VERSIÓN PARA IMPRESIÓN
20/03/19

El cuarto pecado capital de la izquierda. Sustituir la ideología por el poder

Esteban Valenti

Esta nota puede figurar como una reflexión exclusivamente para élites, para intelectuales y sin embargo es la que explica en el fondo todos los pecados anteriores y otros menores que influyen hoy directamente en la vida cotidiana de los uruguayos. Hablo del pan, del vino, del techo y de todo lo material y espiritual. Es una columna dedicada a la izquierda uruguaya, pero la situación es mucho más grave en otros países.

No se trata de reclamar una ideología única, que sería imposible en el Frente Amplio desde su nacimiento, y que vale de la misma manera para cualquier frente o agrupación en la actualidad. Las diferencias ideológicas son una fortaleza, una riqueza que permiten desarrollar el debate, la generación de ideas, la investigación y la densidad de los dirigentes y de toda la vida de una agrupación política. El fin de las ideologías, es un engaño para llevarnos a todos a practicar el encefalograma plano de la lucha por el poder.

La derecha, e incluso ciertos sectores del centro no necesitan mencionar siquiera la ideología, su sentido de la conservación de los privilegios, de las formas tradicionales del poder, su ausencia asumida de que los cambios son simplemente cosméticos para adecuarse a ciertos cambios globales impuestos por el sistema, no necesitan ideología, la tienen incorporada en el ADN.

El Batllismo, el Wilsonismo partieron para sus definiciones de posturas ideológicas y la izquierda, sin falta, sin ninguna posibilidad de evadirse, necesita basarse en la ideología, incluso los tratados de libre comercio, presentados muchas veces como una movida pragmática, son profundamente ideológicos, o los temas del medio ambiente, imaginemos la economía, el modelo productivo, las políticas sociales, la seguridad y ni que hablar que en primer lugar la educación. Hasta las nuevas tecnologías, muchas veces presentadas como asépticas, tienen su moral, sus peligros, sus enormes desafíos civilizatorios, es de decir, tienen ideología, tienen filosofía.

La izquierda llegó al poder por primera vez en el Uruguay hace 28 años, al gobierno de la capital, sobre la base de sus definiciones políticas e ideológicas plurales, pero existentes, reales y en permanente cambio y evolución crítica. Nuestra visión sobre un nuevo urbanismo, un nuevo diseño de los servicios municipales, sobre el papel democrático de la participación ciudadana en los actos de gobierno, sobre las prioridades ambientales y la preservación del patrimonio arquitectónico y urbano, además de expresarse en nuestro programa de 1989, se manifestaron en los discursos, en la publicidad, en la comunicación, en todo. Y además lo discutíamos, había cuadros y sectores enteros que debatían y elaboraban sobre esas bases.

Comparemos ese clima político, intelectual, cultural, o el de la campaña del 2004, con la experiencia de estos últimos años del gobierno de este FA y con esta campaña electoral. Los primeros síntomas ya se manifestaron con claridad en el segundo gobierno del FA y se agudizaron en el actual.

Si hubiéramos tenido un abordaje complejo y múltiple de la gestión de las empresas públicas, de nuestras filosofías del papel de esos pilares de cualquier Proyecto Nacional ¿Alguien cree seriamente que se hubiera producido el descalabro, el desorden, la suma de desprolijidades, desmanes, actos ilegales de corrupción y la falta de ética comprobada en varias instancias?

No me vengan a decir ahora, que se trata de errores personales, es una miserable lavada de manos, fue el resultado de la inexistencia de una base conceptual seria, sólida y profunda de un tema clave, como administrar las principales empresas del país, que explotó en el segundo gobierno y siguió en el tercero, hasta que los escándalos explotaron todavía más fuerte. No hubo autocrítica, ni la hay, porque falta ideología. No se trata de analizar esos procesos desde los votos, la campaña electoral, sino en base a la identidad misma de la izquierda, su pasado, su presente y su futuro.

Las izquierdas que implosionaron en América Latina, pero también el socialismo real en Europa padecieron exactamente la misma grave enfermedad, creyeron que substituyendo todo con la voracidad por el poder, podían substituir la imprescindible necesidad de ser de izquierda, de tener diversas ideologías de izquierda, pero tenerlas, y utilizarlas, para pensar, para criticar, para corregir, para avanzar.

La obsesión por el poder, es una ideología, que en la derecha está en su genoma y en la izquierda la precipita en su pérdida de identidad y su desastre.

La izquierda no puede ser simplemente un mejor administrador, más eficiente, más prolijo que sus adversarios, eso se agota rápido, tiene que cambiar la sociedad, hacerla más justa, más democrática, más prospera, más eficiente, más participativa, más culta y educada y más segura. Y en conjunto eso no pasó.

No sucedió y estamos en una etapa de estancamiento y de problemas socio económicos importantes, con el desempleo que nuevamente golpea a muchas familias uruguayas y angustia a otras muchas, porque se incorporó nuevamente un factor que había comenzado a desaparecer durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez, la duda, la falta de confianza, la incertidumbre.

