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Los nombres de América (2)

Daniel Vidart

17.03.2018

Comencemos por Cristóbal Colón, que por cierto no fue el primero en llegar a estas tierras hoy llamadas americanas pero si fue quien les dio el nombre de Indias - en este caso Occidentales - que, al multiplicarse los descubrimientos y “jornadas” de los españoles , abarcó a todas las tierras del doble continente por ellos invadido, conquistado y colonizado.

Digamos algo que generalmente se pasa por alto. El Diario de Bitácora del primero y tercer viajes de Colón que circulan en varias ediciones no son los escritos en su versión original. ¿Se perdieron, fueron hurtados o destruidos? Se ignora. Antes de su desaparición Fray Bartolomé de las Casas realizó una copia autógrafa de ambos en la caudalosa biblioteca y nutrido archivo de su hijo Hernando. Según sostienen algunos historiadores Las Casas pudo haberlos abreviado y modificado en ciertas partes, aunque respetó el enrevesado texto en el que se mezclan voces españolas, portuguesas e italianas. De acuerdo con sus conocimientos y lecturas Colón pensaba arribar por la puerta trasera a lo que hoy se llama Asia y de allí que creyera haber arribado a las Indias, aunque en su búsqueda estaban también en la mira Catay (China, según la versión de Marco Polo) y Cipango (que así se le llamaba al Japón en Europa durante el final de la Edad Media).

En viajes posteriores Colón se asoma a nuestro continente y advierte que le han salido al paso nuevas tierras no presentidas por él ni por sus contemporáneos ilustrados. A partir de su error primerizo a los nativos de las nuevas tierras, tal como él lo hiciera, se les denominó "indios", a los conquistadores que retornaban a España, "indianos", y a los hijos de españoles nacidos en ese continente, "españoles de Indias". Más tarde se les llamó criollos y el Inca Garcilaso de la Vega nos los explica. La voz, curiosamente, vino desde otra fuente , no hispánica . En el Brasil a los hijos de los esclavos africanos se les denominó crioulos, es decir, allí nacidos y criados. De tal manera, por imitación y difusión, surgen los criollos de la parte del continente en manos de España y los crèoles de las escasas posesiones francesas de las Antillas y las Guayanas.

Interesa señalar que en su tercer viaje (1498-1500) al contemplar la belleza forestal de la costa venezolana- que más tarde sería arrasada por las plantaciones de cacao de las haciendas coloniales, convirtiéndola en un peladero- el Almirante de la Mar Oceana llamó Tierra de Gracia a ese trecho de la gran masa continental de Sudamérica.

Y bien. Otro nombre, Nuevo Mundo, se abre paso ahora en el frondoso nomenclátor que estoy espigando. Aparece en una obra escrita en latín, De Orbo Novo Decades Octo, traducido al castellano con el título Décadas del Nuevo Mundo. Fueron escritas a lo largo de muchos años ( 1494 -1530) y no como crónica de cosas vistas, pues el autor jamás fue a las Indias, sino como compilación de conversaciones con gentes que desde allí volvían a la Península. En los muelles , en las tabernas y en las reuniones sociales o de palacio, este periodista avant la lettre entrevistaba a marineros, gentes del común y avezados observadores que regresaban del otro lado del océano ( ya llamado Mar del Norte) para recabar datos verosímiles y fantasías desorbitadas- que él se encargaba de atemperar- para luego incorporarlos a sus textos. De entrada nomás, (1494), saltó el nombre Nuevo Mundo, que así se ha traducido Orbo Novo. Fue una designación no publicada en libro sino en una carta a un grande de la Iglesia, modalidad que se repitió en las otras hasta la edición de las tres primeras Décadas , impresas en Alcalá hacia el año 1516. Lo correcto sería decir El Nuevo Orbe. Como se expresa en un Diccionario Etimológico virtual (Etimologías de Chile) "la palabra orbe designa al mundo y viene del latín orbis, que propiamente quiere decir círculo, redondez, y a veces globo o esfera. Su identificación con el mundo viene de una expresión técnica de la geografía empleada por los romanos, que es orbis terrarum (´el círculo de las tierras', el mundo").

