ANÁLISIS INTERNACIONAL

La victoria de Lula y las lecciones que la izquierda latinoamericana no debería ignorar

29.10.2026

MONTEVIDEO (Uypress/Claudio Valenti) – La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, frente al avance de la derecha representada por Flávio Bolsonaro, plantea una discusión que trasciende las fronteras brasileñas. En una América Latina donde distintas expresiones de la izquierda perdieron terreno electoral en Chile, Bolivia, Ecuador y Perú, el triunfo del presidente brasileño invita a examinar qué estrategias permiten construir mayorías, sostener proyectos de transformación y responder a una sociedad que ya no se moviliza únicamente mediante las identidades políticas tradicionales.

El 25 de octubre de 2026, Lula obtuvo 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los sufragios válidos, frente al 48,21% conseguido por Flávio Bolsonaro. La diferencia fue suficiente para asegurarle un cuarto mandato presidencial, pero también reveló la fortaleza electoral de una derecha que reunió casi 60 millones de votos.

Tribunal Superior Eleitoral+1

La victoria merece atención tanto por lo que permitió al progresismo brasileño conservar como por lo que demuestra sobre los límites de su capacidad de convocatoria. Ganar una elección no equivale a resolver las tensiones sociales, económicas y culturales que alimentan a sus adversarios.

Una región donde la izquierda ha perdido terreno

El mapa político latinoamericano experimentó modificaciones significativas durante los últimos años. Los triunfos de sectores conservadores, liberales y de centroderecha no responden a una única causa, pero muestran las dificultades de distintos proyectos progresistas para mantener sus apoyos electorales.

En Chile, José Antonio Kast ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 2025, derrotando a Jeannette Jara, candidata vinculada al oficialismo de izquierda. El resultado marcó el regreso de una derecha conservadora a la presidencia después del gobierno de Gabriel Boric.

Tribunal Calificador de Elecciones+1

En Bolivia, después de casi dos décadas de predominio político del Movimiento al Socialismo, Rodrigo Paz Pereira ganó las elecciones de octubre de 2025 con el 54,96% de los votos. Su victoria representó un cambio de ciclo, aunque su orientación centrista impide equipararlo directamente con las corrientes de derecha radical de otros países.

Órgano Electoral Plurinacional+1

En Ecuador, Daniel Noboa consiguió su reelección en abril de 2025 con el 55,63% de los sufragios, derrotando a Luisa González, candidata del correísmo, que obtuvo el 44,37%. El resultado confirmó las dificultades de Revolución Ciudadana para recuperar la presidencia, pese a conservar una base electoral importante.

Consejo Nacional Electoral+1

En Perú, Keiko Fujimori ganó en 2026 una elección extremadamente ajustada frente a Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. El resultado fue proclamado por el Jurado Nacional de Elecciones el 3 de julio, con una diferencia inferior a 50.000 votos.

Plataforma del Estado Peruano

Estos procesos muestran que no existe una única derecha latinoamericana ni una explicación uniforme para las derrotas de la izquierda. En algunos países predominaron los problemas económicos; en otros, la inseguridad, el desgaste gubernamental, las divisiones internas o el rechazo a las élites políticas.

Sin embargo, aparece una pregunta común: ¿hasta qué punto los movimientos progresistas han logrado interpretar las preocupaciones concretas de sociedades que reclaman seguridad, empleo, estabilidad económica y resultados verificables?

Lula y el pragmatismo económico: producir para poder distribuir

Una de las características del proyecto político de Lula es su disposición a combinar políticas redistributivas con mecanismos de mercado, inversión privada y una intervención activa del Estado en sectores estratégicos.

El presidente brasileño no planteó el desarrollo económico como una confrontación permanente entre trabajadores y empresarios. Su estrategia buscó articular crecimiento industrial, inversión productiva, fortalecimiento del mercado interno y programas sociales.

Un ejemplo es la política Nova Indústria Brasil, impulsada para financiar innovación, modernización tecnológica y desarrollo industrial. El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) anunció en febrero de 2026 una ampliación de los recursos destinados al programa, con una previsión acumulada de 370.000 millones de reales en cuatro años. Se trata de recursos para financiar la reindustrialización, no de una transferencia directa de esa cantidad a las empresas.

