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La belleza

Ismael Blanco

27.11.2018

Quedarse en silencio puede llegar a ser una forma de decir. Muchas veces las palabras no bastan, se vuelven insuficientes y se excusan y cuando eso sucede es mejor callarse.

Supongo que uno se cansa de hablar cuando se satura de advertir que la felonía, la deslealtad y el doblez se vuelven algo corriente.

No sé si a ustedes, pero a alguno le debe de haber pasado aquello de cumplir con la frase de llamarse a silencio cuando hablar no tiene sentido.  En el caso de la escritura la reacción se convierte en un llamado a la abstención de las letras como si los vocablos se declararan en huelga.

De todas formas, nunca está de más pararse ante el mundo a observarlo, a admirarlo con detenida atención buscando descubrir los colores vivos que se ocultan tras lo gris y lo oscuro que aflora en la superficie.  Creo entender la sabia reflexión del poeta "no hables si no puedes mejorar el silencio".

Cada uno en su medio, en su centro vital y desde su propio ecosistema valorará cómo volver sobre sus propias pisadas y reconocerá si anduvo por la vida sin advertir lo temporal, circunstancial y finito de nuestras existencias.

 

No se trata que la indefectible muerte nos deba desvelar, ella siempre esta allí, viene con nosotros desde nuestra existencia y en la más inesperada ocasión, siempre como una infortunada e inoportuna casualidad rompe el hilo fino que nos  separa de la vida.  Pero lo "fatal" a decir de Rubén Darío, lo que nos debería darnos pavor no es la muerte, si no que no nos sorprenda la vida, la maravillosa existencia, esa  que se nos presenta en los detalles, en los atentos fragmentos, en las pequeñas cortesías que se encuentran fuera de los grandes títulos o las esplendorosas marquesinas.

 

La vida, la sutil existencia que no busca ni gloria ni oropeles no es indiferencia;  la vida, sutil y sencilla se transita sin estridencias ni delirios de grandeza y está habitada por los  gigantes de la historia.

 

De cuando en cuando y cada vez más seguido de lo que suponía se me presenta cierta introspección y con palabras de Walt Whitman me dice: "Resiste mucho, obedece poco".

 

Para mi suerte hace muchos años que vengo escribiendo y para fortuna mayor puedo hacerlo de manera pública, en forma libre y sin ataduras y con mí más provocadora intención lo realizo esparciéndolo en la cibernética o en el papel, aceptando las diversas suertes y resultados.

 

Me han llegado críticas de todo tipo y salvo ofensas todas son bien recibidas. De todas formas, dedicarse al oficio de poner las palabras en un papel diciendo lo que se piensa, a mano limpia y cara descubierta se me representa como lo más parecido al pugilista que está obligado a tener la capacidad de asumir golpes, de rebotar en las cuerdas, de hacer cuerpo y dignamente y sin chistar aguantar cada uno de los rounds.

 

Cada vez más, a medida que el tiempo pasa, asumo que he transitado por la vida habiendo pecado muchas veces de ingenuo y torpe; de idealista y de utópico pero no me arrepiento.

Soy consciente que he hecho campaña por ideas y proyectos; y que he levantado las banderas de la emancipación humana y lo hice siempre convencido de que vale la pena aún teniendo conciencia que muchas veces los hombres  que dicen sostener esos proyectos no están a la altura de las circunstancias.

 

Me hago cargo de todo; de mis aciertos y de mis errores, de mis apreciaciones y de mis conjeturas. No me arrepiento de haber hablado de mi o de mis asuntos y acepto con buen aire que puedan resultar insufribles  aspectos personalísimos de quien  sin pretensiones y como  un modesto juglar habla de los asuntos del alma y lo hace  con la premisa que hablar de uno y de lo que me sucede si nos abarca a varios no son palabras al viento o vanas, resultándome entonces cálido y aliviado hacerlo. De cualquier manera, lo dicho no pide absolución alguna. Al decir de León Felipe: "Yo no sé muchas cosas es verdad. Digo tan sólo lo que visto."

 

Lo que escribo y digo lo vengo cavilando en estos últimos tiempos. Por reacción me planto firme ante los enterradores de ideales y ante los traidores que ciertas circunstancias me han impuesto, y me he hartado de haber visto tantos acabados y vencidos que no hay espejo donde puedan mirarse. A pesar de ellos, mi instinto de supervivencia está intacto y me lleva a buscar la belleza de nuestras existencias y desechar tanta deshumanización, frivolidad y resecamiento.

Cuando lo mundano y lo inmediato nos intentan consumir y vaciarnos la rebeldía intrínsecamente humana esta se impone con limpia curiosidad y va en busca de la maravilla y de la belleza.

 

Desde mis columnas he recorrido lo político, lo jurídico y lo filosófico. Siempre fui en la búsqueda permanente de la memoria, recorriendo miles de kilómetros de nuestras historias como algunas especies de mariposas lo hacen en búsqueda del calor.

