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Roberto Cataldo, el guardián del libro

Daniel Feldman

27.09.2017

Navegar entre puertos y atracaderos construidos por libros, documentos, grabados, en una especie de viaje a través de los siglos precedentes, es la sensación que se tiene al recorrer las tres plantas de la librería El Galeón.

Ahí, en la Plaza Independencia, mirando medio de refilón al prócer, que parece querer escapar de los límites que impone el mausoleo para  hacer suya la Avenida 18 de Julio, está El Galeón, de Roberto Cataldo.

Librería de viejo,  se decía antaño a esos cubículos, generalmente mal iluminados y a veces mohosos, donde los tesoros literarios y bibliográficos eran la regla y no la excepción.

La piqueta fatal del progreso ha hecho que sean cada vez menos quienes se dediquen al oficio. Cuenta Cataldo que empezó hace 57 años-"el 2 de enero de 1960"-, y este medio siglo largo lo ha tenido como protagonista de las evoluciones y corcoveos de un mercado que no se resigna a desaparecer.

Por sus manos han pasado obras que sintetizan gran parte de la historia de la humanidad y ¿por qué no? ha establecido de alguna manera un canal de comunicación con otras manos y otros corazones que palpitaron con valiosas ediciones hace ya 500 años.

¿Qué secretos podría atestiguar el volumen impreso por Aldo Manuzio en 1502 que Cataldo muestra con orgullo? ¿Qué nos puede decir una olvidada primera edición de la Constitución de 1830? ¿Cuánto hay todavía por descubrir y poder contar entre los miles y miles de volúmenes que se amontonan desafiando la gravedad en tres pisos que generan envidia?

Los invito a conversar con el timonel de este galeón que -con perdón por el uso de la trillada expresión- contra viento y marea llega a buen puerto.

 

 

¿Cuántos libros tiene?

Yo manejaba que había más o menos unos 50.000 a 60.000 volúmenes. Cuando nos mudamos -fue algo familiar, entre mi esposa, mi hijo y yo- al desarmar la librería en la Ciudad Vieja y armar todas las estanterías acá, mi hijo, que se encargó de toda la parte logística de la mudanza, me dijo en determinado momento que la cifra que yo manejaba quedaba corta. De Juan Carlos Gómez, donde estaba antes la librería, salieron 25 viajes de camión, y en base al promedio de cajas y libros por caja, nos daba un valor superior a los 100.000 volúmenes. Y eso que tiramos 15 toneladas de libros.

Esos volúmenes fueron a papel.

Sí. Llegó un momento que había muchas cosas para depurar y que no se realizó en el transcurso del tiempo. En el local de Juan Carlos Gómez tenía tres plantas: la principal, un subsuelo y un primer piso. Pero por problemas estructurales tuve que sacar mucha cosa del primer piso y amontonarla en el subsuelo y en un depósito externo. Eso me trancó la idea que tenía de hacer una gran liquidación. Por ejemplo, tengo tres ejemplares de un título, vendo uno y me quedo con dos. Otro tema: cuando uno compra una biblioteca completa o un lote importante de libros, sabe que hay un 20% que es interesante, un 30% más o menos y el resto está seguro que no lo va a vender nunca. Entonces se van acumulando cosas, y en determinado momento hay que hacer una depuración. Había también mucho material jurídico; tenía colecciones completas de revistas y llegó un momento en que ese tipo de cosas murieron.

Además, me imagino que no hay coleccionistas para ellas.

Había alguno, pero no muchos. Traté de canalizarlas hacia alguna biblioteca de universidades, pero sucedió que ya las tenían o no les interesaba. Al final, agarré y tiré todo. Ahora, por ejemplo, hay una persona de República Dominicana que desde hace unos tres años me viene pidiendo que le consiga algunos números de la revista de Derecho Laboral, y pensar que la tenía completa y la tiré...

Cuando empezó en el oficio.

Comencé a trabajar con libros antiguos en enero de 1960.

Más de medio siglo.

Efectivamente. Empecé en Linardi & Risso, la más antigua en el ramo. Ahí estuve trece años. En ese momento ingresé a la Escuela de Bellas Artes y además había crecido a un determinado nivel, así que decidí irme de la librería a fines de 1972. Había concursado en Bellas Artes, me interesaba mucho el tema de la experiencia pedagógica que allí se realizaba; estaba muy consustanciado con ella.

Y vino el golpe de Estado.

