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Hacer política sin ser lobo ni oveja

Esteban Valenti

18.04.2019

¿Se puede hacer política, sin tener el hambre insaciable del lobo y sin ser sumisos ante el poder como las ovejas? Es muy difícil, en teoría y en la práctica, no hay muchos antecedentes.

Está demás decir que la lucha por el poder es la base de la política, "Salvo el poder lo demás es ilusión decía Mao Tse Tung. ¡En China y con su clásica ferocidad!

Está también la otra faceta, los que aceptan sumisos su papel de segundones o tercerones con tal de recibir una migaja de poder o de iluminación. Vaya si hemos visto ejemplares en estos últimos tiempos, en todos los partidos, pero en especial en el FA, donde el lobo, el dueño de las mayorías y del discurso, les impuso su ruta y su yugo a muchos grupos e incluso dirigentes. En realidad su esperanza es algún día y balando con fuerza, llegar a lobos o a lo sumo a lobitos.

Creo que se puede hacer política, el problema clave es definir que es el poder y, si siempre es el poder gubernamental (legislativo y ejecutivo, económico o militar), o el poder corporativo, sindical o patronal o el poder, en estos tiempos es algo más complejo y más amplio, entre otras cosas es el poder cultural, el de las ideas.

No es fácil, porque le enorme zanahoria del dinero y los cargos y el látigo del Estado, o la mezcla de los puestos, de la gestión de las empresas y también ¿por qué no? la fama, las luminarias, la posteridad. En el Uruguay tenemos varios que trabajaron y trabajan directamente para la posteridad, aunque últimamente el bronce se les cubrió de verdín.

¿Cuál es y, cuál debería ser el rasgo distintivo del periodo pre electoral? Los candidatos, las propuestas, los balances, los debates, las alianzas y al finalizar, los resultados, es decir la culminación de la lucha por el poder. Ese final, está impregnado de todo lo anterior pasado obligatoriamente por el discurso, el relato y la capacidad de comunicación. Y en ello influye mucho el dinero. Estamos asistiendo como nunca antes a la fuerza del dinero en una campaña electoral. Veremos cómo termina. Las elecciones tienen esa prueba inexorable, más allá de las encuestas y de las previsiones: los votantes, cada uno, solo ante sí mismos y frente a la urna. Ese momento mágico nadie puede sortearlo. Ese voto individual y universal, es el mayor cambio civilizatorio político de la historia de la humanidad desde que salió de las cavernas.

Sin poder ser elegido, si presentar listas se puede perfectamente tener ideas, hacer análisis críticos, estudiar y opinar sobre los programas y los discursos de los contrincantes, considerar sus antecedentes, proponer soluciones o políticas y dar la batalla cultural a fondo, sin estar condicionado por la pelea por los votos. No es una pequeña ventaja. Por ejemplo se pueden decir cosas incomodas, levantar temas que no votan, como la infancia y la naturaleza o la reforma del sistema previsional.

La clave de las elecciones no es el pasado, sino la credibilidad de la propuesta sobre el futuro, siempre ha sido así y siempre lo será, aunque jueguen fuerte las tradiciones. Se puede perfectamente tomar como centro de toda la comunicación y de todo el discurso el futuro e imponerse el reto de llegarle a la gente. Hoy existen nuevos caminos, nuevos instrumentos, que dependen del ingenio, de la audacia de los contenidos y de los métodos.

¿Es difícil? Sí, es muy difícil, porque todos nos acostumbramos a que la batalla cultural, está implícita, camuflada u oculta directamente en la campaña por los votos. Incluso en muchos casos la batalla por los votos, por el resultado puede ser tan chata y ramplona, tan insultante para los ciudadanos, que la lucha cultural desaparezca, se haga lodo.

Para hacer política en estos tiempos, en este país, con esta situación, hay temas inexorables, donde hay que decir cosas audaces, valientes, nuevas y que traten de recoger lo que pueda aportar la inteligencia de los uruguayos, de la academia cada día más alejada de los políticos. Que no es lo mismo que de la política.

Es obligatorio hablar de cómo salir de este peligroso estancamiento económico y productivo, de cómo cambiar la cultura del trabajo actual en franco deterioro, la educación para un nuevo tiempo productivo pero también cívico, la reforma del estado siempre postergada, la inseguridad como termómetro de toda la sociedad, el papel del Uruguay en la lucha contra el cambio climático, la necesaria renovación del modelo productivo, los derechos humanos como tema institucional y político vinculado a la reforma de las FF.AA todavía pendiente, la relación entre las grandes empresas y las pymes, el papel fundamental de la cultura, la perspectiva demográfica del Uruguay, la política internacional con una visión no solo comercial, sino del papel del Uruguay en este mundo en profunda decadencia y podríamos seguir. No podremos abarcar todos, tendremos que saber elegir las prioridades.

En resumen para proponer en serio un país que alcance el desarrollo sostenible y permanente, que no viva pendiente de los vaivenes externos, con un cambio radical de su integración social y una política integral hacia su infancia y su juventud,  hace falta una elaboración muy fundada y profunda. ¿Podemos hacerlo solos? Imposible, nadie puede hacerlo por sí solo, hace falta - y ese es un cambio fundamental - apelando a todas las energías intelectuales, profesionales y a un amplio abanico político. Nosotros podemos tratar de crear ámbitos, proponer instancias, abrir la cabeza en conjunto y hacer circular conclusiones. Al final no recogeremos cargos, votos, pero podemos hacer un aporte al país y a la política.

¿Acaso no sería un esfuerzo por mejorar la imagen y la sustancia de lo política ante los uruguayos, cuando se suman los gestos degradantes día a día en este loca carrera electoral. Pases, defecciones, e incluso gente que liquida una alianza, una elaboración política, un grupo de compañeros, dejándolos afuera incluso de las elecciones, por un carguito prometido? Si tienen dudas sólo falta esperar unos pocos meses.

Nos podríamos quedar lamiendo las heridas, resignándonos a que esto que vemos y sufrimos es lo máximo que puede dar la política en la actualidad o buscar caminos inéditos, diferentes.

Tenemos confianza en la gente, los desencantandos, los descorazonados con la política, los que apoyan sin ningún entusiasmo y pocas expectativas incluso a sus candidatos, no son una maldición, ni podemos aceptarlo como parte inerme de un mundo donde la contrarreforma, es decir la reacción conservadora y fanática de la xenofobia, del nacionalismo ramplón, de una derecha cada día más agresiva. Se puede y se debe combatir, sabiendo que es un camino muy empinado, en primer lugar por nuestras propias limitaciones, por nuestra visión tradicional y pobre de la batalla cultural y política.

Se puede y se debe combatir, no solo, ni principalmente por dignidad, por respeto por nuestra condición de mujeres y hombres de izquierda, luchadores por un mundo más justo, más libre, más igualitario y más fraterno, sino porque replegarse, abandonar es entregar las banderas de una parte fundamental de nuestras vidas.

Yo también, y lo digo con la mano en el corazón y desde el fondo del alma, tengo permanentes tentaciones de abandonar, de replegarme totalmente a cuarteles de invierno, de no arriesgarme más a la ferocidad de los fanáticos, de los pobres de espíritu, de los lobos y las ovejas. Lo confieso.

Espero tener la fuerza y la sensibilidad para seguir adelante. Con ustedes.

Y además podremos elegir con nuestro voto o vitar en blanco o anulado, y anunciarlo, sin que nadie nos censure.



Esteban Valenti - Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de Agencia de Noticias Uypress

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