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A propósito del borrador del Programa del Frente Amplio

Carlos Pérez

13.09.2018

LA IZQUIERDA NECESITA REFORMULAR EL PACTO CON LA DEMOCRACIA Y CON LA ÉTICA.

La extinción de la guerra fría por nocaut técnico de uno de los rivales, produjo un cambio de los paradigmas del dominio en el planeta y alteró la metodología de ejercicio del poder para asegurarlo. 

 

En el siglo pasado, y hasta la implosión de la URSS, la contradicción principal en el mundo funcionaba con el telón de fondo de un conflicto planetario que condicionaba la acción de las izquierdas, cualquiera fuera su compromiso con los cambios. Desde los más extremistas opositores a los más complacientes seguidores, tomábamos como punto de referencia para nuestro accionar, centrífugo o centrípeta según intereses, a aquel ciclópeo intento de cambiar el mundo que duró 70 años, apenas un fogonazo en el devenir histórico de la Humanidad.

La intención de los grandes poderes hegemónicos en el mundo de hoy es neutralizar (o minimizar) los pruritos democráticos allí donde buscan sacar pecho, para imponer sus condiciones. Y cada vez menos apelan a los palos policiales para aboyar ideologías, o a los golpes de estado para violar constituciones, o a las amenazas de portaaviones fondeados en las cercanías de los países díscolos. Y ni siquiera apelan a los gobiernos adictos, aunque estos siguen jugando un papel importante en el esquema de dominación. Hoy los métodos son más civilizados, menos ruidosos, más acordes a los tiempos que corren, pero tan efectivos, o más, que los utilizados en los ya lejanos tiempos del Siglo XX.

Las decisiones hoy se aplican por encima, o por el costado, de los mecanismos democráticos, imponiendo criterios en los que no tocan pito quienes, se supone, deberían ser los constructores de su propio destino. Sin discutir si alguna vez lo fue, estamos seguros que la democracia ya no es el gobierno del pueblo, ni por el pueblo, ni para el pueblo. Cuánto más profundizamos en el análisis de dónde y cuándo se expresan las potestades democráticas de los ciudadanos, más nos convencemos de mantener una ficción, sostenida más por la voluntad de querer que por la convicción de ser.

Las multinacionales, entes que habitan esa grisácea nube en la que las leyes y pactos internacionales carecen de recursos de coacción, y se mueven en ámbitos de anomia universal, son los verdaderos poderes detrás de la fachada de ficción, levantada para quienes creen que su voto decide el programa de los gobernantes locales. Y ya no son solo las corporaciones tradicionales, pues al negocio ingresan otras más tenebrosas, contra las que los gobiernos y pueblos están virtualmente desarmados y son institucionalmente vulnerables. A las empresas de productos de consumo, que satisfacen necesidades reales o ficticias, se agregaron con inusitada potencia las multinacionales de medicamentos para la salud de enfermos que se enferman más, en franca competencia por la deshumanización con las corporaciones de narcotraficantes y vendedores de armas de uso personal o de grupo, con ganancias jamás imaginadas por augures visionarios. Sin contención, cada día se interrelacionan mejor para actuar en el mercado mundial con réditos en escalas galácticas. La universalización de los vínculos y los avances de la intercomunicación (vía internet), permiten vehiculizar, en mínimo tiempo, esta explosión de beneficios. No es invención de mentes calenturientas; ahí está la realidad de los nuevos paradigmas 

En ese panorama de inmenso poder de estas supranacionales del crimen (legal o ilegal) que determinan y condicionan a los gobiernos y sus programas, en Latino América tuvimos un momento de descanso, un viento de esperanza, un rapto de aliento vital en un sistema enfermo de irracionalidad deshumanizadora. El gran problema es que estos arrebatos de nuevos proyectos nunca fueron contra la esencia del sistema. Quizás no podían, o no querían ir, pero lo cierto es que nunca atacaron los pilares de la relación de poder en estas regiones.

