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Daniel Martínez y ¿el todo vale?

Roberto Domínguez

20.05.2019

La afirmación de Daniel Martínez al Semanario Búsqueda me dejó helado. “Fui de los pocos cientos que resistí a la Dictadura”, sostuvo sin despeinarse. Nada más lejos de la verdad histórica.

Parece que en esta campaña electoral, al igual que en las guerras, la primera víctima será la verdad. Incluso la verdad más elemental. Y Martínez parece haber inaugurado la temporada de caza.

Hay muchas formas de mentir. Es así en el mundo de la política y en la vida cotidiana. Las posibilidades de hacerlo son muchas, tantas que parecen infinitas. Además, por si fuera poco, las formas y modalidades de los engaños son muy variadas. Sin embargo, la intención es siempre la misma. Es manipular al otro. A los otros. Es inducir al error, es provocar conductas y actitudes en los demás por medio de engaños. Lamentablemente, si de política se trata, empieza a ser una costumbre bastante reiterada. Y, por cierto, una mala costumbre.

Raúl Sendic, Juan Sartori y el célebre Pepe Mujica, entre otros, son solamente tres ejemplos de cómo manipulando se puede llegar lejos. Claro que de mentira en mentira también se puede caer y hacer mucho ruido en la caída ya que, si bien las mentiras no tienen patas cortas, nadie puede mentir toda la vida sobre algo y lograr que toda la vida le crean la mentira. Es así por muy convincente que una persona sea. En algún momento las mentiras caen. Y con ellas caen los mentirosos. Aunque pasen mil años. A veces menos.

Daniel Martínez acaba de sumarse a la lista. "Fui de los pocos cientos que resistí a la Dictadura".

Según él solamente unos cientos de personas combatieron a la Dictadura en Uruguay y él fue, naturalmente, uno de esos cientos. Pues bien, esto no es cierto. No es verdad desde ningún punto de vista. Es una mentira enorme y es, por sobre todas las cosas, una falta de respeto a los uruguayos, al pueblo uruguayo.

En particular, es una falta de respeto a los miles y miles que pasaron por la clandestinidad, la tortura, la cárcel y el exilio. Muy especialmente, es una falta de respeto a quienes murieron en la tortura, a quienes fueron asesinados, a los desaparecidos y a sus familias.

Es una agresión inaceptable a la memoria de los miles y miles que sostuvieron durante 15 días la Huelga General que, convocada por la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) intentó hacer fracasar el Golpe de Estado de junio de 1973 y no pudo.

Es una agresión inaceptable a la memoria de los miles que se convocaron el 9 de Julio de 1973 en el centro de Montevideo, en 18 de Julio y sus alrededores, a las cinco de la tarde, para enfrentar tanquetas, tropas de infantería, fusileros navales y fuerzas de la Policía Montada.

Es una agresión inaceptable a la memoria de los miles y miles que construyeron la resistencia clandestina en los barrios, los centros de estudio, los sindicatos, los gremios, los centros de estudiantes, las agrupaciones y núcleos de base, el campo, la enseñanza, la cultura, los medios de comunicación, las religiones, los templos, las iglesias y parroquias de barrio, los talleres y los talleres artesanales, la canción popular.

Es una agresión inaceptable a la memoria de los miles y miles y miles y miles de uruguayos que cantábamos "A redoblar" entre el aliento y la esperanza. A los que gritábamos "Tiranos Temblad" hasta que prohibieron cantar el himno en público.

En pocas palabras, decir que solamente unos pocos cientos lucharon contra la Dictadura es una falta de respeto a la gente del Uruguay y a su historia. A los comunistas de Jaime Pérez que fueron el partido de la resistencia; a la mirada siempre cálida del Pepe D'Elía y su gente de la CNT; a los batllistas con el recuerdo imborrable de Maneco Flores en la retina; a los blancos de Wilson y al propio Wilson cargando con el exilio en sus hombros; a los socialistas de la vieja Casa del Pueblo; al pensamiento republicano de Zelmar Michelini o del Toba Gutiérrez Ruiz contra el cual chocó la Dictadura; al pensamiento socialcristiano y a los cristianos de base y a los Conventuales; a los socialdemócratas; a mi amigo queridísimo el General del Pueblo, Líber Seregni, que cargó años de cárcel y tortura; a mi querida FEUU. En fin, una falta de respeto a todos.

No Ing. Martínez, ni somos ni fuimos ni seremos cornudos. Venimos de una época que horadó el alma y que lastima nuestros recuerdos, tenemos, por lo tanto, heridas en la piel y en el alma. Pero tenemos el carácter templado.

En política se miente para adornar a un personaje o para adornarse a sí mismo. En este caso para adornar una candidatura. La suya. En esa estrategia el maestro de maestros es Mujica que reescribió la historia a su gusto para situarse en ella en un rol protagónico que nunca tuvo y convertirse, entre engaños y medias verdades, en un personaje carismático y en un líder político. Según parece, Martínez, con esta afirmación sobre la resistencia a la Dictadura, pretende seguirle los pasos. Pocos resistieron y uno de los pocos era él. Da pena solo pensarlo. Espero que no caiga en la tentación.