Sí, después la Escuela estuvo once años cerrada. Pagó tributo a una militancia gremial que la llevó a ser el único centro universitario que estuvo cerrado durante toda la dictadura. Tenía entonces una ayudantía en la Escuela, y no podía hacer las dos cosas, no me era posible continuar en la librería. Había adquirido mucho conocimiento en el tema de los libros. En esa primera etapa trabajaba por catálogo. Armaba con un núcleo de 500 o 600 títulos un catálogo y lo mandaba al exterior.

¿Cuánto tiempo estuvo así?

Esa primera etapa duró unos siete u ocho años, hasta 1980. Me fui a un local en una esquina, en Maldonado y Santiago de Chile, una casona antigua donde inicié una nueva etapa. Ahí empecé a trabajar más con el medio local que con el exterior. El tema cambiario tuvo su influencia. El dólar estaba trancado a diez pesos; usted recibía 100 dólares por un libro y no eran nada. Vendía a mejor precio en Montevideo que en el exterior. Los precios para el exterior tienen su tope, no se puede cobrar 50 dólares por un libro que vale 10 o 12. Ahí revertí el negocio. Como tenía un local a la calle -antes estaba en un primer piso-, varié bastante el giro.

Entonces su ingreso al mercado del libro fue directamente a través del libro antiguo, no hizo un proceso por el cual llegó a él.

Efectivamente, siempre estuve con los libros antiguos. Empecé en esa librería anticuaria y desde ahí siempre trabajé con libros antiguos.

Corbo hacía muchos remates tiempo atrás.

Sí, hacía. Lo que pasa es que acá había un vacío. Los remates de libros los realizaban esporádicamente los rematadores de otros artículos. En una época, el librero de usados más antiguo, que era Lamas -estaba en la calle Guayabos y fue el primero en empezar a comprar y vender libros- había acumulado miles y miles de volúmenes. Tanto es así que cuando falleció la familia cerró el local, y años después empezaron a hacer remates en Gomensoro y Castells,  en la década de 1970. A mí me vino muy bien, porque coincidió con la época en que me independicé, y compré mucha cosa. Fue ahí donde comencé a comprar a cierta escala.

Da la sensación que en nuestro país había mucho material interesante, fruto de las primeras décadas de bonanza del siglo XX.

Sí, sí. Este fue un país sumamente rico no solamente en lo que era libros sino también en todo lo que tenía que ver con el arte. No se olvide que allá por 1920 el dólar estaba por debajo del peso. La gente viajaba a Europa y se traía todo. Le pongo un ejemplo: yo vivo en Parque Posadas, y en la casona de los Posadas hay una estufa a leña, un hogar, precioso, que es la cabeza de la estufa a leña, que fue traído íntegramente de Europa. La gente viajaba y se traía un mundo de cosas. Tengo todavía buena parte de la biblioteca del Dr. Antonio Grompone, que fue una de las más importantes que hubo en Uruguay, y, por ejemplo, había una primera edición del Leviatán de Hobbes -fue vendida-, una obra clásica a nivel internacional. Es una pieza del año 1651 que puede valer entre 30.000 y 70.000 dólares.

¿Cómo es la composición de su clientela? ¿Nacional, extranjera?

Esto, en primer lugar, es un negocio familiar. He arrastrado en cierta medida a mi familia. Mi hijo hace flojo 25 años que está, mi esposa otro tanto. Todos remamos juntos. La mudanza la hicimos a pulmón. Armar, llenar las cajas, desarmar, lo hicimos todo nosotros. Acá, la plaza de coleccionistas es mínima. Soy medio reiterativo con esto, pero para mí es un tema cultural. Cada vez estamos más para abajo. Entonces, en ese tipo de situación no hay renovación de coleccionistas, la gente no tiene apego para esto, para un cuadro, un documento, un libro antiguo. Incluso a nivel medio, no ya coleccionistas sino por ejemplo profesores, nadie arma una biblioteca. La gente trabaja a otro nivel. Cuento con una mano los clientes que puedo tener en Montevideo. Me manejo con la plaza en lo que se puede definir como libros de medio pelo y también trabajo bastante con Buenos Aires. Los doce o trece años que estuve con local en Punta del Este me hicieron conectarme con gente. Y alguna cosa pongo en Internet. Pero ahí no pude poner casi nada local, y hay que pegarle mucho, porque hay mucha oferta. Uno se maneja con dos o tres situaciones y con una estructura de tipo familiar, donde acá no cobra nadie; cuando hay un peso lo repartimos.

