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El Partido Nacional tiene debilidad de liderazgos

Jaime Secco

18.03.2019

El Partido Nacional tiene debilidad de liderazgos, justo cuando las encuestadoras lo ven con las mejores posibilidades de ganar desde hace mucho tiempo. Por eso, paradójicamente, cada nueva incorporación es vista con temor. Y quizá eso sea malo para el país.

Luis Lacalle Pou aparece como un candidato, no como un líder ni como el adalid de una visión de país más o menos elaborada y con la que en serio se pueda acordar o discrepar. Cada una de sus declaraciones aparece titulada en tono de sorpresa, cuando no se limita a ironías más o menos oportunas, que es la mayor parte de las veces.

Como simple candidato con posibilidades, no aparece rodeado un aparato de dirigentes que le cubran los flancos, elaboren y den el debate, sino de personas que apoyan su candidatura porque tiene posibilidades. Y esto no quiere decir que no haya gente talentosa en el herrerismo, sino que no se mueven en función del liderazgo del precandidato.

Jorge Larrañaga, siempre corriendo de atrás, perdió la oportunidad de dejar consolidado un sector más o menos wilsonista o como se le quiera llamar, cuando aceptó ir segundo del joven Lacalle en 2014; momento en que debiera haber designado a alguno de los intendentes o senadores del sector -no quiero ser yo quien mencione a alguno-. La idea de que un plebiscito contra la delincuencia iba a encolumnar a todos los orientales honestos atrás de él, indica que no aprendió nada de Bordaberry 2014. Pero además, la jugada a la cadena perpetua y darle al Estado el poder de allanar nuestros hogares, ni siquiera fortalece el perfil político centrista que pretendía construir. 

Los y las demás, sean cuales fueran sus virtudes, no tienen hoy capacidad de liderar el partido.

El Partido Colorado pudo haber tenido otra historia si en 2004 Alejandro Atchugarry hubiera aceptado la candidatura que promovia un grupo de dirigentes de la Lista 15 que sí tenía una idea estratégica. Esta era evitar el desmoronamiento del tradicional partido de gobierno hacia la irrelevancia, apelando al batllismo y parándose en un centro capaz de acordar con el Frente Amplio si no tenía mayorías parlamentarias, en lugar de disputar la derecha a los blancos. Pedro Bordaberry representó un programa opuesto. No cabe duda de que lideraba el partido, aunque sólo condujo el tránsito a la irrelevancia.

Los postulantes a la candidatura colorada a la Presidencia que sonaban el año pasado, ya representaban la irrelevancia misma. La salida a escena de Ernesto Talvi abrió un espacio de esperanza. Nadie puede decir que no sabe adónde va y llegó a atraer incluso a algún frenteamplista desencantado que no querría votar al Partido Nacional. Pero fue la postulación de Julio María Sanguinetti, en oposición al anterior, que mostró lo que es un líder. Bastó que se asomara el dos veces ex presidente, para mostrar que tiene votos propios.

Esa es la mayor parte de la historia de nuestro país, desde Julio Herrera y Obes. José Batlle, Pedro Manini Ríos, Luis Alberto de Herrera, Luis Batlle, Benito Nardone, Wilson Ferreira, eran jefes de partido. Incluso otros como Jorge Pacheco, Mario Aguerrondo, Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle Herrera.

Sus partidos podían ganar o perder, pero nadie dudaba cuál era su línea política, ni a quién respondían los caudillos de los clubes barriales, ni quién tenía la última palabra. Podía haber ambiciones personales de otros y pujas por un lugar en la lista, pero se canalizaban en la lucha por el favor del dirigente. Y, a la vez, permitían el florecimiento de personalidades talentosas que no aspiraban a desbancar al dirigente, como Eduardo Víctor Haedo, Martín Echegoyen, Manuel Flores Mora, Amilcar Vasconcellos, Zelmar Michelini y tantos otros.

Seguramente esta forma de monopolizar la representación en un puñado de canales con dependencia personal no es la forma ideal de la democracia con que se soñaba en el siglo XVIII. La filosofía política actual perferiría encontrar mejores formas de participación que no degeneren en la desaforada expresión de bajos instintos y falta de uso de la razón que nos muestran las redes sociales.

Pero el sistema de partidos uruguayos, estructurado por caudillos, demostró una solidez notable. En parte por estar conducidos por ese tipo de liderazgo. Cuando Alberto Fujimori surgió de la nada y para mal de todos se hizo de la presidencia de Perú, comenzó una nueva era en América Latina, la de los "outsiders". Más vale malo por conocer.

En el Partido Nacional tenemos nuestro propio outsider. Nadie lo conocía, un agente de prensa se encargó de decir que iba a presentarse, que era millonario y que era yerno de un ruso que vivía en Mónaco. Él tampoco conoce al país, pero dijo que pensaba gastar diez millones de dólares. Luego se supo que sus dotes de empresario consistían en haber fundido, quizá con fraude, a una megaempresa agrícola y que el suegro fue procesado por una estafa con obras de arte.

En cualquier década del siglo XX, una información tal no pasaría de ser una excentricidad a la par de las de Antonio Fadol o Domingo Tortorelli. Pero el anuncio fue recibido por la dirigencia blanca con una mezcla de alarma histérica e interés por los diez millones. ¿A qué viene la alarma?

Si el Partido Nacional tiene posibilidad de ganar finalmente estas elecciones en noviembre, no es porque junte los votos de Lacalle Pou y Larrañaga como en 1958 unió los que arrastraban Herrera y Nardone. Es sólo porque hay una parte del país que no quiere al Frente Amplio y sabe que el Partido Colorado no arrima. Entonces, un Juan Sartori representa un peligro mortal para los líderes más visibles, pero también para una serie de personajes de menor entidad, llegando a los caudillos locales, que cifran su esperanza en un triunfo del partido, pero también del aparato al que se jugaron a apoyar. El mismo nerviosismo despertó la posibilidad de que Guido Manini Ríos decidiera competir en la interna blanca y lo despertaría cualquier otro anuncio de alguien con cierto carácter, billetera o márketing.

El año que viene alguien podrá completar esta nota con el resultado final. Pero ahora puede asegurarse de que no hay líderes con peso propio condiciendo el Partido Nacional. Eso es desestabilizador, pero sería terrible si se hace con el gobierno.

 



Jaime Secco

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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