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Vírgenes y sin embargo madres: la iglesia católica y la disputa por el espacio público

Adriana Marrero

05.05.2017

Todos los años, en primavera, mi abuela me preparaba un enorme ramo de flores blancas. Cartuchos, azucenas, o gladiolos, recién cortados del jardín del fondo, justo un rato antes de que saliera, con mi túnica, caminando hacia la escuela. Las flores, que yo cargaba con una conciencia exagerada de su tamaño, por no decir que con un poco de vergüenza, eran para la Virgen de la capilla de la escuela de hermanas, donde iba.

Pasaron años antes de que descubriera el origen de esa devoción silenciosa, apenas perlada por esos sencillos gestos, que mi abuela profesaba a la Virgen. Era a ella, a la Virgen del Santuario de la Medalla Milagrosa, en la Iglesia de San Agustín, en La Unión, a quien le había rezado a diario, durante meses, de puro desesperada, pidiendo un milagro. Cruzando la plaza, en el Hospital Pasteur, estaba internada mi madre, su única hija, de 20 años, perdiendo su batalla contra la tuberculosis.

La Virgen, no la estreptomicina que llegaba por ese entonces a Montevideo, fue la que recibió la gratitud y el amor eterno de mi abuela. Mi madre se casó con mi padre en la misma Iglesia donde mi abuela rezara tanto, y acá estoy yo, muchas décadas después, compartiendo con ustedes esta historia pequeña y hasta ahora, privada.

Si lo hago, es sólo porque espero que ustedes entiendan lo mejor posible, por qué me opongo a que haya imágenes de la Virgen en el espacio público uruguayo.

...

Como la primera mujer de la Biblia, ansiosa de saber, comí del árbol del conocimiento. Estudié y estudié, tratando de aprender y de entender, durante la mayor parte de mi vida. También como Eva, y por lo mismo, por saber, un buen día, que ya olvidé, me vi expulsada de ese "paraíso terrenal", de ese lugar encantado lleno de magia, de milagros, de armonía, de justicia, donde hay deidades que oyen las plegarias de madres que sufren y salvan a sus hijas.

Desde este mundo tan falto de milagros y tan lleno de realidad, con más y con mejor conocimiento y dentro de sus propios límites, puedo finalmente llegar a entender las peores cosas de la historia humana: Las guerras, los genocidios, el exterminio de pueblos enteros, las hambrunas, las bombas atómicas, la opresión de los débiles, todas las formas de violencia y el frecuente triunfo de los peores, sólo tienen sentido si no nos obligamos a hacerlos coexistir con el postulado de un dios perfecto, omnipotente, y bueno.

De la mano del conocimiento, me digo, los humanos hemos llegado a entender que somos, básicamente, iguales, y que también somos capaces, sin dioses ni textos sagrados, -y con frecuencia en contra de ellos-, de regular nuestras propias relaciones, sobre la base del respeto al otro, del reconocimiento a su individualidad y a su derecho a encontrar su camino en la vida, sin que nadie tenga el derecho de acusarnos sólo por hacerlo. Este modo de ver las cosas, pienso con orgullo, es el que, al fin y al cabo, nos permite convivir en paz sin que importe la religión o las creencias. Es verdad que el conocimiento ha ayudado, también, a hacer cosas horribles, pero no llega al colmo de justificarlas, como sí se han justificado, en nombre de la fe, los exterminios, la quema de brujas, los tormentos, las guerras "santas", o la pederastia. En todo esto, no pienso ni siento sola. Somos muchos los que valoramos este mundo lleno de conocimiento, de autoconciencia, y de respeto al otro, al diferente, de festejo de la libertad.

En ese mundo, una estatua de la Virgen María, en medio del espacio público, no tiene lugar. El tenaz esfuerzo de la Iglesia Católica uruguaya por ir en contra de una larga y afianzada política de laicidad y neutralidad religiosa en los espacios públicos, exige a su vez ser explicado e interpretado, a la luz de la historia de la propia Iglesia, y de la que estamos construyendo trabajosamente, en contra de sus doctrinas, la ciudadanía uruguaya.

