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“Lo bueno que tiene esto es lo feo que se está poniendo”

Carlos Pérez

06.12.2018

Pero no hay mal que por bien no venga. Estamos, como dijo alguien (vamos, alguien lo dijo) en momentos en que la derecha, y más allá de la derecha, el fascismo a secas, arrecia y se expande por el mundo, en franca tarea de retroceso de la Humanidad a etapas que ya creíamos superadas.

Y lo hace, ya no con golpes de estado militares, o intervenciones que voltean instituciones republicanas, sino con algo que siempre fue muy caro a las izquierdas: el apoyo popular, las masas, la gente, la ciudadanía. Hasta logran mayorías en votaciones nacionales o regionales, allí donde hace apenas una década ni soñaban (ellos y nosotros) que llegarían a tal poder de convocatoria y de aprobación. Ayer miré un video de las elecciones en Andalucía, con un acto de neo-nazis en pleno festejo de su victoria y te digo: mete miedo verlo. Igual o peor que Bolsonaro. En el acto leyeron la carta del jefe del Ku-klux- Klan de EEUU, muy laudatoria a los vencedores. El lector leía con lágrimas en los ojos, como quien lee un mensaje de otro mundo, ahíto de beatitud e iluminado por una luz divina. Aunque la carta hablaba contra la Iglesia Católica, si mal no entendí, entre otras cosas.

O sea que algo pasa.  En los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado, los ajustes a nivel global de las economías hegemónicas dirigidas por los países centrales, alentaron a gobiernos de cervicales flexibles de la periferia dependiente, principalmente la latinoamericana, a imponer medidas en sus flacas economías, que ayudaran a soportar la crisis global y asumieran los costos más duros. Todo se hizo al ritmo de represión, palos, prisiones, muertes, amenazas, cambios institucionales y ajustes "de policiamiento", para zurrar a los protestantes callejeros y meter entre rejas a los líderes opositores.  Cuando la tarea se les hizo más grande que sus posibilidades, pidieron auxilio "al Centro de Control", llamaron a las fuerzas represivas (centinelas de la democracia), las adularon, las cebaron, les extirparon cualquier rasgo de humanidad o de formación republicana que tuvieran (La naranja mecánica), y las largaron al terreno para que limpiaran este lío. La limpieza significaba barrer con todo: instituciones y personas.

En los años ochenta cambiamos la estrategia. Las dictaduras o blandas de los países del triángulo de abajo y el istmo que nos cuelga de la Central ya no eran redituables. En realidad habían fracasado en su papel. Mucho fiasco habían hecho. En muchos casos no eran confiables a los intereses del Imperio, porque más de uno, educado en los talleres de formación para la lucha antisubversiva, se avivó. Unos pidieron mucha plata, exagerando el potencial de la subversión, de modo de incrementar las ayudas. Pero otros lograron entender que en realidad esa lucha anti-subversiva era la imposición a la fuerza y contra la resistencia de los pueblos, de un estatuto de dependencia que debía regir a raja tabla. Recordemos los casos de Alvarado en Perú, Torrijos en Panamá, Trabal en Uruguay y otros cuya enumeración sería extensa. Y se sabe que, cuando los militares se vuelven díscolos contra sus amos ideológicos, suelen ser peligrosos. A veces hasta hubo que asesinarlos.  

