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Un “puñadito” de recuerdos y de reflexiones: los méritos de las mujeres y el espacio de lo público

Adriana Marrero

01.02.2017

En Uruguay, una regla nunca escrita pero casi nunca violada, es aquella según la cual nadie puede hablar de sí mismo. Menos que menos, escribir sobre uno mismo. Por pura indiferencia a las consecuencias negativas, pero esperanzada por las positivas, yo voy a violar esa regla, ahora. Les voy a contar cosas que viví.

Como tal vez algunos lectores sepan, he dedicado mi vida a la educación, primero en secundaria, luego en formación docente, finalmente, en la universidad, donde he alcanzado mi grado 5 en Sociología. He construido mi carrera académica con sacrificio y dedicación, entre la familia, el trabajo y el estudio. Hoy cuento con un título del IPA, y otros como Licenciada en Sociología, Magister en Educación y Doctora en Sociología de la Educación. Pero esto no es lo que quiero contar, sino sólo es la base para entender lo que quiero trasmitir.

Caso 1

Poco tiempo después de asumido el gobierno frenteamplista, posiblemente en el año 2007, presenté mi currículo (ya con el título de Doctora), para aspirar a un cargo en la ANEP, de carácter técnico, que me interesaba mucho y para el cual me consideraba calificada. La persona que fue designada tenía la mitad de títulos que yo, era asistente en el Departamento académico que yo había dirigido en una Facultad de la Universidad de la República, no tenía calificación docente ni experiencia en investigación, y tenía apenas una fracción de las publicaciones que yo había acreditado. Este señor, que accedió a ese cargo de un modo tan insólito, renunció al poco tiempo, por estrés. Y sí..., el desempeñar un cargo para el que no se está calificado, debe ser muy estresante. Ignoro qué pasó a partir de allí. Pero seguro que ese fue un mérito que pudo agregar a su currículo.

Caso 2

En el año 2015, aproximadamente, por insistencia de una compañera de la Facultad de Humanidades, que tenía expectativas de ascenso, renuncié a mi aspiración a ocupar un cargo de Profesora Titular (Grado 5) en Ciencias de la Educación. Hacía nueve años (¡sí, nueve!) que el cargo se había llamado, y otros tantos desde que yo había presentado los méritos. El llamado había sido encajonado. Yo era la única candidata. Cuando renuncié, mi amiga, una respetada académica que ocupa un grado 4, esperaba que se llamara ese cargo para acceder a él. Pero esa expectativa era ya conocida: el cargo, no se volvió a llamar.

Caso 3

Supongo que sería el año 1999 o 2000. Un par de años antes, había concursado y obtenido un cargo de Profesora Adjunta (Gr. 3), en Sociología. Quiso el azar que en busca de un lugar donde trabajar, me asignaran un escritorio que había que limpiar de papeles y documentos viejos. En esa tarea, encontré el borrador donde el tribunal de aquel concurso había consignado los puntajes de cada uno de los concursantes y habían llegado al resultado final. Había una lista con los puntos escritos a lápiz, discriminados por ítems (títulos, enseñanza, publicaciones, congresos, etc.) y sobre algunos puntajes, de alguna gente, había correcciones escritas en birome azul, rectificando los puntos asignados en primera instancia. Mis puntajes habían sido corregidos a la baja, y los de dos compañeros varones, al alza. El resultado inicial de una puntuación asignada según criterios acordados, que me situaba muy arriba, y a algunos hombres demasiado abajo, no había contentado al tribunal. Los criterios estarán bien, pero a veces hay que aplicar correctores para llegar al resultado que se quiere obtener.

