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¿Cómo se aprende a ser mujer? Sobre el cine infantil, la marcha del ocho, y los modos de hacer política

Adriana Marrero

21.03.2017

En 1949, en su célebre “El segundo sexo”, la filósofa francesa Simone de Beauvoir declaró sin más “No se nace mujer. Una llega a serlo”.

Hay gente, hombres y mujeres, que todavía no entienden esa frase. Posiblemente, sea la misma gente que todavía no ha llegado a comprender cómo es que 300.000 personas, montevideanas, poco dadas a los excesos, se congregaran el 8 de marzo y marcharan por 18 de Julio para manifestarse por una sociedad igualitaria, libre de violencia y de discriminación contra la mujer.

La frase de Beauvoir, todavía necesita ser explicada, y ejemplificada.

A nadie le caben dudas de lo rápido que hoy en día, gracias a las ecografías, se puede responder a la pregunta "¿Qué va a ser?". La respuesta, tiene que ver con la morfología del feto, perceptible a simple vista, y con la conformación del cerebro y el sistema nervioso, con las hormonas que segregará ese organismo y con otras características igualmente biológicas. Pero no es esa la razón por la cual los padres preguntan el sexo de los bebés. Realmente, lo que quieren, es saber si pintarán el cuarto de rosado o de celeste, el tipo y color de la ropa que van a comprar, y como parte de un proyecto de vida más amplio, si los espera un futuro lleno de pelotas, autos y partidos de fútbol, o de muñecas, jueguitos de cocina y, con suerte, partidos de vóley. A todo esto que sucede después que la niña nace, es a lo que se refería Simone de Beauvoir.

Dotadas de las mismas cualidades biológicas, las mujeres se comportan de modo diferente según sea la sociedad, la cultura y la época en la que viven. Su apariencia, su modo de vestirse y de andar, sus tareas cotidianas, su modo de plantearse el futuro y actuar de acuerdo a él, las normas a las que están sometidas, es algo que se aprende, no algo que se trae. "No se nace mujer. Se llega a serlo". Tampoco se nace hombre. También se llega a serlo.

Pero antes de levantar el dedo acusatorio hacia las madres y abuelas por enseñarles a las niñas y a los niños comportamientos diferentes (¡y cuándo no, son las mujeres de la familia las culpables!), me gustaría examinar algunos modelos de comportamiento femenino y masculino que, en Occidente, todavía reafirman la vigencia de la desigualdad entre hombres y mujeres, entre niños y niñas. Me refiero a los filmes infantiles de la nueva industria cinematográfica, liderada por Disney, Pixar y otras productoras.

¿Cómo funcionan las historias infantiles y cómo generan la idea de que el comportamiento del héroe y de la heroína es el que corresponde a su sexo y a su condición? ¿Cómo esos personajes se convierten en "ideales" de la feminidad y la masculinidad? La respuesta, está en el final feliz. Si las niñas y los niños, las mujeres y los hombres de la historia se comportan como "deben" comportarse, la historia termina bien. Es el cabal cumplimiento del rol masculino o femenino, además de otros roles, lo que lleva al héroe o a la heroína a un desenlace feliz.

Como Beauvoir, voy a referirme sólo al género femenino. ¿Cómo se llega a ser una mujer, dado el influjo de los filmes infantiles? ¿Qué modelos de mujeres o de niñas son las que cobran vigencia y se ratifican una y otra vez? ¿Cuál es la conducta apropiada de las mujeres para que la historia desemboque en ese final feliz, tan deseado? Veamos.

Primer modelo de mujer: La mujer muerta.

No hace falta ir tan lejos como para tener que recordar a la malograda mamá de Bamby. También historias más contemporáneas, como "La era del hielo", "Buscando a Nemo" o "Up!", todas protagonizadas, (en su primera entrega) exclusivamente por personajes masculinos, comienzan con la muerte de una "mujer".

