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Clásicos uruguayos: antes, durante y ahora

Fernando Gil Díaz

Desde que asumió tuvo la capacidad de entender el problema y la visión de una solución que no sería a corto ni a mediano plazo.

Las urgencias de entonces (año 2010) se dirimían en definir el tamaño de un pulmón que dividiera -una vez más- a las hinchadas, esta vez, en la Tribuna Olímpica. Si aquel problema lo veía venir hacía bastante tiempo, el rol que le tocaba en suerte ahora lo ponía en la disyuntiva de incidir en una posible solución para la cual necesitaba convencer a los propietarios de la fiesta clásica de que el camino debía ser otro. Aquella reunión lo tuvo como partícipe principal al estar presidiendo la Comisión Honoraria  para la Prevención, Control y Erradicación de la Violencia en el Deporte, y -como tal- dejó claro que aquel pulmón no solucionaría el problema de fondo. Eran tiempos de campeonatos celebrados con incidentes en plena Avda. 18 de Julio, donde el fanatismo, (y delincuentes oportunistas), fueron los protagonistas principales de lo que, debiendo ser una fiesta, devino en desmanes, daños y delitos ampliamente difundidos. Desde entonces se han producido avances y retrocesos, hasta ahora... Hubo un antes y un después del decreto presidencial que "mandó a parar" -de una buena vez- aplicando lo que tantas veces se advirtió desde su cartera pero que siempre se cuestionaba. Hoy son otros tiempos, en que ya no se habla de incidentes en los escenarios deportivos y donde los operativos son una muestra acabada de la profesionalidad de una institución transformada durante la última década. Viene bien un repaso de los clásicos hablando del antes, el durante y el ahora...

Clásicos eran los de antes!

Cuántas veces escuchamos decir que todo tiempo pasado fue mejor, en todos los ámbitos pasa (y seguirá pasando), y -por supuesto- el fútbol no sería la excepción a esa regla. Desde el juego propiamente dicho a todo lo que rodea un espectáculo deportivo. Aunque en este último aspecto no dejaría de asistirle razón en lo que respecta a la convivencia (en la cancha y fuera de ella, en las tribunas). Tampoco es cuestión de aceptar que antes no habían incidentes pues registra la historia tristes episodios de violencia (algunos con resultado muerte), pero como siempre pasa, la perspectiva histórica suaviza los hechos casi siempre. Más acá en el tiempo hay algo que no admite prueba en contrario y es el tema de la separación de las hinchadas, disposición que, lejos de solucionar agravó el problema de forma notoria.

Supe asistir a los encuentros clásicos con mi viejo (no a muchos), y lo hicimos en la Tribuna Ámsterdam, la cual era compartida por ambas parcialidades. Allí se instalaban en un rincón los tricolores (sobre la Tribuna Olìmpica) y en el otro extremo los de Peñarol (sobre la Tribuna América). Con mi viejo nos instalábamos en el medio, casi encima del arco, sin tomar partido por ninguno de los extremos y veíamos el partido tranquilamente. Eran tiempos de Rodolfo Rodríguez y del "Potrillo" Morena, por citar algunos jugadores destacados de aquel entonces.

Seguramente se armaban líos, cómo negar lo que la historia tiene registrado, pero podíamos ir a la cabecera con las barras bravas de entonces (que eran barras y eran bravas, también). Por otro lado, y años más tarde, asistíamos con los amigos del tradicional rival en forma conjunta a la Olímpica. Un espacio multicolor que se ambientaba con los cánticos mezclados y los gritos de gol que salpicaban la tribuna mezclada de simpatizantes de uno y otro equipo. ¿Que no habían líos? Claro que había! Pero bastaba que los de alrededor calmaran los ánimos o se visualizara al policía de turno para que no pasaran a mayores y terminaban casi al mismo tiempo que empezaban. Eran parte de aquel folclore que se fue perdiendo con la "iluminada" idea de separar las hinchadas asignando una cabecera para cada equipo. Ahí empezó a morir uno de los protagonistas de esas fiestas: la convivencia.

Porque por más que se dijera lo contrario, y se pudiera ver el colorido que regalaron a partir de entonces, abajo de ese colorido escenario se camufló con mucha facilidad y permisividad el crimen organizado que pronto tendría su peor protagonismo posible dentro y fuera de las canchas.

Aquella decisión -tomada en la primera presidencia de Sanguinetti- disparó un problema aún mayor pues con esa medida se fue gestando una brecha que se hizo cada vez más profunda entre las parcialidades y la rivalidad dejó de ser un mero aspecto deportivo para llevarlo a otro terreno donde entró a tallar la droga y el delito, y donde la violencia encontró un caldo de cultivo apropiado.

En medio de todo ese panorama había un actor que recibía todas las críticas cuando algo salía mal, era -casi siempre- el principal responsable de lo que no se prevenía, de los eventos violentos que empañaban los encuentros deportivos y donde la seguridad era una pata importante (si no la principal) a la hora de adjudicar responsabilidades: la Policía.

Policías sin preparación para eventos de alta concurrencia, contaminados con la formación heredada de los tiempos de la dictadura hacían de la represión su principal razón de ser sin espacio para otra medida que pudiera ser aplicada con mejores resultados. Y todo eso con el adicional de asumir -siempre- la última y principal responsabilidad de los hechos violentos que se resolvían de la peor manera y con los peores resultados.

Con esos antecedentes solo podía esperarse un mayor deterioro de la seguridad de los espectáculos deportivos y así ocurrió. Llegamos al año 2010 con ese panorama donde la brecha era tan grande y los colectivos de fanáticos tan polarizados, que solo se podían esperar excesos cada vez más violentos. Entonces llegó la hora del gran invento, el pulmón en la Tribuna Olímpica. Una idea que mató -definitivamente- aquel espacio común donde poder asistir con amigos del otro equipo y compartir, entre chanzas y bromas, un encuentro de fútbol.