Su autor, hasta hora no nombrado, era un humanista italiano que en 1487 tuvo varias conversaciones con un Grande de España, por entonces embajador ante el Papa. Prendado por su sabiduría dicho diplomático, Iñigo López de Mendoza, lo llevó consigo a su patria para convertirlo en el preceptor de sus hijos. Hizo carrera, su erudición y su inteligencia lo convirtieron en un hombre famoso y, como tal fue colmado de reconocimientos y halagos. Hacia el 1501 era ya el Capellán de la Reina Isabel la Católica, luego de haber sido designado guía intelectual de sus hijos y de los de otros altos cortesanos. Su nombre italiano, Pietro Martire D´Anghiera se castellanizó. Desde entonces la posteridad lo conoce como Pedro Mártir de Anglería.

Tercer toque de rebato. Aparece poco después que la del clérigo una denominación semejante utilizada, también, por un italiano. El florentino Amerigo Vespucci, comerciante y luego viajero, se había trasladado a España y allí se naturalizó. Desde la alborotada Península se embarcó más de una vez rumbo a las nuevas tierras y en su tercer viaje (1502-1503) a bordo de un navío portugués, recorrió el largo litoral que va, a partir del Brasil nordestino, hasta la Patagonia. Narrando ese viaje describió, con exageración y tal vez muchos detalles de segunda mano, o gracias a su inventiva, las costumbres de los indígenas, recaló en la bahía del futuro Montevideo y le llamó al cerro Pinacullo Detentio ( Monte de la Detención, es decir, del anclaje en aguas tranquilas) y, de regreso a Europa, escribió entre el 1503 y 1505 el libro Mundus Novus y la renombrada Carta a Soderini.

Lo que interesa subrayar es que ambos autores destacan la aparición de un continente cuya novedad se difundió rápidamente en el ámbito europeo. Y digo así puesto que anteriores navegantes habían, por asi decirlo, tropezado con él. La historia conserva los nombres dados por los madrugadores a las nuevas tierras no colonizadas u ocupadas durante un corto lapso- si es que no aparecen nuevos datos que lo desmientan- por sus descubridores. Ya trataré este tema en posteriores aportaciones.

Ahora llega el turno de Martín Waldseemüller ( 1470-1520), quien puso en marcha y perpetuó el nombre de América. Este geógrafo y cartógrafo alemán realizó sus estudios en la Universidad de Friburgo; en ella conoció a Matías Ringmann y juntos se trasladaron a la Colegiata Saint-Dié des Vosges, situada en el Ducado de Lorena. En lo que hoy podría llamarse Liceo, (Gymnasium era y continua siendo el nombre de dichos estudios secundarios en los locales de enseñanza europeos) el geógrafo, desde tiempo atrás ungido Canónigo, dictó clases y desarrolló su actividad como cartógrafo. Allí en esa casa de oración y de estudios edita la Universalis Cosmographia secundum Ptholomaei et Americi Vespucii en el año 1507. En ella figura un delgado y curvo continente al este del África, al que llamó América para honrar de tal modo al navegante florentino. Quienes advierten, a veces encolerizados, la existencia de una pifia en tal nombre, que en italiano era Amerigo( o parecía ser, pues hay disidentes que ofrecen una lista de variantes), no han reparado en el Americi que figura en su Cosmografía Universal. De este nombre propio surge, nítidamente, la voz América. También se ha cuestionado que escogiera dicho nombre y no el apellido del navegante, pero, a mi criterio, la voz América, por motivos eufónicos, suena más armoniosa y rotunda que Vespucia. En fin, ya los dados están echados y se debe aceptar una voz consagrada por la costumbre, que hoy los indianistas rechazan por etnocéntrica, imperialista y todos los etcéteras que caben para calificar una conquista realizada a lanzazos y cristazos, no obstante las voces de repudio de muchos ilustrados españoles residente en Europa y en el nuevo continente. Por otra parte, hubo humanitarias legislaciones de Indias dictadas en la Península por asesores de los monarcas que en las soledades de las Indias Occidentales se acataron pero no se cumplieron. El título de un libro escrito por un geógrafo lo dice todo: "A la espada y al compás, más y más". Quedaron tales legislaciones , salvo alguna excepción, como generosa letra muerta, tal cual sucede con las buenas intenciones - de las cuales eta empedrado el Infierno- tantas veces negadas por las perversas acciones de los seres humanos y sus desaforados apetitos de riqueza y poder.