Agência BNDES de Notícias

La política energética también ofrece un ejemplo de las decisiones y contradicciones que enfrenta el progresismo.

Mientras Colombia, durante el gobierno de Gustavo Petro, adoptó una posición restrictiva respecto de nuevos contratos de exploración de hidrocarburos, Brasil mantuvo la expansión de su producción petrolera.

Según la Agencia Nacional del Petróleo de Brasil, en 2025 el país produjo un promedio de 3,77 millones de barriles diarios, un crecimiento aproximado del 12% respecto de 2024 y un récord histórico.

Serviços e Informações do Brasil+1

El contraste plantea un debate complejo. Los ingresos de actividades extractivas pueden contribuir al financiamiento público y al desarrollo productivo, pero su continuidad también implica tensiones ambientales y climáticas que no desaparecen por el hecho de que gobierne la izquierda.

La experiencia brasileña no demuestra que la explotación de recursos naturales sea siempre la política adecuada. Sí pone de manifiesto una discusión que distintos movimientos progresistas deben afrontar: cómo financiar la transición energética, preservar empleos y sostener políticas sociales sin comprometer los objetivos ambientales.

Construir mayorías más allá de los convencidos

Otra dimensión relevante del liderazgo de Lula es su capacidad para establecer alianzas políticas con sectores que no comparten necesariamente todas las posiciones históricas del Partido de los Trabajadores.

La presencia de Geraldo Alckmin en la vicepresidencia constituye uno de los ejemplos más claros. Antiguo adversario electoral de Lula y referente de una tradición política más cercana al centro y a la centroderecha, Alckmin terminó integrando una fórmula presidencial de amplio alcance.

Esa alianza respondió a una concepción de construcción política basada en la necesidad de ampliar respaldos para gobernar.

La experiencia brasileña sugiere que una identidad ideológica consolidada no necesariamente resulta incompatible con acuerdos políticos y económicos más amplios.

Pero el pragmatismo también tiene límites. Las alianzas pueden ampliar la base electoral y facilitar la gobernabilidad, aunque pueden generar tensiones con los compromisos programáticos, los movimientos sociales y las expectativas de los votantes tradicionales.

El desafío consiste en construir mayorías sin convertir la búsqueda de acuerdos en una renuncia a los principios esenciales del proyecto político.

La disputa digital: una transformación que la política tradicional todavía no termina de comprender

La última campaña brasileña también dejó una enseñanza sobre la comunicación política. Lula, un dirigente formado en el sindicalismo y en la movilización popular, adaptó su estrategia a un escenario donde las redes sociales, los mensajes breves y la circulación descentralizada de contenidos desempeñan un papel decisivo.

Durante la segunda vuelta, su campaña incorporó con mayor intensidad videos informales, humor y mecanismos de participación digital. El diputado André Janones impulsó el denominado Ejército de Lula, una red articulada mediante WhatsApp que, según informó la agencia pública brasileña Agência Brasil, reunió a más de diez millones de personas y contribuyó a multiplicar la circulación de contenidos electorales.

Agência Brasil+1

La dimensión digital no sustituyó la movilización territorial. Ambas estrategias se complementaron: las manifestaciones, los sindicatos, los movimientos sociales y los militantes continuaron desempeñando un papel relevante.

Pero la campaña reconoció que la comunicación política no puede depender exclusivamente de estructuras partidarias tradicionales ni de discursos institucionales.

La experiencia también plantea riesgos. La utilización intensiva de herramientas digitales puede favorecer la desinformación, las campañas de hostigamiento y la circulación de contenidos manipulados. La eficacia comunicacional no debería confundirse con la ausencia de responsabilidades democráticas.

Para las fuerzas políticas latinoamericanas, el desafío consiste en comprender los nuevos lenguajes de comunicación sin sacrificar la calidad de la información ni el debate público.

Colombia y el desgaste de los proyectos progresistas

La derrota del oficialismo colombiano en las elecciones de junio de 2026 agrega otro elemento al panorama regional.

Abelardo de la Espriella derrotó a Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, con 12.960.166 votos frente a 12.708.312, según el escrutinio oficial. La diferencia de aproximadamente 252.000 sufragios puso fin a la continuidad presidencial del proyecto político que había llevado a Gustavo Petro al gobierno en 2022.