Caso 4

Unos años después, en un proceso parecido en la misma unidad académica para el grado 4, llegué a obtener el mismo número de puntos que un compañero hombre. Pero una lista de prelación integrada por hombres y mujeres no puede, nunca, ser encabezada por una mujer. Entonces, el orden alfabético que correspondía (a igualdad de puntajes, la "M" de Marrero era previa a la inicial del otro contrincante) fue alterado para que fuera el hombre el que presidiera la lista de concursantes. Este curioso hecho suscitó comentarios graciosos e irónicos de funcionarios y colegas. Pero no alteró lo sustantivo: las mujeres no pueden nunca situarse por encima de algunos hombres. Esto, más o menos, escribió Pierre Bourdieu, un destacado sociólogo francés ya fallecido, en un famoso libro "La dominación masculina". ¡Y después, hay quien dice que la sociología no es una ciencia universal!

¿Qué decir, a partir de acá?

Estas son sólo cuatro experiencias; sólo cuatro entre muchas más que podría contar. Un "puñadito" según una expresión que se ha puesto de moda en los últimos días. No es para victimizarme, porque no soy ninguna víctima, ni quiero serlo. Pero sí es para mostrar bajo la luz un poco inclemente de la pantalla, el tipo de fenómenos al que estamos sometidas las mujeres en la disputa por cargos y por posiciones en el espacio público a partir de nuestros méritos. Imagine el lector cómo serán las cosas cuando los méritos son menos objetivos, menos contantes y sonantes, menos cuantificables, menos claros. Cómo serán cuando todo pasa por juicios de atribución, de si alguien es "capaz" o no es "capaz", sólo basado en impresiones que provienen de la escucha, de la mirada, del juicio siempre subjetivo de una sociedad que ha crecido confiando en la racionalidad masculina y en la irracionalidad femenina, en la ética masculina y en la crítica a lo femenino, en la idea de que los hombres tienen la autoridad y las mujeres sólo son las "patronas" a la hora de decidir qué se come en casa porque ella lo tiene que cocinar.

Realmente, desde el punto de vista objetivo, las mujeres son más educadas que los hombres y han mostrado mayor capacidad de trabajo: con una tasa de actividad similar a los hombres, las estudiantes universitarias mujeres alcanzan al 64% del total (al cual habría que agregar las que estudian profesorados y magisterio). A nivel de postgrado, el 70% son mujeres, muchas de ellas con familias y con hijos. Estas mujeres, más que los hombres, han demostrado la capacidad de estudiar, trabajar, y sostener una familia. ¿De dónde sale esa idea de que las mujeres no tienen capacidad? ¿Y qué pasa cuando es evidente que sí la tienen?

Los méritos son justamente lo que se pone por delante cada vez que las mujeres reclaman ser reconocidas en sus derechos. El derecho a ocupar lugares en el espacio público, sean políticos, o técnicos, es uno de los principales. Eso, es lo que se ve vulnerado día a día, en el estado uruguayo, desde hace demasiado tiempo.

Tal vez hayan reparado en que no me refiero al ámbito de lo privado. No es casualidad. En los ámbitos privados, el elegir al menos capaz, al menos meritorio, al menos promisorio, tiene consecuencias muy concretas: un mal dirigente, o empleado, o colaborador, va a perjudicar a la empresa, y el dinero que se usa para pagarle, no sólo será dinero tirado, sino que puede traer pérdidas imposibles de prever. En el ámbito público, eso también ocurre. Pero a los responsables de tomar la decisión les importa menos, porque el dinero con que se paga, no es el suyo. Hay mucho de irresponsabilidad y de mal uso de los fondos públicos, en quienes eligen al menos calificado, o al menos "capaz" para ocupar cargos en la órbita del estado.

También se ha dicho, y se repite, que no es posible que las mujeres accedan a ciertos cargos "sólo por ser mujeres". Esto me deja un poco perpleja. A ver. Con las mujeres tan marginadas de los cargos públicos, ¿nadie piensa que, en realidad, los hombres están ahí "sólo por ser hombres"? ¿O alguien piensa realmente que, en todos los casos, los hombres que ocupan cargos públicos son las personas más capaces que tiene el país? Claro que también hay mujeres que no dan la talla con los cargos que ocupan. Pero eso es algo a criticar y a cambiar. Y eso será más fácil si tanto hombres como mujeres tienen las mismas oportunidades de ocuparlos.