Otras fuentes: una geográfica y otra patronímica

No todos los investigadores, entre los cuales había, y hay, "curiosos impertinentes", estuvieron de acuerdo con el origen del nombre dado a nuestro continente por el cosmógrafo alemán. Hacia el año 1888 se publicó en París un sorprendente libro. Su autor, Jules Marcou, ampliaba en sus páginas lo adelantado en un artículo suyo aparecido en el Bulletin of the American Society nº 4 del año 1886. Dicho libro se titulaba Nouvelles recherches sur l´origine du nom Amerique. En él sostenía que tal denominación ya existía en el territorio de América Central cuando se inició la invasión española. En efecto, entre Juigalpa y Libertad, localidades situadas entre el lago de Nicaragua y la Costa de los Mosquitos (en puridad debe llamarse de los Misquitos, que así se denominan los 20.000 indígenas allí asentados) se levantaba una montaña cuyo nombre, Amerrique, se lo habían dado los mayas. Dicha voz significaba "la tierra del viento". En el viejo -y excelente- Diccionario Hispano Americano se recurre a la (¿humorada, error, novelería?) de Marcou para indicar la existencia de otras fuentes originarias del nombre América.

En el Uruguay el geógrafo Danilo Antón escribió en su libro Amerrique, los huérfanos del Paraiso, Montevideo, el significativo fragmento que a continuación transcribo:

 "En su afán por desvalorizar a las naciones americanas los invasores y sus continuadores criollos se esforzaron por quitarles su propio nombre. Ello se hizo mediante una conspiración sistemática de escritores "ilustres" que dedicaron miles de páginas a demostrar que ni siquiera el nombre América  es americano.
¡Los habitantes de América son tan insignificantes que ni siquiera se merecen su propio nombre!. De acuerdo a estas versiones que se impusieron en forma prácticamente unánime en la mal llamada cultura universal, el nombre América provendría de un geógrafo florentino cuyo nombre era precisamente "Américo" Vespucio. De esa manera, pasó a ser el inspirador "oficial" de la denominación americana.
Ahora sabemos que esto no es cierto. La palabra América es de origen nativo y el nombre de pila del Sr. Vespucio no era Américo sino Albérico.
La palabra América proviene en verdad de "Amerrique", voz de un dialecto nativo de las cordilleras centrales de Nicaragua, perteneciente al tronco lingüístico lenca-maya. En esa lengua, el nombre quiere decir ´La tierra donde sopla el viento´. Es la denominación ancestral de una comarca montañosa en Chontales, actual República de Nicaragua. En tiempos relativamente recientes el nombre era utilizado para identificar al pueblo de los amerriques, nación aborigen que habitó dicha zona hasta fines del siglo pasado. Como tantas otras regiones del continente, esta sierra estaba cubierta de bosques densos y contenía algunos yacimientos de oro más importantes de América Central. Debido a la deforestación que la asoló durante cinco siglos, la Sierra Amerrique se transformó en un área de pastizales cuya principal actividad es la ganadería. Localmente todavía se extrae oro de dos pequeñas minas: La Libertad y Santo Domingo. Existen indicios [¿cuáles y dónde?] que el nombre Amerrique fue recogido por varios exploradores europeos al desembarcar en las costas centroamericanas desde la zona de Veragua, en la actual república de Panamá, hasta la costa de Misquitos en los territorios de Nicaragua y Honduras.
     Entre ellos se encontraba Albérico Vespucio (Vespucci), que visitó dichas costas a fines de la década de 1490, y seguramente Cristóbal Colón, quien en su cuarto viaje recogió abundante información acerca de las riquezas de esta zona. Luego, por esas cosas del destino, la denominación pasó a ser aplicada a una parte y luego a toda la Tierra firme americana. Como resultado del secreto en que se mantenían los descubrimientos el nombre  Amerrique permaneció oculto a nivel oficial, aunque se extendió a los ambientes portuarios europeos, donde se utilizó en forma habitual para designar las tierras recientemente exploradas. La confusión reinante en Europa acerca de las características de estas "nuevas tierras" se trasladó a  su propio nombre". (Amerrique, los huérfanos del Paraiso, Piriguazú, Montevideo ,1998).

Juzguen los lectores: confundir, ahora sí, lo que escuchó o pensó Vespucci ante los paisajes y humanidades de las nuevas tierras con el nombre Americi que figura en el mapa del alemán Waldseemüller, quien jamás puso un pie en el nuevo continente, nos lleva de la mano al reino de la posverdad que, otra vez y en este caso, asoma su despistador sofisma de distracción....

La otra versión tiene su asiento en un patronímico. De acuerdo con lo afirmado por Alan Wolk, un aficionado a la cría de gatos de cinco patas, el nombre de América deriva del apellido de un comerciante de Gales llamado Richard Ameryk.

Y asi lo expresa: " Ameryk financió la segunda expedición de John Cabot - nombre inglés del navegante italiano Giovanni Caboto [el mismísimo Gaboto de apellido españolizado de nuestras historias escolares] - cuyos viajes entre 1497 y 1498 establecieron los límites del territorio que los británicos se apropiaron y que muchos años después se convertirían en Canadá".

Bajó a tierra, pues, "antes de que lo hiciera Vespucio" y ,como era un cuidadoso coleccionista de los rumbos y descubrimientos de tierras realizados en los litorales que iba pespunteando con sus cabotajes, cartografió el litoral atlántico tendido desde Nueva Escocia a Terranova. Dice Wolk que Ameryk aguardaba, ilusionado, que su nombre apareciera en alguna de aquellos primitivos y parciales mapas de las singladuras de Cabot, pero si los hubo, ninguno ha sobrevivido.

Otros nombres propuestos para el Nuevo Continente.

Dos estudiosos y escritores americanos del siglo XX a quienes no conformaba este nombre puesto por sus mayores, sacaron a relucir su criollismo y echaron a rodar otros , que solo sobrevivieron en sus escritos. José Vasconcelos, en su libro La Raza Cósmica, 1925 hace consideraciones acerca de la mestización, con la esperanza de que las epidermis cobrizas, claras y negras se fusionen en un ser superior, que se convertirá, oh ilusión, en el amo de la historia. Y en otro de sus escritos, al pasar, se refiere a una Indoeuroafroamérica que solo cuajó en su imaginación.

Por su lado el político y escritor peruano Haya de la Torre, fundador del APRA, propuso la designación de Indoamérica para rebautizar a nuestro continente que, teniendo en cuenta la clase hegemónica y cultura europeizante que desde el coloniaje maneja los hilos del Poder, debería llamarse América latinizada y no América latina. Cuando visité los Pueblos Jóvenes que circundan a Lima encontré que en ellos se hablaba quechua y no castellano acriollado. Y que sus habitantes poseían una cosmovisión distinta a la nuestra, a Partir de la Pachamama y todo el repertorio de costumbres, que de a poco se deshilachaban, propias de la grey de los vencidos. Es mas significativo aún que en algunos países existentes al sur del Rio Grande, en América del Norte, la población indígena y mestiza es mayoritaria en relación con los mal llamados "blancos". En efecto, este nombre solamente debe designar a los albinos.

Abya Ayla, un disparate indianista.

Advierto a los lectores que utilizo la voz indianista y no indigenista pues sus significados difieren entre sí. El indigenismo designa aquella tendencia que procura incorporar el indígena a la civilización oficial, a las normas sociales y económicas que rigen en el capitalismo más o menos subdesarrollado que impera en aquello que dejó de llamarse Tercer Mundo.