EL ESPECTADOR+1

Como ocurrió en otros países, el resultado no admite explicaciones exclusivamente ideológicas.

El desgaste del ejercicio del poder, las expectativas económicas, la seguridad y la capacidad de ampliar alianzas constituyen dimensiones relevantes para examinar el comportamiento electoral.

La comparación con Brasil resulta especialmente interesante: mientras Lula consiguió ampliar sus respaldos en una segunda vuelta competitiva, el progresismo colombiano no logró reunir una mayoría suficiente para mantener la presidencia.

Esto no significa que las propuestas de ambos gobiernos fueran idénticas ni que la experiencia brasileña pueda trasladarse mecánicamente a Colombia. Las condiciones económicas, las instituciones, las estructuras partidarias y los conflictos sociales son diferentes.

Sin embargo, el contraste abre una discusión sobre la capacidad de las izquierdas para dialogar con sectores que no forman parte de sus electorados tradicionales.

Uruguay también enfrenta preguntas sobre su futuro político

Uruguay ocupa un lugar particular dentro de este escenario regional. El Frente Amplio regresó al gobierno en marzo de 2025 con Yamandú Orsi, después de cinco años de administración de una coalición de centroderecha.

A diferencia de otros países, el sistema político uruguayo mantiene una estructura partidaria relativamente estable, una tradición de competencia institucional y una izquierda con importante experiencia de gobierno.

Sin embargo, esas características no constituyen una garantía permanente de respaldo electoral.

El Frente Amplio enfrenta el desafío de responder a problemas concretos que atraviesan la vida cotidiana: seguridad pública, empleo, ingresos, vivienda, educación, desigualdad y perspectivas de desarrollo económico.

El retorno al gobierno tampoco elimina las tensiones entre las distintas sensibilidades de una coalición que reúne posiciones diversas sobre inversión, política productiva, relaciones laborales y protección ambiental.

La experiencia brasileña ofrece elementos para examinar estas discusiones, pero no una fórmula que pueda copiarse sin atender las particularidades uruguayas.

Brasil tiene una estructura industrial, un mercado interno y una escala económica muy diferentes. Uruguay, por su tamaño y apertura comercial, depende especialmente de su capacidad para atraer inversiones, mejorar la productividad y desarrollar actividades exportadoras.

La cuestión de fondo no es elegir entre crecimiento económico y distribución de ingresos como objetivos excluyentes. Es determinar mediante qué políticas ambos pueden sostenerse, cómo se distribuyen sus beneficios y qué papel deben desempeñar el Estado, las empresas y los trabajadores.

En el terreno político, la experiencia brasileña también invita a observar la relación entre identidad partidaria y construcción de mayorías.

El Frente Amplio ha desarrollado históricamente mecanismos de acuerdos internos y vínculos con organizaciones sociales. Pero la creciente importancia de la comunicación digital, la fragmentación de las audiencias y los cambios en las preocupaciones ciudadanas plantean nuevas exigencias a todos los partidos uruguayos.

La victoria electoral no elimina la necesidad de autocrítica

El triunfo de Lula puede ser interpretado como una demostración de la capacidad de la izquierda para competir y ganar en un escenario regional adverso.

Pero también revela que las fuerzas conservadoras mantienen una presencia electoral muy importante.

Los casi 60 millones de votos obtenidos por Flávio Bolsonaro indican que la polarización brasileña continúa y que la reelección del presidente no supone una desaparición de los conflictos políticos que marcaron los últimos años.

En América Latina, las derrotas de distintos proyectos progresistas muestran igualmente la importancia de examinar sus resultados de gobierno, sus formas de comunicación, sus alianzas y su capacidad de respuesta ante demandas sociales cambiantes.

No todas las derrotas responden a los mismos errores ni todas las victorias tienen explicaciones equivalentes. Tampoco el pragmatismo económico, las coaliciones amplias o el dominio de las redes sociales garantizan resultados electorales.

La principal enseñanza de Brasil quizá resida en reconocer que las identidades políticas, por sólidas que sean, necesitan dialogar permanentemente con las transformaciones económicas, culturales y sociales de sus países.

Para Uruguay, que transita una nueva administración del Frente Amplio, el debate tiene una importancia particular. El gobierno dispone de una oportunidad para demostrar resultados y construir acuerdos, mientras la oposición busca recuperar el poder en el próximo ciclo electoral.

