VERSIÓN PARA IMPRESIÓN
30/10/20

Cavernas, cavernícolas y cavernarios

Daniel Vidart

Hubo un tiempo en que la voz cavernario, usada habitualmente en la jerga política uruguaya, motejaba a los políticos conservadores, apegados a las rancias tradiciones partidarias y a las  prácticas  que venían arrastrando desde los oscuros rincones del pasado los consentidos estigmas del "tripotaje y del candombe", caldos de cultivo, sostenes y guardaespaldas del poder.

La voz caverna procede del latín caverna y esta de cavus, hueco. Dicha palabra ostenta una singular polisemia, ya que  abarca varios denotata. Ellos  ascienden por los escalones metafóricos desde la realidad cotidiana hacia muy distintos tipos de oquedades que complementan a las  naturales con una serie de significados cuyo manejo puede convertir en personales y  culturales. En lo que sigue, vamos a ir desgranando esa mazorca semántica.

Los cavernarios políticos

Los llamados cavernarios eran aquellos  dirigentes de los partidos tradicionales que hicieron oídos sordos a las exigencias sociales  de un tiempo renovado a partir de la revolución pacífica operada en los espaciotiempos  o sea los  cronotopos de la política, la economía y la cultura que llevara  a cabo  José Batlle y Ordóñez a la cabeza de un grupo de jóvenes inteligentes emprendedores y valerosos. Ante la presencia pacifica de un nuevo tiempo las  humanas esquirlas del ayer se refugiaron en la caverna del más retrógrado de los misoneísmos. No me voy a referir ahora a tales especímenes, pero sí puedo dar fe de que sus herederos viven entre nosotros.

Solo me interesa dar fe de su existencia, a propósito del uso de dicho término. La calificación de cavernario evoca el primitivismo político, la ausencia pura y dura de conciencia moral, la barbarie del intelecto y el temor al cambio, males  liberados del cántaro de una Pandora criolla por los dirigentes políticos de viejo cuño y renovadas ambiciones. En nuestros días la palabra se utiliza raramente pero los cavernarios, esos grotescos personajes de la Comedia Humana, siguen vomitando discursos patrioteros y metiendo palos en la rueda del carromato que debería enfilar, según se ha prometido y se aguarda, hacia un mejor porvenir. Este vehículo, que carga multitudes y esperanzas, recorre  pistas livianas y senderos cenagosos, orillando un  lago de  sofismas de distracción y contradicciones palmarias. En efecto, en tanto que  los programas partidarios destilan utopías y paraísos, hay quienes  no olvidan las lecciones de Maquiavelo, y las aplican con rigor y alevosía. A ello debe agregarse las conductas  de  mandatarios y legisladores que, sin  conocerlo, reviven el mito  de los Argonautas que partieron en busca del Becerro de Oro. Es por ello que  la mayoría de los aludidos cavernarios apelan  a los picotazos de las aves carroñeras. Como en los juegos olímpicos  disputan por el citius, altius, fortis. Esto es, cada vez  más rápido, más alto y más fuerte.

Recordando los 25 años de la muerte de Enrique Erro, escribió Eleuterio Fernández Huidobro el 3 de octubre del 2009 en su columna de Uruguay al Día una serie de  conceptos acerca de "...la dictadura cívico-militar de los más cavernarios sectores de las Fuerzas Armadas y de los Partidos Nacional y Colorado..."   Como puede advertirse  el término no había sido llevado aún por el viento del cambio lingüístico que, con el paso de las generaciones,  afecta a todas las culturas dinámicas, o "calientes", como diría Levi - Strauss.

Al engarzar a los cavernarios en una frase que recuerda la participación de los civiles traidores a la democracia uruguaya en delitos de lesa humanidad, hecho que hoy se menciona poco, tal proceder carga de ignominia la actitud de quienes, codeándose con nosotros, se regodean íntimamente de su pasado impune. De tal modo el legislador frentista al utilizarlo, o mejor, revivirlo, procuraba insuflar nuevo aire a un viejo término, casi en desuso. El calificativo cede actualmente el paso a otros, calibrados por el espíritu del tiempo, pero los sempiternos cavernarios persisten en su condición retrógrada.