El indianismo, contrariamente, procura que las poblaciones nativas recuperen sus tierras, sus antiguos derechos, sus culturas, sus modos y medios de producción. En definitiva, que el ayllu quichua -aymára y el calpulli azteca vuelvan con sus antiguas estructuras y funciones para desarrollar un Estado, o algo parecido, dentro del Estado y al margen de éste. Es decir, un poder "autóctono" en manos de los mal llamados "pueblos originarios", de espaldas al Poder de la Constitución y las leyes instauradas por los descendientes de los conquistadores y colonizadores transatlánticos. En definitiva, un regreso al pasado precolombino antes que un camino hacia el futuro.Esto fue lo que olvido, o no supo el Che Guevara cuando quiso incorporar a la revolución a quienes deseaban retrogradar al pretérito para rescatar la tradición. Nada entendían los campesinos indígenas del Hombre Nuevo: procuraban rescatar los bienes y valores de Hombre Viejo. Por su lado a los chunchos, a los indios desnudos que no han leído a los escritores, economistas y politólogos de Occidente, esos sobrevivientes de la prehistoria que medran en los santuarios selváticos sin gurúes letrados y agitadores profesionales, rien de rien, es decir, NADA. Que allí se queden, escondiditos, para no empañar, con su conformidad cósmica, la voz de los nuevos capitanejos que abominan de quienes les enseñaron a leer, a escribir, a conocer la dialéctica, a bregar por la democracia y derrocar las tiranías criollas de los latifundistas o los fuertes comerciantes entronizados en el Poder, descendientes de aquellos etnocentristas halcones de pico ensangrentado y garras rapaces que fueran los invasores ibéricos.

Y, de paso cañazo, -separar las aguas es bueno para evitar todo equívoco- que nadie suponga que quien esto redacta es un racista o un discriminador cultural. Todo lo contrario. He dedicado mi vida a reivindicar los Derechos Humanos de los pueblos indígenas continentales, idénticos a los que reclamamos los descendientes de los inmigrantes que llegaron a estas tierras con el culo pelado y un atadito de esperanzas para "hacerse la América" y, al cabo, dígase lo que se diga en otras tiendas, terminaron construyéndola y dignificándola con su sacrificado trabajo y la utilidad de sus obras.

Adelante, pues , que ahora, mondo y lirondo, voy a poner toda la carne en el asador. Abro el libro de Miguel Ángel López Hernández, Encuentros con los senderos de Abya Yala , Quito, 2004 y leo lo que ahora viene. De antemano, y comedidamente, solicito a los lectores que no se aprieten el gorro y salgan a la disparada:

"Abya Yala es el nombre con que se conoce al continente que hoy se denomina América, que literalmente significaría tierra en plena madurez o tierra de sangre vital. Dicho nombre le fue dado por el pueblo Kuna en Panamá y en Colombia y la nación Guna Yala del actual Panamá, antes de la llegada de Cristóbal Colón y los europeos.

El nombre es aceptado hoy ampliamente por los actuales indígenas como el nombre oficial del continente ancestral en oposición al nombre extranjero América. Otras naciones aborígenes le dieron otros distintos nombres al continente en sus respectivos idiomas de acuerdo con sus propias visiones culturales específicas del concepto de continente o de territorio (Mayab en el caso de los mayas de la actual península de Yucatán), visiones que no se identificaban con la idea española del continente". Estas palabras, repetidas por muchos indianistas alfabetizados , vestidos con cuello y corbata para no deslucir su presencia en las oficinas donde paran la olla , van entre comillas pues no me pertenecen. Son las de un espontáneo defensor de una causa sepultada por la historia, esa lenguaraz que nos cuenta que los pueblos poseedores de las mejores y más mortíferas armas subyugan a los que las tienen inferiores. La espadas forjadas por el hierro que esgrimieron mil años antes de nuestra Era los hititas pasaron a manos de otros pueblos, que se llevaron por delante a quienes se defendían con las espadas de bronce que, a su vez, habían derrotado a los que empuñaban armas de cobre.

