El Opus Dei: cuando la fe corre el riesgo de convertirse en poder

02.10.2026

MONTEVIDEO (Uypress)- Desde una mirada católica, cuestionar al Opus Dei no significa cuestionar la fe. Significa preguntarse si una institución creada para santificar la vida ordinaria terminó construyendo una cultura demasiado cerrada sobre sí misma.

 

Hay algo profundamente cristiano en la intuición original del Opus Dei: no hace falta abandonar el mundo para encontrar a Dios. Un médico en un hospital, un obrero en una fábrica, una madre criando a sus hijos, un periodista escribiendo una nota o un empresario dirigiendo una compañía pueden buscar la santidad allí donde están. El trabajo cotidiano puede ser oración, servicio y entrega.

Esa fue la idea que Josemaría Escrivá de Balaguer comenzó a desarrollar cuando fundó el Opus Dei en España en 1928. Un católico difícilmente podría objetar ese principio. El Concilio Vaticano II proclamó precisamente la vocación universal a la santidad: la santidad no pertenece exclusivamente a sacerdotes, religiosas o contemplativos.

El problema empieza en otro lugar. Empieza cuando una espiritualidad se convierte en organización; cuando la organización genera disciplina; cuando la disciplina produce estructuras de autoridad; y cuando una institución religiosa comienza a acumular relaciones, influencia y poder.

La pregunta deja entonces de ser qué predica el Opus Dei y es qué hizo históricamente con aquello que predicaba.

Una institución excepcional dentro de la Iglesia

El Opus Dei no es una congregación religiosa en sentido canónico. Desde 1982 es una prelatura personal, la única existente actualmente en la Iglesia católica. Fue Juan Pablo II quien le otorgó esa configuración mediante la constitución apostólica Ut sit. 

Sus integrantes tampoco son todos iguales desde el punto de vista de su forma de vida. Existen numerarios, que viven el celibato y mantienen una disponibilidad muy amplia para las tareas de la Obra; agregados, también célibes pero generalmente vinculados a sus propios ambientes familiares y profesionales; supernumerarios, habitualmente casados; sacerdotes y numerarias auxiliares.

Los propios estatutos establecen que las numerarias auxiliares dedican principalmente su actividad profesional a las tareas domésticas y al cuidado de los centros del Opus Dei. 

Formalmente todos responden a una misma vocación. Pero es precisamente allí donde un católico puede empezar a formular preguntas. Porque la Iglesia enseña que la conciencia individual constituye un territorio que ninguna autoridad humana puede sustituir.

¿Hasta dónde puede entonces llegar la obediencia a una organización religiosa?

La dificultad de distinguir a Dios de la institución

Esta quizá sea la cuestión religiosa más profunda. Una vocación cristiana supone responder libremente a Dios.

Pero toda institución que se presenta como mediadora de esa vocación enfrenta una tentación: hacer que abandonar la institución pueda sentirse como abandonar a Dios.

Ahí comienza un problema espiritual. Porque una cosa es decirle a alguien: Dios puede llamarte a vivir tu fe de esta manera. Y otra muy diferente sería transmitirle:

si abandonás esta organización estás traicionando aquello que Dios esperaba de vos.

La diferencia parece pequeña. Es enorme. La libertad cristiana desaparece cuando la conciencia empieza a confundirse con la obediencia institucional.

Y precisamente varias de las críticas históricas formuladas por antiguos miembros del Opus Dei han girado alrededor de la libertad personal, la dirección espiritual, las prácticas internas, el grado de información disponible al ingresar y las dificultades experimentadas por algunas personas al abandonar la institución.

Eso no significa que todas las personas hayan vivido esa experiencia. Miles manifiestan exactamente lo contrario y consideran que el Opus Dei enriqueció profundamente su vida cristiana.

Una crítica católica seria tiene que reconocer ambas realidades.

Las mujeres plantearon una pregunta todavía más incómoda

En América del Sur esa discusión dejó de ser exclusivamente espiritual.

Un grupo de antiguas numerarias auxiliares denunció haber sufrido durante décadas situaciones de explotación laboral. En Argentina, fiscales consideraron que existían elementos suficientes para promover una investigación penal por presunta trata y explotación de mujeres; la investigación alcanzó a antiguos responsables de la institución en Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia. Las acusaciones refieren a hechos ocurridos entre 1983 y 2015 y alcanzaron al menos a 44 mujeres. 

Son acusaciones sometidas a investigación, no hechos definitivamente establecidos por una sentencia.

El Opus Dei las niega categóricamente. Sostiene que las numerarias auxiliares eligieron libremente una vocación religiosa y que las denuncias descontextualizan esa realidad. También afirma haber creado mecanismos de escucha y reparación. 

