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Los uruguayos en nunca jamás

Adriana Marrero

01.06.2017

En 1904 pasaron muchas cosas, en distintos lugares y de distinta importancia: Nacen Salvador Dalí y Graham Green. Estados Unidos compra sus derechos a la Compañía del Canal de Panamá, y Teodoro Roosevelt es reelecto como presidente.

En Paris, se funda la FIFA, y en Venecia, Giacomo Puccini estrena Madame Butterfly. Uruguay vivía la revolución que le costara la vida, ese mismo año, al caudillo blanco Aparicio Saravia. Muchas más cosas habrán pasado. Pero cuando casi terminaba el año, el 27 de diciembre, un joven dramaturgo inglés estrenaba, en Londres, una obra que daría vida a un mundo y a un personaje, que hoy quiero evocar: "El país de nunca jamás" y su más famoso habitante, Peter Pan.

Como ustedes seguramente ya saben, Peter Pan era un niño que se negaba a crecer. Dice la historia que muy pronto, en su vida, se tiró de su cuna y huyó, cuando supo que crecer suponía abandonar la infancia, y tener que asumir responsabilidades en la vida. Eterno niño, eterno caprichoso, eterno juguetón, lideraba una pequeña pandilla de niños perdidos, y andaba volando por ahí, gracias al polvo de estrellas que le proporcionaba su pequeña hada protectora, Campanita. Peter visitaba ocasionalmente el mundo ordinario de los niños comunes, esos que, como Wendy y sus hermanitos, estaban destinados a crecer y se preparaban para ello, cumpliendo normas, obedeciendo a sus padres, yendo a la cama en hora y a la escuela. Todos saben cómo sigue el cuento: un día, Wendy y sus hermanos descubren a Peter, y se van a dar una vuelta por el país de Nunca Jamás.

Aunque hay algunos personajes que siempre están presentes en todas las versiones, (el Capitán Garfio, el cocodrilo y su tic-tac, los niños perdidos, Campanita) el País de Nunca Jamás varía mucho según sea la adaptación cinematográfica o teatral de que se trate. Mucha mayor es la variación si además tomamos en cuenta las interpretaciones que se han hecho del propio Peter Pan. Recuerdo ahora, en particular, aquel famoso libro de autoayuda, de Dan Kiley, "El síndrome de Peter Pan: hombres que nunca crecen", de 1983, que nos permitió empezar a designar, de modo breve, a esas personas que nunca asumen responsabilidades, que se mantienen en situación de dependencia, y que no aceptan las reglas del mundo adulto. También es verdad, que esos Peter necesitan sus respectivas Campanitas, que les permiten seguir volando en ese mundo de ensueños, entre polvo de estrellas.

No pretendo igualar al gran James Barrie en su magnífica versión del País de Nunca Jamás. Pero me gustaría, sí, hoy, en mi propia versión particular, agregar algunos personajes que bien podrían poblar ese mundo irresponsable de Peter Pan. Sería un mundo, claro, de niños, pero no de niños divertidos, sino de niños caprichosos, y por eso, siempre un poco enojados. ¿Habrá personas caprichosas que no son infantiles? No lo sé. A mí me basta pensarlos como niños desconformes e irresponsables, eternamente demandantes, infantiles sin remedio, pero sobre todo infantiles porque son infantilizados y ratificados, una y otra vez, en su infantilismo. Niños que no pueden crecer, porque no se los puede frustrar, y como no se les puede frustrar, no se les deja crecer.

Como tampoco tengo la frondosa imaginación de Barrie, espero que me permitan inspirarme en personajes reales. Para hacerlo más fácil, voy a tratar de pensar en personajes que conozcamos todos.

Por ejemplo. ¿Qué les parece la Ministra Arismendi en el papel de Campanita? A mí me gusta la idea. Con un poquito de polvo de estrellas, (igual puede ser papel picado comprado en el Clon, que queda ahí cerquita) puede liberar a los niños pobres de la obligación de ir a la escuela. Y a las madres y padres, esos eternos aguafiestas portadores de normas y deberes, de paso, también los liberamos de la tarea de mandar a sus hijos a ir a estudiar. Por ahí, así, se vuelvan un poco más felices, un poco más irresponsables, y les vuelva también (¡qué lindo!), la niñez. Por otro lado, ¿qué necesidad de que los niños se eduquen? Si son pobres y saben poco, ¿para qué fomentarles el deseo de saber y de progresar, si con eso va a venir el trabajo, los lunes a la mañana, los fines de semana demasiado cortos y, ay!, la adultez. Más fácil es acortar el camino y sólo enseñarles una única frase, la del gran filósofo: "Sólo sé que no sé nada" (Nota: No estaría mal poner que esta frase fue inventada en Nunca Jamás. A lo mejor, alguno ahora se da cuenta, pero con el tiempo, ¿quién va a saber quién fue Sócrates?)