En ese momento es que surgió la idea de un programa para construir el cambio cultural que se precisaba y del que sus protagonistas debían ser los más jóvenes. Un cambio que era -a juicio del ministro Bonomi- la única solución posible para resolver el problema de fondo. "No será el tamaño del pulmón -que podrá ser más o menos grande- sino un verdadero y genuino cambio cultural lo que resuelva este problema", afirmó ese día a los miembros de aquella comisión. El programa surgió dando nacimiento a Pelota al Medio a la Esperanza, un proyecto que cultiva la sana convivencia en la práctica del deporte como instrumento generador de ese cambio de conducta necesario que ponga fin a una violencia estructuralmente instalada. Y, junto al deporte, la educación como nexo vinculante que permite acceder a ser parte del programa (o a salir del mismo si el rendimiento no es satisfactorio).

Mientras ese proyecto crecía y crece hoy día, en paralelo se fueron dando pasos -algunos hacia adelante y otros hacia atrás- que hicieron parte de un recorrido con múltiples dificultades. Un primer intento por instalar las entradas nominadas y con cédula de identidad, naufragó tras los intentos de sus gestores y la resistencia de los protagonistas ante lo que decían eran dificultades de emisión que hacían imposible su puesta en práctica. Palos en las ruedas que seguían siendo fuertes escollos para encontrar el camino posible hacia espectáculos sin violentos en las tribunas. Violentos a los que había que poner nombre, apellidos y caras...

Tras esos frustrados intentos, el reclamo de instalar cámaras de reconocimiento facial fue tomando fuerza, en procura de erradicar a los violentos de las canchas de fútbol. Ahí empezó a transitarse un camino largo, prolongado en exceso, hasta que llegó el Presidente y mandó a parar... o mejor dicho, pegó un decretazo. Decreto que consagró todas las medidas dispuestas desde siempre por el Ministerio del Interior, más la exigencia -con fecha cierta- para la instalación de las cámaras de reconocimiento facial. Asimismo, luego de muchas idas y vueltas, finalmente quedó claro el concepto del organizador como responsable de la seguridad de los espectáculos deportivos. Concepto hartamente discutido por los clubes, y por muchos periodistas deportivos que abonaban a la teoría clubista de que el responsable de la seguridad era la Policía (a contrapelo de lo internacionalmente admitido).

Sin anónimos y con listas negras

Hace un buen tiempo que las noticias de incidentes en los estadios dejaron de ser el espacio infaltable de las crónicas posteriores a los encuentros, y en caso de ocurrir algún incidente, es de una entidad menguada respecto de aquellos eventos que solían ocurrir. Particularmente hay una frontera instalada con el conocido "clásico de la garrafa", donde se tuvo que suspender el encuentro a minutos de comenzar ante la amenaza de una asonada preparada por un sector de la barra aurinegra que terminó protagonizando aquel incidente que no terminó en tragedia, sólo por una cuestión de puntería.

 

A partir de ese momento la férrea voluntad presidencial puso un punto final a tanto descontrol y desorganización. Punto final para el anonimato de los violentos que dejaron de ser tales a partir de una iniciativa que había naufragado antes pero que ahora se concretó sin chistar. Y las cámaras de reconocimiento facial, elemento tecnológico que abrocha el paquete de medidas con la inclusión en listas de inhabilitados a los responsables de hechos violentos en ocasión o durante un encuentro deportivo.

Hoy son otros tiempos donde claramente la violencia está ausente de los escenarios deportivos, dando la razón a un paquete de medidas aprobadas que no distan en nada de lo largamente propuesto por la cartera de seguridad. Pero tiempo quieren las cosas, un tiempo que va confirmando el acierto de propuestas que hoy se reconocen como efectivas al punto de celebrar clásicos sin incidentes y -como el último celebrado- donde por primera vez se dejó el Estadio Centenario para aplicar la localía en el Campeón del Siglo por parte del Club Atlético Peñarol.

Más allá del hecho histórico de dicho partido clásico, hay un elemento que se debe destacar como corresponde y es el no haber abdicado de la idea de hacer el partido con hinchada visitante. Un hito de esa trascendencia hubiera sido muy distinto sin parciales tricolores, los que en una cantidad menor fueron un elemento discordante en una región del continente donde los partidos sin hinchada visitante vienen siendo una tendencia cada vez más aplicada. Haber resignado esa posibilidad hubiera sido un retroceso que opacaba la instancia histórica.

De todos modos si bien ha sido un pequeño paso significa uno inmenso para los tiempos que corren. Los presagios de emboscadas e incidentes inundaron las redes sociales en los días previos y existió mucha presión para que ese partido no se celebrara en ese escenario. Sin embargo, si algo hubo fue una clara y contundente determinación de las autoridades en brindar las máximas garantías para asegurar el mejor resultado. Y así ocurrió finalmente.

Calificándolo como "altamente exitoso" se lo pudo ver al Jefe del Operativo - Cte. Gral. Alfredo Clavijo - dirigir su agradecimiento a su fuerza policial al término de la jornada donde al grito de "Viva la Policía Nacional" dieron rienda suelta a la adrenalina contenida.

Principio quieren las cosas, que este pequeño paso sea tan solo el preámbulo de una larga caminata hacia adelante, donde el desafío de seguir celebrando eventos masivos sin incidentes y en paz, marquen un camino virtuoso sin retorno al pasado.





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