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Historias de calendarios

Daniel Feldman

12.06.2019

Historias de calendarios

 

Si comienzo mi charla de hoy diciendo simplemente "bacon" (beicon), no dudaremos en imaginar un suculento tocino de cerdo, que puede estar ahumado y cortado en finas tiras, o frito para incrementar los niveles de colesterol. Bacon, palabra inglesa que proviene del germánico *bakon, derivado de *baka (espalda), que a su vez dio origen a back, atrás o espalda en inglés.

Pero nuestra aventura de hoy no va a ser gastronómica. Voy a trasladarme en el tiempo unos siete siglos y medio al pasado, y quiero referirme a Roger Bacon, un enfermizo y estudioso fraile franciscano inglés que había dirigido una acuciante misiva al entonces papa Clemente IV, a quien previamente había conocido como Guy Foulques, el Gordo.

Bacon, un genio de la época, armado solamente con sus células grises y una audacia intelectual sin parangón, le informaba al papa, según cuenta David Ewing Duncan en su Historia del Calendario, que como el año del calendario era más largo que el año solar real, esto sumaba un error de un día cada 125 años, y en ese año de 1267 llevaba acumulados nueve días. Si no era corregido, esta tendencia terminaría trasladando marzo a lo más crudo del invierno y agosto a la primavera.

La heterodoxia de Bacon -que no se limitaba únicamente a temas respecto a la medición del tiempo- lo llevaba a sufrir continuos acosos de sus colegas -un verdadero bullying medieval- . Cuando Foulques-Clemente ordenó que se le enviara la obra de Bacon, este se sintió emocionado y contrariado, ya que fruto de ese acoso no había podido avanzar en el desarrollo de muchas de sus teorías. "Mis superiores y mis hermanos -escribió al papa- me castigan con el hambre, me tienen bajo estrecha vigilancia y no permitirían a nadie acercarse a mí, dado que temen que mis escritos los conozcan otros, además de ellos".

Desconocemos cuál fue la reacción del papa Clemente a la obra de Bacon: murió súbitamente en 1268, y no se sabe si llegó a leerla. Bacon moriría en 1292 y quedaría en el ostracismo por un largo período. Recién el 24 de febrero de 1582 el papa Gregorio promulgó una bula para el nuevo calendario. Habían transcurrido 316 años (más dos días perdidos, destaca Duncan) de la petición de Bacon.

La medición del tiempo, de una u otra forma, siempre fue una aspiración y necesidad de los seres humanos. Cuándo sembrar, cuándo cosechar, en qué momento celebrar los ritos religiosos, en qué fecha invadir; cuántos intereses corresponderá abonar, cómo limitaremos el ejercicio del poder, etc., etc.

Inspirados en fenómenos naturales o -más acá en el tiempo- amparados en constantes físicas, tenemos -o creemos tener- todo calculado; por lo menos todo aquello que puede de alguna manera ser calculado.

Como ejemplares administradores de un complejo sistema de cajas chinas, hay quienes aspiran a tener toda nuestra historia inmersa en una ajustada cronología que no admita desvíos ni a diestra ni a siniestra. Es así que los "guardianes del tiempo" tratan de evitar toda incertidumbre y nos apegan a una ortodoxia a la que poco le importa cuán cercana o lejana esté de la verdad o del mundo real. ¿Cómo entonces no explicarse a Roger Bacon y sus acosadores?

Tomando la medición del tiempo como un instrumento, José Ovejero nos recuerda, en una nota aparecida en El País de Madrid, que nadie ha llevado flores a la tumba de Primo Levi, aunque se estén cumpliendo cien años de su nacimiento. El hombre que describió como nadie el horror del Holocausto tiene inscripto el número 174.517 en su tumba, como único recuerdo de su paso por Auschwitz.

Atamos el tiempo a la memoria; nos apegamos a lapsos, intervalos, buscamos regularidades, y muchas veces -en ocasiones las más- caemos prisioneros de los burócratas del todo: marcan, rotulan, numeran, nos secuestran la memoria.

Pero tal vez peor aún, se apropian de nuestros olvidos.

(*) Columna emitida en el programa LA PUERTA, por FM CIUDADELA 88.7 el martes 11 de junio de 2019

 




Daniel Feldman | Periodista


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