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¿Hacia dónde vamos?

Milton A. Ramírez

09.01.2019

Este año tenemos elecciones nacionales. Se elegirá Presidente y Vicepresidente, 30 senadores y 99 diputados. Se formará un Poder Ejecutivo con 13 Ministros y un importante conjunto de cargos de confianza. Estos cargos no son electos por la ciudadanía sino por el Presidente.

Todos estos cargos, desde el Presidente de la República hasta el del organismo de menor jerarquía ejecutarán el Presupuesto Nacional, es decir tendrán a su cargo el dinero que se le recauda a todos los uruguayos para financiar el Presupuesto General de la Nación, que hoy es algo superior a los US$15.000 millones.

A estos cargos debemos agregar muchos cargos más que están a la cabeza de los entes del Estado, entes que mueve presupuestos multimillonarios.

Supongamos, por un momento, que el 100% de los gobernantes actúen en su función con esmero, inteligencia y una estricta austeridad republicana. Si esto se cumpliera tendríamos garantizado el buen uso de los recursos públicos, esos recursos que son aportados por el trabajo de todos los uruguayos.

Pero aquí es importante formular una pregunta clave ¿a qué proyecto nacional se le está brindando recursos?¿Hay un proyecto nacional para un Uruguay de acá a 10, 20 o 30 años? Las decisiones presupuestarias ¿irán en el buen sentido de lo que el país y su gente necesita para lanzarse como nación que crece, se desarrolla, educa y permite la movilidad social?

Cuando se habla de elecciones es habitual que se reduzca la mira y se enfoque en problemas puntuales y se debata sobre las prioridades presupuestales. Y eso está bien. Lo que no puede faltar es que los problemas puntuales de hoy junto a las prioridades del próximo período de gobierno estén desalineadas del proyecto nacional, proyecto este que debería ser el rumbo estratégico del país.

Ese rumbo hay que plantearlo, escribirlo, detallarlo en su ejes, en su sentido más profundo que implica vernos como nación no solo en lo económico, sino también en nuestra cultura, en nuestra proyección como país que se atreve a grandes retos de integración al mundo y de integración de todo el tejido social.

Ese proyecto nacional es el que nos desafiará la imaginación y la determinación de navegar rumbo a los mejores horizontes y las nuevas realidades a construir.

Quienes son jóvenes ¿se proyectan un Uruguay futuro? Quienes ya tienen hijos ¿se imaginan el Uruguay en el que ellos crecerán y formarán sus familias? Quienes ya tienen nietos ¿están dispuestos a aportar a la imaginación de ese futuro?

Hoy tenemos alguna certidumbre y es que la velocidad de cambio de la sociedad humana se acelera. De la mano de la ciencia por una lado, de la tecnología por otro, vemos cambiar desde la formas de producción y las relaciones de producción hasta la obsolescencia acelerada de muchas de nuestras certezas.

Hacia el futuro necesitamos una sociedad más integrada, y aquí no hablo en referencia las grietas sociales actuales, sino que debe ser una sociedad integrada en sus cadenas de producción, de investigación científica, de su redes de emprendedores y de innovadores en todas la áreas, sean estas económicas, deportivas, del conocimiento y de la creación intelectual.

Un país debería tener sobre la mesa no solo un contrato social que la regule, sino un contrato social que la proyecte sobre las tempestades temporales y que todos sus ciudadanos sientan que son un océano enorme más allá de las olas bravías que estallan en algunos momentos. Una sociedad que quiera asegurarse el camino hacia el mejor futuro posible tiene que tener un contrato de confianza. Ese contrato de confianza se puede crear si la política, la actividad humana que puede convertir los sueños en realidad, tiene la capacidad de acordar grandes rumbos, estabilidad y solidez en los acuerdos y el valor de proponer y ejecutar cambios que remuevan todos los lastres que frenan e impiden los cambios.

Uruguay va a estar hoy, seguirá luego de las elecciones de 2019, seguirá dentro de 10 años, dentro 20 años y dentro de 30 años. Pero el rumbo hoy no está claro.

La disputa por los sillones del poder no puede ser el tema de un país. Los enroques y las martingalas electorales no están alineadas con un proyecto nacional a largo plazo. Menos lo estará la disputa por atribuir al adversario los personajes impresentables que cada uno tiene en sus roperos.

Y si no hay grandeza en la política para actuar mirando hacia el futuro, hay un enorme submundo de reaccionarios y retrógrados esperando que la buena política falle para entrar ellos a la cancha y así, con las promesas absurdas y latiguillos impregnados en falsedades arriarán la bandera de la esperanza

y podrán gobernar azuzando el odio.





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