Hurgo en mis propias anécdotas que se van acumulando y como a todos nos salvan y reafirman cuando las piernas se entumecen. Me detengo en determinados rostros y en particular en la carita de mi hija cuando los hechos me tientan a detenerme o cuando "la vida ya te empuja como un aullido interminable" y al decir de Cortázar dialécticamente y como un ejercicio: "me caigo y me levanto."

 

No me arrepiento de nada o de casi nada. Pero en realidad sí tengo de que arrepentirme, entre otras cosas de haberme quedado con las ganas de vociferar más; de ser tan educado; de no haber zarandeado a más de algún traidor y cobarde; de ahorrarme demasiadas puteadas; de haberme perdido miles de abrazos con mi hermano, con mi hermana; de ser estúpidamente cauto en mis sentimientos por complacencia, pudor y demás tonterías. 

No concibo otra forma de vivir que no sea haciéndolo así, a riesgo de perder, de generar malos humores y todo tipo de malestares. Me niego a flotar, a ser un burocrático corcho, un alcahuete de palacio, o un intrigante murmurador.  

 

Hoy no tenía ganas y mucho menos ánimo de analizar la coyuntura nacional o el genio de los actores financieros o si las encuestas están en lo cierto o si la economía y sus cifras son fieles a la realidad, tampoco si la precandidatura de fulano de tal colma las expectativas de la opinión pública de la izquierda nacional o si la oposición toda junta se podrá volver gobierno. Y el desgano no significa derrota, simplemente  es natural y puro desgano nomás.

Es el cansancio de la suciedad, de las patrañas, de la indiferencia y del desdén de aquel no esperado o de la ausencia de quien preví fraterno.

Me niego a aceptar por la memoria de mis compañeros que este  es un pensamiento de otros tiempos. Me confirmo día a día  que aún existen seres que se juegan el todo por una partida justa y a cambio de nada.  

 

Ayer fui a visitar a "Ramón" el uruguayo. Lo encontré como siempre. Con su postura humilde, digna y gallarda.  Busque nuestro profundo, prolongado y recíproco abrazo. Me ofreció un café y nos acomodamos en unos bancos improvisados con cajones madera del mercado. Acudieron a nosotros como testigos fieles de nuestra charla sus viejos perros.

No es la primera vez que voy en busca de sus palabras de este viejo guerrero, de este comandante sin charreteras, el hombre más genéticamente revolucionario que he conocido, y el más humilde de los rebeldes, victorioso e invicto, aunque no lo acepte su desbordante modestia.

Es verdad, es de lo que dicen que hicieron lo que debían hacer y que eso no es mérito alguno; ahora bien entre nosotros yo a eso no le hago caso, él para mi y para muchos más es un gigante aunque no quiera aceptarlo, asumió siempre el riesgo de la ida "al infierno" sin boleto de vuelta  y de todas formas se las ingenio para vencer a todos los demonios y que estos no tuvieran más remedio que expulsarlo por su bendita existencia.

 

Es que siempre vuelvo a "Ramón", lo hice hace diez años cuando partió mi hermano.  

Este hombre imperfectamente maravilloso, con su temple, con su coraje y sabiduría, con su ascetismo natural, con su gran capacidad de amar, sin que él lo sepa fue y sigue siendo salvador y refugio de almas sufrientes, algunas doblegadas y tullidas que como un ángel rebelde de esos de Rafael Alberti junto con Alberto Altesor se plantaron en los infiernos: "chico" y "grande", en penales, cuarteles y comisarias venciéndolo todo sin traicionarse y sin traicionar y se plantaron dignos y bellos.

Cuando fui a buscar a "Ramón" el uruguayo me regalo una foto del "Flaco" Rezzano. Me hablo de la vida, del amor, de la lucha, de los compañeros, de los que están y de los que se fueron. Me enseño a comprender más nuestras naturalezas, a ser más indulgente, compasivo y piadoso. A entender lo complejo de lo humano y a ser prudente al juzgar.

Hoy cuando escribía esto concluí que no tenemos a muchos en quien confiar en nuestra vida y para mi suerte yo sí tengo a quien confiarle la mía.

"Ramón" en realidad es Osmar por nombre y Lechini por apellido y a sus ochenta y tantos hoy vive en silencio y sin estridencias, pudo haber muerto con "El CHE", o en un lugar de "Sierra Maestra" o con Orwell en el "Frente de Aragón", también de un paro desnudo sobre "una parrilla mojada y electrificada" del torturador o ahogado en el vil submarino o ejecutado por capricho de algún fascista oficial. Pero aquí está y de algo estoy seguro, y es que su hora llegará, que se irá como todos pero de algo también me reafirmo, que ese día se desplegara una gigante bandera roja, más roja que el punzó y su causa de muerte será un síncope total de amor, del más profundo amor humano.

 

"Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo, ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza..."

 Luis Eduardo Aute

 



Dr. Ismael Blanco



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