Pero existe un reconocimiento institucional que no debería pasar inadvertido. En 2024, al responder públicamente a testimonios de antiguas numerarias auxiliares, el propio Opus Dei admitió que "no siempre se ha actuado con la suficiente sensibilidad" y expresó su disposición a pedir perdón y reparar daños cuando correspondiera. 

Para un católico, eso debería importar. Porque escuchar a una víctima no debilita a la Iglesia. La fortalece.

El problema del poder

Existe después otra cuestión histórica imposible de ignorar: la extraordinaria capacidad del Opus Dei para relacionarse con las élites.

Políticos, empresarios, académicos, juristas, profesionales, universidades, colegios y centros de formación han constituido durante décadas parte de su universo de influencia. Por sí mismo, eso tampoco constituye un pecado.

Los católicos tienen exactamente el mismo derecho que cualquier ciudadano a participar de la política, dirigir empresas, ocupar cargos públicos o crear universidades.

El problema aparece cuando la evangelización comienza a parecerse demasiado a una estrategia de influencia. Jesús no fundó un grupo de presión. No buscó conquistar el Sanedrín. No intentó colocar discípulos en la administración romana.

Fundó una comunidad. Y puso en el centro algo extraordinariamente difícil para cualquier institución: el servicio.

Por eso un católico debería poder preguntarse sin temor si algunas expresiones históricas del Opus Dei no terminaron demasiado fascinadas por la formación de élites capaces de influir sobre la sociedad.

No porque formar dirigentes sea malo. Sino porque el Evangelio contiene una advertencia permanente contra la seducción del poder.

Francisco cambió algunas cosas

También sería injusto sostener que Roma no vio ninguna dificultad. El papa Francisco modificó aspectos relevantes de la posición institucional del Opus Dei.

En 2022, mediante Ad charisma tuendum, trasladó la competencia sobre la prelatura desde el Dicasterio para los Obispos al Dicasterio para el Clero, estableció que el prelado debe presentar anualmente un informe sobre la situación de la institución y determinó que el prelado del Opus Dei no debe recibir el orden episcopal. Francisco explicó que pretendía fortalecer una forma de gobierno apoyada más en el carisma que en la autoridad jerárquica. 

Un año después modificó nuevamente el Código de Derecho Canónico y estableció que las prelaturas personales se asimilan a asociaciones públicas clericales de derecho pontificio con capacidad para incardinar clérigos. 

No suprimió el Opus Dei. No condenó su espiritualidad. No cuestionó su pertenencia a la Iglesia. Pero sí reordenó su encaje institucional y reforzó la supervisión de Roma.

El problema no es Escrivá

Sería demasiado fácil reducir toda esta discusión a Josemaría Escrivá. Fue canonizado por Juan Pablo II en 2002 y para innumerables católicos es un santo cuya espiritualidad transformó sus vidas.

Eso merece respeto. Pero la santidad de un fundador no convierte en impecable a la institución que nació alrededor suyo. San Francisco no vuelve perfectos a los franciscanos. Santo Domingo no vuelve infalibles a los dominicos. San Ignacio no convierte en incuestionables a los jesuitas. Y san Josemaría tampoco puede utilizarse como respuesta automática frente a cualquier crítica al Opus Dei.

La Iglesia es suficientemente grande como para venerar a sus santos y revisar simultáneamente las instituciones que dejaron.

Una Iglesia que no debería temer las preguntas

Quizás el mayor error que puede cometer una organización católica sea considerar enemigo a quien pregunta. La fe no necesita silencio. Necesita verdad.

Si hubo personas que encontraron a Dios mediante el Opus Dei, sus testimonios deben ser escuchados. Si otras sufrieron dentro de la institución, también. Si hubo abusos, deben investigarse. Si las acusaciones son falsas, corresponde demostrarlo. Si determinadas prácticas pertenecieron a otra época, corresponde reconocerlo. Y si existen estructuras que dificultan la libertad de conciencia, deben cambiar.

Porque ninguna obra humana -por mucho que invoque a Dios- puede identificarse completamente con Dios. Ahí está la verdadera cuestión católica.

El Opus Dei nació proclamando que Dios puede encontrarse en medio del mundo.

Quizás su desafío actual consista en aceptar plenamente la consecuencia de aquella intuición: Dios también actúa fuera del Opus Dei.

Y nadie debería sentir que necesita permanecer dentro de una institución para permanecer dentro de la Iglesia. Mucho menos para permanecer junto a Dios.

Actualidad
2026-10-02T16:38:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias