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“Verdades” que son imposiciones: el caso de las ganancias de grandes corporaciones

Roberto Sansón Mizrahi

17.01.2019

En economía hay cuestiones presentadas como "verdades" indisputables que en realidad sirven para imponer intereses y privilegios no defendibles a cielo abierto. Un ejemplo es como se ven y se presentan las ganancias de grandes corporaciones, cómo se obtienen y distribuyen. Es crítico explicitar lo que estuviese encubierto para poder considerar nuevas opciones.

El sentido común imperante dice que las ganancias de una empresa pertenecen a sus dueños que, en el caso de las corporaciones, son sus accionistas. Se sostiene que esto es así porque los otros actores que hacen posible el proceso productivo tienen sus respectivas compensaciones. Veamos entonces quienes son esos otros actores y que compensaciones obtienen. Con esa información podrá entenderse cómo se obtienen las ganancias corporativas y apreciar si existen otras opciones hoy ignoradas o desechadas.

Actores del proceso productivo

El proceso productivo contemporáneo no es realizado por un solo actor social sino por varios y diversos. Algunos intervienen directamente en el proceso productivo y otros son responsables de generar el contexto en el que se desenvuelven las actividades económicas; el accionar del conjunto de actores hace posible que el proceso productivo pueda materializarse.

Los actores que intervienen directamente en el proceso productivo son, además de los dueños o accionistas, los trabajadores registrados y no registrados, los proveedores de insumos (sean bienes o servicios), quienes compran lo producido (otras empresas o los consumidores finales), quienes aportan el financiamiento que fuere necesario y los directivos de las corporaciones.

Los trabajadores registrados reciben salarios que son fijados a través de negociaciones entre fuerzas bien dispares: de un lado los directivos a nombre de los dueños, por otro los sindicatos cuando los hubiere. En general, el poder corporativo supera al de los trabajadores por lo que salarios y condiciones de trabajo se acuerdan en un contexto de tensiones que, si bien difieren por empresa y sector, generalmente recortan las aspiraciones laborales de los trabajadores. Si además no existiese organización sindical o si los trabajadores no estuviesen registrados, los acuerdos se materializan en aún peores condiciones contractuales. En algunos casos el Estado actúa como actor mediador procurando nivelar un tanto el desequilibrio de fuerzas, mientras que en otros no interviene dejando a los trabajadores a merced de poderes que los superan.

Los proveedores de insumos son compensados vía precios de sus productos y de condiciones de pagos y entregas. Los grandes proveedores disponen de un fuerte poder de negociación a diferencia de los medianos y pequeños. El resultado deviene así de la confrontación de poder entre las partes. Los más poderosos imponen sus intereses logrando precios y condiciones de comercialización muy favorables mientras que los medianos y pequeños proveedores deben ceder posiciones en contra de sus intereses.

Los compradores de productos de las corporaciones (sean bienes intermedios o de consumo final) están condicionados por el grado de oligopolio que prime en el mercado. Si operan sin debida competencia, las corporaciones abusarán del poder de mercado que detentan. De ahí que sean de importancia estratégica eventuales regulaciones establecidas por el Estado. De no existir ese tipo de acción reguladora y mediadora del Estado, será imposible limitar el poder de las grandes corporaciones. Se analiza más adelante que la situación se torna crítica cuando las grandes corporaciones acceden al control, total o parcial, del Estado.

 

Quienes aportan financiamiento cobran intereses por sus préstamos estableciendo garantías y plazos de pago de modo de reducir riesgos y costos de cobranzas. Pueden ser bancos públicos, privados y otras entidades financieras que manejan dineros no propios sino de terceros. Otra vez, sin regulaciones del Estado las entidades financieras tienen el poder de abusar tanto de sus depositantes como de los tomadores de sus préstamos.

 

Finalmente los directivos de grandes corporaciones (directores y alta gerencia) pueden fijarse muy compensatorios honorarios y bonificaciones. Si bien están sujetos a ser evaluados por sus accionistas, disponen de múltiples formas de preservar sus remuneraciones aún en épocas de crisis, como lo sucedido en 2008.

 

Los actores que generan el contexto socioeconómico en el que se desarrollan los procesos productivos son básicamente el Estado y una serie de organizaciones y movimientos que, para los fines de simplificar estas líneas, denominamos las propias comunidades.

 

Las empresas no operan en un vacío socioeconómico sino en espacios donde la sociedad, en forma directa o a través del Estado, provee educación y capacitación laboral, atención de la salud, infraestructura vial, portuaria, ferroviaria, aeroportuaria y de comunicaciones, servicios básicos de energía, agua y transporte, saneamiento ambiental, riego, control de inundaciones, desarrollo científico y tecnológico, financiamiento para construcción o mejoras habitacionales, seguridad social, protección ciudadana, justicia civil, penal y comercial, entre otros críticos y diversos aportes, además del marco normativo de leyes, regulaciones y políticas públicas. Esto es, sin todo ese contexto socioeconómico e institucional las empresas no podrían funcionar.

