apuntado en el registro civil con su apellido, adquirido más tarde, y fortuitamente. Nació de madre soltera, cuyo nombre era Blanca Nieve Iribarne, apellido que en euskera significa "el lado bajo de la ciudad", o sean, el valle o los suburbios.

Alfredo Zitarrosa ,entonces no. Iribarne si. Pero el bertsolari escapa del marco genético y vuela con el pájaro del canto sobre las praderas de la memoria social .

Zitarrosa murió joven, si tomamos en consideración que en la actualidad la esperanza de vida ha crecido notablemente con relación a la imperante un siglo atrás. Habia cumplido 53 años en el día de su deceso, cuando corría el año 1989. Los griegos decían que los héroes de la leyenda dorada, los seres elegidos por los dioses y las criaturas portadoras de preciadas virtudes dejan este mundo en la plenitud de sus fuerzas. Como contraparte de tanto infortunio y padecimiento humano, repetido cíclicamente, desde las Edades de Oro a las de Hierro, sus vidas breves fueron como un súbito soplo de aire puro, como un rocío que pronto seria evaporado por el Sol o, mirando hacia los cielos nocturnos, como el vuelo incendiado de una estrella errante.

Y bien, Alfredo Zitarrosa fue uno de esos elegidos, y no en cuanto que un valentón invencible de espada en mano y casco de hierro en testa, sino en tanto que un héroe cultural, lo que es mucho más valioso y perdurable. Su hazaña existencial no fue guardada en sí mismo y para sí mismo, porque el ensimismamiento del artista se convirtió en alteración, como hubiera expresado Ortega y Gasset: supo regalarla a su pueblo para que perdurara en la agradecida y nostálgica memoria colectiva.

Fue lo que se llama un cantautor. Es decir, un poeta que musicaliza y canta sus poemas, como lo hacían en el megarón los aedos homéricos, lira en mano. Para escapar del tiempo basta con decir que era una de esas voces que entre miles se levantan como el chorro de una fuente de gracia y frescura en un paisaje de aguas dormidas. Pero ese destello sonoro en la oscuridad de los murmullos, tenía vida propia, ángel y duende como dicen los andaluces, o, yendo más atrás, un djinn servicial de gratuidad benéfica escondido en la lámpara del humo, como Aladino, el inolvidable y envidiado personaje de la Mil y una Noches.

Zitarrosa no sólo escribió los poemas de su cancionero. Dotado de una notable inteligencia, la utilizó para efectuar esclarecedoras incursiones en el arte narrativo, para ejercitarla en largas y sabrosas entrevistas, para ir de lo oscuro a lo claro, enancado en una prosa llena de hallazgos y cargada de razones. De tal modo, al definir el canto popular, dijo que con él se denuncia la opresión a los humildes y la soberbia de los poderosos. Se trata de un género de resistencia, de una trinchera defensiva de la dignidad humana y de una ofensiva intangible contra los que pusieron en marcha la historia universal de la infamia. Para hacer pie en el territorio del pueblo el cantor debe "encontrar", lo que también implica crear, descubrir, abrir la puerta a los más altos y reclamados valores. Estos son los de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que configuran la materia de la demanda, que viene desde lejos, y de la belleza, que decora y realza la forma con que aquella se expresa.

Trobar, en provenzal, la dulce lengua occitana de los trovadores, que por acá se convirtieron en payadores repentistas o en cantores esmerados, significaba hallar el término preciso, el tono adecuado, la verdad escondida tras las palabras que, al juntarse de modo inusual, en un juego de lanzadera que, alternativamente, iba desde la vereda del asombro a la del misterio, hacían saltar la chispa de la felicidad poética. Y poesía en griego se decía poíesis, y significaba creación, fuera del orden que fuere.

Al hombre, al cantor Zitarrosa, que ya es leyenda sin ser un mito, se le debe contemplar, sobre todo, con la mirada que esconde sus pupilas en la conciencia desvelada, que inquiere y demanda plenitud, hermosura y acierto. Por ello, sin querer, tras el rigor de un examen cuasi epistemológico que hunde su piqueta en las canteras secretas de un opus nacido del maridaje de la tristeza con el amor, de la pulseada de la vida breve con la infinitud de la muerte, de las alas de una liviana "mariposa marrón de madera" abiertas sobre el animal grande del infortunio, es preciso ceder ante el empuje de la emoción y la empatía, del triunfo del pathos sobre el logos.

Cuando un minuto del sentimiento vale por mil siglos de la idea, se abren las puertas del milagro, de la irrupción de lo tremens et fascinans. Ello sucede cuando estas criaturas del recuerdo y el olvido, de la ilusión y del desencanto, nos atropellan con la fuerza de un huracán de corazones trizados y sueños hechos añicos. Es entonces cuando brota de la nada el fantasma de la Guitarra Negra, de esa guitarra que tiene forma de mujer y que, calentada por el cuerpo con un abrazo nocturno cambia de sonido, tal como lo cuenta el propio Zitarrosa. De tal manera el drama entra pisando con talones de espinas, sopla como un viento de exterminio, se desencadena un Apocalipsis patético que incinera toda vía de salvación y, finalmente, retrograda al Caos, a las fauces mismas del abismo del Génesis. La mezcla de lo real y lo alucinante salta como un pájaro herido desde esa tierra de perdición, desde la herida de un puñal de luz que procura abrirle la boca a la guitarra negra y entrar en su interior terrible, lleno de coágulos de sangre y vidrio molido. Sin embargo no cede ante la Moiratan temida, el destino que doblegaba por igual a los dioses y a los hombres. Como en el cántaro de Pandora encuentra, en el escondite de la esperanza, el consuelo que alivia a las almas en pena.