En "La era del hielo", o en "Buscando a Nemo", el personaje femenino, que además es una madre, muere en las primeras escenas. En "Up", apenas un poco más tarde. Pero en todo caso, la muerte de las mujeres o madres, en estos filmes dirigidos a niñas y niños de todo el mundo, no se convierte en motivo de ansiedad ni angustia. Bien al contrario: es la misma muerte de la "mujer", la que propicia el inicio de la verdadera aventura, la peripecia de los personajes masculinos, los que de verdad importan, en una historia atrapante, divertida hasta decir basta, y, -¿quién puede dudarlo?- con un perfecto final feliz. ¿Que murió una madre al inicio del film? ¿Quién lo recuerda? ¿A quién le importa? El bebé humano fue reunido con su tribu; Nemo fue encontrado por su padre, y el niño de "Up!" consigue un buen sustituto de la figura paterna, ya que su padre lo ha abandonado. Los personajes masculinos quedan felices, y ese es el alegre mensaje final con el que salen los niños y las niñas de las salas de cine. La mujer muerta, se olvidó hace rato. Nadie va a estropear la diversión por algo tan banal, y menos que menos, el director, el productor, y los críticos de cine.

Pero tampoco se puede abusar del recurso. No es cuestión de andar matando madres en todos los filmes. A veces, los personajes femeninos, pueden quedar vivos, y hasta participar en la historia. Pero eso sí, hay ciertas condiciones que deben cumplir, para convertirse en verdaderos "modelos de comportamiento".

Segundo modelo: La mujer-bruja-malvada (o sobre madres y suegras).

¿Hay brujos malignos en los filmes, dispuestos a destruir a sus hijastros, o a sus mismos hijos? No, no hay; los malos, en todo caso, no son parientes. Sí, en cambio hay mujeres así, y muchas. En estos filmes, ¿acaso están condenadas, todas las mujeres con hijas casaderas, o todas las viudas, a convertirse en personas horrorosas, traicioneras, inescrupulosas, celosas, envidiosas y malas hasta decir basta? ¿Cómo construir confianza a partir de esas relaciones estereotipadas entre las jovencitas y sus madres o quienes cumplen el rol materno? Del poder de las brujas malvadas, las niñas son salvadas, claro está, por un hombre, mucho más confiable y bondadoso que cualquier mujer: en general un príncipe, como en los clásicos cuentos de La Cenicienta, La bella durmiente y Blanca Nieves. Pero también recordemos al servidor de la reina que se conmueve y perdona la vida a Blanca Nieves, a los siete enanos que la cobijan en su cabaña y al príncipe que finalmente la rescata. ¿Cabe alguna duda de que los hombres son más "buenos" que las mujeres? ¿Cuántas mujeres adultas, ahora mismo, en esta ciudad, no dudan en afirmar que efectivamente es así?

Tercer modelo: La niña "de su casa".

La primera opción de las mujeres vivas, protagonistas, y por tanto "buenas" es renunciar a una vida independiente y libre, y optar por servir a las prescripciones de su rol familiar típico de la feminidad. No es difícil ver este modelo en "Mulan", por ejemplo, o aún en "Valiente". Las dos mujeres son jóvenes y extremadamente habilidosas y destacadas en las cualidades que pueden ser vistas como típicamente masculinas: Para sustituir a su padre, Mulan se disfraza de hombre, se une al ejército y es reconocida y premiada por sus habilidades como guerrero en un largo conflicto bélico; y Mérida, heroína de "Valiente" es insuperable en el uso del arco, al punto que derrota, en una justa, a todos sus contrincantes varones, que aspiran a su "mano". Sin embargo, ambas terminan siendo fieles a los mandatos familiares: Mulan renuncia a la vida pública para cuidar a sus ancianos padres, y Mérida logra, tras un largo conflicto familiar, conquistar la invalorable "libertad" de... ¡poder elegir por ella misma a su futuro marido! Menuda idea de "liberación" para las niñas y futuras mujeres del siglo XXI. Porque este no es un cuento tradicional, es una historia nueva, aunque esté ambientada en la Edad Media. Pero la liberación a través del matrimonio es todavía el ideal que se cultiva para las niñas y jóvenes del mundo digital. Mientras no aparece ese marido, Mérida podrá seguir cabalgando y usando su arco... aunque, claro, viviendo en Palacio, con papá, mamá y sus hermanitos.