Y no se trataba de una sensación, de un estado de ánimo, sino de algo bien concreto, los uruguayos dejaron de emigrar y retornaban más de los que se iban, volvieron a invertir junto a inversores extranjeros y rompieron porcentajes de los más bajos de América Latina, porcentajes de decadencia. Y eso tenía en su base un profundo contenido ideológico, de viabilidad y confianza en el Uruguay como proyecto nacional, como comunidad espiritual, al decir de Wilson.

Ese capital se fue desgastando, desfibrando y no solo por errores de gestión, sino por causas muy profundas. La ideología del poder, la llamada ideología de la "heladera" que superaba todas las pruebas la pagamos en la Intendencia de Montevideo, en ANCAP, en menor medida en varias otras empresas, en la regasificadora, en el puerto de aguas profundas, en ASSE,  en la educación, en la inseguridad y las políticas sociales. Todo creímos que se arreglaba con plata y con más gente. Mucha plata gastada por el Estado y mucha gente de "confianza" es decir del "poder" asumida en todos lados.

¿Todo se hizo mal? No, porque había y hay gente que sigue siendo y pensando de izquierda y trabajando y produciendo con ese sentido, pero lo que se paralizó es el impulso general, el Proyecto.

La falta de política en el Frente Amplio durante muchos años, no es el resultado de un descuido, del tiempo que absorbe los temas de la gestión del gobierno, la vida parlamentaria, es la falta de un debate y una elaboración conjunta político-ideológica que defina al FA en cada etapa, ante los diferentes temas que debe afrontar. El tratamiento horroroso del tema de las mentiras, la corrupción, los desastres de gestión, LA FALTA ABSOLUTA DE AUTOCRITICA, se basa precisamente en que la ideología del poder lo ocupó todo y aplastó el otro debate y elaboración imprescindible, la de la identidad de izquierda.

Se discute más como distribuir la plata en un presupuesto, que las bases para establecer un horizonte de cambios en todos los planos a partir de los gastos y las inversiones del Estado y de su recaudación.

La moral, la ética, no son virtudes religiosas, o simplemente de buena gente, además son obligaciones basadas en una verdadera ideología de izquierda. Hasta por una razón muy elemental y simple, la inmoralidad, la corrupción en un gobierno de izquierda será utilizada como un mandoble por sus adversarios y enemigos. ¿Hace falta que mencione algunos ejemplos cercanos? Y por lo tanto la moralidad, la decencia son la única base posible para encarar los cambios sociales necesarios.

El poco sentido de propiedad que los uruguayos tienen de los avances conseguidos, de los cambios que se han producido, el bajo nivel de empoderamiento, ¿son por problemas de comunicación del gobierno y de este FA? Eso es lo de menos, el fondo es que para tener un nivel adecuado, democrático, no cargoso y de muy baja calidad en la comunicación, hay que tener una sólida base ideal, y luego naturalmente técnica y profesional. Se necesita autocrítica y no la cantidad, hasta la saturación por encima de la sensibilidad de los ciudadanos.

El análisis crítico de las políticas sociales, incluso de algunas "estrellas" del firmamento oficial, como el "Sistema Nacional de Cuidados", requieren una base conceptual y no principalmente operativa, que se inscriba en las prioridades de un Proyecto Nacional y un sistema de evaluación por edades, por distribución geo social, por impactos económicos, culturales, educativos y no solo estadísticos.

Y para terminar por la economía, esa que se ha frenado y que ha quedado atrapada entre el déficit fiscal - que ni los cincuentones pueden ocultar - por la inflación y por todos los indicadores macroeconómicos, que en realidad actualmente son un comoditie, y sobre el que hay que siempre aplicar mucha imaginación, muchas ideas renovadas y mucha ideología, para que los cambios no se detengan, para que la reforma fiscal que debía ir mejorando con el tiempo, haya retrocedido y ajustado de la peor manera. Y lo peor es que el responsable de las cosas buenas y también de las actuales, no diga nada, hable de renovación de la izquierda y se resigne a que lo sacrifiquen sin ningún debate serio y profundo de izquierda. Me refiero a Danilo Astori. No se lo merece él, ni el país, ni la izquierda.

Y podríamos seguir con cada uno de los temas en debate hoy en la sociedad uruguaya.

La ideología del poder por encima de todo, la ideología de "la heladera" con sabor a omnipotencia y subestimación de los ciudadanos, ha sido siempre un fracaso estrepitoso para la izquierda, a menos que como en Venezuela, donde hay un refrigerador gigante todo destartalado que habla con los pajaritos, se utilice la fuerza para mantenerse en el poder y seguir fundiendo un país, como no hay antecedentes en la historia de América Latina. En Uruguay eso no sucedió, y los brulotes opositores en ese sentido solo ayudan al peor oficialismo.

La gente reclama soluciones concretas, reales, posibles, y a corto plazo, pero los políticos debemos decirles la verdad y la verdad es que para salir adelante, para cambiar hay que pensar, arriesgarse a pensar con sentido crítico e innovador y eso se llama, ideología.

Creo que fue Tácito el gran historiador romano que dijo que "para quienes ambicionan demasiado el poder, todo se define entre la cumbre y el precipicio, no hay camino del medio".

Esteban Valenti - Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de Agencia de Noticias Uypress

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