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imagen del contenido Ciro Invernizzi y Karina Antúnez

Columna de Ciencia y Tecnología

Ciro Invernizzi y Karina Antúnez

22.08.2017

Cuando una persona observa un insecto posado sobre una flor extrayendo néctar o polen seguramente no imagine que esa interacción que suele durar unos segundos, al multiplicarse por millones, constituya una actividad esencial para el mantenimiento de los ecosistemas y la producción de alimentos.

El proceso por el cual se transportan los granos de polen desde los estambres (órgano reproductor masculino) hasta el estigma de las flores (órgano reproductor femenino) se denomina polinización. En el estigma, ocurre la germinación del polen y fecundación de los óvulos, haciendo posible la producción de semillas y frutos. El transporte de polen puede ser realizado por diferentes vectores: insectos, aves, mamíferos, viento o agua, siendo los primeros los más importantes.  

El servicio ecosistémico que brindan los insectos polinizadores no había sido abordado en profundidad hasta hace pocos años, cuando los cambios antropogénicos alcanzaron tal magnitud que empezaron a afectar las poblaciones de insectos, y con ello, la polinización de diferentes especies vegetales. El avance de la agricultura, el uso desmesurado de herbicidas e insecticidas, la fragmentación de los hábitats naturales, la introducción de especies exóticas y la aparición de parásitos y patógenos emergentes conspiran contra el mantenimiento de las comunidades de insectos, reduciendo su riqueza y abundancia. Varias organizaciones, entre ellas la FAO, comenzaron a hablar de "crisis de los polinizadores" y advertir sobre sus profundas consecuencias económicas y ambientales.

Alcanza con pensar que dos de cada tres alimentos que consumimos requieren en mayor o menor medida ser polinizados por insectos, para darnos cuenta de su importancia. Un estudio a escala mundial estimó el beneficio económico dejado por los insectos polinizadores en el año 2005, adjudicándoles un valor de € 153.000.000.000, lo que representó el 9,5% del valor total de la producción agrícola de ese año.

Una especie vegetal puede ser polinizada por una o varias especies de insectos y a su vez una especie de insecto puede polinizar una o varias especies vegetales. Si unimos todos los puntos de estas interacciones obtenemos una red con áreas más robustas o más frágiles dependiendo del grado de especificidad de la interacción entre una especie vegetal y una especie de insecto. De ahí la importancia de contar con información acerca de las especies polinizadoras y los recursos que explotan, que permiten identificar las zonas frágiles de la red y actuar en consecuencia, para no comprometer la población de las especies involucradas en la interacción.

La interacción entre una especie botánica y sus polinizadores, al igual que en otros temas importantes en biología, cuenta con un aporte relevante realizado por Charles Darwin en la segunda mitad del siglo XIX. En 1862, Darwin publicó un libro con un título inusualmente largo "Sobre las variadas estrategias por las cuales las orquídeas británicas y foráneas son fertilizadas por insectos, y sobre los buenos efectos de la polinización cruzada", un estudio exhaustivo de las diferentes especies de orquídeas que incluía la interacción con sus polinizadores, como procesos de co-evolución. Allí, Darwin describe la orquídea Angraecum sesquipedale de Madagascar en la que el néctar se encuentra en el fondo de una corola muy larga (casi 28 centímetros!!), y sugiere la existencia de una polilla con probóscide lo suficientemente larga como para acceder al néctar, que sería su polinizador. Recién en 1903 se descubrió una polilla en Madagascar (Xanthopan morgani praedicta) con una probóscide capaz de alcanzar el néctar de A. sesquipedale, pero hubo que esperar hasta 1997 para que en condiciones artificiales se fotografiara a esta especie de polilla visitando las flores de la orquídea. Este ejemplo que Darwin utilizó para ilustrar un proceso de co-evolución, muestra la estrecha interdependencia que puede alcanzar una planta y su insecto polinizador y las graves consecuencias que tendría la desaparición de uno de ellos en el otro.  Ahora, ¿puede la pérdida de especies polinizadoras conducir a la pérdida de especies botánicas? En el año 2006 un grupo de investigadores ingleses y holandeses publican un estudio en la prestigiosa revista Science donde verifican en sus países una disminución en las últimas décadas de los polinizadores especializados, conjuntamente con una disminución de las especies con polinización cruzada que dependían de estos polinizadores. Este trabajo muestra que el deterioro de las comunidades de polinizadores y plantas, con pérdidas de las especies más especializadas, puede darse en un tiempo relativamente breve.

 Dentro de la polinización entomófila, las abejas melíferas (Apis mellifera) merecen una consideración especial. Con colonias manejadas por el hombre que pueden llegar a 60000 individuos, son los insectos polinizadores más utilizados en el mundo. Ante el declive de las poblaciones de varias especies de insectos, tienen un rol fundamental en el mantenimiento de los ecosistemas y en la producción agrícola.

Sin embargo, las poblaciones de abejas melíferas se han visto crecientemente amenazadas en buena parte del mundo con importantes consecuencias en la industria apícola. En los primeros años de este siglo se verificó un aumento de la pérdida de colonias, especialmente notorio en Estados Unidos y Europa, aunque datos recientes indican que en Chile, Argentina y Uruguay la situación no es muy diferente.

La disminución del número de colmenas puede tener efectos económicos considerables. La situación de Estados Unidos ilustra bien este problema. Los beneficios de la polinización entomófila en este país está evaluada en U$S 20.000.000 anuales, de los cuales U$S 14.000.000 se atribuyen a la acción de las abejas melíferas. Estados Unidos llegó a tener casi 6.000.000 de colmenas en la década de 1950 pero actualmente el número ronda los 3.000.000. Para asimilar el impacto que tiene en Estados Unidos esta disminución drástica del número de colmenas, basta con pensar que la producción de almendros en California requiere concentrar en este estado cerca de 2.000.000 de colmenas durante su periodo de floración. No en vano el problema de la alta mortandad de colmenas llegó al Congreso, e incluso mereció una portada de la prestigiosa revista Times.

A nivel académico, la preocupante pérdida de abejas melíferas y otros insectos polinizadores demandó el involucramiento de gran cantidad de científicos y recursos para enfrentar el problema. Una de las consecuencias fue la creación de la organización internacional COLOSS (Prevention of honey bee COlony LOSSes) en el año 2008.

En Uruguay, los cambios antropogénicos, en especial los asociados al desarrollo explosivo de la agricultura, afectan las poblaciones de abejas melíferas y de otras especies de insectos polinizadores. La investigación realizada en los últimos 15 años, especialmente en abejas melíferas y abejorros del género Bombus, produjo resultados importantes para el país en diferentes temas (sanidad, nutrición, genética, polinización) que sirven para valorar el rol de estos insectos y dan una señal de alerta sobre diferentes amenazas a sus poblaciones, especialmente la presencia de múltiples parásitos y la contaminación de diferentes matrices de las colmenas con variados agrotóxicos. Sin embargo, aún no contamos con información básica sobre el número, distribución y abundancia de especies polinizadoras (en especial de los ápidos), su ciclo biológico y el potencial valor como polinizadores.

Incluir el servicio ecosistémico de los insectos polinizadores en la ecuación cuando se realizan prácticas agrícolas intensivas  estaría en consonancia con el tan manido "país agrointeligente", y no hacerlo podría tener consecuencias irreversibles. Aun estamos a tiempo.

 

Dr. Ciro Invernizzi. Asistente Sección Etología, Facultad de Ciencias. Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores.


Dra. Karina Antúnez. Profesora Adjunta de Investigación, Laboratorio Microbiología, Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable. Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores.

Por entregas anteriores de nuestra Columna de Ciencia y Tecnología, visite aquí.

 



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