Una palabra engancha a la otra y lo mismo sucede con los pensamientos. De pronto aquellos cavernícolas del paleolítico que le abrieron las puertas a la construcción progresiva de la especie  eran más puros, más honestos y más solidarios  que algunos  siniestros fantoches de nuestro retablo ciudadano.

La caverna ontológica

Otro tipo de caverna es el evocado por Platón, el filósofo. Se trata de la famosa alegoría que contrapone a la realidad inmediata de los seres y las cosas  su sombra ilusoria. Según nos cuenta en ese mito, que figura en el libro VII de La República, los hombres estamos, desde nuestra llegada a la vida, prisioneros en una caverna. Tenaces  cadenas nos mantienen inmóviles en ella y solo podemos ver las sombras de la realidad.

Por detrás y  encima de nosotros arde una fogata que ilumina  el paso de  los caminantes del exterior. Estos llevan en sus manos figuras de animales, de plantas y de los objetos técnicos integrantes de la ergología humana. Dichas cuerpos y figuras proyectan sus sombras en una especie de tabique transparente que  los encerrados en esa cárcel pétrea contemplamos inmóviles.

De tal modo los seres humanos  tomamos a esas sombras como cosas reales y confundimos las sombras  con las reales carnaduras de los caminantes que transitan el inaccesible espacio del "afuera". Para escapar de esa caverna y sus simulacros, meros reflejos de un mundo vedado a quienes perseveran en la sujeción de la ignorancia, es preciso buscar una disciplina liberadora.

Y ella no es otra que la Filosofía, la cual, auxiliada por las luces  de la Belleza, del Bien y de la Verdad (la famosa kalokagathia  platónica), permite la observación de los seres y las cosas tales como son.

Pero aquí se descubre la fibra elitista e idealista del platonismo. Fuera de la caverna de las apariencias mundanas reinan las Ideas. Y esa ringla de caminantes alegóricos solamente tiene el valor de una metáfora, de una prestidigitación demostrativa. El mundo sensible y el que se hace inteligible mediante el ascenso del alma nos dan la medida, por un lado, de las "miserias humanas" y, por el otro, "de las cosas divinas". Y estas son las que existen y valen de veras.

Los cavernícolas

Quiero recordar ahora otra clase de cavernas: las de la mal llamada prehistoria. Y digo así porque desde que hubo humanos en la faz de la Tierra dichos animales políticos fabricaron y, a la vez, padecieron la historia. No me refiero a la historia escrita sino a la historia acontecimiento, a la peripecia vivida, a la praxis de la convivencia y la disidencia. En español el término lleva al equívoco. Por ejemplo se habla de los "pueblos sin historia" aludiendo a los ágrafos o prealfabetos. Pero no hay grupo humano que no la tenga.  Somos los hijos y a la vez - curioso incesto- los padres de la historia viva, la de la praxis de la interacción social. Los romanos  zanjaban  este doblez del lenguaje llamando res gestae a la historia factual y rerum gestarum a la narrada.

En las cavernas paleolíticas  los cromagnones y sus sucesores pintaron con grasa, tintes vegetales y piedra finamente molida, un monumental zoológico inmóvil, una congelada galería de la fauna de la era glacial cuyas representaciones naturalistas son dignas de los más notables artistas que en el mundo han sido. Los caballitos panzones y peludos de Lascaux, los bisontes de Altamira, los mamuts de Rouffignac, y todo el bestiario ya convocado por la magia de la caza, ya por la reverencia a divinizados animales de la fauna glacial, prevalece abrumadoramente sobre las escasas y torpes representaciones de las figuras humanas.

Estas, elásticas, dinámicas, estilizadas aparecerán milenios mas tarde en los rocosos abrigos mesolíticos  del Levante español. Pero tales siluetas, de colores rojo o negro, se han evadido del útero de las cavernas. Debajo de las cornisas minerales, a veces afectadas  por los milenios  y los meteoros atmosféricos, conversan con el aire libre que sopla desde las sierras de retaguardia y, de pronto, quizá hechizadas desde hace seis milenios por la gracia de los arcaicos pintores (¿o pintoras?), escuchan el canto salobre del Mediterráneo. Y así, desafiando el rigor de la muerte, desfilan esas figuritas pequeñas, esbeltas, vivaces, que corren, que cazan, que combaten entre sí, que en Cóguil bailan en derredor de un brujo fálico.

 

Las  cavernas mágicas

Hay en la historia de las espeluncas (del griego spelaion, caverna, infierno) un sinnúmero de papeles simbólicos que las distintas culturas han conferido a los antros oscuros, a las pequeñas grutas y a las espaciosas cavernas. La caverna evoca la matriz de la Madre Tierra: en ella se realizaban, entre muchos otros, los ritos iniciáticos de Eleusis, un resgressus ad uterum según Mircea Eliade. Oficiaban las cavernas como santuarios,  como lugares de paso del eje del mundo, como residencia de seres infernales, tal cual sucede con las Salamancas, esas cuevas secretas donde se reunían los hechiceros  y los dados a las artes diabólicas como lo fuera el marqués de Villena. Como los extremos se tocan en el reino del mito, también en las cavernas nacen los dioses, como lo fuera Zeus en la cretense de Dikteon  y las pitonisas, como la del oráculo de Delfos, adivinan el destino de los desvalidos mortales.

En esas temidas oquedades se guarecen los dragones, los Espíritus de la Montaña, las cuadrillas de gnomos, los más increíbles zoológicos de la fantasía. Pero también se refugiaban  en su útero protector los ladrones y criminales   Y como es imposible pasar revista a las imaginaciones y figuraciones  de los distintos pueblos, con lo dicho alcanza para dar punto final al inventario de los símbolos y los seres malvivientes de este y el otro mundo.

Las cavernas psíquicas

Para algunos psicoanalistas, como Jung, el inconsciente es también una caverna. Así lo afirmó con un convencimiento  digno de mejor causa aquel discutido remendón de almas. Según cuenta en uno de sus libros, que hicieron furor y hoy nadie lee, intuyó, o "contempló", en un sueño, la existencia de una oquedad psíquica.

Transportar ese fantasma onírico a la ciencia, y tildar de verdad incontrovertible a un espejismo nocturno fue todo  a una, como en Fuenteovejuna. ¿Y qué decir acerca de su discutido invento o descubrimiento del Inconsciente Colectivo, atacado por muchos  y aplaudidos por  pocos, es decir por quienes  alaban o denigran a esos hermanos gemelos que son la razón y el razonamiento? La Razón, esa maltrecha hija de la Ilustración, víctima propiciatoria del posmodernismo y el posestructuralismo, soportó,- ¿o aún soporta? - las alienadas metáforas y el indescifrable palabrerío acuñado, entre otros,  por Deleuze y Guattari.

Muchos creyentes, embaucados por los "rizomas", las "mesetas" y los "campos de experiencia" de esa jerga estrambótica, la consagran como una nueva gramatología escondida en el azogue de un  espejo donde danza el fantasma de la meta subjetividad. Al escuchar o leer las expresiones de los afiliados a dicha escuela  sentí el trote del burro que trae de regreso al Abad de la Sinrazón. Amanece una Nueva Edad Media, pronosticaron Humberto Eco y Furio Colombo. Ojalá que se hayan equivocado.

Oquedades físicas y humanas.

Hay, como bien se sabe  cavernas que abren sus bocas, o las entrecierran, en la corteza rocosa del globo terrestre.  Ese es un tema que estudia la geología, cuyos espeleólogos descienden a las profundidades del planeta entre  las  estalagmitas y estatalitas modeladas por las aguas subterráneas merced a los  lentos goteos del calcio escultórico. Pero también existen cavernas, metafóricamente hablando,  en la geología mental del hombre, y estas son la más negras, las más temibles, las más afrentosas. Se abren en el costado titánico del espíritu, o del alma, o de cómo se le quiera llamar al recinto íntimo de las ideas lóbregas y los sentimientos detestables. En ellas habitan la soberbia y la desmesura, la ira y la envidia, la mala fe y la crueldad. Fueron y son la residencia de los negros pensamientos, de las pasiones traicioneras y las ideas abominables. Con jirones de su sombra se visten  los   hijos parricidas, los que mienten y traicionan, los que matan a palabra sucia y mano armada. Y es con toda la Sombra junguiana, es decir con la Sombra de esos bostezos de la piedra,  que  se arrebozan los tiranos, los dictadores y los gobernantes  borrachos de poder que ordenan exhibir  su gigantesco retrato - casi escribo retrete- en cada esquina.

Estos refugios  pétreos de los albaceas del Diablo deben ser obturados, clausurados, borrados de la faz del mundo. En algunas de las entradas a las cavernas laborales  se alza un letrero de advertencia: "Cuidado con los derrumbes. Mina abandonada" Se trata de cavernas construidas por el hombre que busca de combustibles, como el carbón, o de piedras preciosas,  como los diamantes. Pero las peligrosas por sus derrumbes humanitarios, que son  las más, siguen vomitando mandones alucinados, fundamentalistas religiosos, terroristas delirantes, que caminan en caravana con los dueños "absolutos" de las vidas ajenas   y con  los traficantes de la muerte. Estas cavernas constituyen los inmediatos objetivos de una profilaxis social que, al destruirlas, al cegarlas, reivindique los valores de una humanidad dignificada por el conocimiento, bañada por las aguas frescas de la racionalidad, libre y justa en la medida de una política aun no estrenada, es decir, una política en cuanto  arte de lo llamado hoy imposible, que será premiada por la derrota de la pobreza moral y material que aún aqueja, y muy dolorosamente, a legiones de desposeídos que integran el género y la especie del autodenominado Homo sapiens. Dicha frágil y falible persona también presenta cavernas en su organismo, tal cuales son las que minan los pulmones de los tísicos.

La caverna utópica

La tan deseada armonía y hermandad entre los pueblos de este tercer planeta  solamente sería viable  con el advenimiento de una confederación de culturas y naciones que, tras el difícil diálogo entre la libertad y la justicia, caminaran tomadas de la mano en procura de la "paz perpetua", aquel bello sueño de Kant. Los gobernantes mundiales del G20  reunidos en la Alemania del filosofo ilustrado soportaron  el asedio, la repulsa y el estropicio de quienes  no solo constituyen el ejército desarmado de los  "anti sistema" sino que también están cansados de los promeseros y agobiados por las lacerantes realidades de un geoide, no globalizado en sí y por si, sino por los  Amos  Financieros y las Eminencias Grises  que, desde las cavernas de la Riqueza concentrada en los detentores del Tener y el Poder  mueven los títeres de las administraciones y gobiernos del Tercer Planeta. En una mano tienen el Globo Terráqueo  y en la otra un dedo advierte, como los Amos anuncian  públicamente, la  disposición para pulsar un digito siniestro que podría disparar el primer misil nuclear. Las réplicas y dúplicas de este lanzamiento, madrinas del invierno Nuclear, acabarían  con   la atmósfera, la fauna, la flora y la especie humana. Entre tanto, mientras se incuba ese apocalíptico suicidio, nuestra Madre Tierra, maltratada por el Gran Garrote, el Big Stick  de las calamidades ambientales, plagas, escasez y crecientes paisajes lunares donde verdeaba la selva y ondulaban bajo el viento los pastizales de las praderas, se convierte, días tras día, en un gigantesco cementerio.

Como los grandes estadistas han desaparecido por el foro,  los llamados  políticos -que en verdad son ambiciosos politiqueros- fabrican disensos en vez de consensos, de espaldas al lado luminoso de la criatura humana. Y todos estos  advenedizos, al cabo progenitores de los nacionales  desastres, sea cual fuere su banderia o partido,   se hacinan  en la caverna de la hipocresía y el engaño, agazapados tras el Poder. Al igual que el tero, en un lado pegan los gritos y en otro guardan los huevos. Y eso pasa tanto en la casa uruguaya  como en Cafarnaúm.

 

Daniel Vidart

Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta, falleció el 14 de mayo de 2019.

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