Aclaro que el pueblo kuna o cuna ocupa una pequeña porción de los territorios de Colombia y Panamá, dos países limítrofes. Me exasperaría que alguien expresara que estos aislados indígenas poseen rudimentos de cultura artística pues muestran todo lo contrario las magníficas molas, en las que la forma y el color de los bordados hacen prodigios sobre la tela que luego irá a como adorno, a la altura del pecho, de la vestimenta femenina. Pero mas me exaspera que haya mentes delirantes que atribuyan a estos artistas - y no artesanos- sedentarios el conocimiento de todo el continente americano. Lo que ha sucedido es que los indígenas letrados, conocedores de la cultura de Occidente y reunidos en organizaciones que reivindican sus justos derechos a la existencia y subsistencia han escogido el designatum Abya Yala para oponerlo al de América, execrable denominación puesta por los europeos etnocentristas e imperialistas a la que se debe eliminar de los mapas y las memorias. Leamos lo que expresa Takir Mamani, el alfabetizado y occidentalizado hablante del castellano líder de los aymáras. Con tono colérico reclama el uso del disparatado término Abya Yala en vez del habitual y consagrado América, alegando que " colocar nombres foráneos a nuestras villas, ciudades y continentes es equivalente a someter nuestra identidad a la voluntad de nuestros invasores y sus herederos". Quere desandar quinientos años de la historia, que si bien es" la historia universal de la infamia", al decir de Borges, es lo irr4emediablemente acontecido en tiempos pasados y sellados. Por añadidura, es de suponer que un cacique carayá o yanomani , tan o mas indígena que el alfabetizado y "léido" Mamani, no entendería que significa tal palabreja , amén de la intención con la que se utiliza , y seguiría en lo suyo, que es defenderse de los avances de la "civilización" que se interna selva adentro, llevándose por delante con su topadora industrial y comercial a las tribus escondidas en sus sagradas marsupias forestales.

Lo interesante del asunto es que la puesta en marcha de la mítica - ¿o mentirosa?- Abya Yala fue a raíz de un término adoptado y echado a rodar por un jesuita y sociólogo catalán radicado en Bolivia llamado Xavier Albó, para sustituir el de un odioso y odiado nombre, tal como las minorías indígenas instruidas en letras y desde tiempo atrás incorporadas a los Estados nacionales, comenzaron a hacerlo, asumiendo una actitud que muchos enemigos de la "indiamenta" calificarían de racismo, pero practicado desde el azogue del espejo..

El estrambótico nombre, traído de los pelos, salió a luz en la Segunda Cumbre Continental de los pueblos y Nacionalidades Indígenas de Abya Yala que tuvo lugar en Quito hacia el año 2004. En la Primera, realizada en México (2000), se dijo algo más sensato - salvo lo de la "autodeterminación de los pueblos originarios", un imposible escape del Estado Nacional- ,expresado en la Declaración de Teotihuacán :" los pueblos indígenas de América reafirmamos nuestros principios de espiritualidad [¿?*] comunitaria y el inalienable derecho a la Autodeterminación como Pueblos Originarios de este continente". Advierto que no había necesidad de mentar los inexistentes inicios genéticos en estas tierras con un nuevo remoquete pues ya estaba acuñada la voz "aborigen", que en latín significa "desde el origen". Leo en una nota la siguiente chingada a cargo de un desconocido comentarista de los alcances políticos y culturales de esta rebelión gramatical e identitaria: "La expresión ´indígena' es, en ese sentido, una de las mayores violencias simbólicas cometidas contra los pueblos originarios de Abya Yala, en la medida que es una designación que hace referencia a las Indias, o sea la región buscada por los negociantes europeos a fines del siglo X". Lamentable. Este buen señor ignora el cabal significado de dicha voz. Consulto un virtual Diccionario etimológico chileno y transcribo lo allí expresado para evitar recelos maliciosos acerca de mi rechazo a tales fantasías, ya que los charruistas de entrecasa me tachan de traidor a la causa de los pueblos precolombinos de nuestro continente : "Se ha asociado falsamente, debido a un fortuito parecido fonético, la voz latina indígena 'originario del lugar' (del adverbio latino inde 'de allí' y 'gena ' nativo u originario) con el término indio, en principio 'natural de la India' y, posteriormente 'nativo de América' merced al error de Colón". La voz gena se refiere al allí generado y parido, no al "originario", señor articulista.

 

 

Qué decía el sociólogo jesuita Xavier Arbó

Deseo finalizar estos apuntes transcribiendo el prólogo del citado Xavier Arbó, un ilustrado pero no siempre bien rumbeado jesuita, en su prólogo al libro Los Pueblos Indígenas, Quito, 2007 , escrito después de su personal reflotamiento del nombre de un solar minúsculo que jamás los kuna, atados al j´y suis, j´y reste, del sedentarismo pudieron ponerle a un continente por ellos totalmente ignorado. Basta ir a la etimología de la denominación para comprobarlo.