Entonces, cabalgando el neo-liberalismo teacheriano y reaganista en el potro indomable de la globalización, en los años ochenta y noventa, se vinieron los gobiernos privatizadores, desreguladores de sistemas de impedimento o bloqueo al ingreso de capitales y productos de las grandes multinacionales. Y ahí está el cambio: esos gobiernos entraron con apoyo de grandes masas de ciudadanos que los votaron. Y digo bien, masas: pobres, medios y ricos los votaron. Y claro: con la unción divina de las masas y la impunidad a salvo, la explotación fue tanta, tan grande fue el traspaso de rentas de producción de los pueblos a las multinacionales y a las economías centrales, que aquello llegó al nivel de escándalo. La pobreza universal se multiplicó, ni me acuerdo por cuanto. Ya existía, estructural, pero ahora era una situación de injusticia tan flagrante que metía miedo hasta a quienes estaban en la cima de la pirámide. Alguien avisó: Mirá loco que estamos creando tanta pobreza, la población crece en términos de miedo, que, si esas hordas avanzan con hambre y desesperación, no los podremos parar. Antes, para aliviar tensiones, inventábamos guerras con muertes masivas. Pero ahora es más difícil y ojo con esto. Franz Fanon vaticinó alguna vez que los "pobres y desheredados de la tierra", saldrían alguna vez de sus cuevas para reclamar la deuda histórica de quienes estructuraron sus economías encima de la sangre y la carne de los pueblos explotados. Pero me fui de tema, aunque no. Y por ahora solo digo que esta invasión de emigrantes, rebasa las proyecciones de Alvin Tofler de su Tercera Ola, ya estamos en la Cuarta. Y ojo con la Quinta.

Luego viene la etapa de las experiencias progresistas, las que, lamentablemente, en su mayoría, fracasaron en el intento de liberación -o de rumbear hacia la liberación- de sus economías y, aunque mejoraron sustancialmente los términos de la justicia social en el continente más desigual del planeta, no pudieron seguir en su tarea. Errores muy graves cometidos, condujo a que esos gobiernos perdieran pie y solo queden, tecleando, algunos  de ellos. Esos errores contribuyeron a que la gente se plantee no seguir confiando en estas experiencias y busque otras salidas. Brasil y Argentina son los dos casos más paradigmáticos, pero también podemos decir algo parecido de Chile, Perú y Ecuador. Solo quedan, colgado de una rama frágil, por lo menos en Sudamérica, Bolivia y Uruguay. Venezuela es otro tema (por lo menos para mí), que no viene al caso hablar ahora.

Pero en definitiva, y para no ser considerado un triste agorero apocalíptico, debo terminar con aquello que es más viejo que el agujero del mate, muchas veces mal visto como un "consuelo de tontos": no hay mal que por bien no venga. Es cierto que hoy mucha gente está indignada con los políticos en general, con los políticos corruptos en particular,  con los militares, con los partidos, con la inseguridad, con la falta de empleo, con los emigrantes, con los que no reciben a los emigrantes, con las empresas, con las instituciones; está indignada consigo mismo, con otros indignados, con los militantes, con los que no militan. Y esa gente se larga a un escenario político (porque no deja de ser político) buscando soluciones. Quizás puedan ser seducidas por cantos de sirena, o engañadas con mentiras en las redes, con ideas viejas en odre nuevo, pero lo importante es que asumen su responsabilidad de participar. Oigo preguntas con tono angustioso: ¿Pero lo hacen por la derecha? ¿E incluso apoyan al fascismo? Sí, es cierto, no podemos negarlo.  El asunto es que ahora las cortinas se corren y develan los monstruos semi ocultos, y los muestran a la luz del día. Ahora vemos lo que antes era difuso; estaban encerrados en sus propios miedos, entre sus fantasmas, en sus cubículos; estaban en aquello que decimos siempre: en lo más ruin y execrable de la condición humana. Los cabecillas de esta resurrección y de la contra historia y de la contra Humanidad, antes trabajaban con otros, seducían a los bivalentes, a los reductibles, a los comprables, a los frágiles de ideas y de principios, para que hicieran las cosas por ellos. Ahora no. Y bienvenida sea la lucha, aunque más dura, pero con las lacras de la deshumanización y la irracionalidad abiertas y expuestas a la luz del día. Y como nos enseñaron los viejos luchadores, que nunca las tuvieron fácil: que los obstáculos para avanzar sean más duros, no significa que sean insuperables, significa que hay que redoblar los esfuerzos para seguir avanzando.

Carlos Pérez Pereira

 



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