Hace mucho tiempo, cuando muy joven, escribí en un poema que el hombre era "la alimaña más triste y violenta de la tierra". Zitarrosa, después de esta residencia en la noche de Walpurgis, procura convencerme que siempre nos espera una " luz puntual " - ¡ay, mi general querido! - cuando el canto del gallo disipe las tinieblas y que, tras la tristeza suba hacia el cielo la cometa de la alegría. Porque quien saca de sí mismo, como la araña, el hilo de la creación, teje una tela resplandeciente donde quedan enredados los emisarios dela infelicidad y el desencanto. Siempre, desde el amanecer de las especies, la vida ha crecido sobre el humus de la muerte como un árbol en llamas.

El mundo de Zitarrosa no es el de Gardel, el cantor epónimo del Rio de la Plata. Y no lo es solamente desde el punto de vista cronológico y social. Gardel cantó las peripecias de la Comedia Humana de un doble exilio; el de la inmigración transatlántica y el del éxodo rural. En su repertorio resuenan los rumores, sollozos y risas que se pasean por los bailongos y las timbas, por las orillas del aguante y el cabaret del fingimiento, por el amor traicionado y el beso bajo cielos de glicinas, por los corralones con olor a bosta y los salones de lujo, por los oficios de laburantes sudorosos y por los bailarines compadritos, por los desplantes de los guapos de hojalata y los cuchilleros despiadados, por los patios pintados por las lunas de barrio y las avenidas de las ciudades estridentes, y, por debajo de las cosas y sobrevolando las almas, caminaban, tomadas de las manos, las nostalgias de los gaitas y los tanos, exiliados por la miseria de la terra meiga y el bel paese. Finalmente, Gardel cantó de prestado, contentando a muchachos inspirados que le ofrecieron poemas admirables y amigotes que le arrimaron versadas minusválidas y letras desvalidas.

Zitarrosa, en cambio, como Juan Palomo, cazó y comió sus presas líricas, asadas en un fogón casero; cantó lo que desde adentro le dictaba el daimon del amor y del desengaño, de la soledad rural y de la muchedumbre citadina, de la belleza y la fealdad humanas, de lo cómico y de lo trágico. Fue oriental y uruguayo hasta el tuétano. Tan grande era la lastimadura del desarraigo, y tan imperiosa la memoria de la patria lejana, que más de una vez, en escenarios extranjeros, después de cantar, o entre canción y canción, cuando encendía el infaltable cigarrillo, no pudo sofrenar el desacato de las lágrimas.

Yo admiro en Zitarrosa lo que dice, pero mucho más cómo lo dice, como lo canta. No encontré, no podría encontrar en la letra escrita, en la canción impresa o en la glosa popular de sus versos, eso que impone la presencia del rostro crispado, la impostación de las sílabas rotundas, la huella sonora de una voz visceral nacida en las entrañas, el escalofrío de ese soplo juglaresco que venía desde el fondo de las edades. Aunque las grabaciones la guardan con la mayor fidelidad que pueda pedirse, nos falta la dramática y directa audición de aquella voz sombría y plateada, de aquel plañido macho y valeroso, de aquel grave sonido cargado de malandanzas y bienandanzas , de aquella presencia elocuente y valiente a un tiempo. Así, rescatada del ritual de los boliches, los tablados y los escenarios, de la pólvora de los aplausos, del sudor del pescuezo y del sobaco, del perfume a caña brava mezclado con el aliento cargado de puchos exhaustos y resaca reciente, la voz y la presencia de Zitarrosa adquieren una extraña plenitud. Y de tal modo asociadas ascienden desde el escenario de la noche hasta el resplandor de un perpetuo mediodía. Estas cantigas taumatúrgicas nos sacuden por dentro como un vendaval, ese viento que viene desde abajo, desde una garganta quemada que arde y tiembla, desde un pecho que nace en cada amanecer, desde un pulmón que sopla a veces como el pampero y otras como la fresca brisa veraniega de la virazón. Entonces el torrente acústico del canto se convierte en encanto, en hechizo, en sortilegio, en río de sílabas preciosas que corre sobre la arena fina de las metáforas y hace espuma cuando choca con las piedras de los símbolos.

En Zitarrosa la voz prima sobre el texto, siempre original y colmado de metáforas sorpresivas, de sus canciones. Aquel trino inolvidable de ave melancólica se empina, más allá de los almanaques y los abecedarios, sobre lo que cantaba y contaba. Esa voz vive, está entre nosotros a pesar de la muerte de la carne y el tironeo del olvido, y, si nos atrevemos a escuchar con el oído fino de los hijos de Apolo Masageta, el Señor de las Musas, escucharemos, en este y los días que vienen, y en los aniversarios fugaces como las nubes que , desde donde Alfredo esté, y está en todos los resquicios de los mundos interiores, nos dice guitarra en mano y voz enarbolada: ¡gracias, muchas gracias por tanto delicado amor y tan invencible recuerdo!

 





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