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Las autoridades, las pruebas PISA y la enseñanza

Marcelo Marchese

14.12.2016

Existe una palabra para definir a la perfección el reciente episodio que involucra a las autoridades de la educación con las pruebas PISA: terrajada.

Las autoridades anunciaron una leve mejora, pero un especialista demostró que eran debidas a ciertos cambios a la hora de llevar a cabo las pruebas, información que estaba incluida como anexo en el informe. Ante esta denuncia, argumentaron que no habían leído el anexo.

Así que las autoridades, como anuncia el informe PISA con respecto a muchos estudiantes, no saben leer, al menos, los informes. Aparentemente, no sólo en la base de la pirámide se ignora el arte de leer, sino también en su pináculo se ha perdido esta capacidad. Acaso la cosa no sea tan deprimente, o sí, vaya uno a saber, pues es posible que lo hayan leído y prefirieran mentirnos a cara de perro, cosa que uno sospecha. La situación es grave, primero que nada por ser parte de una conducta generalizada. No es la primera vez que altos funcionarios públicos esconden información, la tergiversan o mienten, como cuando se pretenden llevar a la sordina acuerdos como los del TISA, se firman cláusulas secretas como las realizadas con Montes del Plata y se esconden informes como los de OSE, que determinan que el agua potable no es potable. Es una conducta peligrosa que traerá aparejada consecuencias funestas. Uno se pregunta qué concepción de la democracia impera en estas gentes. La idea que uno tiene, bastante simple, es que mientras destinamos el tiempo a trabajar y pagar impuestos, allá arriba hemos ubicado a unos funcionarios a modo de representantes, que se dedican a conducir el país habida cuenta que nosotros nos dedicamos a trabajar y pagar impuestos y entre las tareas de esos representantes, una muy destacada es informarnos para que, en tanto trabajamos y pagamos impuestos siempre en aumento, opinemos y construyamos, entre todos, el mejor rumbo para nuestro país. Así que si a nuestros representantes les llega cierta información, su deber, so pena de convertirse en malos representantes, en malos empleados, es transmitirnos esa información a nosotros. Para eso se les paga y esa es su función. Es algo muy simple. Las autoridades de la OSE deben advertirnos que el agua está jodida. Las autoridades de la educación deben decirnos que estamos estancados o en retroceso. Al no cumplir con esta función se nos ocultan porciones de realidad, se nos quita información para pensar y se altera la práctica republicana. Así que uno advierte que estas autoridades, estos funcionarios públicos que nosotros pusimos allí para representarnos, no están preocupados por el mejor funcionamiento de la república, más bien están preocupados por adornar la realidad para ganar las elecciones y mantener su cuota de poder.

Esta práctica es sumamente riesgosa, además, pues cualquiera advierte un declive en la confianza hacia los políticos desde la apertura democrática hasta ahora. Pero esta desconfianza hacia los políticos es poco comparado con algo más grave, una desconfianza creciente hacia el orden institucional y cuando la gente desconfía del orden institucional, cuando ese orden ya no obtiene consenso social, según las leyes de la Historia, es suplantado por otro orden. Esto, en otras circunstancias, como las resultantes de una democracia pujante, podría alegrarnos, pero en las condiciones actuales de desnorteo y apatía ciudadana, reviste un peligro enorme. No se crea que esta situación alcanza sólo a nuestro país, hablamos de un problema que afecta al mundo entero y en el ascenso de los neofascimos tenemos un dato singularmente elocuente. Acaso algunos que ansíen cambios sustanciales se alegren del deterioro de la república. Sería la alegría del necio. Cuando la marea viene en ascenso, nada más estimulante que dejarse llevar, pero cuando la marea baja, no hay más remedio que clavar las uñas en la arena e impedir que el agua se lleve en su retroceso todo lo que pueda. No estamos en condiciones de introducir cambios institucionales, estamos en condiciones, tal vez, de sostener lo que en el pasado hemos conquistado con un sacrificio enorme.

Pero existe un tercer elemento peligroso con respecto a la práctica de la mentira en política. Ni las actuales autoridades de la educación progresistas, ni las anteriores de los partidos tradicionales, han mejorado un ápice nuestra enseñanza. Si una autoridad dedica sus energías a adornar números, de seguro le resta energías a cambiar la realidad. Nada en este mundo nos induce a creer en ningún cambio positivo en el ADN de la educación. Si miramos hacia el futuro, sólo imaginamos deterioro y esto va de la mano con el deterioro de la república. La educación debe buscar diversos fines, pero uno principalísimo es formar ciudadanos. Esa fue la meta de la tan elogiada reforma vareliana. Formar gente comprometida con el país. Formar gente con la capacidad de aceptar normas, por supuesto, pero también con la capacidad de pensar, de criticar, de proponer.

