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La cultura criolla

Rodolfo Martin Irigoyen

18.06.2019

Las Criollas del Prado, en nuestra última Semana Santa o de Turismo o de la Vuelta Ciclista o de la Cerveza, recibieron el habitual rechazo de los militantes del Movimiento Animalista.

 

Este repudio, que viene aumentando en intensidad año con año, se vio estimulado en este último por un hecho poco frecuente: las fracturas sufridas por dos potros, lo que obligó al sacrificio de ambos. 

 

El animalismo, como ideología, reclama para sí la "defensa de los derechos de los animales"  como una extensión a dichas especies, por definición no humanas, de algunos principios humanistas. Dejando de lado los aspectos éticos o filosóficos de esta controversia (no porque no sean importantes) voy a centrarme en los asuntos prácticos que involucran a esos mismos animales, que los resumo en la siguiente frase: el mayor peligro para la sobrevivencia de los animales domésticos y/o de interés económico, lo constituye la ideología animalista.

 

Caballos, vacas, ovejas, cerdos, gallinas, cabras, perros, gatos y otros animales, no existen a pesar de los intereses del hombre, sino gracias a los intereses del hombre. Quien conozca los elementos básicos de los procesos evolutivos y de la domesticación de los animales, y analice las condiciones de vida actuales de dichas especies y las compare con las de origen, comprenderá que si se aísla a las mismas de su interacción con la actividad humana, sufrirán un progresivo retorno al estado salvaje que reducirá drásticamente el número y las condiciones de vida de sus individuos (mayor cuanto más domesticada sea la especie) privadas de la alimentación, la sanidad y el manejo brindado por el hombre. 

 

Como consecuencia del eventual respeto a "sus derechos", tal como exigen los animalistas ¿cómo sobrevivirían esas especies a predadores y parásitos (todos con "derechos" propios porque no habría motivo para que los reconocidos para una especie no lo sean para las demás) y a la competencia entre sí y con las demás especies (incluyendo una leal competencia humana) por un ambiente y un alimento cada vez más escaso? 

 

Y la especie humana no sería la excepción a la debacle provocada por la ruptura de la simbiosis del hombre con los animales por él domesticados. Privada de las esenciales proteínas animales en su dieta, la especie humana vería seriamente afectada su salud y sus posibilidades de sobrevivencia. Peor aún, como no hay ningún motivo para que el "respeto a los derechos" se limite al de los animales de interés económico, nuestros cultivos rápidamente sucumbirían, indefensos ante el ataque impune de toda suerte de parásitos y plagas, arrastrando a la humanidad a una hambruna apocalíptica. Lo que le da al animalismo, si se llevan sus postulados hasta las últimas consecuencias, un sorprendente matiz suicida.

 

Al margen de estos aspectos "macro" relativos al movimiento animalista, veamos las condiciones objetivas de vida de las dos especies que mayores desvelos le generan al mismo: perros y caballos. Empezando por "el mejor amigo del hombre" del que, según el MGAP existen en Uruguay algo más de 1,7 millones "que pagan patente". Registro que por supuesto no incluye a los numerosos "perros sueltos", no correspondidos en su amor por el hombre, y con más razón defendidos por el animalismo.

 

El perro desciendo del lobo, estando su evolución determinada por la selección natural y la artificial, inherente esta última al proceso de domesticación llevado adelante por el hombre. Y este fue por supuesto orientando dicha selección de forma de "modelar" animales adecuados a sus diferentes necesidades, según el momento histórico de su desarrollo social. Así fueron surgiendo razas para la guerra  o el pastoreo, para la defensa o la compañía del amo y su familia, más inteligentes o más feroces, cazadores mediante el olfato o la velocidad, adaptados al frío o al calor. La diversidad alcanzó tal grado, que en la actualidad existen en el mundo más de 300 razas caninas.

 

La constante dentro de esta gran diversidad ha sido la simbiosis, el mutuo beneficio derivado de la interacción entre las dos especies: la del hombre encontró un aliado incondicional para las actividades esenciales para su desarrollo (incluyendo el ocio), mientras que la del perro, amparada por la inteligencia y la capacidad de asociación del hombre, alcanzó un desarrollo tanto cuantitativo como de "estatus" en la escala zoológica, inimaginable en su condición primigenia de lobo.

 

En relación al caballo, las consideraciones generales respecto a los procesos de evolución y domesticación son en esencia los mismos que en el caso del perro, pero condicionadas por las muy diferentes características de ambas especies. Así fueron surgiendo razas para el transporte (de silla o de tiro), para el trabajo (como fuerza motriz), para la lucha o el deporte, adaptadas al trópico o al desierto, incluso en algunas culturas para la alimentación humana.