La reciente victoria de Lula ofrece una experiencia relevante para estudiar, aunque la sostenibilidad de cualquier proyecto político dependerá, finalmente, de sus propios resultados y de la evaluación que los ciudadanos hagan de ellos.El 25 de octubre de 2026, Lula obtuvo 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los sufragios válidos, frente al 48,21% conseguido por Flávio Bolsonaro. La diferencia fue suficiente para asegurarle un cuarto mandato presidencial, pero también reveló la fortaleza electoral de una derecha que reunió casi 60 millones de votos.

Tribunal Superior Eleitoral+1

La victoria merece atención tanto por lo que permitió al progresismo brasileño conservar como por lo que demuestra sobre los límites de su capacidad de convocatoria. Ganar una elección no equivale a resolver las tensiones sociales, económicas y culturales que alimentan a sus adversarios.

Una región donde la izquierda ha perdido terreno

El mapa político latinoamericano experimentó modificaciones significativas durante los últimos años. Los triunfos de sectores conservadores, liberales y de centroderecha no responden a una única causa, pero muestran las dificultades de distintos proyectos progresistas para mantener sus apoyos electorales.

En Chile, José Antonio Kast ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 2025, derrotando a Jeannette Jara, candidata vinculada al oficialismo de izquierda. El resultado marcó el regreso de una derecha conservadora a la presidencia después del gobierno de Gabriel Boric.

Tribunal Calificador de Elecciones+1

En Bolivia, después de casi dos décadas de predominio político del Movimiento al Socialismo, Rodrigo Paz Pereira ganó las elecciones de octubre de 2025 con el 54,96% de los votos. Su victoria representó un cambio de ciclo, aunque su orientación centrista impide equipararlo directamente con las corrientes de derecha radical de otros países.

Órgano Electoral Plurinacional+1

En Ecuador, Daniel Noboa consiguió su reelección en abril de 2025 con el 55,63% de los sufragios, derrotando a Luisa González, candidata del correísmo, que obtuvo el 44,37%. El resultado confirmó las dificultades de Revolución Ciudadana para recuperar la presidencia, pese a conservar una base electoral importante.

Consejo Nacional Electoral+1

En Perú, Keiko Fujimori ganó en 2026 una elección extremadamente ajustada frente a Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. El resultado fue proclamado por el Jurado Nacional de Elecciones el 3 de julio, con una diferencia inferior a 50.000 votos.

Plataforma del Estado Peruano

Estos procesos muestran que no existe una única derecha latinoamericana ni una explicación uniforme para las derrotas de la izquierda. En algunos países predominaron los problemas económicos; en otros, la inseguridad, el desgaste gubernamental, las divisiones internas o el rechazo a las élites políticas.

Sin embargo, aparece una pregunta común: ¿hasta qué punto los movimientos progresistas han logrado interpretar las preocupaciones concretas de sociedades que reclaman seguridad, empleo, estabilidad económica y resultados verificables?

Lula y el pragmatismo económico: producir para poder distribuir

Una de las características del proyecto político de Lula es su disposición a combinar políticas redistributivas con mecanismos de mercado, inversión privada y una intervención activa del Estado en sectores estratégicos.

El presidente brasileño no planteó el desarrollo económico como una confrontación permanente entre trabajadores y empresarios. Su estrategia buscó articular crecimiento industrial, inversión productiva, fortalecimiento del mercado interno y programas sociales.

Un ejemplo es la política Nova Indústria Brasil, impulsada para financiar innovación, modernización tecnológica y desarrollo industrial. El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) anunció en febrero de 2026 una ampliación de los recursos destinados al programa, con una previsión acumulada de 370.000 millones de reales en cuatro años. Se trata de recursos para financiar la reindustrialización, no de una transferencia directa de esa cantidad a las empresas.

Agência BNDES de Notícias

La política energética también ofrece un ejemplo de las decisiones y contradicciones que enfrenta el progresismo.

Mientras Colombia, durante el gobierno de Gustavo Petro, adoptó una posición restrictiva respecto de nuevos contratos de exploración de hidrocarburos, Brasil mantuvo la expansión de su producción petrolera.