Ahora bien, por lo que parece, las autoridades de la educación no tienen la menor idea de cómo mejorarla. Podemos esperar pacientemente a que reaccionen el día que la crezcan pelos a los huevos, o podemos cambiar la constante exigencia de derechos, como en este caso el derecho a una educación menos penosa, por la necesaria asunción de deberes. Algunos deberes cumplimos, claro está, como trabajar, pagar puntualmente los impuestos y votar desganados en las elecciones, pero eso no alcanza, eso no nos convierte en ciudadanos sino en piezas de engranaje. Tendemos a pensar que los cambios en la educación deberían venir de la mano de las autoridades y los técnicos. No puede existir idea más peligrosa. Que el concurso de autoridades y técnicos es esencial no lo puede negar nadie, pero la educación es algo que nos afecta a todos y es una experiencia por la que todos hemos pasado. Tenemos algo que decir y nos hacemos una idea de qué cosas no andan bien ¿Qué sentido tiene dedicarse a memorizar las críticas al primer capítulo del Quijote sin siquiera haberlo leído, habida cuenta que la buena nota será resultado, no de lo que uno piense sobre dicho primer capítulo, sino de la eficiencia al repetir lo que el profesor ya ha determinado como verdadero? ¿Qué sentido tiene dedicarse a repetir los análisis consagrados del Lazarillo, en vez de estimular al estudiante a escribir un diario, un cuento o lo que fuere, pero extraído de su propia cabeza? ¿Qué sentido tiene, a partir de cierto momento en que el alumno muestra sus inclinaciones, insistir en el estudio de materias que no le interesan de ningún modo y cuya imposición sólo puede acarrear dolor y desconfianza en sus propias fuerzas? ¿No sería más razonable un número de materias optativas, que el maestro o profesor tuviera en clase a los estudiantes interesados en esa materia y que el estudiante dedicara su tiempo a potenciar sus capacidades en función de su deseo? Todos sabemos que hemos aprendido sólo aquello que más nos interesaba, que hemos aprendido cuando ponemos manos a la obra, cuando ponemos más cosas de nosotros en el aprendizaje.

A la vista de su actuación con respecto al informe de las pruebas PISA y a la vista de todo lo demás, no podemos esperar mucho de las autoridades de la enseñanza. En ese sentido estamos huérfanos. Ni siquiera podemos esperar que estimulen un debate público para ver cómo salir de este pozo negro. Sin ese debate ciudadano no habrá mejora en la educación, y ese debate, ante la renuencia de las autoridades, debe ser iniciado por aquellos intelectuales que se dedican a pensar el hecho educativo. En ellos tenemos una gran reserva de conocimientos. El problema es que esos conocimientos están desperdigados y no llegan al lugar donde se toman las decisiones. Sumado a este problema, a este desperdicio de los conocimientos que la sociedad ha acumulado, se encuentra la creencia de que el problema de la educación es un problema administrativo, cuando el problema de la educación es un problema público, es un problema de la república y como un problema eminentemente republicano, esto es, político, debe ser abordado de una manera política, es decir, por todos.

A un país pequeño como el nuestro le va la vida en la educación. No podríamos competir en el mundo con el volumen de nuestra producción, sino a pura calidad. Así son las cosas si miramos el asunto desde una perspectiva meramente económica, pero aquí también debemos considerar la función que la educación puede cumplir para frenar esta lepra que acosa a nuestro tejido social y la función que puede cumplir en el desempeño de una democracia. Pero tampoco esto es todo. Vivimos un 13% de nuestra vida bajo el sistema educativo. Son los años determinantes de nuestra existencia, cuando se forma la personalidad y las impresiones son más fuertes, pues el tiempo tiene otra dimensión. Un segundo en la vida de un niño o un adolescente dura más que un segundo en la vida de un adulto, pues está mucho más cargado de sensaciones, de ideas y en suma, de vida. Ese 13% de nuestra vida, que es mucho más que un 13%, pues hablamos de los momentos más intensos y estructurantes de nuestra vida, debería ser una experiencia estimulante, placentera, y ese tiempo debería estar dedicado a darnos las mayores herramientas posibles para afrontar luego una tarea que será siempre una lucha. Podemos hacer algo maravilloso, o podemos llevar a cabo un desastre, como nos advierte con sabiduría el poeta.

 

"¿Cómo podría un pájaro nacido para disfrutar
sentarse en una jaula y cantar?
¿Qué le queda a un niño aburrido y con miedo
salvo plegar sus alas tiernas
y olvidar su dichosa primavera?
¡Oh, padre y madre! Si se cortan los pimpollos
y se quitan los capullos,
y si a las tiernas plantas se arrebata
el júbilo del florecimiento,
mediante la pena y la ausencia de cuidado...
¿Cómo despertará jubiloso el verano,
o cómo brotarán los frutos estivales?
¿Cómo cosecharemos lo que el dolor destruye,
o bendeciremos la maduración del año
cuando irrumpan los resoplidos del invierno?
"

 

Fragmento de El estudiante. Cantos de experiencia. William Blake.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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