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La insoportable levedad de los inútiles

Ismael Blanco

05.10.2018

Las balas constan de un casquillo de aleaciones  de cobre en general,  de un fulminante y del  plomo fatal que rasga la carne con un propósito que no es necesario aclarar...

Pero hay otras balas mortales, fulgurantes y asesinas que no buscan rasgar la carne o arrancar las vísceras de un individuo si no de quebrar su espíritu, de partirles el alma, de tentar quebrantar su dignidad y manosearlos hasta que hociquen y se vuelvan mansos y sumisos como un perro maltratado y dolorido. La bala que utilizan los cobardes no es de plomo si no de vileza, injurias, intrigas y complots.

 

Lo que digo no lo digo porque de pronto debía escribir algo novelado; lo que digo no le sucedió a otro ni es un resultado de un personaje de fábula o de leyenda. Lo que digo, lo digo por mí,  por ser testigo y a la vez  víctima de una feroz y brutal campaña  sórdida, mísera y roñosa donde las energías humanas se pusieron al servicio de la degradación y no de lo de la construcción de la belleza.

 

Siempre resulta una posición incomoda la rebeldía o la desobediencia a un estado de cosas que promueve la chatura, la flotación o el convertirse en el alcornoque mediterráneo productor de un corcho de óptima calidad.

 

Quien escribe esto es un "Rojo", un marxista libertario, alguien que proviene  de una cuna comunista, quien no renuncia a pensar en el socialismo con libertad, con una mirada "allendista" sobre la sociedad,  convencido que eso y no con resignación, si no por puro realismo, y a la vez  asumiendo el riesgo de equivocarme, que estas ideas son algo para otros tiempos futuros, pues aún a la  enorme mayoría de la Humanidad, no les desembarcó el grito fraterno, humano y libertario de la Revolución Francesa de 1789.

 

A día de hoy, y salvo que se reduzca todo a una lectura economicista de la caracterización de los actuales tiempos, la izquierda con sus gobiernos progresistas, desarrollistas y gradualistas  y en nuestro caso en particular el Frente Amplio, vive una coyuntura que es más preocupante que la afectación de los problemas financieros de un mundo hegemónicamente gobernado por corporaciones  desenfrenadas, voraces y totalitarias.

Al Fin y al cabo, quienes abrazamos la idea del cambio social,  es a eso y a cosas peores que asumimos o debiéramos haber podido asumir y enfrentar.

 

El problema es otro y sin subestimar a la derecha nacional, lo que me sobresalta  y lo que me preocupa; no son sus personeros; ni sus diarios; ni sus lideres; ni su acción; ni su historia; ni su espanto.  

Lo que me inquieta, pasa por otro aspecto.

A ellos, - a la derecha-, desde que tengo memoria los conozco y se lo que hicieron y hasta donde están dispuestos a llegar; conozco su odio, su rencor, su tirria y antipatía clasista  hacia lo popular y hacia el principio de la  solidaridad.

No conjugamos el mismo verbo ni  practicamos la misma fe.

Nos diferencia una cosmovisión de la realidad que surge y se forma desde el lugar donde uno se para en la vida.  Proviene desde la cuna, desde la formación y los intereses que cada uno se plantea defender hasta sucumbir.

 

Sin embargo siempre hay algo que de esto se rescata, que se puede sacar en limpio; que es posible  poner en negro sobre blanco: y es la autenticidad.

Ser auténticamente lo que se es; vivir a cara descubierta,  sin disfraces, sin ardid, hace que uno termina respetando al adversario  que siendo de derecha se reconoce como tal y también hace que uno termina  asqueándose con aquel que se autodefine progresista o de izquierda y se comporta como un deposición humana, deformada y autoritaria.

 

Me preocupa, me agita y me desvela la falta de audacia en la izquierda nacional de la que formo parte. Me encrespa su falta de precisión.  Me remueve su falta de claridad, la pérdida de su genuinidad  y de asumir que a paso lento en algunos aspectos y velozmente en otros, nos estamos alejando con una estructura anquilosada y tullida de nuestro pueblo; pueblo que es mucho más que una bella palabra que los hipócritas suelen usar con facilidad. El pueblo, es ese inmenso grupo humano de gente que sufre, que aún y a pesar de esfuerzos y disciplina de un equipo económico que algún día se reconocerá como nuestra mayor virtud en la gobernanza,  existe una parte importante de nuestra gente con carencias diversas que no son sólo económicas si no culturales, y que debemos asumir la crudeza de una sociedad fragmentada, rota y partida en más de dos pedazos,  que luego de 14 años no pudimos, porque no supimos  resolver.  

 

Admitir no saber y no haber podido solucionar graves realidades aún existentes, no sólo es un gesto de humildad, si no la premisa inicial para plantearse sin soberbia un cambio en las herramientas y estrategias empleadas hasta la fecha.

La otra alternativa, la más sencilla, es el camino de la negación, del voluntarismo del indigno burócrata.

Por mi parte desde el ´88 a la fecha y a mis 20 años escuche y aprendí de boca de Arismendi el daño que produce "el servilismo ideológico" y el daño irreparable que esto causa.   

 

A un año de las elecciones nacionales muchos se preocupan en "pensar" en donde van a "caer" en un eventual nuevo gobierno; qué cargo le va a tocar o de cómo van a  resolver su vida con un puesto rentado, con un empleo burocrático, y  numerario.

Ya no sólo en gran parte de un universo de los funcionarios -que a propósito omito utilizar la palabra "compañero" para no vulgarizarla- están preocupados por si "reenganchan" en un sillón, no importa cual, o si deben arrancar a las 8 horas o a la draga que sería lo más justo en muchos casos.

 

Lo más terrible, es que ya no se ha perdido sólo la vergüenza con estas acciones si no algo peor, se ha perdido la substancia del alma... 

 

Esto que ya es gravísimo lleva indefectiblemente a que todo sea plano, chato y más inanimado que el Mar Muerto. No asumir con sinceridad y franqueza estas falencias es el primer paso para extraviarse, perderse y perder...

 

Cuando al mirarse en el espejo el individuo no se reconoce,  y no siente la necesidad de pegarse cotidianamente un voleo en su propio culo; cuando de revolucionario sólo le queda una foto del "CHE" aquí u otra de "Fidel" más allá; cuando el rostro ya no tiene la frescura que dan los sueños y sólo se aprecia el seño fruncido de un jodido, es que ha ganado en su ánimo y en corazón la vanidad, la intriga, la malicia y la conspiración.

 

Por otra parte quiero señalar que en estos años he conocido a personas buenas, justas y valientes que militan en otros partidos ya que es justo decirlo: las buenas gentes no son un patrimonio exclusivo del Frente Amplio.

Esto me hace pensar en Alfredo y en su "Guitarra Negra" cuando dice: "...Más allá el pueblo y más acá el amor...Pero el pueblo está también más acá...Y antes estaba allá también, detrás del pueblo el pueblo..."

 

 Se podrán ganar mil elecciones, pero ya no serán victorias populares, si no premios cargados de sobreprecios y gravámenes.

Mientras escribo, me viene a la mente lo que muchos años atrás Jaime Pérez me decía: "cuando el agua se estanca entonces se pudre."

 

Por ahora,  el Estado de Derecho en nuestra patria parece consolidado. Sin lugar a dudas otro mérito de la izquierda. Se ha gobernado con plenas libertades.  Con las máximas garantías republicanas  y con pleno derecho de reunión y manifestación, algo que a esta altura  no se a  dónde remontarnos para compararnos a épocas pasadas.

Ni que hablar de la libertad de expresión, tanta que desborda con orgullo. Hoy cualquiera dice lo que se le antoja sin límites y sin rubores y ala vez  todos bancamos como campeones, porque primero está la libertad al eventual honor mancillado...

Es decir de jugarse la vida o el pellejo por ideas por estos días es cosa de libros o manuales de historia. Hoy la vida se pierde o corre riesgo por otros males. Por el creciente lumpenaje,  desbocado, sin la más mínima consciencia,  que comete cualquier clase de barbaridad, que se regocija en el mar de delito,  donde la vida no vale absolutamente nada.  

Este riesgo mortal, esa bala potencial que termina con la vida de un obrero o de una trabajadora de un supermercado, no proviene de un escuadrón paramilitar o parapolicial surge de una sociedad donde se han perdido los valores y ante ello el Estado no tiene la capacidad de imponer límites contundentes, de aplicar democráticamente  con garantías pero también con contundencia el principio de autoridad que emana del Estado, estamos perdiendo ante la incapacidad de proteger a los nuestros;  a nuestra gente; al que se gana el pan con esfuerzo y trabajo.

En esta materia fracasamos "exitosamente",  y este es un factor que si no admitimos que el agua nos llego al altura del bigote es por necedad, obcecación o ceguera.

 

Jugarse la vida por ideas fue un mérito y una virtud  de los que nos precedieron. Hoy por ideas no nos matan.

Hoy nos ganan más sutilmente: buscan volvernos "conversos", parecidos "a ellos", de tal modo que se imponga un desinterés en la política, más que en los políticos, pues los políticos se cambian, se mejoran, se soluciona buscando a los mejores; pero cuando se pierde la confianza en la política lo que sigue a eso es la noche más oscura... 

 

Hoy no hay riesgo de vida por defender ideales,  pero muchos de todas formas claudicaron a jugarse el "garguero", la propia y personal palabra, a asumir el riesgo a ser disidente, a ser auténticos, a soportar la furibunda crítica por ello, a perder la valentía del criterio propio, todo esto  sólo para mantener un miserable cargo y para que esto sea efectivo y más o menos probable, hacerlo  formando "círculos de confianza" y "complicidad"  con sus "iguales" y pretensiosos  oficinescos funcionarios.

Ahora bien, no voy a rectificar el título porque me gusta;  pero Máximo Gorki decía: "no hay gente inútil, sólo hay gente perjudicial"

P.D.: cualquier similitud con la realidad de algún lector no es pura coincidencia.



Dr. Ismael Blanco



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