 

Como no podía ser de otra forma, el tipo de vínculo entre el hombre y el caballo ha ido evolucionando con el desarrollo de la sociedad humana. Inicialmente el caballo fue imprescindible tanto como medio de transporte como para cualquier trabajo rural, pero a medida que el hombre fue descubriendo y desarrollando nuevas fuentes de energía como el carbón, el vapor, la electricidad y los motores a explosión, es decir, a partir de la revolución industrial, el caballo fue perdiendo importancia en los procesos productivos. 

 

Pero como estaba íntimamente ligado a la cultura humana, conservó su presencia en deportes y otras actividades lúdicas o de recreación. Y como el desarrollo social promueve el proceso de urbanización y el caballo necesita campo, cada vez en mayor medida se lo identifica como un elemento inherente y diferenciador de la cultura rural, del criollismo, en paralelo con un relativo distanciamiento de la cultura urbana.

 

Como es de suponer, los deportes ecuestres derivan de las actividades productivas en las que el caballo participa o participaba. Jineteadas, paleteadas, pruebas de rienda, son destrezas necesarias para la doma o el trabajo con vacunos (el concurso del Freno de Oro que se desarrolla en Río Grande del Sur es una extraordinaria exhibición, en caballos y jinetes, de estas habilidades). También las pruebas de velocidad o resistencia (de "pura sangre" o de simples "criollos") como las de salto, dicen relación con la historia del caballo para el trabajo o como medio de transporte, aunque en la actualidad se vinculen privilegiadamente con lo recreativo en la cultura rural.

 

Sin llegar a ese nivel de profesionalismo, nuestras "Criollas" camperas, o jinetadas, tienen hondo arraigo en la cultura rural. En relación a los caballos participantes, escribíamos  hace un tiempo: "...los caballos, tanto o más que por los reglamentos, son protegidos por los tropilleros, es decir por sus dueños. Para estos, los potros son su capital, y lo cuidan. Ningún bagual se monta más de una vez por mes, y las criollas se desarrollan aproximadamente desde setiembre hasta abril, no en los meses de invierno. O sea que a lo sumo "sufre" unas 8 montas anuales, de 8 a 10 segundos cada una. El resto del tiempo, en libertad, pastorea buenos potreros, porque al dueño le conviene que se mantenga en muy buen estado, porque mejora su cotización" ("Las criollas ambientalistas", 2013)

 

O sea que los caballos que despiertan el celo animalista no "sufren" esas actividades, porque no son otra cosa que la expresión de sus aptitudes naturales desarrolladas por el hombre mediante la selección. A lo que debe sumarse el trato privilegiado que reciben esos animales para potenciar sus aptitudes. Lo mismo ocurre con los galgos que "se divierten" cuando corren carreras o los perros pastores cuando cuidan la majada, porque manifiestan la mejor expresión de esas aptitudes.

 

La "explotación" en la perspectiva animalista, no es más que el cumplimiento de la cuota parte de los animales en el "pacto implícito" con el hombre, que justifica su existencia. Si ese pacto se rompiera por la prohibición de esas actividades, la existencia de esos animales perdería sentido, y desaparecerían. Y si  desaparecen precisamente los privilegiados dentro de cada especie, que suerte puede esperar a los excedentarios.

 

La mejor defensa para la existencia y el bienestar de los animales es que el hombre pueda usarlos con los fines para los que los creó, antes, principalmente vinculados a actividades productivas, en la actualidad, crecientemente vinculadas al ocio y al deporte. Y eso no tiene nada que ver con la "humanización" de las necesidades animales, como sugerir la "adopción" para los caballos abandonados por los hurgadores, o mantener un perro de tricota y en un apartamento con calefacción, cuando su ADN proviene de ancestros que vivían en la nieve. 

 

Otra cosa es limitar algunos excesos del pasado, reñidos con nuestro actual desarrollo cultural. En ese sentido es bueno conocer -antes de juzgar- los avances en los reglamentos de las criollas (ver el artículo antes citado), o en los controles de los caballos que corren enduros. Algunas tradiciones sangrientas y salvajes, como las peleas de perros y las riñas de gallos, ya están prohibidas o van en retroceso en el mundo. Quizá un arte extraordinario como el toreo termine prohibiendo la muerte del toro, como ya ocurre en algunos países. Y el bienestar animal se extiende en la producción de carne vacuna, como nuevo requisito de los mercados más exigentes. 

 

Pero una cosa es promover la limitación de ciertos excesos, y otra atropellar valores culturales porque no se los comparte.  Y se los atropella cuando desde la cultura urbana se pretende prohibir manifestaciones de nuestra cultura rural (la del "criollaje), en aras de un supuesto modernismo "civilizador". Porque los países más civilizados o desarrollados son los que más se preocupan de preservar esos valores culturales ancestrales, como elemento esencial de su identidad nacional.

 

Rodolfo Martin Irigoyen

Escrito en Junio de 2019

 

Los artículos del autor están en:   

www.rodolfomartinirigoyen.uy



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