¿Cómo ve la proyección del negocio en función de las nuevas tendencias en el libro, la aplicación de nuevas tecnologías, el libro electrónico, etc.?

Me he referido al asunto en más de una oportunidad, porque es algo que está muy en el tapete. Creo que hay un aspecto en lo referente a la información donde esta revolución digital sirve. Las enciclopedias, los diccionarios, murieron. El otro día estábamos en una reunión y surgió una duda. Mi hijo agarró el celular y en dos o tres toques ya estaba respondida. Creo que a nivel de información la cosa está cubierta por ese lado. Ahora bien, lo que yo siempre digo -y uno no es muy racional en esto- es que tengo la expectativa de que el libro objeto como lo conocemos tiene determinadas características que hacen a la sensibilidad de la persona. Uno por ejemplo rescata que no es lo mismo manejar un libro que leer en una pantalla. Pero, más que un pensamiento es un deseo mío.

Hay algo de fetiche en eso.

Y sí. Lo que pasa es que a veces uno descubre cosas en un libro que están implícitas ahí. Por ejemplo, he encontrado libros de principios del siglo XX con ilustraciones de Torres García. Él trabajó en la primera etapa para la editorial Gustavo Gili en Barcelona. Ilustraba, hacía guardas; no eran dibujos ni ningún tipo de pinturas, era simplemente una decoración. O también he encontrado cosas de Barradas, que trabajó mucho en Barcelona. Hay aspectos del libro -grabados, mapas e incluso encuadernaciones que son verdaderas obras de arte- que lo trascienden como objeto. Por ejemplo, parece que Onetti hizo un dibujo y lo puso en una tapa como un falso Picasso. A ese tipo de cosas me refiero.

A mí me gusta, y me consta que no soy el único, oler los libros.

Sí, sí, claro. Yo muchas veces digo que encuentro los libros por olfato. Me lo digo para mí, no lo ando publicando. Pero a veces ando buscando un libro -mire que esto es un mundo- y no es fácil. Ahora estoy buscando una edición que me acaban de pedir de El último mohicano, y no la encuentro por ningún lado. Pero pasa que uno se ubica en determinado lugar y encuentra lo que busca. Entonces yo me digo: esto lo debo haber encontrado por olfato, porque racionalmente no lo podía encontrar de esa forma. Pero retomo lo que le decía: rescato la sensibilidad de tomar un libro, abrirlo; hay determinadas características, sobre todo el papel, que convierten al libro en algo muy atractivo. Claro, lo estoy diciendo yo que hace más de 50 años que trabajo con libros, y de repente por ahí me está traicionando mi deseo.

Ahora, ¿cómo compra?

Ahora no estoy comprando. Compro cosas muy puntuales. Cada vez que entra alguien a ofrecer libros mi esposa y mi hijo lo muerden. Llega un momento... yo tengo 72 años. Mi esposa a veces me pregunta cuánto me parece que voy a vivir para vender todos los libros que tenemos. Pero hay algo que sucede en uno; yo en verdad disfruto más cuando compro que cuando vendo.

Es como un descubrimiento.

Y es algo que usted promociona. Cuando uno compra un libro piensa que le puede interesar a Fulano o Mengano, como que se incentiva. El hecho de comprar, la proyección de eso. Ahora, en realidad lo que yo tendría que hacer es buscar la proyección de cómo vender los 100.000 volúmenes que tengo. Pero siempre hay algo que entusiasma cuando vienen a ofrecerle un volumen. Como le decía, cosas muy puntuales. Ya no puedo seguir comprando bibliotecas enteras. Además, no tengo espacio.

¿Por qué el nombre El Galeón?

Me gustaba mucho la temática de los barcos. El período de los galeones, siglo XV y principios del XVI, el descubrimiento de América, el traslado de cosas, todo eso hizo que me pareciera un nombre interesante para los libros. Además tuve el hallazgo de un plato de cerámica que tenía dibujado el logo que uso. Con un amigo de Bellas Artes lo extrajimos de esa pieza antigua e hice el logo. Me parece que tiene mucha relación con el libro antiguo, por el período. El Renacimiento y toda la efervescencia del libro en el siglo XVI.

Si tuviera que elegir un período del libro, ¿se queda con ese?