Cuarto modelo: la mujer sin identidad propia (o la mujer-esposa).

El marido, a ver si nos entendemos bien, debe ser lo más importante en los proyectos de vida de cualquier niña. Más aún, claro, si ese futuro "marido" las viene a rescatar de algún encantamiento que las tiene prisioneras. No. No me estoy refiriendo a los cuentos clásicos, sino a filmes bien actuales, imaginados para reinventar el rol ideal de las mujeres para las niñas, reiteramos, de esta era digital.

El mejor de todos, el modelo más perfecto, es el de Fiona. Sí, la Fiona de "Shrek" quien, a diferencia de La Cenicienta, de Blanca Nieves o de la Bella Durmiente, ni siquiera logra que la película lleve su nombre, sino el de su marido... "como debe ser".

Fiona es una belleza con la voz, la apariencia y la actitud de Cameron Díaz, pero en versión pelirroja. Una típica princesita de cuento encerrada en la alta torre de un castillo, aunque un poco más divertida y moderna. Sin embargo, Fiona carece de algo que le sobra a Shrek: una identidad, un modo de ser y de parecer que ella pueda elegir, construir, mantener y perfeccionar como parte de un proyecto de vida propio. A pesar de su estupendo aspecto y de sus modales de princesita, la identidad de Fiona, su apariencia, sus gustos y sus costumbres, no están definidos aún, no se han asentado, ya que, como ella bien sabe desde el comienzo de la historia, esa identidad dependerá de la identidad de su "verdadero amor". No hay opción para Fiona: su destino es tomar la forma del hombre (o del ogro) que esté a su lado.

Sí la hay, en cambio, para Shrek, encantado y orgulloso de ser un ogro gordo, verde, osco, y feo, que vive aislado en una cabaña en el pantano, disfrutando de los pequeños placeres de la vida, tales como eructar ruidosamente, portarse de modo grosero y asustar a los humanos que se aventuren por allí. Al final de la primera entrega, la magia tiene lugar y Fiona queda convertida en una ogra, también fea, gorda y verde, muy distinta de la atractiva pelirroja humana que ella quería seguir siendo. La sorpresa dura poco, porque basta con que Shrek le diga "para mí eres hermosa" para que el desconcierto y la desilusión desaparezcan de inmediato. De ahí en más, ella asumirá con entusiasmo su nuevo talle, color, condición de ogra, y todo lo que supone su rol de esposa mimetizada con su marido, incluido la vida ermitaña y la (ahora) divertida costumbre de eructar ruidosamente.

El mensaje no puede ser más claro: ¿Qué otra cosa puede querer una mujer más que parecerse a su marido? No, mujer del siglo XXI, olvídate del príncipe azul, y de cualquier figura masculina más o menos idealizada. Tu rol es adaptarte a tu marido y quedarte contenta, aunque te toque uno como Shrek.

Quinto Modelo: la mujer mascota (o "de muestra")

Mi columna anterior, en este espacio, refería a la historia de Los Pitufos, y su organización social como modelo de vida. Pero no nos referimos, porque no era el tema, a la Pitufina, única y tardía integrante femenina de la tribu "pitufa". La Pitufina, es, efectivamente, una mujer "mascota" o "de muestra". Es, ante todo, genérica. No tiene otra identidad más que la de su género. No hay lugar para la pluralidad, para la diversidad, para la individualidad de una Pitufa mujer. Mientras, los Pitufos masculinos desarrollan su individualidad a través de su trabajo, sus habilidades o sus características peculiares: hay un Pitufo Filósofo, el Pitufo Bromista, el Pitufo Valiente, el Pitufo Goloso, el Pitufo Gruñón, el Pitufo Manitas, el Pitufo Vanidoso, el Pitufo Poeta, el Pitufo Simple, el Pitufo Perezoso, el Pitufo Labrador, el Pitufo Deportista. La Pitufina, es sólo "Pitufina". Sólo tiene un rasgo que la distingue: su feminidad.

