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¿Todo por la patria?

Federico Sequeira

20.06.2019

El 30 de junio se celebran las elecciones primarias, más conocidas como las internas de los partidos políticos, con ellas comienza el largo ciclo electoral que culminará en mayo de 2020 con las departamentales. Esta elección definirá las candidaturas únicas a la presidencia en cada partido y ordenará el tablero para la definición de las vicepresidencias.

Mencionado de esta manera, esta convocatoria parece más una formalidad que una definición real de apoyo popular a tal o cual modelo de país. Sin embargo hay particularidades en esta instancia que de manera no menor, cambian aspectos tradicionales de las instancias electorales anteriores. Cuando en 1999 el Frente Amplio proponía "El cambio a la uruguaya" todos entendimos la gradualidad y moderación de la propuesta de la izquierda. A nadie en ese entonces se le ocurría (al menos no lo decía) que un reciente ex jefe del ejército nacional, en el marco de un escandaloso manejo de información sobre crímenes de lesa humanidad, terminará descaradamente encabezando una propuesta electoral como opción para presidir la república. Aún rechinándonos la candidatura de billetera gorda que promueve nuevamente el novel Partido de la Gente, se coló en la foto de los precandidatos de uno de los partidos fundacionales un joven de billetera hipergorda, que a pesar de notorias diferencias con sus compañeros de partido, tiene grandes chances de quedar bien posicionado en el escenario político que se defina en estas internas.

Al menos cuatro aspectos influyen en este escenario: una tendencia global que ha golpeado los procesos de cambio en la región; la falta de transparencia en la financiación de los partidos políticos uruguayos; el fortalecimiento de fanatismos religiosos y el tema de la inseguridad como estrategia electoral.

Vayamos por partes: en primer lugar, hablar de una tendencia global que ha golpeado los procesos de cambio en la región es hablar de un retroceso fundamentalmente en las orientaciones económicas, de las políticas sociales y de la agenda de derechos que han promovido, no sin errores, los gobiernos progresistas de América del Sur en las últimas décadas. Más que un retroceso es una reorientación y a modo de ejemplo, basta ver cómo se re endeudó la Argentina de Macri con el FMI o cómo el fanatismo y el odio han sacudido al Brasil de Bolsonaro con pésimos indicadores económicos además. Ni Macri, ni Bolsonaro son grandes líderes de masa, ni siquiera aseguran una proyección de sus "proyectos de cambio". Responden más bien a una estrategia del capitalismo global que pareciera querer "colocar las cosas en su lugar": una América del Sur pobre, endeudada, sometida y reafirmando la desigualdad económica y social de sus habitantes. Las campañas de globos de colores, de obscenos ademanes de incitación al odio y al armamentismo, de promesas irresponsables como las de generar cien mil puestos de trabajo por arte de magia o de otorgar medicamentos gratis a todos los jubilados a través de una fraudulenta tarjeta, producen la banalización de la política, que se reafirma y multiplica con las fake news, el atomice publicitario y las despreciables prácticas clientelistas heredadas de la vieja política. En este contexto de campaña sucia aquello del nazi Goebbels sobre la mentira parece no perder vigencia.

En segundo lugar, quienes pensamos que hay que legislar sobre la financiación de los partidos políticos, lo hacemos en el convencimiento de que hay que generar transparencia, fortalecer la democracia y condicionar la llegada de empresarios y multinacionales evangélicas que a cambio de dinero inciden en la agenda política nacional. Incidir en el debate de ideas es legítimo, hacerlo a cambio de dinero es corrupción. Solo el Frente Amplio, con una lastimosa excepción, apoyó una iniciativa en este sentido. Quienes no acompañaron esta propuesta tienen más responsabilidad en esta situación que debilita a la democracia, favorece la corrupción y permite el aterrizaje de paracaidistas millonarios que no son sólo un problema para sus partidos sino para la democracia.

En tercer lugar, el fortalecimiento de discursos fanáticos religiosos en la derecha son resultado de la creciente incidencia de las multinacionales evangélicas que no sólo permean en el estado a través de las ONGs sino que promueven liderazgos dentro de los partidos políticos, en el Partido Nacional mientras un precandidato es recomendado por los evangélicos como la mejor opción, otro impulsa una campaña contra la Ley Trans.

Y en cuarto lugar, la "inseguridad" como estrategia electoral. Nuevamente en esta campaña aparece este tema como insignia y su uso irresponsable no busca abordar el problema en su complejidad sino generar sensibilidad en la ciudadanía para obtener votos. Buscando un mejor posicionamiento en su interna partidaria, un viejo precandidato del Partido Nacional, relegado reiteradas veces por la voluntad ciudadana, apela a una propuesta demagógica que tiene más chances de aprobarse que su propia candidatura. Por suerte muchos y muchas estamos respondiendo nuevamente con organización y propuesta a este atropello.

Estos cuatro aspectos, son representados a cabalidad o en parte, por los cinco precandidatos del principal partido de oposición uruguayo y que cuenta con chances de obtener el gobierno: el Partido Nacional. Lacalle Pou representa a la derecha tradicional pero disfrazada de renovación, con nuevo modelo de motosierra. Sartori es la banalización de la política en extremo, es la anti política. Larrañaga ciego por ser candidato hipotecó el wilsonismo, su propuesta de reforma constitucional es reaccionaria no revolucionaria. Los marginales Antía e Iafigliola representan la puerta de entrada a las multinacionales evangélicas, uno es el precandidato a apoyar y el otro es el abanderado de la lucha contra la "ideología de género". ¿Este partido es el vengador de la república que dijera Wilson Ferreira en su discurso ante la inminente disolución del parlamento el 27 de junio de 1973? En este ciclo electoral no sólo está en juego el proyecto de país -orientación económica, políticas sociales, agenda de derechos- sino también la política como herramienta de transformación social y el propio sistema de partidos. Bueno sería que asuman con responsabilidad la disputa electoral y si les toca gobernar que las antorchas de los buenos blancos los iluminen, también a nosotros. 





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