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A cien años de la gran transformación en Europa

Pablo Rudich

16.01.2018

En el año 2018 la República de Austria celebra su Centenario, que servirá para reflexionar profundamente sobre el presente.

Este año tendrán enorme peso en Austria las celebraciones del Centenario de la fundación de la Primera República. Pocos aniversarios como el que tocará el mes de noviembre habrán estado tan vinculados a la situación política actual no solo de Austria, sino también de Europa.

Con el final de la Primera Guerra Mundial se vino abajo un viejo mundo como una pirámide de naipes que pierde su base. Cayeron tres grandes imperios - el Alemán, el Otomano y el Austro-húngaro - y sobre las ruinas de las monarquías se erigieron nuevas repúblicas con grandes expectativas revolucionarias.

Hoy en Europa, e incluso más allá del viejo continente se respira incertidumbre, se multiplican temores ante posibles desmoronamientos de estructuras estatales hasta hace poco consideradas indelebles. Para entender el resurgimiento de preocupantes brotes ultra-nacionalistas no vendría nada mal echar una breve ojeada a los radicales vuelcos que daba aquella Europa Central hace un siglo.

La República Austriaca se proclamó el 12 de noviembre de 1918 cuando el Imperio Austro-húngaro aliado al Imperio Alemán perdió la Primera Guerra Mundial contra los Aliados. Ésta derrota culminó con la caída de la monarquía austriaca y la satisfacción de antiguas aspiraciones revolucionarias ya proclamadas en la „primavera de los pueblos europeos" en 1848.

Al disolverse el Imperio en varias pequeñas naciones, se satisfacen los anhelos nacionalistas en los países orientales de la monarquía, que al estar tanto tiempo reprimidos estallaron con un carácter ultra-nacionalista. Éstos fueron acompañados por un fuerte recrudecimiento del antisemitismo, ya que los judíos del Imperio Austro-húngaro no tenían nación propia.

Los cien años de la república recordará también el final de un imperio que llegó a unificar diversos territorios de más de doce naciones actuales, entre ellas los cuatro estados de Visegrád („V 4"), miembros de la Unión Europea y vecinos a Austria: Hungría, Eslovaquia, Chequia y Polonia.

Los dirigentes de estos países se encontraron en una cumbre en febrero de 1991 - entonces eran tres naciones, ya que Checoslovaquia aún era un solo estado - para fomentar la cooperación entre ellos y agilitar la integración a la UE. El encuentro fué organizado en la ciudad de Visegrád, allí donde 656 años atrás el rey húngaro, el checo y el polaco se habían juntado para acordar un pacto de colaboración mutua.

El antiguo nacionalismo en alguno de estos países está de vuelta, o quizás nunca desapareció del todo. En todo caso, sus clases dirigentes en muchos casos han sabido bien cómo instrumentalizarlo, con un discurso a menudo contrario a las políticas integradoras de la UE, que puede llegar a rememorar la polémica contra el centralismo de la monarquía habsbúrgica en los años previos a la Primera Guerra Mundial.

Tanto Hungría como Polonia están hoy día liderados por gobiernos nacionalistas-populistas que una y otra vez violan las normas democráticas del Estado de Derecho, cuyo respeto son proclamadas por la Unión Europea como principios básicos y condicionantes de la integración europea. En diciembre pasado, el Consejo Europeo inició un proceso sancionador contra Polonia que puede llegar a suspender el derecho de voto en las instituciones europeas, en caso que el gobierno polaco no enmiende su reforma judicial controvertida.

Esta última pretende reforzar el control político sobre el Tribunal Supremo y sobre los jueces de Polonia. El gobierno húngaro bajo su dirigente ultra-nacionalistaViktor Orban, que ya ha sido también varias veces amonestado por parte del Consejo Europeo, ha declarado reiteradamente que apoyará al gobierno polaco contra los dictámenes de la UE.

Los países Vysegrad, que cuentan entre los mayores receptores de beneficios económicos de la EU, están siendo duramente criticados también por su falta de solidaridad con los otros miembros de la EU - muchos de ellos grandes donantes de fondos financieros -  a la hora de repartir equitativamente el número de inmigrantes y exiliados que están llegando a Europa desde África y el Medio Oriente.

