VERSIÓN PARA IMPRESIÓN
31/10/20

Una imagen vale más que mil palabras

Jorge Ángel Pérez

La foto de Quiñones bastaría para reconocer cuánto desprecio, cuánta estulticia exhiben las cárceles cubanas para quienes se oponen y denuncian al gobierno

 

Este sábado escribí un post advirtiendo que me había sentido héroe por un rato sin hacer algo extraordinario. La razón de tan vanidosa creencia tuvo que ver con mi empeño en conseguir cobijo a dos gatos recién nacidos que encontré abandonados junto a un contenedor de basura en la esquina de mi casa. Dos gatos acabados de nacer habían sido separados de la madre y abandonados a su suerte en medio de la calle, y a merced de los extraños.

Dos gaticos acabados de nacer, y mi empeño en procurarles algún cuidado, me confundieron tanto que hasta me creí un salvador, al menos por un rato; y lo peor es que volví a casa conmovido y escribí ese post con evidente y orgullosa altanería, un post en el que, creo, me mostré algo soberbio, sólo por conseguir un poco de amparo para esos dos animalitos recién llegados a una vida llena de seres despiadados, de gente egoísta y despreciable. Un simple gesto me llevó a ponerme vanidoso por un rato, y escribí e hice visible esa vanidad, y sus razones.

"Esta tarde me creí un héroe sin hacer nada extraordinario; solo conseguí cobijo para dos gaticos recién nacidos que fueron abandonados", escribí, sin notar que no fui más allá de lo que merecían esos animalitos que ni siquiera habían tenido tiempo de abrir los ojos. Escribí pensando más en mí que en los abandonados, y exhibiendo algo que nada tenía de heroicidad, y mucho menos en un país que presenta, cada vez más, a ciertos "héroes" en unas batallas que no van más allá de la escaramuza.

Yo sólo intenté conseguir algún resguardo para quienes ni siquiera habían abierto los ojos, y solo denuncié en un post el abandono de unos gaticos en la esquina de mi casa, mientras me alejaba de cosas esenciales. Supongo que estamos tan necesitados de buenas acciones que terminamos inventándonos actos "heroicos, memorables", mientras ponemos en el olvido las cosas más esenciales. Yo escribí haciendo visible mi "filantropía" sin que me ocupara en hacer notar otras cosas que resultan más importantes, mucho más esenciales.

Escribí de los gatos abandonados y no de Roberto de Jesús Quiñones, ese escritor y periodista, ese hombre valiente que pasó todo un año encerrado, abandonado por el país, en una cárcel de Guantánamo. Todo un año en el que muy pocos se enteraron de su encierro, mientras la prensa oficial volvía a destacar los mismos encierros de siempre, y privilegió, también como cada año, a los asaltantes al Moncada, la reclusión de Fidel Castro y su salida de prisión.

Quiñones, recién liberado, el 4 de setiembre de 2020 (foto cedida por la familia al autor)

Y ahí están esas fotos que fijaron para siempre la excarcelación de aquellos que, con balas y fusiles salieron a matar durante la "mañana de la Santa Ana". Generaciones y generaciones han mirado esas imágenes en las que aparece un Fidel sonriente y saludador que levanta un brazo, un Raúl que también sonríe, un Almeida al que el aire le hace volar su corbata y que muestra, en una vasta sonrisa, sus dientes, su alegría al abandonar el presidio, al salir a la calle, a la libertad, después de un breve encierro.

Y no he visto yo una foto de Quiñones mientras pone sus pies fuera de aquel encierro vigilado para entrar al otro encierro, también vigilado. No he visto su sonrisa ni una corbata que mueve el viento. No he visto en la prensa la noticia. Solo miré una foto en internet que resulta en extremo dolorosa. Una imagen que da pena, que da grima, que espanta y también indigna. Esa foto bastaría para testimoniar la esencia de las cárceles cubanas cuando reciben a un hombre que no comulga con un "viejo gobierno de difuntos, y sin flores..."

Esa foto de Quiñones bastaría para reconocer cuánto desprecio, cuánta estulticia exhiben las cárceles cubanas para quienes se oponen y denuncian al gobierno. Un año atrás, cuando escribí y publiqué en CubaNet un texto sobre el juicio tan mañoso y sobre el encierro del escritor, no podía imaginar la tan depauperada imagen que vería un año después; y esa imagen es prueba de cuánto de nocivo tiene la tal "revolución", cuánto de malévolo tiene su aparato represor.

Quizá podría yo llenar cuartillas y cuartillas juntado suposiciones sobre el encierro de Quiñones o indagar en sus angustias, en las congojas de los suyos, pero creo que nada sería más certero que esa imagen que lo muestra depauperado y con el torso descubierto, esa imagen que es muestra de lo que debió sufrir en la vastedad de su encierro. Esa imagen que muestra cuán infinita es la "revolución" en sus desprecios, en sus castigos, en sus prisiones.

Y supongo que muchos colegas escribieron antes que yo sobre Quiñones y su encierro, quizá estas líneas no sean más que una llovizna sobre un suelo muy mojado, empapado con odios y tristezas, y por eso recomiendo comparar la imagen del hombre que salió de la cárcel con el Quiñones que entró en ella hace un año; eso sería suficiente para reconocer el atroz sistema carcelario cubano, ese que permite que algunos millones cumplan el castigo en una vigilada libertad, mientras otros conocen, como fuera el caso del escritor, en un vigilado encierro y donde todos son abandonados, como aquellos gaticos, a sus suertes, a sus muertes.

Jorge Ángel Pérez nació en Cuba, en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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