Según la Agencia Nacional del Petróleo de Brasil, en 2025 el país produjo un promedio de 3,77 millones de barriles diarios, un crecimiento aproximado del 12% respecto de 2024 y un récord histórico.

Serviços e Informações do Brasil+1

El contraste plantea un debate complejo. Los ingresos de actividades extractivas pueden contribuir al financiamiento público y al desarrollo productivo, pero su continuidad también implica tensiones ambientales y climáticas que no desaparecen por el hecho de que gobierne la izquierda.

La experiencia brasileña no demuestra que la explotación de recursos naturales sea siempre la política adecuada. Sí pone de manifiesto una discusión que distintos movimientos progresistas deben afrontar: cómo financiar la transición energética, preservar empleos y sostener políticas sociales sin comprometer los objetivos ambientales.

Construir mayorías más allá de los convencidos

Otra dimensión relevante del liderazgo de Lula es su capacidad para establecer alianzas políticas con sectores que no comparten necesariamente todas las posiciones históricas del Partido de los Trabajadores.

La presencia de Geraldo Alckmin en la vicepresidencia constituye uno de los ejemplos más claros. Antiguo adversario electoral de Lula y referente de una tradición política más cercana al centro y a la centroderecha, Alckmin terminó integrando una fórmula presidencial de amplio alcance.

Esa alianza respondió a una concepción de construcción política basada en la necesidad de ampliar respaldos para gobernar.

La experiencia brasileña sugiere que una identidad ideológica consolidada no necesariamente resulta incompatible con acuerdos políticos y económicos más amplios.

Pero el pragmatismo también tiene límites. Las alianzas pueden ampliar la base electoral y facilitar la gobernabilidad, aunque pueden generar tensiones con los compromisos programáticos, los movimientos sociales y las expectativas de los votantes tradicionales.

El desafío consiste en construir mayorías sin convertir la búsqueda de acuerdos en una renuncia a los principios esenciales del proyecto político.

La disputa digital: una transformación que la política tradicional todavía no termina de comprender

La última campaña brasileña también dejó una enseñanza sobre la comunicación política. Lula, un dirigente formado en el sindicalismo y en la movilización popular, adaptó su estrategia a un escenario donde las redes sociales, los mensajes breves y la circulación descentralizada de contenidos desempeñan un papel decisivo.

Durante la segunda vuelta, su campaña incorporó con mayor intensidad videos informales, humor y mecanismos de participación digital. El diputado André Janones impulsó el denominado Ejército de Lula, una red articulada mediante WhatsApp que, según informó la agencia pública brasileña Agência Brasil, reunió a más de diez millones de personas y contribuyó a multiplicar la circulación de contenidos electorales.

Agência Brasil+1

La dimensión digital no sustituyó la movilización territorial. Ambas estrategias se complementaron: las manifestaciones, los sindicatos, los movimientos sociales y los militantes continuaron desempeñando un papel relevante.

Pero la campaña reconoció que la comunicación política no puede depender exclusivamente de estructuras partidarias tradicionales ni de discursos institucionales.

La experiencia también plantea riesgos. La utilización intensiva de herramientas digitales puede favorecer la desinformación, las campañas de hostigamiento y la circulación de contenidos manipulados. La eficacia comunicacional no debería confundirse con la ausencia de responsabilidades democráticas.

Para las fuerzas políticas latinoamericanas, el desafío consiste en comprender los nuevos lenguajes de comunicación sin sacrificar la calidad de la información ni el debate público.

Colombia y el desgaste de los proyectos progresistas

La derrota del oficialismo colombiano en las elecciones de junio de 2026 agrega otro elemento al panorama regional.

Abelardo de la Espriella derrotó a Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, con 12.960.166 votos frente a 12.708.312, según el escrutinio oficial. La diferencia de aproximadamente 252.000 sufragios puso fin a la continuidad presidencial del proyecto político que había llevado a Gustavo Petro al gobierno en 2022.

EL ESPECTADOR+1

Como ocurrió en otros países, el resultado no admite explicaciones exclusivamente ideológicas.

El desgaste del ejercicio del poder, las expectativas económicas, la seguridad y la capacidad de ampliar alianzas constituyen dimensiones relevantes para examinar el comportamiento electoral.