El Centenario 1918-2018 en el mes de noviembre coincidirá con la presidencia rotatoria de Austria en el Consejo de la Unión Europea, que asume en la segunda mitad del año corriente. Los Gobiernos liberales de la Unión Europea observan desde ya atentamente qué posiciones defenderá la nueva coalición de gobierno entre el Partido Popular Austriaco (ÖVP), de orientación conservadora neo-liberal y el Partido por la Libertad (FPÖ), de ultra-derecha con un discurso nacional-populista, que asumió funciones el pasado mes de diciembre del 2017, en referencia a la integración europea y en su postura hacia las políticas criticadas de los países Vysegrad.

La mayor atención se concentra en la participación del partido nacionalista FPÖ en el nuevo gobierno, que forma parte de la „Fracción de las Naciones y la Libertad" en el Parlamento Europeo. En ésta se juntan partidos de la ultra-derecha de varios países, como el Front Nacional francés, el Vlams belga o la Lega Nord italiana, los cuales reiteradamente se han proclamado en contra de las políticas de la Unión Europea.

En los años pasados, también el FPÖ reclamaba desde la oposición un referéndum para un eventual „Austrexit", una salida de Austria de la Unión Europea. Viendo que esta posición no contaba con tan amplias simpatías y que no cuajaba en una coalición de gobierno con un partido de la burguesía como es el ÖVP, el FPÖ acabó moderando su tono ya durante la última campaña electoral. Para muchos políticos de la EU no les resulta fácil creerse del todo estas buenas intenciones - bien es sabido que el populismo nunca juega a una sola carta.

Como para corroborarlo y no olvidar quienes son de verdad, el tono moderado adoptado en los últimos tiempos por el FPÖ se ve interrumpido una y otra vez por declaraciones extremadamente provocadoras por parte de sus dirigentes políticos.

Así fue cuando el pasado 11 de enero el nuevo ministro del Interior Herbert Kickl propuso instalar en las fronteras de Austria campos para „concentrar" a los refugiados que fueran llegando al país, y desde éstos tramitar su asilo político.
 
Esta declaración ha causado protestas y numerosas reacciones escandalizadas, también en varios medios de la prensa internacional. Que el dignatario ultra-derechista haya utilizado este término tan cargado negativamente de historia resulta para muchos inadmisible porque hace recordar los campos de "concentración" nazis durante el capítulo más oscuro de la historia austriaca.

Se comenta que esta provocación fue hecha a propósito, para distraer a los seguidores del partido populista de las nuevas medidas gubernamentales anti-populares. Aparte de flexibilizar las leyes de trabajo - permitiendo puntualmente el aumento de las jornadas a 12 y las semanas a 60 horas laborales - estas amenazan con restringir considerablemente el seguro de paro.

La concentración del discurso en la llegada de refugiados musulmanes y extranjeros ilegales a Austria como problema principal para la sociedad, sirve siempre como buena distracción y receta populista para construir y localizar al „enemigo" en los de „afuera", más allá de las fronteras nacionales. 

Esta temática propagada por ambos partidos en el gobierno, ha sido programa y la estrategia principal para ganar las últimas elecciones en octubre del 2017, sobre todo  usada inteligentemente por el nuevo dirigente del partido conservador ÖVP, Sebastian Kurz, que con sus 31 años se ha convertido en el actual Canciller Federal de la República.

En consecuencia, el nuevo gobierno impone una política sumamente restrictiva a las posibilidades de obtener asilo político en el país. Asimismo, aumentarán los obstáculos para recibir la nacionalidad austriaca para extranjeros residentes desde hace tiempo, incluso para los niños nacidos en territorio nacional, pero de padres extranjeros. Con este discurso nacionalista, se puede decir que el gobierno fomenta los recelos xenófobos y en especial el anti-islamismo en un amplio sector de la población austriaca.

Las estrategias del discurso nacionalista no han variado mucho en los últimos cien años. Básicamente, éste se ha afirmado siempre en una contraposición entre la pertenencia y la otredad, entre la inclusión y la exclusión, entre el uniformismo y la diversidad. Los excluidos e indeseados sirven de bienvenida proyección para todo tipo de frustración como consecuencia de las desigualdades y las emergencias sociales.

La atmósfera hostil anti-islamista y las actuales medidas gubernamentales pueden ser comparadas con mecanismos de una política anti-inmigración y antisemita que fue también practicada a comienzos de la Primera República en 1918/19. Entonces, el nuevo gobierno republicano hizo todo lo posible para que los miles de inmigrantes judíos que habían llegado a Viena desde las regiones más orientales de la antigua monarquía, huyendo de la guerra a partir de 1914, volviesen a sus lugares de origen y no obtuviesen la ciudadanía de la nueva república austriaca. Gran parte de la población observaba entonces con sumo recelo y aversión en especial a los judíos ortodoxos orientales, reconocibles por su vestimenta, como hoy se reconoce a las musulmanas por su pañuelo en la cabeza.