Ese período es realmente importante, porque significa el establecimiento de la imprenta de Gutenberg. Por algo el año 1500 es el mojón a partir del cual se produce una revolución en la imprenta con los tipos móviles. Eso hace que los libros tengan un desarrollo exponencial. Yo debo tener unos cuantos, unos 50 o 60 libros del siglo XVI, y otros tantos del XVII, y usted ve el tipo de papel y no tiene duda que va a durar 500 años más sin ningún problema. Ve algunos libros del siglo XX y no llegan ni a la mitad del XXI, se van a destruir. Las propias encuadernaciones en piel son otro ejemplo.

Las iluminaciones.

Sí, además, dese cuenta que el tipo de ilustración es generalmente xilográfica, grabado en madera. Tuve una edición de Vitrubio de 1536, un arquitecto romano que fue descubierto en el Renacimiento, con unos grabados en madera que eran espectaculares.

¿No le dan ganas de quedarse con esos materiales y no venderlos?

Y sí. ¡Qué vivo! Yo quisiera vender todo lo que es de medio pelo para abajo y quedarme con las cosas buenas, pero no comería todos los días.

¿Se considera a su vez coleccionista?

Uno es un poco coleccionista con esto. Yo integro el Centro de Coleccionistas del Uruguay. A mí me gustan mucho las postales, me encantan las colecciones de postales con imágenes de Montevideo antiguo. Hay cosas que no me gustaría vender. Por supuesto que me duele venderlas, porque además son cosas que no se reponen.

Da la sensación que se establece una relación con esos objetos.

Por supuesto. De este libro de Aldo Manuzio (ver recuadro), que descubrí en 2002, he hablado en numerosas ocasiones. Y ojalá de aquí a diez años, hablando con otra persona, pueda seguir diciendo que lo tengo. Además, son parte del corazón de la librería. Eso, una primera edición de la Constitución de la República, los ensayos de Montaigne del 1600, las primeras ediciones de Delmira Agustini, Rodó, Roberto de las Carreras... son parte de lo que uno manifiesta el orgullo de tener. Tengo también manuscritos de García Lorca y de Rafael Alberti.

¿Qué es lo que más consume como lector?

Lamentablemente en los últimos tiempos leo poco, pero me gusta mucho la narrativa latinoamericana. Vargas Llosa me encanta. A veces hago reparos a su posición política, pero no se lo puede negar. Hay que leerlo. Es como si uno no leyera a Borges por todas las pavadas que decía. Capaz que es un atrevimiento de mi parte afirmar que decía pavadas... pero las decía. Yo tuve 20 años colgado a Vargas Llosa hasta que un día me cayó una novela, la leí y me dije que era un estúpido por no haberlo hecho antes.

De sus intereses en Bellas Artes ¿qué quedó?

Trabajé en la Escuela luego de la reapertura democrática. Concursé nuevamente en 1984, gané el concurso y trabajé hasta 1988. Ahí tuve una serie de dificultades: mi esposa cayó enferma con hepatitis, tenía la librería totalmente abandonada, mis hijos eran chicos -el mayor ya era un adolescente- y yo no estaba nunca en casa; entonces colgué la Escuela.

¿A qué se dedicaba?

Era docente del Primer Período, que es bastante general. Abarcaba gran y pequeña dimensión. Había un equipo de algo más de 20 personas que se distribuían las clases. El segundo año, que también es del Primer Período, implicaba una rotación por distintos ámbitos de la Escuela. Me interesaba mucho esa experiencia y para mi formación fue muy importante. Fui muy amigo de Jorge Errandonea, Lino Cabrera, Javier Alonso, Marcelino Guerra y realmente estuve muy consustanciado con todo lo que era la pedagogía de la Escuela.

¿Y del espíritu anarquista?

Sí. También atraían mucho los ámbitos de discusión que tenía la Escuela. Eso fue lo que más me cautivó. Usted estaba al tanto de todo lo que sucedía en el Centro. Había participación directa en todos los ámbitos de la estructura. Fui muchas veces delegado a la FEUU e incluso una vez hablé en el Consejo Directivo Central por un problema que hubo y por el cual fuimos prácticamente borrados.

La Escuela estuvo intervenida antes de la dictadura.