Finalmente, resulta increíble los modos en los que se logra descalificar a las mujeres notorias: o es que su notoriedad se debe a su marido (como si la de los hombres no tuviera que ver, con frecuencia, con las mujeres que les acompañan ), o que es una "trepadora" (sinónimo de "persona con ambición" que sólo se aplica a mujeres pero no a los hombres), o que usa el dinero de su familia para ascender en política (como si los hombres no lo hicieran), o que no se sabe "qué es lo que quiere" (como si no pudiera ser exactamente lo mismo que quieren los hombres), o que por qué no se habla de "discapacitados" (como si ellos no fueran, también hombres o mujeres), o que se viste mal (como si los hombres... en fin...), y muchos etcéteras, hasta el patético gesto de reírse del cuerpo en traje de baño o de fiesta de las mujeres, como si los hombres tuvieran cuerpos perfectos, o mejor aún, fueran ángeles desprovistos de forma humana. Cualquier cosa sirve para descalificar, y nunca se admitirá que el que se trate de una mujer, tiene algo que ver.

No crean que no comprendo el hastío que puede producir cierto discurso feminista de bajo nivel. A mí también me lo produce, con frecuencia. Pero ocurre, con esto, lo mismo que con algunos discursos sindicales: que no sean buenos discursos y que los argumentos no sean los correctos o no estén bien expuestos, no quita razón al colectivo al que representan. Las mujeres son injustamente relegadas de los espacios más valiosos, y eso no puede ser negado porque no nos gusten las palabras que eligen algunas mujeres para denunciarlo.

Muchas prácticas de algunas autoproclamadas feministas son profundamente discutibles y seguramente, contraproducentes. Entre ellas, la más curiosa es la pertinaz negativa de algunas de ellas a reconocer la capacidad de las mujeres que no les simpatizan. Es como si, para calificar como mujeres a ser reconocidas por otras mujeres, no bastara sólo con ser mujer, sino que se debiera cumplir con algún requisito particular. Recuerdo ahora mismo, por ejemplo, el enorme silencio que rodeó, en ciertos ámbitos feministas, a la candidatura de Hillary Clinton a la Presidencia de Estados Unidos, ¡como si Trump fuera una mejor opción! Se ha dicho, con cierta razón, que a ciertas feministas sólo le gustan las mujeres pobres, ignorantes, preferentemente pertenecientes a alguna minoría, o, lo que es lo mismo, sólo les gustan aquellas frente a las cuales pueden posar como "redentoras" o como promotoras de derechos de los que ellas disfrutan desde siempre. No lo sé, pero me lo pregunto.

También me asombra la reticencia de ciertas mujeres -incluidas muchas feministas- a hablar de experiencias como las que conté antes, de sus propias frustraciones, de sus propios fracasos, de sus experiencias como mujeres estudiosas, trabajadoras, madres, militantes de sus sueños y de aquellos que ya saben que nunca van a poder cumplir, porque la vida, pasa.

Yo, las invito. Creo que es una tarea que hay que enfrentar, como casi todo lo que enfrentamos las mujeres, con valentía y sin vergüenza. También invito a los hombres, porque también ellos tienen madres, hijas, esposas, compañeras de vida y amigas que han vivido postergaciones, injusticias, olvidos y menosprecios. También ellos se dan cuenta de que estas cosas pasan, aunque tal vez las atribuyan a otras causas.

No dudo que, entre todos, entre hombres y mujeres, seremos capaces de construir una sociedad más justa, un estado más inclusivo, un lugar donde todos nos veamos beneficiados con el uso pleno de las capacidades de todos, seamos hombres, o mujeres, cada uno con sus talentos, con sus virtudes y con su buena voluntad. Así que, hombres, ¡no teman! No es contra ustedes. No es contra nadie, aunque algunos discursos puedan dar esa sensación. Es que, simplemente, las mujeres también quieren participar y contribuir, también tienen cosas que decir, y mucho, mucho para hacer.

 

Adriana Marrero

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