Por otro lado, la Primera República estaba caracterizada en un comienzo por fuerzas progresistas, y según la historiadora Annemarie Uhl, 1918/19 es un año donde „todo estaba abierto". En noviembre de 1918, Austria se encontraba en una situación política y económica desastrosa: había hambre, alta desocupación, hiperinflación y un sentimiento generalizado de desconsuelo.

Hervían los ánimos de los sectores más radicales de la clase obrera y de muchos soldados recién retornados de los campos de batalla, quienes se organizaron en consejos revolucionarios comunistas, inspirados por la revolución rusa del 1917. Éstos se oponían a la política más moderada del Partido Obrero de la Socialdemocracia Austriaca, llamado también el Austro-marxismo. 

El año 1918 no solo representa el de un gran cambio político y territorial para Austria, sino también uno de profundas transformaciones revolucionarias en materia de política social y laboral, de grandes avances y logros hacia una apertura social y democrática. Se cumplieron otras reivindicaciones civiles ya proclamadas en la revolución de 1848, como fue el voto igualitario y general para hombres y mujeres en todas las clases sociales.

Entre 1918 y 1920, años del primer gobierno de gran coalición entre el partido progresista Socialdemócrata y el conservador Social Cristiano (Democracia Cristiana), también se impulsaron grandes avances en la política del bienestar social y una nueva reglamentación en la política laboral. Los conservadores apoyaron éstas nuevas medidas, ya que con ellas se pretendía calmar los ánimos de los sectores más radicales de la clase obrera, y así evitar alzamientos revolucionarios.

Se decretó la jornada laboral de máximo ocho horas en las fábricas y la semana de 40 horas, días festivos de descanso obligatorio, reglamento sobre las vacaciones de los obreros, extensión del seguro de desempleo reglamentado, creación de las Cámaras Representativas para trabajadores y empleados, por nombrar solo algunas de las medidas más importantes.

A cien años de éstas grandes transformaciones sociales, el gobierno actual en el poder planea recortes importantes en el sistema de ayudas sociales, en las jubilaciones y en la salud pública; asimismo propulsan una debilitación de los sindicatos y de la Cámara Representativa de obreros y empleados. Paralelamente, las nuevas leyes de liberación en el mercado inmobiliario favorecen a los propietarios, permitiendo un aumento considerable en los alquileres.

Los festejos del Centenario de la República en el próximo mes de noviembre podrán llegar a ser un momento difícil para la nueva coalición de gobierno, con su política conservadora de carácter neo-liberal. Según sus directrices recientemente hechas públicas, aquellos grandes logros en materia de leyes sociales y laborales están en pleno tren de ser desmantelados.

Serán varios „ochos" que éste año se recordarán en Austria: aparte del 1918, también las revoluciones del 1848, la declaración de los derechos humanos en 1948 y el año nefasto 1938, cuando Austria se anexionó al Imperio Alemán Nazi, el llamado „Anschluss".

La celebración de aniversarios históricos sirve para recapitular el pasado y en función de ello re-dimensionar el presente, o también viceversa. Se dice a menudo - y muchas veces se confirma - que los pueblos no tienen memoria, o más bien que no tienen conciencia histórica. Por otro lado, la interpretación de los hechos pasados siempre ha servido a unos y a otros como vehículo de instrumentalización con fines políticos para la actualidad, y lo sigue siendo.

La historia no se repite; pero hay ciertos procesos políticos y sociales que se parecen bajo otras circunstancias en diferentes tiempos. Y existen ciertos mecanismos de la psicología humana individual y colectiva que siguen siempre los mismos parámetros. En ese sentido, el análisis crítico de la historia sirve como punto de reflexión para observar el desencadenamiento de los procesos actuales, para actuar y reaccionar debidamente.

Tanto más vale cuidar y aprovechar estas celebraciones con sus exposiciones, eventos y discusiones como un foro de diálogo y reflexión abierto, con amplio acceso a la población. Puede llegar a servir en algo para fomentar la memoria crítica diferenciada y la conciencia histórica, para cuidar el presente y prevenir el futuro.

Pablo Rudich



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