En 1971 tuvimos un conflicto con tres docentes, que, en lugar de trabajar, que era lo que les decíamos que tenían que hacer, alegaban persecución ideológica. Eso lo presentaron como denuncia al CDC, y a la estructura universitaria de esa época la Escuela de Bellas Artes no le gustaba nada. Se desató un conflicto que duró cerca de un año, hasta 1972, en que asume el rectorado Samuel Lichjtensztejn, y se produce una reapertura  dela Escuela. El director interventor fue Danilo Astori, que en ese momento era el decano más joven de la Universidad. La Escuela tuvo una actividad importante, porque Lichtensztejn tenía la idea de mostrar hacia afuera lo que era la Universidad. Hasta ese momento era una especie de coto cerrado. Se mostró lo que era la Universidad y su relación con la sociedad, pero igual ya era tarde, porque el mazazo estaba en marcha. Fue una experiencia muy interesante y que viví muy intensamente.

¿Hay muchos anticuarios como usted en el mercado del libro?

No, no hay muchos. Lo que pasa es que existe un degradé de situaciones. Las hay especializadas como la mía o lo que pueden ser Linardi & Risso o la de Reta, y también hay librerías que trabajan a dos niveles. Trabajan con libros antiguos y con libros de segunda mano, usados. Ser especializado acá cuesta montones.

Y restringe.

Cada vez más. Por problemas locativos, de orden cultural, económicos... aunque esto no es tanto, porque en realidad a veces la gente lo que hace es privilegiar otras cosas, se compra un plasma, por ejemplo. Para muchos los libros son algo que no reditúa.

Ocupan espacio.

Jaja. Sí, y muchas veces las esposas son las principales enemigas del librero: "O los libros o vos", le han dicho a más de un cliente.

¿Son mayoritariamente hombres los clientes?

La gran mayoría sí. Hay alguna mujer, pero en general el coleccionismo de este tipo es más del hombre.

¿Su hijo es un continuador de esta historia?

Me ayuda, pero está en otra historia. Está consustanciado con el negocio, ha colaborado mucho con todo lo que tiene que ver con la aplicación de tecnología. En la mudanza, si no hubiera sido por él, yo todavía estaba cargando libros. Pero es fotógrafo profesional y además le interesa mucho la música, toca guitarra flamenca. Trabaja fundamentalmente para dos o tres agencias de publicidad. Hace 25 años que está acá conmigo, pero no lo veo como un continuador. Siempre digo que mi nieta, que va a cumplir 8 años, la hija de Marcos, es la que tenemos expectativa de que arranque para esto. Porque además le encanta la librería y los libros. Esto es un problema, porque tiene valor mientras usted lo trabaja. Si yo mañana marcho al espiedo, y mi esposa decide no seguir con la librería y vuelca todo esto al mercado, no vale ni la décima parte del valor real.

Regalar un libro implica conocer a la otra persona, y más uno de las características de los que usted tiene.

Seguro. Buscar que ese libro sea un vehículo para demostrar a la otra persona que usted está pensando en lo que le puede interesar.

Y está bueno convertirse en una referencia. Que un presidente piense en Cataldo para eso.

En otra que le pegué bastante fue en una de un álbum de fotos de 1889 que le regalaron a Clinton y que después me vine a enterar que era coleccionista de fotos. Eran fotos del famoso Mathew Brady, de una Conferencia Panamericana, pero yo en ese momento lo desconocía. Sabía que el álbum estaba y podía ser interesante. Y efectivamente lo era. Al tiempo, en una revista que saca Félix Luna en Argentina, llamada Todo es Historia, hablaba de esa primera Conferencia Panamericana, celebrada en 1889 en Washington. Hacía un racconto de lo que había significado en las relaciones entre los países, y el álbum cobraba una relevancia que en aquel momento yo ignoraba.

Más allá de la catalogación que pueda hacer, ¿tiene idea por dónde andan los materiales?

Sí. Lo fundamental en esto es la memoria. Tengo memoria. Por ejemplo, ese álbum de Brady lo tenía en el local de la Ciudad Vieja, en Juan Carlos Gómez. Ya hacía un año que estaba ahí, aunque todavía conservaba el local de Maldonado y Santiago de Chile. Sabía que tenía ese material; no me acordaba bien qué era, pero estaba convencido que tenía alguna relación con Estados Unidos. Cuando lo encontré me di cuenta que podía servir y que unía. Y Sanguinetti lo eligió porque sabía; capaz que mucho más que yo.

La charla que había comenzada avanzada la mañana se fue extendiendo hasta promediar la tarde, condimentada por el recorrido por las tres plantas de la librería, deteniéndonos cada tanto en algún viejo volumen y su historia particular. Pero, finalmente y a nuestro pesar, tuvimos que retirarnos, aunque con una despedida hasta la próxima.




Daniel Feldman | Periodista


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