Buena parte del costo de sostener el contexto que habilita el funcionamiento de las empresas es financiado vía impuestos, tasas y contribuciones de mejoras. Esta carga financiera debiera distribuirse equitativamente entre todos los actores que hacen parte del accionar nacional, los más pudientes aportando una mayor carga y una menor los menos pudientes. Sin embargo, no es lo que prima en los países. Los más poderosos tienen la capacidad de incidir doblemente para que así no ocurra: de un lado utilizan la evasión o elusión de su responsabilidad tributaria fugando enormes excedentes fuera del país y, además, fuerzan el establecimiento de sistemas tributarios regresivos en lugar de progresivos según capacidad de pago.

Preguntas que abren opciones

Vemos que las grandes corporaciones detentan un poder enorme que les permite agrandar sus ganancias a expensas de extraer valor tanto a trabajadores, proveedores y consumidores como al Estado y la comunidad toda. Si no detentasen ese poder, de todos modos podrían producir pero con menores tasas de ganancias, algo que no están dispuestas a conceder. Una primera pregunta entonces es si son legítimas las ganancias que obtienen forzando a otros actores a ceder ingresos que podrían retener en su propio provecho. Una segunda inmediata pregunta es cómo modificar esa estructura concentrada de poder económico y decisional, tema central de la política y los movimientos sociales.

Hemos preguntado si son legítimas y no ilegales las ganancias extraordinarias que obtienen las grandes corporaciones porque suele suceder que las leyes y normativas en vigor protegen su forma de actuar. Esas normativas no surgen de un poder neutro superior que aplica criterios de equidad y justicia sino de las desiguales correlaciones de fuerzas que predominan en el mundo.  Una tercera pregunta es cómo transformar las normativas que regulan o no regulan el accionar de las grandes corporaciones. ¿Les corresponde a las corporaciones definir cómo se distribuye el valor que en conjunto ellas y todos los demás actores generan, o esa distribución debiera ser mediada por Estados responsables de promover el bienestar general y el cuidado ambiental con una visión estratégica más extendida en el tiempo?

Vale también comparar la magnitud de diversas formas de apropiación de valor, desde las que acabamos de enunciar hasta otras vinculadas con actividades delictivas (gravísimas como las que comete el crimen organizado y la extendida corrupción que liga el accionar corporativo a políticos y funcionarios, hasta otras muy diversas que incluyen robos y estafas).  Algunas son taxativamente reprimidas y otras, las llamadas de cuello blanco, lo son menos. Un indicador de la composición de los dineros mal habidos son los depósitos escondidos en guaridas fiscales. Se estima que un 5% provienen de la corrupción, un 30% del crimen organizado y un 65% (¡dos tercios del total!) de corporaciones e individuos ricos de este mundo. Una cuarta pregunta sería entonces cómo encarar las diversas formas de apropiación de valor evitando centrarse sólo en los apropiadores pequeños y medianos e ignorando a los mayores apropiadores.

En los sistemas que priman en el mundo, el lucro es el motivador y organizador del accionar corporativo. Maximizar el lucro es el objetivo que guía a dueños y directivos de casi todas las empresas, muy particularmente grandes corporaciones, que condicionan premios y castigos a ese criterio madre. Desde esa perspectiva, y no las referidas al bienestar general y el cuidado ambiental, se toman las decisiones de invertir o desinvertir. Los efectos sobre otros actores y el propio planeta pueden terminar siendo desastrosos. Una quinta pregunta sería entonces cómo hacer a todos, incluyendo las corporaciones, responsables por los impactos sociales y ambientales, primarios y secundarios, de las propias decisiones.

¿Será posible premiar o castigar a directivos y alta gerencia considerando si generan empleos dignos y sustentables, si pagan precios justos a sus proveedores, si no evaden impuestos ni fugan capitales en países que mucho los necesitan, entre tantas otras conductas que el mundo reclama para vivir en paz y bienestar? Una secta pregunta sería entonces como se podría establecer nuevas modalidades y reeducar o cambiar timoneles para sustituir el lucro como criterio madre del accionar económico subordinando la economía a servir al interés social y ambiental.

Por cierto no son éstas las únicas preguntas que surgen cuando se explicita lo encubierto; cada persona que reflexione, cada estudioso que investigue, cada profesor que ayude a comprender lo que sucede y a desmitificar el "camino único" que nos quieren imponer, encontrará más y tal vez mejores preguntas. Contestarlas abre opciones para transformar la concentración y el egoísmo que se ha expandido por el mundo. No se trata sólo de la maldad de algunos que nos imponen sus intereses y privilegios. Se trata de un sistema que acorrala a la humanidad y pone en riesgo al propio planeta que nos cobija.

 

Roberto Sansón Mizrahi


Economista, planificador regional y urbano, consultor, dirigió empresas, autor de Un país para todos, Crisis global: ajuste o transformación, Democracias capturadas y otros libros, Co-Editor de Opinión Sur www.opinionsur.org.ar



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