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Para el israelí Yuval Noah Harari los derechos humanos son fruto de la imaginación colectiva

David Malowany

30.10.2017

Occidente tiene un enemigo público. Se trata de un israelí gay, ateo, hijo de padres judíos libaneses y vegano.

 

Sus dos libros, De animales a dioses y Homo Deus son best seller mundial. Alguna organización trató de volver a traerlo a nuestras playas pero toda su agenda está ocupada por varios años. Si algún día sus ideas prosperasen, la democracia uruguaya fundada en la explotación de la carne bovina debería recurrir a un nuevo ethos fundacional y económico, terminando también con los privilegios de su patriciado.  Como abogado militante de la laicidad también me pega muy abajo. Me ha demostrado que sin recurrir al anclaje ontológico de la religión del cual habló Habermas y que narré en un anterior artículo, todo el sistema  occidental se desmorona. Se llama Yuval Noah Harari y nació en 1976. Desde el bíblico Abraham y pasando por  Nietzsche, es el mayor derribador de Totems de la historia.

Para Harari decir que un orden social se mantiene mediante el  poder militar plantea la cuestión: ¿qué mantiene  a este?  Es imposible organizar un ejército únicamente mediante la coerción. Al menos algunos de los mandos y los soldados han de creer realmente en algo, ya sea Dios, el honor, la patria, la hombría o el dinero.

Para el joven pensador israelí, hace unos 70 mil años, organismos pertenecientes a la especie homo sapiens crearon la cultura, la cual es fuente de realidades imaginadas. Ese pegamento mítico estableció un orden intersubjetivo que existe en la imaginación que conecta a millones de individuos y  hace posible la cooperación humana a gran escala. Este pegamento puso bajo control la violencia humana mediante  estructuras sociales mayores: ciudades, reinos, estados, judeo-cristianismo, democracias o capitalismo  que se  establecieron con los excedentes que determinadas élites le expropiaban a los campesinos. La historia es algo que ha hecho muy poca gente mientras que todos los demás araban los campos, explica el pensador de 41 años.

No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia ni dólares, ni Reserva Federal americana, ni marcas registradas que no se funden en la imaginación colectiva.  Puesto que la cooperación humana a gran escala se basa en mitos, la manera en que la gente puede cooperar puede ser alterada si se cambian los mitos contando narraciones diferentes.  En 1789, la población francesa pasó, casi de la noche a la mañana, de creer en el mito del derecho divino de los reyes a creer en el mito de la soberanía del pueblo.

Según la ciencia de la biología, dice el antropólogo israelí, las personas no fueron creadas sino que han evolucionado. Y ciertamente no evolucionaron para ser iguales. La idea de igualdad se halla inextricablemente entrelazada por la idea de creación. Los americanos obtuvieron la idea de igualdad del judeo-cristianismo, que dice que toda persona tiene un alma creada divinamente y que todas las almas son iguales ante Dios.  Voltaire dijo que Dios no existe, pero no se lo digaís a mi criado, no sea que me asesine durante la noche.

Dice la Declaración de Independencia de los EEUU:
"Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

La mayoría de los americanos de la época  no tenían ningún problema con la desigualdad causada por el hecho de que los padres ricos trasmitían su dinero y negocios a sus hijos. En su opinión, para los occidentales, la igualdad significa simplemente que las mismas leyes  son de aplicación a ricos y a pobres.  Para algunos, la riqueza es ordenada por Dios. Para otros representaba a las leyes inmutables de la naturaleza.  Esta premia al mérito con la riqueza al tiempo que penaliza la indolencia.  La mayoría de las personas afirman, dice Harari, que su jerarquía social es natural y justa, mientras que las de otras sociedades se basan en criterios falsos y ridículos. A los occidentales se les enseña a mofarse de la idea de jerarquía racial. Les sorprende que haya leyes que prohíban a los negros vivir en barrios de blancos, o estudiar en escuelas para blancos, o ser tratados en hospitales para blancos. Sin embargo, la jerarquía de ricos y pobres, que ordena que la gente rica viva en barrios separados y más lujosos, que estudien en escuelas separadas y más prestigiosas y que reciban tratamiento médico en instalaciones separadas y mejor equipadas, le parece perfectamente sensata. No obstante es un hecho comprobado que la mayoría de las personas ricas lo son por el simple hecho de haber nacido en el seno de una familia rica, mientras que la mayoría de los pobres seguirán siéndolo durante toda su vida simplemente por haber nacido en una familia pobre.

 

David Malowany. Abogado

 




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