Algunos (teóricos de las conjuras universales) afirman que esta instancia de progresismo en Latino América no es otra cosa que un respiro planificado  por el mismo capitalismo, capaz de encontrar recursos para aliviar tensiones, cuando éstas ponen en riesgo las estructuras dominantes. Quizás sea así, no lo sabemos; es difícil comprobar. Pero de lo que estamos seguros es que estas experiencias progresistas cumplieron en varios países con contener la pobreza, la miseria, la exclusión social, la marginalización sistémica. Lo hicieron, y de eso no hay duda, porque la resistencia a esos proyectos, confesada por quienes sienten tocados sus intereses, da cuenta de las realizaciones del progresismo en la mayoría de los países donde llegaron al gobierno. Repasemos la proyección geopolítica y veremos por dónde viene la reacción restauradora.

El gran problema es que en uno de los mayores logros de estos gobiernos de izquierda, que fue destrabar el subdesarrollo de las fuerzas productivas, significó el incremento de los productos brutos de los países administrados que, en algunos casos, decuplicaron los guarismos de arranque. Esto es, hablando en plata, mucho dinero. Y si bien esos crecimientos fueron acompañados con una importante distribución masiva de los beneficios en una de las regiones más desiguales del planeta, ese oro atrajo a garimpeiros, cazadores de fortunas, buscavidas, vendedores de almas al diablo, arribistas e inescrupulosos de toda laya. El dinero atrae, como luz a las libélulas, y los oportunistas se disfrazan o se adaptan rápido. Y como los gobiernos en tiempos democráticos se ganan con votos, en esos miles y miles de votos, en esa invasión aluvional de ciudadanía, vino de todo. Culebras, sapos, culebrillas, serpientes, cocodrilos y otros reptiles se avecinaron al oasis para beber agua fresca, brotada del pozo surgente en pleno desierto.  El progresismo no pudo resistir la experiencia; no estaba preparado. No había creado frenos inhibitorios de la ambición personal que se subió a cargos de confianza, a puestos de decisión, a lugares estratégicos para el control de capitales de empresas públicas y manejo de dineros que llenaron las arcas estatales. ¿Era demasiado pedir? No lo sé, quizás era demasiado, pero que fallaron los frenos, fallaron. O no había frenos o nos confiamos, pero ya eso ahora no importa, porque en muchos lugares los daños ya son irreversibles.

Que hubo gente que traicionó a los grandes proyectos de la izquierda, por el cual dieron la vida muchas personas, sacrificaron hogares, familias, trabajos, carreras y vidas, hubo. Y no es por la traición personal que duele, sino porque con ella hemos perdido lo más grande que habíamos plantado y no pudimos cosechar: la esperanza en los programas de la izquierda.

Por eso se hace necesario que un programa de hoy, tenga mucho más que 180 páginas de nutridas cláusulas con muchas buenas intenciones que nadie pone en duda, pero también debe tener (y antes que nada) una definitiva proclama de fidelidad irrestricta y activa a los principios democráticos, institucionales, de separación de poderes, de respeto a las libertades y derechos y a los enunciados de la Constitución. Que esa es la garantía (casi digo "artiguista" pero no quiero ser ampuloso) de la defensa de las decisiones de nuestra ciudadanía, ante los acosos de los factores de poder dominantes, que pugnan por envilecer a la democracia, y ganan a corruptos y malversadores para sus intereses, solo con mostrarles las billeteras. Y por eso mismo debe contener una declaración de empoderamiento, efectivo y sin condiciones, de la Ética de la responsabilidad y de la Ética de la verdad, con control y fiscalización de los ciudadanos, sin medias tintas ni excusas.

Si no contiene eso, un Programa, por más que sea decidido en un Congreso de algunos miles de militantes, no podrá llegar a los cientos de miles de ciudadanos orientales, con los cuales deberemos seguir construyendo una alternativa real al dominio de los poderosos de aquí y de afuera.



Carlos Pérez



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