No es banal traer a cuento el origen de la Pitufina. Según la historia, ella aparece en la idílica tribu masculina, como un ser "creado" por Gargamel, el enemigo jurado del pueblo Pitufo. Su razonamiento no fue complejo: ¿Qué hacer si se odia a los Pitufos? Es muy simple: bastará introducir a una mujer en el grupo, para que signifique el caos y su posterior extinción. Pitufina, era, en efecto, molesta, y sobre todo, fea. Pero Papá Pitufo le dio la forma y apariencia perfecta con la que la conocemos ahora, y entonces sí, fue aceptada por el grupo sin problemas.

¿Que las mujeres tienen su origen en el mal? ¿Que necesitan ser bellas para ser aceptadas? ¿Que es mejor si no tienen ningún talento especial? Mmm. Creo haber escuchado o leído ya argumentos de ese tipo. ¿Ustedes no?

Sexto modelo: la eterna relegada (o la mujer trabajadora)

No es que no haya personajes femeninos que se desempeñen en el ámbito público, y que desarrollen una carrera profesional. Ese es el caso de Colette, una atractiva chef de rasgos ligeramente orientales, de indiscutible talento, que trabaja duro para avanzar en la jerarquía de la cocina de "Gusteau's" un otrora prestigioso restaurante parisino, ahora muy venido a menos. Ella quiere llegar a ser "Primer Chef", y no escatima ni talento, ni esfuerzo. Aunque ocupa en el filme un lugar muy secundario, igual resulta impactante y removedor el decidido discurso que le dirige al hijo y heredero del Gusteau, un muchachito desgarbado, torpe e inseguro, sobre lo trabajoso que fue para ella, como mujer, llegar al lugar que ocupa ahora, en un mundo dominado por hombres. Pero, como imaginamos ya, alcanzar el primer lugar no es el destino de una mujer. Y no será el heredero de sangre de Gusteau quien le arrebate ese honor y esa recompensa, sino alguien insospechado: Remy, el verdadero protagonista del film "Ratatouille", una rata autodidacta, que había aprendido cocina mirando los programas televisados de Gusteau y repasando las recetas con un libro que había aprendido a leer. La historia de Remy, en ese filme sin duda encantador, merecidamente ganador de un Oscar, nos viene a mostrar, que sin importar el talento o el esfuerzo que pongan las mujeres, incluso una rata, venida de no se sabe dónde, puede arrebatarles el primer lugar, y relegarlas a su lugar subordinado, el que de verdad les corresponde, para siempre. (Una pregunta personal: ¿Nunca han sentido que en su trabajo son postergadas para favorecer a una "rata"?)

 Modelos infantiles, comportamientos adultos: lo que dice la evidencia

Podríamos traer muchos más ejemplos. Bastan estos para mostrar que mientras las niñas reciben estos mensajes más bien descorazonadores, los niños se preparan para ser líderes y disfrutar de la aventura. El Rey León, Hércules, La Era del Hielo, Toy Story, Cars, Madagascar, los Pitufos, Aladino, Horton y el mundo de los Who, Harry Potter, Wall-E, El extraño mundo de Jack, el mismo Shrek y muchos etcéteras, nos muestran mundos masculinos, donde los niños y los hombres son los líderes indiscutibles, siempre victoriosos frente a todos los peligros y desafíos que les plantea la historia. No es raro que, de adultos, los niños se atrevan más a mostrar su liderazgo, y que sean más frecuentemente aceptados como líderes. No es raro que, de adultas, aquellas niñas duden en mostrar sus dotes de líderes, busquen adaptarse a otros, se muestren inseguras sobre su aspecto, y hagan de su marido el modelo con el cual mimetizarse.