La primera forma de mentir que se nos viene a la cabeza es decir cosas que, claramente, no son ciertas y sabemos que no son ciertas. Es este caso. Pero, cuando la mentira se repite y se defiende, se convierte en una estrategia política. ¿Será este también el caso? Al mentiroso no le preocupa la veracidad de lo que dice, le preocupa que le crean, y para lograrlo repite sus mentiras sin cansarse, con disciplina y constancia, y con esa repetición buscar construir una realidad paralela que le da un rédito personal. En este caso se trata de la Presidencia de la República que lo espera puntual al final del camino. Aunque para llegar tenga que sostener que él fue un héroe y todos los demás un montón de cornudos. Todos, menos unos pocos cientos de uruguayos.

¿Cuánto hay de realidad en las historias que los actores políticos cuentan y cuánto hay de relato, de ficción, en sus historias? La respuesta es simple: mucho, en los dos casos, y en tiempos electorales mucho más, en los dos casos. La memoria es de por sí un terreno resbaloso, subjetivo, difícil de comprender en el cual se mezclan la ficción y la realidad con naturalidad, más allá de buenas o malas intenciones. Los hechos, duros y comprobables, se mezclan con recuerdos imprecisos, valoraciones y episodios puntuales que no necesariamente son como se cuentan ni como los recordamos.

Dicho esto, vale la pena precisar que hay dirigentes políticos que no dudan de construir su perfil público en base a leyendas. A leyendas puras y duras. A mitos.

La ficción y la realidad se entrelazan en la vida, y en la política, siempre. No hay, probablemente, ningún recuerdo, ninguna historia, ningún relato que no tenga elementos de ficción en la narración. Dicho de otro modo, la verdad pura, esa que buscan los historiadores, probablemente no exista. Pero, lo que debe existir es la voluntad de buscarla. La ficción más evidente, más pura, tiene rasgos de realidad ya que los hechos del pasado se mezclan con versiones, con recuerdos subjetivos, con imaginarios colectivos, con cuentos y con leyendas.

No es este el caso de Martínez. El sabe que esta mintiendo sobre la resistencia a la Dictadura y lo hace para quedar bien parado, aún a costa de pasarle por arriba a la verdad de los hechos, sin timidez y sin modestia.

El territorio de la verdad existe, no es una utopía.

Contar las cosas parcialmente, omitir, solapar, exagerar, en fin, son recursos que acercan la política a la mentira y toman a la gente de rehenes de una realidad que no existe y de estúpidos de una estupidez que, en general, tampoco tienen.

La estrategia de la mentira sabe que, en política, la realidad, en verdad, no existe y que lo importante es la percepción de la realidad que se tenga. Por eso se habla de hechos que nunca ocurrieron de la forma que se cuentan y de personajes que nunca existieron en los términos que se cuentan. Es, por decirlo así, una mentira estructural que el mentiroso logra hacer invisible y es esta invisibilidad su fortaleza. Es el hecho que le permite, en un segundo paso, hacer de la mentira una verdad indiscutible.

Existen formas de mentir que no son obvias. Tienen su método y su razón de ser. Para citar solamente algunas: la exageración de un hecho o de su importancia, la distorsión de la realidad, la interpretación sesgada de episodios, el adjudicar un protagonismo inexistente en un hecho real, la valoración desmedida de episodios y personas, el rumor, el runrún, los chismes baratos y los cuentos del Tío que son el viejo nombre de las hoy famosas noticias falsas.

La exageración es muy habitual. Se exageran hechos que, en rigor, son ciertos, y esa exageración los vuelve mentira, y les hace perder credibilidad. No dudo que Martínez fuese un resistente a la Dictadura, seguramente es cierto, el engaño está en la exageración de decir que solamente unos pocos cientos resistieron y que uno de esos pocos era él. Eso es falso. Y esa mentira tiene una funcionalidad precisa: convertirse en un héroe presidenciable.

Cuando la política hace pie en los hechos del pasado reciente, se suele armar un rompecabezas inverosímil en el marco del cuál nadie sabe, a ciencia cierta, ¿dónde? está la verdad, lo real, y ¿dónde? se esconde la ficción, el engaño, la estafa. En esta trampa caen los dirigentes políticos de todos los partidos, que están más preocupados en legitimar a blancos, a colorados, a frentistas o a pseudo independientes que en dar pasos sensatos y definitivos para establecer la verdad de los hechos recientes.

Los hechos del pasado reciente no son inocuos ni los proyectos políticos son neutrales ante esos hechos. Ni las palabras ni los discursos ni los relatos crean la realidad, pero la disfrazan, la escamotean y la esconden. Y pesan en una perspectiva de futuro, ya que el Uruguay no es solamente un país con forma de pera y bordes de agua, es su gente, y es la historia de esa gente, y esa historia se construye con palabras y esas palabras definen su imaginario colectivo, su forma de pensar, de ser y de sentir. Y todo eso construye su futuro.

Mintiendo tendremos líderes volátiles, que hoy están y mañana no, y partidos o movimientos políticos cuyas raíces serán superficiales y cualquier viento los hará caer.

Roberto Domínguez

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