La legalización del aborto, el matrimonio igualitario, el reconocimiento a las nuevas identidades trans, las nuevas formas de organización familiar, la lucha contra la discriminación sexual y de género en todas sus formas. ¿Hace falta mostrar cómo cada uno de estos fenómenos ataca directamente la doctrina católica y el "orden natural" de sus jerarquías simbólicas?

La Virgen, y su imagen, simboliza todo aquello que, para la Iglesia, debemos ser las mujeres, pero nunca lograremos ser: vírgenes, pero sin embargo madres; madres, pero sin embargo vírgenes. Madres, y santas. María es, junto con la imagen perversa de Eva, causante del pecado que ha de cargar la humanidad para siempre -la del saber, a no olvidarlo-, los dos únicos significados que la Iglesia Católica otorga a la mujer. Somos, desde el principio, el pecado, el ser a través del cual se expresa el demonio, la serpiente, la tentación del mal.

Atrapadas entre esa naturaleza impura, origen de todo lo malo, y un ideal imposible de alcanzar, la virgen madre niña, santa, etérea, única, elegida, que no muere, sino que es llevada al cielo por ángeles, las mujeres no tenemos modo de generar una identidad positiva o de ocupar un lugar de valor en el marco doctrinario u organizativo de esa Iglesia. Excluidas del sacerdocio, enclaustradas en monasterios, portadoras de todas las formas de culpa eterna, no puede haber dudas de la inferiorización sistemática, la estigmatización y la persecución a que han sido sometidas las mujeres durante siglos.

La doctrina católica no sólo ha sido fuente de culpabilización y sufrimiento para las mujeres. El modelo de la "Sagrada Familia" como el único válido, ha estigmatización de la homosexualidad, pero también la sexualidad en general. La Iglesia Católica, hija del judaísmo, es una gigantesca máquina de culpabilizar: todo lo que es disfrutable en la vida, ha sido convertido en pecado y en una fuente permanente de culpa y de sufrimiento.

Como imaginarán ustedes, yo no estaría diciendo nada de esto, si la Junta Departamental de Montevideo no se dispusiera a decidir, la semana que viene, sobre la instalación de una imagen de la Virgen frente a la rambla del Buceo. No estaría opinando, si no existiera la posibilidad real de que se instalara en uno de los lugares más visitados de la ciudad, en un punto de privilegio, accesible a todo el mundo, en todo momento, un recordatorio permanente de las múltiples maneras en que las mujeres no somos, ni seremos nunca, capaces de alcanzar el absurdo modelo de perfección que la Iglesia Católica pretende para nosotras. La imagen de la Virgen allí, sería un recordatorio y reproche permanente, por parte de la jerarquía eclesiástica, de la imperfección humana, pero también la reivindicación de una doctrina para la cual la homosexualidad, el aborto, las identidades trans, la igualdad de la mujer, son aberraciones de las que deberíamos renegar.

Tampoco quiero rechazar, como es obvio, a la imagen misma, sino a la utilización de su poder simbólico como forma pública y ostensible de resistencia y de desafío, por parte de la Iglesia Católica, ante reformas soberanamente acordadas por parte de la autoridad secular que emana del ejercicio ciudadano. Sé de la devoción auténtica e íntima que atesoran tantos creyentes, felizmente al margen de las pretensiones hegemónicas de los monoteísmos y de las ambiciones pequeñas de los prelados católicos. Esa devoción, al igual que todas las creencias que la sostienen, merece mi respeto más profundo y sincero.

Para mí, personalmente, la Virgen María es el recuerdo vivo de mi abuela, enormes ramos de flores blancas, en primavera.

 

Adriana Marrero

adrianauypress@gmail.com



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