"La identidad de lo que ahora denominamos Latinoamérica o Iberoamérica todavía tiene demasiado de ajena y de alienante: sigue siendo un reflejo de los malentendidos de la colonia y de nuestro nacimiento como estados modernos. Históricamente, la primera tergiversación ha sido la de habernos llamado América, como si nuestra identidad dependiera de un geógrafo italiano y de su mapa. ¡Demasiado humo sobre nuestra historia profunda! Este nombre, América, se lo ha apropiado Estados Unidos para expresar su identidad nacional: The great American Nation. Vergonzosamente nuestra identidad parece ser de subalternos del Norte, como ironizó ya hace años el humorista Perich: «El mal de América del Sur es que es del Norte». Para remediarlo, se nos han adherido varias calificaciones: España nos denominó Hispanoamérica. Después fuimos Iberoamérica, para que el Brasil encajara mejor. Más tarde, los franceses y los mismos norteamericanos nos bautizaron como Latinoamérica, aunque de Latín hablamos poco.[ Error: no fue en los .UU. sino en Colombia donde caló el término Latinoamérica. Leer al respecto los tres interesantes y documentados libros que nuestro gran Arturo Ardao dedicó al tema]

Por fin, tarde, hemos vuelto a recordar que desde mucho antes de que naciera Américo y que nos hubieran bautizado América y nos pusieran el apellido de hispanos, íberos o latinos, aquí ya había numerosos pueblos originarios con sus florecientes e inéditas civilizaciones. Para referirnos a ellas, hemos inventado otro nombre: Indoamérica o Amerindia. Tiene ya un toque de contrapunto contestatario y alternativo al énfasis el hecho de vernos solo como hispanos, íberos o latinos. Pero sobrepone un malentendido a otro. Al quid pro quo de América se añade ahora el de «Indo», que consagra el viejo error de Colón. América venía prestado de Italia y, ahora, este «Indo» nos convierte en pobladores de la lejana India. Como mínimo, el movimiento afroamericano está en lo cierto, ya que este otro componente importante de nuestra realidad fue arrebatado a la fuerza de su África ancestral.

Siguen siendo muchos millones; unos, tataranietos de los primeros ocupantes de esta tierra; los otros, de los que fueron arrastrados hasta aquí con cadenas. Ambos, reducidos a mano de obra barata de los señores y patrones llegados de Europa. Todos ellos, activos y sin ganas de morir, como declararon cinco siglos después cuando sus representantes, llegados de todo el continente hasta Quito, acordaron festejar también aquel cercano y controvertido 12 de octubre pero con su propio lema: «500 años de resistencia». Siguen reconociéndose como naciones y reclamando que los estados actuales no se asusten de esta reclamación.

¿O quizás será mejor que nos calmemos con esta media verdad de que todos conformamos ya la bella América mestiza? Que hubieron mestizajes, es evidente que hubo, y de todo pelaje; primero el biológico y despúes,como adivinó, también el cultural. Pero a este siempre se lo canaliza en una sola dirección: la de blanquearse. Porque la batuta del poder y de la exclusión racista la trajeron y la siguen trayendo los blancos con su cohorte de blanqueados. Muy insólito es el mestizaje «a la inversa», hacia el indio, que hace poco reclamaba el aimara Felipe Quispe.

Por eso en los censos de Brasil los negros se siguen camuflando en «pardos» y las exuberantes bailarinas ya solo son «mulatas». Por no hablar del dictador Trujillo en la República Dominicana, que -otra tergiversación inaudita- decidió que los negros de su país eran «indios» puesto que solo los de Haití podían ser negros. En Perú «el indio» (léase originario) pasa a ser «serrano» o campesino; y, en su penúltimo censo, toda referencia a lo indígena y originario, incluidas las lenguas, ha sido extirpada como la peste: era tan descarado que dos años después, al cambiar el Gobierno, se ha tenido que realizar un nuevo censo preguntando por lo menos por la lengua.

Hace décadas, el mexicano Guillermo Bonfil Batalla ya había descalificado este tipo de manipulaciones censales como «etnocidio estadístico». Era parte del proyecto político mestizo de la revolución mexicana, secundado luego en otros países, donde para poder ser plenamente ciudadanos los indígenas tenían que ser reducidos a campesinos. Un proyecto que también allí ha sido posteriormente cuestionado con fuerza desde Chiapas.

En todo esto se oculta, por lo tanto, otra falacia sutil. Detrás de este aparente equilibrio igualador del proyecto mestizo, se siguen mimetizando viejas dominaciones excluyentes, que obligan a los excluidos de siempre a invisibilizar sus identidades profundas para poder abrirse camino.

Lo paradójico es que los precursores de nuestra independencia fueron los negros de Haití, tan admirados por Bolívar, y en los Andes, Tupaj Amaru y Tupaj Katari, que por su atrevimiento acabaron descuartizados por cuatro caballos españoles. Pero aquellos trozos de su cuerpo mártir, repartidos como escarmiento por varias poblaciones -la cabeza allí, la pierna izquierda allá y la derecha más allá-, se transformaron en testigos proféticos que pronto estimularon la rebelión de los «criollos» y mestizos, quienes al final consiguieron la independencia. Pero una independencia capada, porque pretendieron construir nuevos estados sin raíces originarias, herederos neocoloniales de la colonia.

¿Será irremediable seguirnos identificando con nombres e ilusiones ajenas? ¿No tenemos raíces propias en esta tierra?........ Como ilustra el conciso pero comprensible texto de Ferran Cabrero, son también ahora nuestros pueblos originarios, más de cinco siglos marginados, los que, con sus persistentes reclamos, nos dan pistas para reencontrarnos y reestructurar todo nuestro continente, primero para calar en nuestro propio suelo y en nuestras raíces, rápidamente para aplicar de forma adecuada tantos injertos de otras partes en este tronco robusto, con este pegamento clave que es el fomento de una ancha y respetuosa interculturalidad en nuestras actitudes y en la ingeniería política y social de nuestras instituciones.[ Eso de pueblos originarios solamente le cabe a los generados en el África, cuna de la humanidad. Los pueblos que ingresaron al hasta entonces virgen continente provenían del Asia, de Polinesia, quizá de Melanesia, dudosamente de algún pequeño contingente africano en Pedra Furada, y de Europa, a partir de los vikingos]

A este sueño de un nuevo y posible continente, todos estos pueblos ya han coincidido a darle un nombre mucho más sugerente: Abya Yala. Así denominaba desde siempre el pueblo kuna, de Panamá,[ y de Colombia] a todo lo que se expandía más allá de su territorio. Abya significa virgen ya madura y lista para ser fecunda [¿ o fecundada? ]; y Yala es territorio". Traductores mas fidedignos expresan que el significado es "tierra en plena madurez" o "tierra de sangre vital", o "tierra en florecimiento"y no lo que el jesuita afirma acerca de su extensión a todo un inmenso continente no presentido por los kuna. De tal manera trasciende -¿o traiciona?- el nombre atribuido a un espacio vital- el famoso lebensraum postulado por los geopolíticos alemanes- de un pueblo que se complace por la madurez y la florida eclosión de su cultura.

Este jesuita europeo disfrazado de indígena finaliza su discurso con esta poética tirada: "Que así sea pronto posible en este territorio y nueva Patria Grande, que nos incluya a todos, con unas ramas que se extiendan por todo el mundo repletas de frutos"

 

Parece, como hemos podido comprobar, amigo lector, que, entre otros resbalones, no hay coincidencia entre los traductores de Abya Yala acerca del cabal significado de dicha etiqueta,,,

Por hoy nada más. Eso sí, invito a los lectores a reflexionar sobre lo que tanto mi persona como otros seres pensantes - es una caritativa hipótesis- hemos expresado en este ensayo ("largo como puteada de tartamudo", que así malhablamos los paisanos sanduceros) sobre un tema que en el siglo XXI conserva una urticante actualidad.

DANIEL VIDART

 



Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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