Este, el de los filmes infantiles como medios socializadores por excelencia, es una de las maneras en que se aprende cómo ser mujer (u hombre), y uno de los modos de explicar cómo se llega a serlo, como nos decía Beauvoir hace tantas décadas atrás.

No faltará quien diga que esos modelos sólo existen en los cuentos, que los niños se dan perfecta cuenta de lo que es fantasía y lo que es realidad, y que la socialización, al fin de cuentas, no es tan determinante. ¿Será así? ¿Hace falta recordar el magro 20% de representación femenina en el Parlamento, a pesar de la vigencia de una cuota del 33%? ¿Hace falta mencionar la evidente renuencia de los hombres a abrir espacios a la participación femenina y a reconocer el liderazgo de las mujeres? ¿No sabemos que, a cierta edad, las mujeres y los hombres hemos aprendido a comportarnos como tales, y que eso se expresa en la vida política?

Tengo un buen ejemplo.

Hace unos años dirigí una investigación sobre la feminización de las carreras universitarias. Entre las técnicas de recolección de información que se usaron, se observó una asamblea estudiantil multitudinaria, de unos 500 estudiantes, compuesta aproximadamente por partes iguales de hombres y mujeres, en la Facultad de Humanidades, en ocasión de la elección de un Decano. Las intervenciones de los hombres y las mujeres fueron cronometradas y registradas en sus contenidos. La disparidad fue enorme.

Veamos unos pocos datos: hubo 18 oradores. De ellos, sólo 5 fueron mujeres. Mientras los 13 hombres hicieron uso de la palabra durante una hora y 21 minutos, todas las mujeres sumadas, hablaron sólo durante 9 minutos y 38 segundos. En promedio, los hombres triplicaron el tiempo de uso de la palabra de las mujeres: cada hombre habló durante 6 minutos con 14 segundos; las mujeres, un minuto con 55 segundos. Ninguna mujer excedió el tiempo permitido para intervenir, que eran 3 minutos más uno de gracia. Un solo hombre, que habló durante 25 minutos con 23 segundos batió el récord absoluto de uso de la palabra y, de paso, de falta de respeto a las normas de la asamblea. Además, las mujeres tardaron más en intervenir: hubo que esperar 48 minutos para que hablara la primera mujer que pidió la palabra. Ninguna mujer habló desde el escenario, adonde sí subían los hombres. Dos de las mujeres que hablaron, fueron abucheadas. Para defenderse de la agresión, apelaron a su expediente académico: una tenía un título universitario previo, y la otra estaba a dos materias de egresar. Ningún hombre fue abucheado, o agredido mientras usaba la palabra. Caramba, se trata de gente educada, estudiantes universitarios, de carreras que entrañan altos niveles de reflexión. Y aun así, ¡cómo les cuesta a las mujeres ser aceptadas como una igual y ser respetadas como tales!

Entonces, ¿Llama la atención, todavía, que hayamos marchado el 8 de marzo? ¿Desconcierta que pidamos igualdad, respeto, dignidad? ¿Asombra que notemos la discriminación en la política y que pidamos algo tan violatorio de la (imaginada) meritocracia, como es la cuota paritaria para el ingreso a cargos políticos? No, no debería asombrar.

Porque si bien entendimos ya que "no se nace mujer. Una llega a serlo", entenderemos también que podemos llegar a ser otro tipo de mujer, uno que no atienda a los "modelos" que nos presenta el cine infantil, que no reproduzca los comportamientos de aquellos estudiantes de Humanidades, y que no tenga relación con la actual actitud discriminatoria de nuestros compañeros en la política. Esas nuevas mujeres, con identidad propia, con proyectos de vida propios, con sentido de la propia dignidad, con conciencia del valor del ejercicio real de los derechos, con la responsabilidad que siempre hemos asumido en todos los terrenos de la vida, estamos acá, de pie, marchando, expresándonos, y también mirando, evaluando, decidiendo qué hacer. Y seguiremos estando, porque somos iguales, ¿o no?

 

Adriana Marrero

adrianauypress@gmail.com



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