La comparación con Brasil resulta especialmente interesante: mientras Lula consiguió ampliar sus respaldos en una segunda vuelta competitiva, el progresismo colombiano no logró reunir una mayoría suficiente para mantener la presidencia.

Esto no significa que las propuestas de ambos gobiernos fueran idénticas ni que la experiencia brasileña pueda trasladarse mecánicamente a Colombia. Las condiciones económicas, las instituciones, las estructuras partidarias y los conflictos sociales son diferentes.

Sin embargo, el contraste abre una discusión sobre la capacidad de las izquierdas para dialogar con sectores que no forman parte de sus electorados tradicionales.

Uruguay también enfrenta preguntas sobre su futuro político

Uruguay ocupa un lugar particular dentro de este escenario regional. El Frente Amplio regresó al gobierno en marzo de 2025 con Yamandú Orsi, después de cinco años de administración de una coalición de centroderecha.

A diferencia de otros países, el sistema político uruguayo mantiene una estructura partidaria relativamente estable, una tradición de competencia institucional y una izquierda con importante experiencia de gobierno.

Sin embargo, esas características no constituyen una garantía permanente de respaldo electoral.

El Frente Amplio enfrenta el desafío de responder a problemas concretos que atraviesan la vida cotidiana: seguridad pública, empleo, ingresos, vivienda, educación, desigualdad y perspectivas de desarrollo económico.

El retorno al gobierno tampoco elimina las tensiones entre las distintas sensibilidades de una coalición que reúne posiciones diversas sobre inversión, política productiva, relaciones laborales y protección ambiental.

La experiencia brasileña ofrece elementos para examinar estas discusiones, pero no una fórmula que pueda copiarse sin atender las particularidades uruguayas.

Brasil tiene una estructura industrial, un mercado interno y una escala económica muy diferentes. Uruguay, por su tamaño y apertura comercial, depende especialmente de su capacidad para atraer inversiones, mejorar la productividad y desarrollar actividades exportadoras.

La cuestión de fondo no es elegir entre crecimiento económico y distribución de ingresos como objetivos excluyentes. Es determinar mediante qué políticas ambos pueden sostenerse, cómo se distribuyen sus beneficios y qué papel deben desempeñar el Estado, las empresas y los trabajadores.

En el terreno político, la experiencia brasileña también invita a observar la relación entre identidad partidaria y construcción de mayorías.

El Frente Amplio ha desarrollado históricamente mecanismos de acuerdos internos y vínculos con organizaciones sociales. Pero la creciente importancia de la comunicación digital, la fragmentación de las audiencias y los cambios en las preocupaciones ciudadanas plantean nuevas exigencias a todos los partidos uruguayos.

La victoria electoral no elimina la necesidad de autocrítica

El triunfo de Lula puede ser interpretado como una demostración de la capacidad de la izquierda para competir y ganar en un escenario regional adverso.

Pero también revela que las fuerzas conservadoras mantienen una presencia electoral muy importante.

Los casi 60 millones de votos obtenidos por Flávio Bolsonaro indican que la polarización brasileña continúa y que la reelección del presidente no supone una desaparición de los conflictos políticos que marcaron los últimos años.

En América Latina, las derrotas de distintos proyectos progresistas muestran igualmente la importancia de examinar sus resultados de gobierno, sus formas de comunicación, sus alianzas y su capacidad de respuesta ante demandas sociales cambiantes.

No todas las derrotas responden a los mismos errores ni todas las victorias tienen explicaciones equivalentes. Tampoco el pragmatismo económico, las coaliciones amplias o el dominio de las redes sociales garantizan resultados electorales.

La principal enseñanza de Brasil quizá resida en reconocer que las identidades políticas, por sólidas que sean, necesitan dialogar permanentemente con las transformaciones económicas, culturales y sociales de sus países.

Para Uruguay, que transita una nueva administración del Frente Amplio, el debate tiene una importancia particular. El gobierno dispone de una oportunidad para demostrar resultados y construir acuerdos, mientras la oposición busca recuperar el poder en el próximo ciclo electoral.

La reciente victoria de Lula ofrece una experiencia relevante para estudiar, aunque la sostenibilidad de cualquier proyecto político dependerá, finalmente, de sus propios resultados y de la evaluación que los ciudadanos hagan de ellos.

Actualidad
2026-10-29T15:56:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias