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imagen del contenido Jorge Jauri

La coalición o el optimismo de la razón

Jorge Jauri

22.11.2018

A nueve meses del principio de decisiones electorales, queda poco tiempo para mantener ambigüedades propias del pensamiento político y cultural. Quizás sea necesario profundizar en el diagnóstico. Pero, sobre todo, la precisión del "se puede cambiar" interpela a la oposición. ¿Temas programáticos? Si, pero bastante más.

 

En poco la campaña electoral irá alejando a la política de sus fuentes de verdad. La oferta electoral seguirá lo que los políticos van entendiendo es lo más rentable en términos de votos. Porque de eso se trata en las elecciones. Paradójicamente, la debilidad democrática se acentuara. La sospecha ciudadana sobre la efectividad del voto parecerá irse atenuando diluida en el griterío y la emotividad. Abre el mercado mayor: las encuestas irán acomodando la expresión de los programas. Esos mamotretos ilegibles sin anexos de garantías de cumplimiento derramarán voluntarismos de toda laya. Entre el oficialismo apurando golpes de efectos y la oposición urgida de validarse como alternativa, los ciudadanos nos iremos definiendo con desagrado creciente. 

El gobierno terminará su mandato intentando revertir esa idea de ineficiencia y vínculos crecientes de sus funcionarios con la corrupción, embarcando en este propósito a profesionales honestos; multiplicará esos pequeños pustchs que son siempre las medidas de política. Apresurará las obras que pueda, desplazará gastos e inversión pública a balances futuros. Pero, sobre todo, los discursos de oficialismo apelarán a esa "épica" de la izquierda que menciona dos por tres Sendic en su desoladora defensa.

Y la oposición, ¿qué?

La mayor parte de la oposición hará casi lo mismo que siempre. Señalará cada uno de los errores que ha tenido el gobierno y los vinculará convenientemente con las nuevas plagas que asolan al país. En algún caso intentará contextualizar los malos indicadores de cierre a una oportunidad histórica perdida en los últimos quince años: la de un contexto de la mayor bonanza de entorno que ha tenido el país desde la finalización de la guerra de Corea. Le costará lograrlo porque la memoria de los electores es tan corta como su conocimiento de la historia reciente. Blancos y colorados tienen la oportunidad de jugar con las debilidades más expuestas de los tres últimos gobierno y, ahora, con el nerviosismo de la inminencia de una derrota.

La nueva coalición y Navegantes....

Aquí si es posible imaginar que, quizás, el nuevo agrupamiento que integro -me apresuro conmigo mismo a recordármelo-, sea capaz de introducir novedades y alterar significativamente las expectativas. El discurso del senador Mieres cerrando el acto inicial del Partido Independiente insinuó algo de eso con una convicción notable: "-vamos por el gobierno!" Y eso sonó fuerte, fuerte y creíble. Todo cambia. Y muy temprano aparece esa convicción de un actor principal investido de un liderazgo nuevo. Ese alejamiento repentino de la medianía de objetivos tiene fundamentos sólidos; ahora que el PI es el pivot adulto de una coalición que comienza a situarse en el centro de las mejores expectativas de cambio. Alcanza y sobra para que ese desafío remueva, convoque y, sobre todo, agregue valor a la campaña electoral.
¿Y, Navegantes...? ¿Y uno mismo en esta barca?
Navegando en un entorno de aires primaverales.
Primero que nada, los navegantes provengamos de la las vertientes de "izquierda", del batllismo, el nacionalismo, o del liberalismo como postura intelectual, sentimos el aire fresco de la aventura. Les aseguro que de por si, eso de respirar sin ataduras ni compromisos de dependencias escleróticas es sano y tranquilizador. Todos nosotros sentimos que la respuesta a una convocatoria tan oportuna como audaz regenera aquel optimismo perdido, ahora en una perspectiva posible de cambio. Ahora si el compromiso puede apalancarse en la utilidad y el vigor de la libertad individual.

¿Embarcados en libertad?

Si, y con la fuerza de ese aire fresco que nos regenera lo mejor de nuestros mejores momentos de vida. Pero ahora con un aditivo: el de la responsabilidad y la intransigencia en defender los valores asociados a esa convicción de libertad. Cada uno, en la barca, en la coalición, en nuestro hábitat más íntimo. Personalmente, me he empeñado mientras permanecíamos en el puerto, en una interpelación conmigo mismo en la cual alenté todos los escepticismos posibles. Aquellos vinculados a la fragilidad de la barca o a la mía propia, cuando llegue la hora de ser intransigente en la defensa de e esos valores inherentes a la actividad de un liberal embarcado en la política.
No hay política ni actividad humana exitosa sin ambición; ni la hay sin confianza y afectos. Desde esa posición nos miramos sonriendo. Nos abrazamos con los amigos que llegan llenos del recuerdo de alegrías y horrores compartidos. Y nos encantamos con la irreverencia de los jóvenes que se suman a la aventura. Todo es nuevo e inquietante. Hasta la organización de una agrupación y una coalición que está redactando sus contratos originales en línea con las disposiciones más exigentes de la transparencia y las garantías contractuales. Ya tenemos contabilidad y ni un solo movimiento de dinero no posee su contrapartida documental.

¿El programa?

Por ahora líneas de identificación mínimas. Casi escuálidas aún frente a los cientos de páginas que redactan generosamente el resto de los partidos. Seguramente será una síntesis breve de ideas rectoras con las cuales concurriremos al encuentro con los equipos que formaremos en la coalición. Probablemente Navegantes tenga en su código de ética y representación contractual una utilidad más poderosa que cualquier expresión programática usual. No es poco.





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