Mi Campanita es más generosa que eso. De hecho, tiene casi un ejército de haditas en un palacio de cristal y mucho, pero mucho papel picado del Clon, para desparramar su poder "infantilizador" (y ya se sabe qué felices son los niños) sobre los colectivos más sufridos de la sociedad. Entre las tribus de niños perdidos de Nunca Jamás, están, claro, los y las Trans, que ya sabemos qué mal han sido tratados desde siempre. (Nota: Tengo que confesarles, que me pasan por la cabeza unas cuantos grupos de personas que lo han pasado mucho peor. Pero, sépanme disculpar, esto es un esbozo de una idea, que tendré que trabajar mejor).

Siempre he creído que Campanita tiene un protagonismo exagerado en Peter Pan. ¿Por qué sólo Campanita acapara toda la atención, si, como cualquiera sabe, Nunca Jamás está lleno de hadas? Tiene que haber otra hada más, y bien importante. Yo le voy a poner "Moñita Azul" (¿les gusta María Julia para el rol?). Y es que, a pesar de vivir en Nunca Jamás, hay unos niños y niñas, que siempre están enojados y obcecados, siempre en "la edad del no". Estos niños, también necesitan papelitos picados del Clon. No importa que ya se les haya dado mucho, ni que pidan más, aunque no sepan para qué. Hay que darles más. Su organización les permite, además, organizar "pataletas y berrinches preventivos" que, al contrario de los niños del mundo común, tienen antes y no después, de que les hayan dicho que no; no sea cosa que se pierdan la oportunidad. En su origen, se suponía que Moñita Azul no debía consentir a esos niños, pero bueno, ya se sabe que para que los niños no crezcan, para que sigan infantiles para siempre, y para que Nunca Jamás no deje de ser Nunca Jamás, todos los niños deben ser consentidos.

Vestidos como Peter Pan, de verde de pies a cabeza, voy a poner a otro grupo de niños, también contrariados. Estos serían niños muy mimados, mucho. Tanto pero tanto, que tienen más juguetes y más caramelos y más de todo lo que quieren, que los demás grupos de niños perdidos. No son muy divertidos; sólo les gusta jugar a la guerra. Antes, tenían un "hadito" protector, que los quería mucho, pero mucho, como si fueran de él. Pero este "hadito" se fue al cielo, se convirtió en angelito, y de ahí en adelante... el guardia de seguridad no lo deja entrar al Clon. Hubo quien quiso sacarles, a estos niños, algunos caramelos, para repartirlos entre los demás. Pero ya sabemos, amigos, que esas cosas no pasan en Nunca Jamás.

¿Más niños perdidos? ¡Claro!, los "Piceneté", como los conocemos todos. Reconozco: esta parte no requiere mucha imaginación. Pero para adaptarlo a nuestro mundo, el de la nueva versión de Nunca Jamás, cambiemos al "hadita" por un voluntarioso "duende" que, como todos los duendes, les ha jurado y rejurado a sus niños perdidos que hay un enorme caldero de oro, al final del arcoíris. Pero... en su sano juicio... ¿quién en Nunca Jamás estaría dispuesto a tomarse el trabajo de ir hasta el mismísimo fin de un arcoíris, de esos que no terminan más? No. Mis niños perdidos van a pedirle el caldero a alguien más, sin tanto trabajo. Para eso estamos en Nunca Jamás.

Se me ocurre otra tribu de niños perdidos, formada sólo de varoncitos, que sólo juegan entre varoncitos. (Ya sé. Es una idea muy rara, pero recuerden que en "La Pequeña Lulú", ya se incluía un "Club de Toby" que prohibía la entrada de niñas. Es un antecedente valioso). Su jefe podría ser parecido a Peter, pero digamos que, con ropa más holgada, de un color rojo intenso, con un bonete. (Esto del rojo lo tendría que pensar mejor, por aquello de la inclusión a los daltónicos, que confunden el rojo y el verde, pero bueno, es sólo una idea. Se me ocurre también que podría confundirse con Pinocho, hay que ver). Llamémosle "Dany". Dany tiene un souvenir de viaje demasiado grande para cualquier choza de Nunca Jamás, que le ha regalado una turista demasiado entusiasta con las compras. Pero no se la dejan poner donde él quiere. A diferencia de los demás niños perdidos, Dany no tiene "hadita" que lo consienta -o está demasiado ocupada en sus propios asuntos-, ni, por supuesto papelito picado (¡del Clon!). Dany está enfurruñado, y los demás niños de la tribu, desconcertados. Por primera vez, en Nunca Jamás, alguien ha sido frustrado, y si aprende de la frustración, y si madura, será expulsado de Nunca Jamás, por siempre jamás.

La Wendy que hay en mí, abandona Nunca Jamás, adonde nunca ha pertenecido, ni quiere pertenecer y al que, por cierto, nunca pertenecerá. Me detengo un momento, y les pregunto, en serio: ¿Será que el mundo mágico de Peter Pan y Nunca Jamás, aquel nacido de la mano de James Barrie en 1904, para deleitar a los niños, nos ha alcanzado a los uruguayos, un siglo después, para atormentar a los adultos? ¿Será que nos hemos dejado infantilizar y que ya no podremos crecer? ¿Será que no nos animamos a la responsabilidad, a ser adultos, a pensar en el mañana? ¿Será?

Adriana Marrero

adrianauypress@gmail.com



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